Hay palabras que llevan en ellas la evidencia de cierta clase de revolución en el dominio del pensamiento, y splagchnizesthai es una de esas palabras. Significa
"compadecerse". No es clásica, pero si contiene una forma clásica de pensamiento. Splagchnizesthai es el verbo que procede del hombre splagchna, que significa vísceras principales, es decir, corazón, pulmón, hígado e intestino. Los griegos sostenían que estas vísceras constituían el asiento de las emociones y pasiones, especialmente de la ira, la ansiedad, el miedo e incluso el amor. Cuando Heracles está exponiendo sus quejas a Admeto, dice: "A un amigo hay que hablarle con libertad, Admeto, y no
guardarse en las splagchna (las entrañas) los reproches callando" (Eurípides, Alcestis 1008-1010). El coro, oyendo el lamento de Electra, dice: "Oyéndote, se entristecen mis splagchna" (Esquilo, Las Coéforas 413). Así, pues, en el griego clásico, las splagchna son las partes internas del hombre y asiento de las emociones más profundas.
Partiendo de esta idea, se formó, en el griego posterior, el verbo splagchnizesthai que significa "compadecerse", y, de esta misma derivación, puede inferirse que
splagchnizesthai no describe una piedad o compasión ordinarias, sino una emoción que conmueve lo más recóndito del ser del hombre. Esta es la palabra griega para expresar con mayor fuerza la idea de compasión.
En el NT, splagchnizesthai nunca se encuentra fuera de los evangelios sinópticos; y, excepto en tres ocasiones que aparece en parábolas, siempre es usado con referencia a Jesús. En las parábolas se utiliza respecto del señor que tuvo compasión del siervo que no podía pagarle (Mt. 18:33), de la compasión que hizo al padre recibir con amor al hijo pródigo (Lc. 15:20) y de la compasión que movió al samaritano a ayudar al viajero
herido en el camino de Jericó (Lc. 10:33). En el resto de los casos, se emplea en conexión con Jesús mismo.
Jesús tuvo compasión de la multitud cuando la vio como ovejas sin pastor (Mt. 9:36; cf Mr. 6:34). Tuvo compasión de los hambrientos y necesitados que le seguían al desierto (Mt. 14:14; 15:32; Mr. 8:2), y tuvo misericordia del leproso (Mr. 1:41). Jesús se compadeció de los dos ciegos (Mt. 20:34) y de la viuda de Naín que llevaba a enterrar a su único hijo (Lc. 7:13). El padre del muchacho epiléptico apeló a la compasión de Jesús (Mr. 9:22).
Hay dos interesantes hechos con relación al uso de esta palabra.
(I) Jesús tuvo compasión del abandono espiritual de la multitud. Eran como ovejas sin pastor. Jesús no estaba molesto con la simpleza de la muchedumbre ni irritado con su inutilidad, sino preocupado por ellos. Les veía como cosecha que espera ser recolectada por Dios (Mt. 9:37, 38). Los fariseos decían: "El hombre que no conoce la ley es
maldito." Y bien podía esperarse de ellos frases como: "Hay gozo en los cielos por cada pecador que es destruido". Pero, frente a la ruina espiritual de los hombres, aun cuando fuera causada por la propia dejadez de ellos, Jesús no sintió sino piedad. El no veía al hombre como un reo que ha de ser condenado, sino como un descarriado que había que encontrar y llevar a casa. No veía a los hombres como broza para quemar, sino como mies presta para ser segada por Dios.
(II) Jesús se compadeció del hambre y dolor de los hombres. El triste espectáculo de una multitud hambrienta, la vista de gentes cansadas, la apelación de un ciego o un leproso, despertaba su compasión.
Jesús nunca consideró a las personas un engorro o un fastidio, sino siempre seres que necesitaban su ayuda. Eusebio (Historia Eclesiástica 10.4.11) escribe de Jesús en términos que son o una inconsciente o una deliberada cita de Hipócrates, el fundador de la medicina griega. "Era como el excelente médico que, para curar la enfermedad, examina lo que es repulsivo, palpa las llagas, y siente en sí el dolor del sufrimiento de los otros". Jesús nunca consideraba con indiferencia al sufriente, y, por tanto, mucho menos con asco y disgusto, sino con tal piedad, que resultaba en ayuda.
(Ill) Jesús tuvo compasión de la aflicción de los hombres. Cuando se encontró con el cortejo fúnebre del hijo de la viuda de Naln, fue conmovido por el patetismo de la situación humana. Jesús no se sintió al margen ni fue indiferente a lo que allí estaba sucediendo; la pena de la viuda llegó a ser su propia pena. En Sentimental Tommy, Barrie escribió de su héroe, que es él mismo: "El más conspicuo de sus rasgos
caracterológicos era la facultad de ponerse en el lugar de los otros y permanecer en él hasta conseguir ser uno más." La grandeza de Jesús consistía en su complacencia de introducirse en la situación humana, y ser movido por la acerbidad de la tal situación a esa compasión que le compelía a ayudar y a curar.
Pero splagchnizesthai tiene un significado de mucho más alcance que la simple indicación de que Jesús se conmovía en lo más profundo de su ser en presencia de la situación humana. Lo notable de esta palabra es que, para un griego, su uso en relación con alguien que fuera divino sería completa, absoluta y totalmente imposible.
Según los estoicos, los pensadores más eminentes de la época del NT, la suprema y esencial característica de Dios es la apatheia. Por apatheia ellos no querían dar a entender apaga en cuanto dejadez, falta de vigor o energía, sino "ausencia de
inquietudes", "impasibilidad", y argumentaban así: si un hombre puede sentir, afligirse o gozar, esto significa que alguien puede afligirle o hacerle gozar. Es decir, significa que alguien puede alterar sus sentimientos, puede causarle felicidad o tristeza, lo cual implica que tiene poder sobre él, y, por tanto, que es, al menos de momento, tan grande como él. Si Dios sintiera tristeza o alegría de algo que le sucediese al hombre, esto significaría que el hombre puede causar efecto sobre Dios, que el hombre tiene el poder de afectar a Dios; pero es imposible que alguien tenga poder sobre Dios, pues nadie es más grande que Dios; por tanto, Dios no puede tener emociones; es esencialmente imposible; es, por naturaleza, apático, en el sentido técnico del término. Los griegos creían en un Dios que no era emotivo. No concebían que el ser divino pudiera ser movido a compasión.
Cuando Apuleyo escribía acerca del dios de Sócrates, decía que, según el pensamiento de Platón, "el hombre y Dios nunca pueden encontrarse. Una piedra me oiría más fácilmente que Júpiter". Y sigue diciendo que él no cree tanto que los dioses estén enajenados y sean diferentes de nosotros, sino que es imposible que nuestras oraciones lleguen hasta ellos. "Yo no estoy alejado de los dioses bajo el punto de vista de su ocupación en los asuntos humanos, sino en el sentido de contacto" (De Deo Soca 6.132). Si Dios es Dios, entonces es, por esencia, incapaz de oír una oración o sentir piedad.
Plutarco, pensando acerca de Dios, sostenía que la divinidad estaba muy por encima de todo contacto directo con el universo, y que cualquier clase de comunicación entre el cosmos y Dios se establecía a través de los demonios (o genios, divinidades inferiores. N. del T.). "El que envuelve a Dios en las necesidades humanas no repara en su majestad, no afirma la dignidad y grandeza de la excelencia de Dios " (Plutarco, De Def. Orac. 9,414 sigte.). Tal como Plutarco lo veía, era imposible para Dios ser Dios y, a la vez, estar implicado en -y afectado por- los asuntos humanos. Una y otra vez, para este pensador traspasaría el límite de lo creíble, el que Dios pudiera ser movido a compasión.
Pero la opinión cristiana enfatiza la piedad de Dios. Dios, dijo Clemente de Alejandría, es "rico en piedad". Ciertamente, Dios es -he aquí una bonita imagen- todo oídos y todo ojos (Clemente de Alejandría, Stromateis 2.74.4; 7.37.6). Dice que el Logos, la Palabra de Dios, aunque estaba esencial y eternamente libre de pasión, "por amor a nosotros, tomó nuestra carne y, con ella, la capacidad para sufrir" y "descender hasta la
sensación" (Stromateis 5.40.3). Para Clemente la misma esencia de la idea cristiana de Dios era que Dios escogió, voluntariamente, sentir por -y con- los hombres.
Lo terrible de la ética pagana era lo que pensaban los estoicos de que el hombre debe procurar hacerse como Dios, y no tener preocupación alguna ni cuidado. Si un hombre quería vivir en paz, decían, debe abstenerse de todo sentimiento y de toda emoción (de todo lo que altere la tranquilidad del ánimo, N. del T.). Epicteto escribe sobre cómo debemos enseñarnos y adiestrarnos en no preocuparnos cuando perdamos algo. "Este debe ser nuestro estudio de la mañana a la noche, comenzando por las cosas más insignificantes y baladíes, como un vaso de barro, y prosiguiendo con las que lo van siendo menos, como una vestidura, un perro, un caballo, un estado, hasta llegar a ti mismo, tu cuerpo, las partes de tu cuerpo, tus hijos, tu esposa y tus hermanos" (Epicteto, Discursos 4.1.13). Perder algo, ver morir a nuestros seres más queridos, y decir: "No importa; no me preocupa."
El pensamiento religioso pagano creía en un Dios cuya esencia era ser incapaz de sentir piedad; la ética pagana enseñaba a aspirar a una clase de vida de la que, al final, toda piedad y compasión se hubieran desvanecido. La idea de un Dios compasivo y una vida cuya fuerza motriz es el amor piadoso, solamente pudo haber venido a semejante mundo por vía de nueva revelación.
Nosotros creemos que Dios es amor y que la vida cristiana es amor, y haremos bien en no olvidar que ni una cosa ni otra hubiéramos conocido sin la revelación de Jesucristo, de quien tan maravillosamente a menudo se dice que sentía compasión.