Esos "reyes”, sacerdotes y jueces, son además los represen tantes naturales de los clanes ante los poderes de la ciudad. Entre ellos se reclutan los magistrados que reemplazaron a las viejas dinastías o usurparon sus poderes, y también al consejo de los Ancianos que, después de haber asistido antaño a los reyes de la ciudad, ahora tienen asiento al lado de los magistrados.
La RIQUEZA SEÑORIAL
El prestigio y la autoridad de un "rey” se deben primero a su nacimiento y a su parentela, pero también, y cada vez más, a su riqueza, que le permite llevar un tren de gran señor.
Riqueza rural en primer lugar. Sin embargo ésta no es enor me. Podemos formarnos una idea de ello recordando que, en el vocabulario ateniense, los personajes que podían llegar a las altas magistraturas, es decir, de hecho, los jefes de los clanes de eupátridas, se llamaban los "pentacosiomedimnos”, dicho de otro modo, los que cosechaban cada año cuando menos quinien tos medimnos de granos. Como el medimno valía, antes de la reforma de Solón, a principios del siglo vi, cerca de 74 litros, esa cifra representa una cosecha anual de unos 370 hectolitros. Ése era un mínimo. Puede calcularse que la renta rural media de un pentacosiomedimno había de oscilar entre 400 y 500 hecto litros. Dados los rendimientos mediocres de la tierra griega y la práctica del barbecho, según la cual la tierra sólo se culti vaba un año de dos, esa renta corresponde a propiedades de 80 a 100 hectáreas de tierras de labor.
Es una propiedad honrosa, sin más. Lo difícil era mante nerla de generación en generación, debido a las particiones sucesorias. ¿Cómo se conseguía? Primero, evidentemente, limi tando el número de nacimientos legítimos, pues los bastardos, los hijos de concubinas, no recibían, nos dice Homero,13 en el momento de la sucesión, sino una casa y un modesto recin to. Ulises es hijo único, como su padre Laertes, y sólo tiene un hijo, Telémaco.
Los titulares de una descendencia más numerosa tenían, sin embargo, un recurso: la emigración de los segundones. Los siglos vm y vu son para Grecia un período de diseminación,
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de colonización intensa. Se mandaba a los segundones hacia las tierras lejanas, hacia las ciudades nuevas implantadas en tie rra bárbara, donde cada uno de ellos podía fundar un nuevo
genos y desempeñar el papel de jefe político. No olvidemos
que Alcínoo y los señores de Feacia son hijos de semejantes emigrantes.
Este recurso de la emigración no era único. Los grandes podían, en efecto, ensanchar su base rural, en caso de necesi-
Labores en el campo.
dad, procediendo a las compras. Primero en el seno mismo del genos comprando los bienes de un familiar venido a me nos o deseoso de ir a otro lado en busca de fortuna. Luego, fuera de las tierras del genos, instalándose, por compra hecha a la comunidad, hasta por simple ocupación, en los baldíos o tierras sin cultivar, propiedad común de la ciudad. Así proce dieron sin duda, ya lo hemos visto, el anciano Laertes y tam bién Alcínoo.
Así los jefes de grandes familias conseguían sin gran trabajo mantener o reconstituir su dominio rural. Pero, ¡qué diplo macia, qué vigilancia y qué perseverancia necesitaban desple gar para conseguir sus fines! Estemos seguros de que ésa era una de sus preocupaciones esenciales, y también debemos con vencernos de que los poderes judiciales de que disponían en el seno del genos y que les permitían excluir a los detenta
dores o a los herederos de algún bien codiciado, había de ser en sus manos un arma singularmente eficaz para impedir el desmenuzamiento de las tierras del patrimonio. ¡Qué sórdidos cálculos tenemos el derecho de adivinar detrás de la brillante colgadura de la leyenda y de la epopeya!
Una propiedad de ochenta o cien hectáreas no permitiría ciertamente a los aristócratas de Homero que hicieran figura de señores magníficos. Necesitan otros recursos; vamos a ver cuáles. Pero los bienes raíces son el signo, la prenda legal de su dignidad principesca, de su lugar en la ciudad. Por eso les prestan, por tradición, sus mejores cuidados. Vigilan personalmente los gran des trabajos de los campos. Una escena del escudo de Aquiles nos hace asistir a la ceremonia de la siega en un dominio "real”. Unos trabajadores siegan, unos niños recogen las gavillas y las llevan a tres que las ponen en haces. Bajo una encina preparan la comida de los segadores; los heraldos han sacrificado un buey; las sirvientas hacen las tortas de pan. El “rey”, silen cioso, preside, el cetro en la mano, el corazón alegre.14 En el momento de la siembra es él quien pronunciará la invocación a Hades y a Perséfone, dioses subterráneos de la fecundidad, que debe preceder, nos dice Hesíodo, al entierro del grano en los surcos.
Pero, una vez más, su principal riqueza no está en eso. Su fortuna es sobre todo mobiliaria.
Consiste en primer lugar en inmensos rebaños. Éstos no se hallan en el solar, que sólo abriga en sus cuadras los animales de tiro, caballos, muías, mulos, bueyes de labor y de acarreo. Viven en los pastos, las landas, los eriales, en los bosques qué son el bien común de la ciudad y en los cuales los señores han hecho preparar abrigos para sus animales y para los guardianes, pastores, boyeros, porquerizos y cabreros. De ello tenemos una imagen en las instalaciones rústicas del fiel Eumeo, el divi no porquero.
En la Odisea encontramos un censo sumario, pero impre sionante, de los rebaños de Ulises. Fuera de la isla, en tierra firme, frente a Itaca, Ulises posee doce hatos de vacas, doce rebaños de ovejas, doce manadas de cabras, doce de cerdos. En la isla sus cabreros vigilan once manadas de cabras, y Eumeo,
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jefe de los porqueros, doce hatos de cerdos. ¿Cuántos anima les representa todo eso? Podemos formarnos una idea según el inventario de las porquerizas que están a cargo de Eumeo. Éste tiene el cuidado de seiscientas puercas, todas paridas, lo que representa varios miles de porquezuelos. El rebaño de ma chos sólo se compone de trescientas sesenta cabezas; pero ha sido considerablemente disminuido por las exigencias de los pretendientes. El ganado de Ulises se compone, por lo bajo, de unos treinta mil animales.15 Se puede ser rico señor sin lle gar a esa cifra.
La fortuna de Ulises es una fortuna de hacendado. Pero ya han hecho su aparición otras fuentes de riqueza. La industria y el comercio marítimo enriquecen las ciudades de la costa de Asia y las ciudades de la Grecia continental bien situadas sobre las grandes vías de tráfico: Calcis, Cime, Eretria, Egina, Corinto, Mégara, Sicione, por no citar sino las principales. La moneda es ya de uso corriente, aun cuando Homero, por pre ocupación de arcaísmo poético, no la menciona sino con la vaga denominación de "talento”. La vieja aristocracia de hacen dados es la primera en aprovechar ese impulso, pues sólo ella, por lo menos al principio, dispone de capitales suficientes y de la mano de obra servil necesaria (esclavos públicos o priva dos). Así su situación económica se encuentra en primer lugar consolidada. Muy momentáneamente, por lo demás, pues el desarrollo de la riqueza inmobiliaria acarreará pronto la forma ción de una clase de nuevos ricos reclutada entre los menores y los bastardos emprendedores de las grandes familias. Ésta exigirá su parte del poder y en sus reivindicaciones se apoyará en el descontento de los pequeños artesanos amenazados o arrui nados por la competencia de los grandes talleres de esclavos. De ahí la aparición de las primeras tiranías de carácter dema gógico hacia mediados del siglo v il
En tanto, y mientras la nobleza sigue siendo dueña del poder político, los "reyes” acumulan esas nuevas ventajas con las de la riqueza inmobiliaria y también con los provechos tradiciona les del poder. Pues estos últimos no son desdeñables y no deben ib Odisea, XIV, 13-20, 100-108. Una parte de esos rebaños se halla en la costa de Epiro, frente a la isla, que no es la ítaca tradicional, sino Leu- cade. Véase sobre el particular, en nuestro libro sobre Les Poèmes H o mériques et l’Histoire Grecque, t. II, el capítulo sobre ítaca y Pilos.
olvidarse en el inventario de la riqueza señorial. Hesíodo trata, en efecto, a los “reyes” de “tragadores de presentes”. ¿Acaso una censura en su pensamiento? Quizá una sencilla queja. Pues
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Sellos en arcilla (Cnosos).
forzoso es reconocer que el autor de la litada menciona un ejemplo de tales "presentes” sin la menor reprobación y como cosa legítima y muy natural. Al describir una escena de pro ceso representada en el escudo de Aquiles, nota en efecto que,
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