3. How to predict the performance of the safety solutions?
3.3. Method of the Knowledge-Based system of Motorcycle Safety
3.3.3. Collecting stage
3.3.3.5. Application case: Reduced study
— ¿Es una daga esto que veo ante mí con la empuñadura hacia mi mano? Ven,
déjame tomarte. No te tengo y aun así te estoy viendo. Visión fatal, ¿acaso no eres tan perceptible al tacto como a la vista? ¿O no eres más que una daga del sueño, una falsa invención producto de una mente febril?
Se pasea entre las hileras de escritorios con un libro abierto en las manos. Lee, pero he notado que muchas veces se queda mirando a sus alumnos sin dejar de hablar, por lo tanto estoy convencida de que aquel texto lo conoce de memoria.
Este día ha hecho lo que mejor le sale. Fingir que nada pasó. Ella me confunde al punto de enloquecerme.
La sombra de un beso que nunca llegó aún está adherida en mis labios… y sabe a deseo.
Suspiro y desvío mis ojos. De nuevo, sin darme cuenta, me había quedado mirándola hipnotizada, tengo que aprender a controlarme o todos se darán cuenta de eso que yo misma me he negado a admitir.
El tiempo que dura la clase es ridículamente corto.
Guardo mis cosas despacio, cuando me llevo la mochila a los hombros todos se han marchado.
La profesora Navarro está en el pizarrón borrando las anotaciones de la clase, no puedo creer lo cerca que estuve de ella, incluso que cuesta creer que sea real. Dios, es demasiado perfecta.
Se gira y por un segundo mi presencia la perturba, así como ella hace conmigo tan a menudo.
— ¿Desea? —pregunta alzando la ceja y con un tonito despectivo.
97
Respiro profundo.
—Me gustaría saber cómo quedamos —digo titubeante.
Me mira como si fuera una tonta, mientras mi ser se debate entre golpearla o besarla.
Gira sus ojos hacia la puerta que permanece abierta. —Hablaré con usted después.
Entiendo su preocupación y también volteo a ver la salida, algunos alumnos cruzan veloces el pasillo para llegar a tiempo a sus respectivas clases.
—Nadie va a venir…
Me muevo despacio hacia ella. —Hablaré con usted después.
—Nadie va a venir —repito cada vez más cerca. —Señorita Orozco por favor, salga de aquí.
Me mira fijamente. En sus ojos hay nervios, preocupación, deseo, incluso miedo… pero ninguna emoción que sea acorde a sus palabras, no hay nada en su mirada pidiéndome que la deje, así que no lo haré.
De nuevo sus ojos van hasta la puerta, el pasillo ya está casi desierto. Es muy temprano para que la energía de los alumnos se propague afuera de las aulas. —Nadie va a venir —y lo repito una y otra vez porque sé que eso es lo que ella necesita escuchar.
De nuevo nuestros ojos hacen contacto.
— ¿Qué quieres Ana? —susurra, porque no hace falta más que eso para que yo la escuche. Estamos demasiado cerca una de la otra.
98
Una vez más ahogo mis pensamientos.
—Ya le dije que quiero saber cómo quedamos. Si nos vamos a ignorar, o si vamos a seguir siendo…
¿Qué éramos? Una alumna y su profesora almorzando, coqueteando, viéndose a escondidas, forcejeando… apunto de besarse… ¿Con que palabra se explica todo eso?
— ¿Seguir siendo qué con exactitud?
Su mirada me reta. Me acorrala. De pronto me siento pequeña. Ella ha tomado el control de nuevo y siempre que lo hace un muro aparece entre nosotras. Me encojo de hombros.
—Amigas…
Pone los ojos en blanco. Allí estaba, el puto muro.
—Usted y yo no somos amigas…
—Tiene razón —la interrumpo— considerando que el sábado estuvo a punto de besarme y luego salió huyendo, creo que hay que buscar una palabra más adecuada…
Los papeles se invirtieron, ahora era ella la corralada.
—Ana, siento que te diera esa impresión, forcejeamos un poco y eso es todo lo que pasó…
— ¿Trata de decirme que aluciné? ¿Eso mismo se dijo usted todo el fin de semana?
—Señorita Orozco…
Bajo la vista, no soy tan fuerte para seguir, para ganarle en su juego. Si continuo presionándola pronto me quedaré sin nada.
99
Me muevo dispuesta a alejarme de ella cuando siento que su mano atrapa mi brazo y con brusquedad me obliga a mirarla.
— ¿Ahora quien huye? —dice en un susurro.
La oscuridad de su mirada encadenando mi alma, sus manos suaves y frías enredándose en mi cintura, su pecho subiendo y bajando al mismo ritmo acelerado que el mío.
Ese era el infierno. Porque ninguna de las emociones que se estaban despertando en mi podían ser dignas del paraíso.
Nunca la había visto fumar pero mezclado son su perfume había un ligero aroma a tabaco. Cerré los ojos y aspiré la deliciosa fragancia de su cercanía, completamente embrujada por ella. Si antes creía que ella era la dueña de mi muñeco vudú ahora estaba segura, yo haría cualquier cosa que Marcela Navarro me pidiera.
La distancia nos estorbaba, estábamos lejos de dar un paso atrás, habíamos cruzado un punto sin retorno y yo no podía esperar. Un sólo movimiento fue suficiente para travesar los universos que había entre nuestros labios. Ni siquiera sé quién había gemido al sentir el primer roce. Sólo sé que aquel beso nos había hecho tanta falta como el agua para quien muere de sed.
Sus manos me sostuvieron de la cadera con fuerza y tiraron de mi cuerpo para acercarlo más. Al mismo tiempo que su lengua experta se adentraba en mi boca.
Cada segundo que pasaba sobre sus labios me alejaba más de la cordura y ella parecía tan ansiosa como yo, pero se detuvo repentinamente y sus ojos fueron hasta la puerta.
—Aquí no —susurró sin soltarme.
Mis manos acariciaron su mejilla y con suavidad la hice girar para depositar otro beso sobre sus labios.
—Ana… por favor…— implora sobre mi boca— Hablemos luego…
100
Se pone muy seria.
—No esta vez. Pero por favor sal de aquí… Se aleja pero la tomo de las manos.
— ¿Cuándo es luego?
—Entra a clases, y en cuanto termines me buscas…
De nuevo camino hasta ella para besarla pero una voz me detiene como si hubiesen puesto una pared invisible en mi camino.
—Ana.
Ambas giramos hacia la puerta. Allí está ella.
La conozco tan bien que casi puedo ver el veneno burbujeando en su interior. —Vero —mi voz suena rara.
Camino hacia mi amiga sintiendo que me va a dar un ataque. Crucé la línea, su mirada recriminatoria me lo dice a gritos.
—La profesora de Historia te está buscando.
Mira por encima de mi hombro, hacia la profesora Navarro. Comienzo a caminar lejos del aula para hacer que Verónica me siga, bastante nerviosa debe estar Marcela para todavía aguantarse a mi amiga.
—No voy a entrar a su clase —susurro mientras ella camina tras de mí cabizbaja— No tuve tiempo de hacer la tarea.
—Ni siquiera yo tengo tareas atrasadas aún —su voz suena como si me estuviera hablando desde el otro extremo de un túnel.
—He tenido problemas para adaptarme este nuevo curso… Ella hace un sonidito raro.
101
—No en literatura. Mi corazón da un vuelco.
¿Qué tanto pudo haber visto o escuchado?
— ¿Por qué lo dices? —esa pregunta es la más difícil que he formulado en la vida.
—No sé —de pronto se detiene— me doy cuenta que tú y la profesora son muy amigas.
Me la pienso dos veces antes de girarme hacia ella. En su mirada hay rabia contenida.
—No somos muy amigas. No sé de qué hablas…
— ¡Deja de fingir! Si aquí hay una estúpida, te garantizo que no soy yo.
Doy un paso atrás. Mi amiga es diez centímetros más alta que yo, va al gimnasio desde hace dos años y ya la he visto enojada antes. Aún que nunca conmigo, no de esa manera.
— ¿Qué rayos te pasa? Actúas como si yo hubiera hechos algo malo — ¿Y no fue así?
—No te estoy entendiendo. Ve al grano. — ¿Qué hacías con ella?
—No te tengo que dar explicaciones. —Soy tu mejor amiga.
—Y ahora mismo te estas comportando como una loca. Puso los ojos en blanco.
102
—Has estado saliendo con ella —sentencio— te estaba tomando de las manos frente a mis ojos —tiene los dientes apretado y la mirada encolerizada— y… alguien vio que… que…
Parece demasiado horrorizada con las palabras como para decirlas en voz alta. — ¿Qué vieron? —la cuestiono impaciente.
—Estuvo en tu casa el sábado.
Lo dijo como si fuera un delito, un pecado. Habló con tal expresión de horror que más bien parecía haberse enterado que estaba consumiendo drogas o que participé en una orgia. Aunque de alguna manera me aliviaba que no hubiese visto otra cosa.
—No tengo por qué darte explicaciones. — ¿No lo vas a negar siquiera?
Respiré profundo. La conocía perfectamente, sabía que pensamientos estaban cruzando por su cabeza y lo que más me aterraba era que la metiera en problemas por mi culpa.
—Vero, déjame en paz, lo digo enserio, no tengo por qué darte explicaciones de nada.
— Ana si se supone que soy tu mejor amiga entonces debes confiar en mí. —Y confió en ti —le digo— pero últimamente no te conozco. Te has estado comportando muy raro…
—Me pasa lo mismo contigo —confiesa— pero te quiero y quiero recuperarte. —No sé de qué hablas.
Se acerca a mí y me sostiene de los hombros. —Aléjate de Marcela. Ella no es quien tú crees. Su contacto me da nauseas.
103
La miro sin entender nada, actúa como si estuviera ebria o enloqueciendo. Y empezaba a creer más en la segunda opción.
—Te juro Verónica que ignoro el problema que tuvo tu hermano con ella o los motivos que te hacen odiarla, pero es una persona sensacional, me agrada y lo que yo haga o no con ella a ti no te incumbe.
— ¿Ya hicieron algo?
—Si. Almorzamos juntas —le suelto— Fue a mi casa por unos libros de mi madre. Ahora lo sabes ¿contenta? Pues largo.
—Me parece que ella tiene segundas intenciones. — ¿Qué?
—Dime lo que sabes de ella —exige sin soltarme.
No sé a dónde quiere llegar pero esa es una buena pregunta, durante los almuerzos hablamos de libros, de mí, de mis padres, de mis habilidades artísticas, de mis gustos musicales, de mi desempeño escolar, incluso de mi gato. Pero yo solo sabía que se llamaba Marcela Navarro, que daba clases de literatura y que había trabajado en una universidad.
Doy un paso atrás alejándome antes de volver a vomitarle encima. —Yo no te debo explicaciones de nada Verónica...
— ¿No te ha dicho que es una zorra? Eso es más de lo que puedo soportar
—No aguanto tus estupideces, cuando te controles me buscas… Doy media vuelta para alejarme.
— ¿Te dijo que estuvo en la cárcel? La ignoro.
104
Pero ella corre hasta mí y me sostiene del brazo como minutos antes lo había hecho Marcela. Aunque esta vez intenté soltarme, pero el agarre de Verónica era firme y tenía las uñas enterradas en mi carne.
—La querida profesora de literatura está jugando contigo. Como lo ha hecho siempre con sus alumnas, ¿No te ha dicho por que perdió su trabajo en la universidad?
—Déjame en paz —susurro amenazante y esta vez Verónica entiende que ha llevado mi paciencia al límite.
Camina alejándose de mí pero repentinamente se gira y suelta la última gota de veneno que tenía en la lengua.
—Puedes no creer, pero busca en internet…
La conocía desde siempre. Ha tenido una copia de las llaves de mi casa desde la secundaria. Era mi mejor amiga y ahora la estaba odiando.
¿Qué rayos le sucedía? Uno puede odiar a un profesor, por ser flojo o demasiado exigente, pero no al grado de inventar una historia absurda sólo para que tu amiga lo odie también.
El resto de la mañana fue una tortura, ni siquiera tenía el valor de caminar por el pasillo que daba al aula de literatura por temor a que Verónica anduviera husmeando. Marcela ya la tenía sentenciada por el director, yo lo había oído perfectamente, una sola falta y quien sabe qué suerte correría. No quería ser la alumna buscona que puso una mancha negra en su expediente y menos quería verla enfrentándose a mis padres.
Un millón de catástrofes pasaban por mi cabeza, no me pude concentrar en ninguna materia y al final salí regañada por más de un profesor. Al concluir la última clase hice lo más prudente que se me ocurrió. Irme a casa.
Seguía molesta por mi altercado por Verónica, pero ahora que había dejado a mi profesora a salvo, lejos de mí, podía escuchar más allá de los reproches de mi amiga.
105
Siempre había alardeado sobre saber cosas de Marcela Navarro, pero ahora prácticamente me había gritado que la profesora había hecho algo realmente malo para que la echaran de la universidad. Dijo que había jugado con sus alumnas… que estuvo en la cárcel.
Veneno, te quiere envenenar en su contra eso es todo. Me advirtió la voz de mi
conciencia.
Pero al llegar a casa movida por un impulso desconocido caminé dando grandes zancadas hasta mi habitación y encendí mi laptop.
Tardó una eternidad en cargar la página principal de google y otra más en generar resultados de la búsqueda con los términos “Marcela Navarro”
La información que Verónica tenía estaba en la página web de un periódico, más específicamente en la sección policiaca.
106