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En la época previa al desarrollo de los cuidados intensivos, el cese de la respiración y de la función cardio-circulatoria daban lugar irremisiblemente al cese del funcionamiento del sistema nervioso central y como consecuencia, la muerte

del individuo.5-7,49,54,62 Por consiguiente, durante siglos, se consideró que la

pérdida irreversible de las funciones cardio-respiratorias era sinónimo de la muerte

humana. Sin embargo, en la era de la terapia intensiva esas funciones son

irrelevantes para una definición de la muerte en el ser humano.49

Se ha enfatizado recientemente acerca de la importancia de las interacciones cortico-subcorticales necesarias para activar e integrar ambos componentes de la conciencia (capacidad y contenido). Por tanto, se puede concluir que no se puede diferenciar y localizar simplemente la capacidad como una función del SRAA y el contenido como una función de la corteza cerebral. Son necesarias importantes interacciones córtico-subcorticales para desarrollar e integrar ambos

componentes de la conciencia.57,81 Estas interconexiones son delineadas en lo

que Shewmon llamó unidad formación reticular-corteza cerebral (FR/CC).52

Los avances crecientes de la civilización hace posible día a día sustituir

tecnológicamente las funciones del organismo humano.57 Puede por tanto surgir

una pregunta: ¿Existe alguna función que pueda ser reemplazada sin abolir los

atributos esenciales del ser humano, y que pueda aún el organismo funcionar como un todo? Esta pregunta se puede hacer de otra manera: ¿Cuál es la última

función que se podría reemplazar en un humano sin que éste se convierta en un “robot”?

Para discutir este aspecto se puede considerar un experimento hipotético. Imaginariamente se tienen las posibilidades tecnológicas de sustituir progresivamente todas las funciones del organismo en un paciente terminal, afectado por una cáncer pulmonar metastásico en estadio final. Cada vez que se detecta una metástasis el órgano o el sistema afectado es reemplazado por un dispositivo. Por esta vía se reemplazan los pulmones y el resto de las vías respiratorias, el tubo digestivo, las cuatro extremidades, etc. Así, seguirán las sustituciones tecnológicas hasta continuar en el encéfalo. Las vías visuales se sustituirán por un sistema opto-electrónico especialmente diseñado. Algo similar se realiza con el sistema auditivo. Al final, casi todo el encéfalo es un dispositivo electrónico, pues el tronco encefálico, diencéfalo, ganglios basales, etc., han sido sustituidos. La única estructura que no se ha sustituído es la unidad formación

reticular-corteza cerebral (FR/CC), que está perfectamente interconectada con el

resto del encéfalo electrónico y con el cuerpo artificial. Una pregunta entonces surge: ¿Es este complejo electro-mecánico un ser humano? Por supuesto, que sí es un ser humano. La FR/CC proveerá ambos componentes de la conciencia (capacidad y contenido) necesarios para un comportamiento consciente normal. En este enfermo nada ha cambiado acerca de su personalidad, sus pensamientos, sus recuerdos, sus afectos, etc. La FR/CC mantendrá las características humanas esenciales y comandará e integrará el funcionamiento del resto de su encéfalo electrónico y de su cuerpo artificial.

Para discutir una diferencia fundamental entre aquellas escuelas que definen la muerte humana como la pérdida de la integración del organismo como un todo,

51 y aquellas que basan su definición en la pérdida de características humanas

esenciales, 50 se puede proponer un nuevo experimento hipotético. La FR/CC se extrae quirúrgicamente del paciente antes mencionado, y en una preparación de laboratorio muy especial, se le puede suministrar sangre y oxígeno a dicha unidad. Una pregunta surge entonces: ¿Será esta FR/CC un ser humano? Por supuesto que sí, porque la FR/CC proveerá ambos componentes necesarios para un comportamiento consciente (capacidad y contenido). Esta situación puede considerarse como una condición extrema de un síndrome de enclaustramiento (“locked-in”) y de un síndrome de exclusión (“locked-out”). Es decir, dicho paciente en esta situación no tiene ninguna posibilidad de expresar sus deseos, no puede realizar ninguna actividad motora, no puede desarrollar ninguna conducta voluntaria (síndrome de enclaustramiento). También él está incapacitado en recibir información del mundo exterior (síndrome de exclusión). En esta condición él mantiene sus atributos humanos esenciales, es decir, sus deseos, sus afectos, su personalidad, sin embargo el organismo no está funcionado como un todo, pues no hay nada que integrar. Por tanto, en este enfermo, a pesar de que su organismo no funciona como un todo, no está fallecido, pues sus características esencialmente humanas están preservadas.

Por tanto, el punto crucial en una definición de la muerte humana es definir la función que provee los atributos esencialmente humanos. Sin embargo, no hay dudas en afirmar que la conciencia (considerando sus dos componentes:

capacidad y contenido) provee los atributos esenciales que caracterizan al ser

humano, pero también al mismo tiempo es la función más integradora del organismo. Ninguna función puede integrar como la conciencia, el funcionamiento del organismo como un todo, cuando es posible.

Por tanto la definición de la muerte humana que se propone toma como elementos fundamentales ambos componentes de la conciencia que en primer lugar proveen los atributos esencialmente humanos y que también integran el

CONCLUSIONES

1. La conciencia, cuyas bases neurales se ubican en la llamada unidad formación reticular/corteza, es la función que provee los atributos esenciales del ser humano y que integra el funcionamiento del organismo como un todo.

2. La muerte humana se define como: “la pérdida irreversible de la

RECOMENDACIONES

El diagnóstico de la muerte está vinculado con lo más digno de la naturaleza misma del hombre, su derecho a vivir y a morir dignamente.

Una definición de la muerte va más allá de un método operativo que emplea un grupo de criterios diagnósticos. Una metodología diagnóstica que no se sustente sobre una fuerte posición conceptual puede tener el riesgo de no ser aceptada por la sociedad. La carencia de una adecuada fundamentación en tal sentido, constituye la esencia de las contradicciones y debates que aún persisten y determinan posiciones conservadoras, como las de algunos grupos dentro de la comunidad médica y no médica (religiosos, filósofos, juristas, etc.). Los mismos rechazan una definición de la muerte humana sustentada sobre bases neurológicas, y proponen regresar a una definición tradicional de la muerte, es decir, sobre una base cardio-respiratoria.

En Cuba ha ocurrido en las ultimas 2 décadas un impresionante desarrollo de la trasplantología, que ha propiciado el establecimiento del Programa Nacional de Trasplantes de Órganos. Este hecho hizo surgir la necesidad de establecer los criterios nacionales para el diagnóstico de la muerte encefálica. Sin embargo, no se había logrado un consenso entre las distintas instituciones acerca de cuáles debían ser dichos criterios. Así, durante la organización del “Primer Simposio

Internacional sobre Muerte Encefálica” (Septiembre 18-22, 1992) se comunicó al

Comisión Nacional que fuera portavoz del Ministerio de Salud Pública, para definir “Los Lineamientos Nacionales para el Diagnóstico de La Muerte Encefálica”.

A finales de 1992, el Ministro de Salud Pública a través del Área de Asistencia Médica, organizó una comisión multidisciplinaria conformada por especialistas médicos y no médicos con experiencia en este campo: (2 neurólogos, 3 neurocirujanos, 1 neurofisiólogo clínico, 4 especialistas en terapia intensiva, 1 pediatra, 1 médico forense, 1 funcionario del Área de Asistencia Médica del MINSAP y 1 abogado). Dicha comisión trabajó por algo más de dos años con la realización de reuniones periódicas. Analizó la experiencia nacional y se realizó una amplia revisión de la literatura médica internacional. Tuvo como premisa fundamental que los criterios diagnósticos debían de ser diseñados sobre una sólida posición conceptual, que es la soportada por la nueva teoría científica que se presenta en este trabajo.

Se realizó un estudio piloto realizado en el Hospital “Calixto García” (con las

condiciones de cualquier hospital de provincia) durante los años 1993-1994, , que

permitió demostrar la factibilidad en la aplicación de los “Lineamientos para el

Diagnóstico de la Muerte Encefálica”. Este hospital aumentó explosivamente el

número de riñones donados, de modo que en 1994, lograron obtener 96 riñones,

cifra récord para un hospital. También se comprobó la factibilidad de la aplicación de tales criterios en otros hospitales de la capital y en otras provincias. Pero lo más relevante en este sentido fue que a pesar de las limitaciones económicas sufridas en 1994, Cuba impuso récord anual histórico en trasplantes renales.

Al ser presentado este trabajo en el Congreso de la Asociación Mundial de Bioética en Buenos Aires, Noviembre de 1994, se propuso crear un Red Internacional para la Definición de la Muerte, trabajo que dirigirá nuestro país. Dicha Red va a tener su primera reunión internacional durante la celebración del

Segundo Simposio Internacional sobre Muerte Encefálica que se celebrará en La

Habana, de Febrero 27 a Marzo 1, de 1996. Esta teoría científica se presentó además recientemente en la Reunión Anual de la Academia Americana de Neurología (Seattle, Estados Unidos de Norteamérica, Mayo 6-12, 1995).

O sea, que el valor de este trabajo radica precisamente en proponer una definición que permita a la sociedad comprender la muerte del ser humano como fin de la vida, sin reservas y sin dudas. Esto permitirá fundamentar adecuadamente la determinación de la muerte en aquellos pacientes (ya cadáveres), en los que por estar en una terapia intensiva su corazón late y “respiran” a través de la ventilación mecánica, pero en los cuales se encuentra una pérdida irreversible de la capacidad y del contenido de la conciencia.

Por otro lado, si esos enfermos con lesiones encefálicas irreversibles, fallecidos, se convierten en donantes de órganos y tejidos viables, para otros pacientes a quienes la trasplantología sí puede brindar esperanzas reales de vida, nos lleva a enunciar un lema que se ha convertido en motivación de nuestro trabajo:

"Al diagnosticar la muerte,

también luchamos por la vida”

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