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Appendix A: Simple Model of Political Selection and Accountabil ity

Cuando alguien pregunto, despectivamente, a don Miguel de Unamuno qué había aportado el País Vasco a la Historia con carácter radicalmente universal, respondió con voz tonante: «¡La Compañía de Jesús; la prueba fehaciente de la redondez de la Tierra, y la Republica de Chile!»

El primer alcalde de Santiago, la capital de la más meridional de las Repúblicas suramericanas, fue un vascongado, Francisco de Aguirre; y desde entonces a nuestros días asombra el numero de apellidos vascos —Balmaseda, Ortuzar, Vicuña, Urquieta, Errazuriz, Larrain..., por citar solo los que me vienen a la punta de la pluma— que han ocupado, en Chile, desde la presidencia de la República al cardenalato, y los más altos puestos políticos, militares, docentes y diplomáticos, o que han brillado en las artes, las letras y las finanzas. No era, pues, una boutade, a las que era tan aficionado el genial vizcaíno, lo de citar al culto y entrañable Chile como una de las grandes creaciones vascongadas. El tema me tienta para desarrollarlo con más amplitud en otro trabajo futuro; pero hoy me acucia el segundo de los ejemplos citados por el rector de la Universidad de Salamanca, cuyo nombre, sin duda, engrosa la lista de los muchos españoles universales que ha dado Vasconia a nuestra historia común.

¡No fue, no, un viaje de placer el primero que circunnavegó la Tierra! De los cinco galeones y bergantines —Concepción, Trinidad, San Antonio, Victoria y Santia go— que participaron en la expedición, inicialmente capitaneada por Magallanes, en busca de un paso que uniera el Atlántico con el entonces llamado mar del Sur, la última de las naves citadas, Santiago, se pierde en las costas de lo que hoy conocemos como la Patagonia argentina. Ya solo quedan cuatro. La San Antonio resulta tan maltratada por las tormentas que les sorprenden en la boca misma del estrecho que lleva el nombre del capitán de la flota, que regresa a España como inservible. Ya solo quedan tres. Encontrado, al fin, el paso natural que une los dos mayores océanos del mundo, el resto de la Armada se adentra en el Pacífico, que tarda casi un año en cruzar. En la isla de Cebú muere Magallanes, y los expedicionarios deciden hundir la nao Concepción, antes de que lo haga sola, y por falta de gente para repararla, porque entre la salida del puerto de Sanlúcar, el 27 de septiembre de 1519, han muerto setenta y cuatro hombres. Y ya solo les quedan dos naos. Cuando se pierde la Trinidad, y Sebastián Elcano se hace con el mando de la expedición, a bordo de l a Victoria,la única nave que queda, solo lleva consigo sesenta y siete hombres. Cuando dobla el cabo de Buena Esperanza y alcanza el archipiélago de Cabo Verde no sobreviven más que veintidós. Y de los doscientos treinta y nueve tripulantes españoles que embarcaron en Sanlúcar solo bajaron a tierra dieciocho, en el mismo puerto que les vio zarpar, tres años menos catorce días después de iniciado el prodigioso periplo.

Entretanto, nuestro planeta había sido enlazado, abrazado, por la nave bautizada con el nombre que le correspondía —¡Victoria!— y que comandaba un capitán de Guetaria.

No existe tumba de Sebastián Elcano. Aquel que circunvaló el globo no halló un trozo de suelo en toda la redondez del mundo que cobijara sus huesos. No hay una losa que cubra su cadáver, en que esté esculpida la Tierra enlazada con el lema del escudo que le concedió Carlos V: «Primus circumdediste me.» El héroe guipuzcoano regresó al Pacifico en 1526, como segundo de la Armada que comandaba Loaysa; murió en las proximidades de Malasia aquel mismo año, y su cuerpo fue lanzado al mar. El hombre que cruzó por primera vez en la Historia todos los mares del mundo mereció el honor de tener al océano como sepulcro.

Abierto el camino desde América hacia el oeste por la expedición que inició Magallanes, y Elcano culminó, el virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, encomienda a otro guipuzcoano, Miguel López de Legazpi, natural de Zumarraga, la conquista —¡ahí es nada!— de «las islas de Poniente». Tal orden tropezaba con un escollo que parecía insalvable. Era perfectamente posible cruzar el Pacifico de este a oeste. Navegar de México a Filipinas no tenía dificultad alguna..., pero era imposible regresar por el mismo rumbo, ya que los vientos y las corrientes lo impedían. Tres expediciones anteriores lo habían intentado: la de Loaysa (1525), en la que Elcano murió; la de Saavedra Cerón (1527), y la de Ruy López de Villalobos (1542), salidas todas de México. Ninguna de ellas pudo regresar a las costas occidentales de la América española: ni a Chile, en el hemisferio sur; ni a México, en el hemisferio norte. Tras vanos intentos, los pilotos mayores de todas ellas tuvieron que renunciar al empeño y regresar a España siguiendo la peligrosa y larguísima ruta abierta por Elcano. En estas condiciones... tal vez fuera posible ocupar las islas de Poniente (como se llamaba al archipiélago de las Marianas y al de Filipinas), pero... ¿cómo abastecerlas, atenderlas, defenderlas y mantenerlas desde España, y a través de los mares de África, India, China y Malasia? ¡Nunca viose tamaña locura! Legazpi acató las ordenes, mas no sin antes embarcar en la Armada a otro insigne guipuzcoano, el singular Andrés de Urdaneta, mezcla de soldado, sabio y fraile, ex capitán de los tercios de Flandes, Alemania e Italia, que abandonó la espada por el estudio de la matemática, la astronomía y la náutica, y que a los cincuenta y siete de su edad ingreso en la Orden Agustina. ¡Acierto providencial la de llevar consigo a un sujeto de tales prendas!

Al archipiélago que Magallanes denominó «de los Ladrones», lo rebautiza Legazpi con el nombre de las Marianas, en honor de Mariana de Austria, sometiéndolo a la soberanía del rey de España. Y a las otras islas de Poniente, que una expedición anterior bautizó con el nombre de Filipinas, en honor del entonces príncipe de Asturias —más tarde Felipe II—, conquista casi sin derramamiento de sangre, sus once islas mayores y sus siete mil adyacentes. Funda Manila. Y con ello consigue avalorar la frase del rey prudente: «En mi imperio no se pone el Sol.»

En aquellos días aconteció un hecho, que no hubiese merecido en nuestro tiempo sino una reseña de pocas líneas en la sección de sucesos de los periódicos, y que, no obstante, tuvo una enorme trascendencia, como verá quien leyere. Un junco chino naufragó frente a las costas de Filipinas y sus tripulantes fueron salvados por la Armada española, que dominaba aquellos mares, y depositados en sus costas. Como gratitud, los náufragos

salvados enviaron desde China unos presentes, a los que correspondió Legazpi con otros. Y se inició, desde los albores mismos de la presencia española en Asia, un comercio muy floreciente entre China y Filipinas, que tuvo, andando los años, una expansión colosal. Volveremos sobre ello.

¿Cómo no informar de tan buenas nuevas al rey? Legazpi, a quien corresponde tanto como a su monarca el sobrenombre de el Prudente, comisiona al ex soldado y actual fraile agustino Andrés Urdaneta —nacido en Villafranca de Guipúzcoa— que lleve a cabo esta misión. Y aquí empieza otra historia, que es, en verdad, la historia del océano Pacifico. Urdaneta no puede volver de Asia a América por donde vino: los vientos y las corrientes se lo impedían. Elcano llego hasta aquí..., pero siguió navegando hacia el oeste empujado por los alisios. Y lo mismo aconteció, como ya vimos, con las dos expediciones anteriores que salieron de México y no pudieron regresar a la Nueva España. ¡Era necesario encontrar los antialisios, y Urdaneta los encontró! Había que navegar muy hacia el norte, y allí cruzar el Pacifico, para recalar en las costas de California. Y después bajar hacia el sur, costeando todo lo que hoy es Estados Unidos, hasta recalar en el puerto mexicano de Acapulco. Asombroso. Urdaneta —el hijo de Villafranca de Guipúzcoa— lo consiguió.

Y es a partir de entonces que se inició, por medio del famoso Galeón de Manila — primera línea regular de navegación comercial del mundo—, el comercio de China con Europa. A través de Filipinas primero, y siguiendo después la ruta de los antialisios descubierta por Urdaneta, las mercancías llegaban al puerto mexicano de Acapulco; de ahí eran trasladadas a lomo de caballerías hasta Puebla de los Ángeles, donde había una lonja de productos orientales; desde esta bellísima ciudad (fundada nada menos que por el famoso sabio y santo franciscano fray Toribio de Benavente, a quien los indios llamaban Motolinia: hombre pobre), los productos chinos pasaban al puerto atlántico de Veracruz, fundado por Hernán Cortes, donde eran embarcados rumbo a Cádiz o Sevilla. Vale la pena citar algunos de estos productos, porque así como muchos de ellos se universalizaron, otros se hispanizaron exclusivamente, pasando a formar parte de nuestra peculiaridad. Entre los primeros están el clavo, la canela y la vainilla —especias de las que Sebastián Elcano, en su viaje de circunnavegación, trajo cantidades ingentes—, así como tibores, vajillas y porcelanas chinas de la dinastía Ming, que era la entonces reinante. Entre los segundos, el mantón de Manila, la peineta grande de carey, mal llamada «sevillana», los cohetes, bengalas y otros fuegos artificiales..., y la cometa: la cometa de papel de seda, el primer objeto volador creado —en China— por el ingenio humano.

La evangelización de Filipinas —único país cristiano de Asia en nuestros días—; el hecho grandioso, nunca repetido en la Historia, y no por manido menos sublime, de que en los cielos españoles no se pusiera nunca el Sol; la apertura del comercio oriental hacia Occidente..., nada de esto hubiera sido posible sin la «domesticación» del océano Pacifico. Y sus domadores —¡qué bien entendió esto ese excelso alavés llamado Ramiro de Maeztu! — fueron tres eminentes vascongados de Guetaria, Zumarraga y Villafranca de Guipúzcoa.

Ahora que celebramos el V Centenario de América sería la gran oportunidad de historiar la aportación del País Vasco y de sus hombres a esta gran epopeya española, sin olvidar la de la culturización. Mas esto requeriría un libro gordo —no un articulo flaco, como el mío

—, del que este modesto trabajo solo pretende ser el soplo de brisa que mueva la vela de tan noble empeño.

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