Pero el hecho es que, aunque muchas de sus intuiciones fun damentales sigan todavía siendo válidas, el idealismo también te nía sus propias y lamentables insuficiencias que, junto a una gran y devastadora corriente del mundo moderno, terminarían provo cando su colapso.
Y con ello me refiero a que el idealismo careció de cualquier tipo de yoga, es decir, de cualquier tipo de práctica orientada a
reproducir de manera fiable las intuiciones transpersonales y su-
praconscientes que configuraban el núcleo mismo de su gran vi sión. Por ello sus intuiciones acontecieron de manera espontánea (y, por tanto, no podían ser fácilmente reproducidas) o eran el re sultado de una serie de instrucciones interiores que no se halla ban ancladas en ninguna disciplina segura y s o s te n id a (y que, en consecuencia, tampoco podían ser fácilmente reproducidas).
Fichte, por ejemplo, solía llevar a cabo el siguiente experi mento interno con sus discípulos: «Sea consciente de la pared. Ahora sea consciente de que es consciente de la pared. Ahora sea
Los intentos previos de integración
consciente de que es consciente de que es consciente...». Se tra taba, dicho en otros términos, de un intento -algo burdo, por cier to- de llegar a ser conscientes del Testigo puro, de la subjetividad absoluta que nunca puede ser vista como objeto porque es el Vi dente puro y sin forma. Fichte quiso que sus discípulos estable cieran contacto con lo que él denominaba “el Yo absoluto”, algo que cualquiera puede comenzar a hacer preguntándose “¿Quién soy yo?” o “¿De qué soy consciente ahora mismo?”, un Yo radi cal que, en su opinión, constituye el Origen mismo de todo el universo manifiesto.
Estamos hablando, claro está, de lo mismo que expresa la no ción vedantina de la identidad entre Átman (el Yo puro del indivi duo) y Brahman (el Yo del Kosmos). A este tipo de experimentos internos recurre el Vedánta, entre otros sistemas, para establecer contacto con el Testigo puro, con la única salvedad de que estas instrucciones o experimentos internos -genéricamente conocidos con el nombre de yogas- se hallan articulados configurando una auténtica disciplina. No se trata de simples ejercicios llevados a cabo en el aula para proporcionar a los alumnos un vislumbre del Yo divino, sino de prácticas intensas que el aspirante debe reali zar ininterrumpidamente durante horas, días, meses e incluso años.
En el caso del zen, por ejemplo, si el kóan (u objeto de la me ditación) es “¿Quién soy Yo?” o “¿Quién canta el nombre del Buda?”, es necesario -según Yasutani Roshi- un promedio de
seis años para que el discípulo alcance su primer satori profun
do, la realización auténtica del verdadero Yo (que es, al mismo tiempo, el verdadero Mundo). Mediante esta práctica sostenida e
intensiva despierta, se profundiza, se mantiene y se transmite de
maestro a discípulo la conciencia transpersonal real del Espíritu no dual.
Pero los idealistas carecieron de yoga o práctica espiritual verdadera. En consecuencia, por más profundas que pudieran ser sus intuiciones transpersonales, sólo ocurrían de manera acciden tal, puesto que carecían de un método fiable para reproducirlas
El idealismo: el Dios que está por venir
en los demás. En tal caso, la experiencia transpersonal y supra- consciente quedaba completamente librada al azar y, si tal cosa ocurría, los idealistas le hablaban directamente a usted y, en el caso de que no fuera así, le parecía que estaban confusos y perdi dos en algún tipo de bobadas metafísicas.
Al carecer de un método (o yoga) y de instrucciones concre tas para reproducir la experiencia, el “conocimiento transperso nal" de los idealistas terminó siendo despachado como “mera metafísica", una acusación que, desde Kant, ha bastado para con denar a cualquier filosofía. Pero el hecho de carecer de una au téntica instrucción espiritual (práctica, modelo o paradigma) les llevaba, en cierto modo, a quedar atrapados en la “mera metafísi ca", porque la metafísica, en el “mal" sentido del término, es
cualquier sistema de pensamiento que carece de medios de cons tatación (de pruebas de validez, de métodos de recogida de datos
y, en consecuencia, de evidencias reales). Y, al carecer de méto do para generar evidencias experimentales reales y directas -a
falta de métodos para provocar de manera consistente la expe riencia espiritual- , el idealismo terminó degenerando en una
mera especulación abstracta ajena a toda posible confirmación o refutación.
Así fue como, pocas décadas después de la muerte de Hegel, quedó claro que los idealistas no habían logrado la tan anhelada integración del Gran Tres. Es cierto que hablaban de ella, pero no parecían ser capaces de transmitir realmente la experiencia a los demás. Así pues, la disociación moderna no había sido cura da -si acaso, por el contrario, seguía acelerándose- y los idealis tas habían sido incapaces de detenerla.
Bastó poco menos de un siglo para que la gran visión idealis ta llegara y terminara desvaneciéndose. Esta efímera flor espiri tual -tal vez la más delicada que el Occidente moderno haya co nocido jam ás- vio cómo sus pétalos se marchitaban hasta terminar barridos por el viento en un paisaje cada vez más chato y más desolado, el nuevo mundo del erial venidero.
Iaísintentos previos de integración