Las categorías verbales o categorías lingüísticas son las palabras. En un sentido amplio son categorías verbales los enunciados simples y los enunciados complejos. De una forma metafórica lo son también los gestos y los movimientos del
cuerpo. Siguiendo el paralelismo entre las dos categorías anteriores, las reales y las mentales, habríamos de decir que las categorías verbales se corresponden con las dos anteriores. Pero esto no es así en absoluto.
Las categorías lingüísticas, las palabras, expresan las categorías mentales, y, a través de ellas, como vimos en su lugar, expresan las categorías reales. Las categorías lingüísticas son la verbalización de las categorías mentales. Pero aquí se rompe el paralelismo, pues las palabras no son signos naturales de las ideas, de la misma manera que éstas sí lo son respecto de las cosas, como ya se ha dicho. Las categorías lingüísticas son signos arbitrarios, es decir, signos elegidos libremente por el hombre para expresar sus ideas.
El hombre no es libre para formar su ideas como quiera. Las forma teniendo en cuenta y ajustándose a los datos de las cosas que posee de ellas a través de la percepción. No podemos formar nuestras ideas o conceptos de otra manera. Formamos nuestras ideas acerca de las cosas ateniéndonos inevitablemente a los que de ellas percibimos. Por eso en cada hombre y en cada caso hay una correspondencia exacta entre las categorías mentales y las categorías reales. Pero, cuando se trata de las palabras, esto no acontece en absoluto. Cada uno es muy libre para elegir la palabra o el signo que quiera para expresar sus ideas. Es libre, incluso, para elegir las palabras que quiera para ocultarlas (la mentira). En este sentido hay muchas palabras para expresar una misma idea, y, a veces, hay muchas ideas para ser expresadas por medio de una misma palabra. Por tanto la correspondencia entre la categorías verbales y las categorías mentales es muy elástica o muy imprecisa.
Las categorías verbales son los nombres (sustantivos y adjetivos) y los verbos. Como hemos visto, la tradición llamaba a estas palabras 'categoremáticas', es decir, expresiones verbales que significan categorías mentales y, a través de éstas, categorías reales. Las otras palabras son 'sincategoremáticas', pues no expresan categoría real alguna, ningún modo de ser que se corresponda con las cosas reales, sino alguna determinación o concreción de los modos de significar de los categoremas, por ejemplo, el artículo femenino 'la'. Los sincategoremas se llaman así porque siempre van acompañando a los categoremas y, con independencia de éstos, no significan nada. Es decir, no son categorías de la realidad. En la terminología actual a los primeros se les llama 'categorías gramaticales mayores' y su conjunto constituye el vocabulario. Constituyen una clase abierta (vocabulario abierto) por la posibilidad que hay de incrementarlo a base de la invención de otros nuevos vocablos o de la transformación de los ya existen- tes. Suele dárseles también el nombre de 'categorías estructurales'. A los segundos se les llama 'categorías gramaticales menores' y su conjunto constituye el vocabulario cerrado por sus pocas posibilidades de invención o alteración. También suelen llamárseles 'categorías funcionales'. Esta distinción es importante para la adquisición del lenguaje y otros procesos psíquicos como son la construcción de estructuras lingüísticas y la expresión de los pensamientos7.
Una psicología no mentalista, como la conductista, elimina de un plumazo las categorías mentales y establece una correspondencia directa entre las categorías verbales y las supuestas categorías reales, reconociendo, a su vez, una prioridad lógico-ontológica de las segundas sobre las primeras. El esquema asociacionista obliga a establecer la conexión entre ambas comportándose las pretendidas categorías reales como estímulos y las categorías verbales como respuestas8. En efecto, para esos autores, en la naturaleza existen cosas, pero no categorías de cosas. Las categorías de cosas son construidas por el individuo utilizando para ello las categorías verbales, es decir, las palabras o el lenguaje. El
individuo organiza mentalmente el universo material utilizando el lenguaje (nomi- nalismo). Clasifica debajo de cada palabra los cosas que pueden ser significadas con esa misma palabra. No hay entre las cosas otro nexo, otro elemento común, pues para el conductimo, el positivismo y el neopositivismo de los que se deriva, carece de sentido hablar de las esencias, y de los elementos o rasgos esenciales de las cosas como factores constitutivos de las categorías de la realidad. La organización mental es la misma organización verbal u organización lingüística. La mente se encuentra incapacitada para hacer otra organización. Ni siquiera la mente del científico es capaz de hacer otra cosa.
Para medir las carencias que tiene esta forma de entender la actividad intelectiva es preciso tener en cuenta algunas consideraciones. En efecto, las categorías verbales, a diferencia de las estructuras profundas del lenguaje, no son innatas, sino aprendidas. Ahora bien, no sólo aprendemos las categorías o las palabras de una lengua, sino que también aprendemos el uso de las mismas. Por su parte, como veremos, el uso de las palabras es múltiple. Merece destacarse el uso real. En virtud de este uso las palabras designan cosas, es decir, nos sirven para referirnos a las cosas, habida cuenta de los problemas que surgen de la naturaleza de la comunicación humana. En virtud de esta referencia, mientras que las catego- rías verbales han de ser determinadas de acuerdo con el contexto, las categorías mentales han de ser determindas de acuerdo con las capacidades cognitivas, de cuerdo con el ejercicio de las mismas y de acuerdo con la realidad que pretenden estructurar.
Esta referencia a las cosas puede ser de dos clases. Hay una referencia superficial y una referencia profunda:
a) La referencia superficial es aquella en virtud de la cual una palabra nos sirve para clasificar una serie de cosas. En efecto clasificamos cosas bajo la etiqueta común del nombre del que nos servimos para designarlas en un contexto cultural determinado, por ejemplo, la clasificación de todos gorriones debajo del nombre o de la palabra 'gorrión' con que nos referimos para designarlos. Con harta frecuencia grandes sectores de la población humana no tienen otro criterio para clasificar series de cosas que este del nombre o de la palabra que ha aprendido en un momento determinado para significarlas. Lo único que saben de esa serie de cosas es que tienen el mismo nombre. En cualquier caso, se trata de una clase de cosas. Pues bien, para muchos pensadores actuales esta es la función esencial del lenguaje, la función de clasificar los objetos o las cosas. Se piensa que la clasificación que el hombre hace en virtud de la categorías verbales es suficiente y la única de que dispone el sujeto para hacer una construcción mental del universo, incluso cuando se trata de la construcción mental que llamamos ciencia.
b) La referencia profunda es aquella en virtud de la cual una palabra nos sirve para designar el rasgo esencial en virtud del cual esas cosas pertenecen a una misma clase o categoría real con independencia del nombre del que nos servimos para designarlas. Ese rasgo es compartido por igual por todos los miembros de la clase (universal). Esto es una condición indispensable para que puedan pertenecer a ella. Es decir, pertenecen, de hecho, a la misma clase, no en virtud del nombre que se utiliza para designarlos, sino en virtud de este rasgo que tienen compartido. Por tanto la reunión de todos ellos, no es una simple clase arbitraria o contingente, sino una categoría real entitativa o esencial. Por esto mismo la referencia profunda no es inmediata sino indirecta o mediata. La categoría real está ahí; tiene una existencia fáctica. Para que esa categoría pueda ser designada por medio de una categoría verbal, tiene que ser previamente conocida, es decir, la inteligencia tiene que conocer ese rasgo esencial que la constituye formando así su propia categoría
mental o idea. La palabra o categoría verbal, en tanto que signo arbitrario, es elegida por el individuo para expresar sus ideas, y, mediante ellas, para expresar las cosas. La referencia profunda, por tanto, es profunda porque requiere un conocimiento profundo de la realidad: el conocimiento de ese rasgo esencial mediante el cual se constituye la categoría real. Para la inteligencia humana el uso de las clases es posible con un conocimiento superficial de las cosas que se clasifican. Por el contrario el uso de las categorías es imposible sin un conocimiento profundo de las mismas. La utilización de la clases como procedimiento para la construcción del mundo mental como representación de la realidad es una versión moderna del nominalismo del siglo XIV.
Las consecuencias que derivan de las teorías conductistas y positivistas en general son funestas para el propio conocimiento humano. Si lo único que tienen en común las cosas y los grupos de cosas es el nombre con el que son designadas, tanto la transferencia como la generalización, esenciales para la ciencia, deberían hacerse a través del nombre. Lo cual resulta radicalmente imposible, pues las propiedades del nombre en manera alguna son las propiedades del objeto que significa. Por otra parte, los nombres pueden ser equívocos. Si tuvieran esta propiedad, entonces, de las propiedades de un gato (animal), es un ejemplo, podríamos inferir las propiedades del aparato que sirve para levantar las ruedas de un coche.
Si las categorías mentales cognitivistas son radicalmente incapaces para darnos una explicación del conocimiento humano vulgar y científico, las categorías verbales los son más todavía. Las categorías verbales designan clases. También designan categoría mentales o ideas representativas de esencias o rasgos esenciales de las cosas. También designan individuos. Esto es comprensible por la elasticidad del lenguaje a la que nos hemos referido antes. Para saber cuando cumplen una de estas tres funciones en cada caso las categorías verbales tienen que ser interpretadas, es decir, descodificadas. Y esto sólo es posible si se tiene en cuenta el contexto en el que son utilizadas. Si en el orden ontológico no puede haber cosas aisladas, en el orden lógico no puede haber ideas aisladas, y en el orden semántico no puede haber palabras descontextualizadas. Una palabra descontex- tualizada no es una categoría verbal, pues, en virtud de la elasticidad que deriva de su carácter arbitrario, de facto no significa nada. Una palabra, un sonido cualquiera, un gesto o un movimiento producido arbitrariamente por el hombre está abierto, completamente abierto, a todo aquello que el sujeto quiera significar por medio de él. Por eso precisamente se requiere una interpretación por parte del que se lo encuentra delante. Las cosas y las ideas tiene naturaleza categorial por sí mismas, es decir, por derecho propio. Las palabras tienen naturaleza categorial en la medida en que el que el que habla o el que escucha les confiere ese carácter. No hay sonidos que sean categoriales por sí mismos.
Cuando hago esta crítica de las tesis cognitivistas y conductistas no estoy negando que la inteligencia realice esas operaciones de categorizar clasificando o de clasificar verbalizando. Lo que intento decir es que esto no constituye la esencia de la actividad intelectiva y, por supuesto, que no es precisamente esto lo que hace cuando construye los conocimientos científicos. Cuando la inteligencia piensa simplemente o cuando piensa construyendo parcelas científicas, desarrolla su actividad guiada por las relaciones lógicas y ontológicas. Ese camino y esa dirección no es otra que la de los géneros y las especies y, como efecto de ello, la dirección de la 'consecuencia' que hay entre el antecedente y el consiguiente de todo razonamiento. Sin esto no son posibles las demostraciones. Y, sin demostraciones, ni hay ciencia, ni hay vida racional. El que en su razonamiento se deja guiar
únicamente por las exigencias de las relaciones y leyes de las palabras puede que obtenga conclusiones, pero esas conclusiones no se derivan de las premisas. Puede que sean conclusiones verdaderas, pero en modo alguno son verdaderas conclusiones.
La inteligencia humana está programada para formar categorías mentales de acuerdo con los datos de la percepción que tiene acerca de las categorías reales. Y está programada para moverse en el campo de los géneros y las especies de acuerdo con las leyes lógicas, construyendo así nuevas catego-rías, pero no está programada para elegir y asignar una categoría verbal determinada a una categoría mental determinada. Tampoco está programada para moverse en el campo de las palabras o categorías verbales con independencia de las categorías mentales o de las categorías reales. Esto puede hacerlo, pero necesita un aprendizaje o una programación adquirida, la cual dista mucho de ser universal o común, pues cada pueblo o cada país tiene sus propias leyes y su propia programación. En la programación fija que afecta al lenguaje, lo universal (los universales lingüísticos, las estructuras profundas) es lo que recibe de las categorías mentales y las categorías reales. Por eso se afirma actualmente que lo profundo del lenguaje, es decir, aquello que lo convierte en categorial, no está en el habla, sino en la dimensión cognitiva del individuo (en los conceptos) de la cual quiere ser fiel expresión.
Esto nos lleva a enfatizar insistentemente sobre la importancia de la formación de los conceptos. Cuando estos respetan lo que deben respetar, entonces son verdaderos conceptos, y, por análisis y síntesis, podemos obtener de ellos conceptos nuevos, los cuales constituyen auténticas categorías mentales representativas de la realidad aunque de forma inmediata no surjan de las percepciones. Para que esta representación sea completa no basta con reproducir intencionalmente las cosas. Es preciso reproducir también las acciones y las relaciones que vinculan unas cosas a otras. Si el universo real es dinámico, el universo mental también lo es. La inteligencia va incesantemente de unas categorías a otras, pues esto es una exigencia de las propias categorías mentales por estar mutuamente implicadas en virtud de su natural subordinación o supraordinación. Cuando la inteligencia sigue la dirección de la subordinación, esta actividad se llama 'deductiva'; y, cuando sigue la dirección de la supraordinación, se llama 'inductiva'. La inteligencia no tiene otras posibilidades. Pues bien, estos procedimientos o estos caminos no son practicables desde las categorías verbales. Por su parte, la dirección de la actividad de la inteligencia que no es ascendente ni descendente, sino que va de igual a igual, es decir de una categoría a otra que se encuentra a su mismo nivel o de una cosa singular a otra cosa singular, es una actividad posible (demostración analógica), pero, ni suministra conocimientos seguros, ni aporta nada positivo para el progreso de la ciencia. En cualquier caso, este tránsito de la inteligencia tampoco es posible desde la categorías verbales. Por eso la función de las categorías verbales, a los efectos de la inteligencia, no es una función principal, sino subordinada o subsidiaria de la función de entender y razonar. Las categorías verbales ayudan al desarrollo de la actividad propia de la inteligencia, pero no la constituyen o suplantan, no son su objeto principal. A los efectos del pensamiento las categorías mentales son esenciales e insustituibles9.
Conviene insistir un poco más en estas ideas. Las categorías verbales o categorías lingüísticas son elegidas o producidas libremente por el hombre, pues cada hombre puede expresar estas ideas con los sonidos que crea convenientes. Estos signos o palabras inventadas podrán ser aceptadas por los demás o podrán ser rechazadas. Pero a él nadie puede negarle ese derecho de inventarlas y utilizarlas como quiera.
Por el contrario, las categorías mentales son formadas por la inteligencia sujetándose en todo a eso que ella misma conoce de la realidad o de la categorías reales. Pensamos acerca de la realidad sujetándonos en todo a lo que de ella conocemos. Eso que llaman libertad de pensamiento es otra cosa muy distinta. Precisamente por eso, porque formamos nuestras ideas y nuestros pensamientos acerca de la realidad en íntima dependencia de lo que de ella conocemos a través de la percepción, nuestra categorías mentales son adquiridas. La formación de estas categorías en esencia es, como hemos visto, nuestro aprendizaje. En esto, tanto ARISTÓTELES (con su 'tabula rasa') como LOCKE (con su cuartilla en blanco) tenían toda la razón. Sin embargo, no todo lo que hay en el conocimiento procede de la experiencia (KANT, CHOMSKY, ETC.). Hay en nuestra mente una exigencia innata a categorizar ciertos objetos como substancia y otros objetos como accidente; ciertos objetos como cantidad y otros objetos como cualidad; ciertos objetos como relación y otros objetos como acción o pasión (afectación), etc. Como consecuencia de esto mismo hay también en nuestra mente una exigencia ineludible que nos lleva a categorizar algunos de estos objetos como causas y otros objetos como efectos, ciertos objetos como sujetos y otros objetos como atributos, ciertos objetos como poseedores y otros objetos como cualidades o cosas poseídas, etc. Lo innato no es la categoría mental o concepto, sino la exigencia de que cada concepto sea encajado en una parte muy concreta del esquema general o estructura objetiva de la inteligencia humana10.
Una cosa es la categoría y otra cosa muy distinta es la estructura mental general de la cual forman parte cada una de las categorías mentales. Cada categoría es un fragmento de información acerca de la realidad. La estructura en la que se engarzan esas categorías mentales, por el contrario, no constituye información alguna. Pues bien, la mente humana está programada para formar categorías y colocar cada una de ellas en el lugar mental que le corresponde. Esta estructura es innata y a priori respecto de las categorías mentales.
A mi entender es esto precisamente, no otra cosa, lo que constituye la aprendibilidad (learnability) de la cual hablan los psicólogos actuales (WESCHLER, CALICOVER, PINKER, ETC.) interpretándola en sentidos diversos11. La formación y sistematización de las categorías mentales es nuestro único aprendizaje, es decir, el aprendizaje humano en tanto que humano. Pues bien, el aprendizaje en cuanto tal es adquirido, pero esa adquisición es posible gracias a esa capacidad innata del individuo que se llama aprendibilidad.
Esa estructura mental es, por otra parte, universal. Se encuentra compartida por todos los seres de la especie humana. Todos la poseen en la misma medida. Lo que acontece es que no todos la han desarrollado de la misma manera. En los individuos sanos, y refiriéndonos al lenguaje interno, está constituida por las estructuras profundas elementales de las que habla CHOMSKY, pues aun los individuos más alejados o marginados de la cultura experimentan estas exigencias de categorizar y engarzar o relacionar las categorías de esta manera. En los individuos más arropados por las corrientes culturales, la estructura mental se hace más compleja o se desarrolla con otros compartimentos nuevos proporcionando así el lugar adecuado para categorías nuevas o para subcategorías de las categorías