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El fin de la segunda semana es esencialmente práctico y consiste en abrazarse de hecho y de corazón con la pobreza, la humildad y el dolor de nuestro Señor Jesucristo, arrimándonos lo más que podamos a su persona, a su doctrina y a sus ejemplos.

Mirado dicho fin de una manera general, no ofrecería ciertamente grandes dificultades, pero carecería por lo mismo de verdadera eficacia. Por eso San Ignacio, propone con la mayor claridad uno por uno, los grandes hechos y las grandes enseñanzas del Redentor; y con ellos a la vista, descubre, y sin la menor compasión desentraña muy en particular, las afecciones más vivas que arrastran al ejercitante al amor de las riquezas, del honor y del placer de la vida; y hecho esto, le invita a sacrificarlo todo al amor de aquel Jesús, a quien enardecido preguntaba en la primera semana: “¿Qué debo hacer por Cristo?” [53]. Nada de propósitos al aire; el ejercitante ha de contestar categóricamente, con un sí, o con un no, a cuantas aficiones o repugnancias, concretas o determinadas se presenten; y el dicho debe juntarse con el hecho.

Hay que reproducir la santidad evangélica y los procedimientos evangélicos, como si de nuevo tuviéramos delante de nosotros a Jesucristo y para mí solo repitiera él sus enseñanzas y sus ejemplos. Aquel “por mí”, se repite en cada contemplación y allá dentro del alma contesta su eco: “Y yo ¿qué debo hacer por él?” San Ignacio pretende nada menos que llevar al ejercitante a las alturas de lo que él llama tercer grado de humildad, en que “siendo igual alabanza y gloria de la divina Majestad, por imitar y parescer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza; opprobios con Cristo lleno dellos, que honores; y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fué tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” [167]. Cualquiera puede ver que casi es imposible ir más allá en la imitación de Jesucristo.

Semejantes deseos nos los dió el Santo en el libro del Examen, convertidos en norma práctica de la vida. “Es mucho de advertir (encareciéndolo y ponderándolo delante de

nuestro Criador y Señor), en quánto grado ayuda y aprovecha en la vida espiritual, aborrecer en todo y no en parte quanto el mundo ama y abraza y a admitir y desear con todas las fuerzas possibles quanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado. Como los mundanos que siguen al mundo aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y estimación de mucho nombre en la tierra, como el mundo les enseña, así los que van en spíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor; aman y desean intensamente todo lo contrario; es a saber, vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor por su debido amor y reverencia; tanto que donde a la su divina Majestad no le fuere offensa alguna, ni al próximo imputado a pecado, desean passar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenidos y estimados por locos (no dando ellos ocasión alguna dello), por desear parecer y imitar en alguna manera a nuestro Criador y Señor Jesucristo, vistiéndose de su vestidura y librea; pues la vistió El por nuestro mayor provecho spiritual, dándonos exemplo, que en todas cosas a nosotros posibles, mediante su divina gracia, le queramos imitar y seguir, como sea la vía que lleva los hombres a la vida”[31].

En esta hermosa página, hija como se ve del tercer grado de humildad, presenta San Ignacio a quien pretende entrar en la Compañía de Jesús, el ideal del jesuita y lo califica de “Grado de perfección preciosísimo en la vida espiritual”[32]. Claramente se ve, que si el hombre en el desarrollo de su vida ordinaria, no mira todas las cosas desde este punto de vista, jamás alcanzará aquella libertad de espíritu necesaria para entregarse sin reservas al servicio de nuestro Señor, ni la fortaleza divina que debe acompañar siempre al apóstol, ni la plena satisfacción interna y la absoluta confianza en Dios, luz y consuelo de las almas santas. ¿Pero cómo se sube a estas alturas?

En el sistema ignaciano, el medio para escalar punto tan elevado es poseer una gran idea y un gran sentimiento, cosas ambas que se identifican con el conocimiento y el amor de nuestro Señor Jesucristo. Jesucristo es el objeto y materia única de las tres últimas semanas de los Ejercicios, como si al ejercitante le fuera imposible, una vez puestos sus ojos en nuestro Señor, apartarlos ni por un momento de su divina persona. También la petición en todas las contemplaciones es siempre la misma: “Conoscimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104]. Esto es aquello de San Pablo[33]: no querer saber otra cosa que Jesucristo, ni tener otra vida que la suya. El hombre que ha tenido la dicha de llegar a tan alto grado de perfección, debe mirarse como un condenado a muerte; Tanquaet rnorti destinatos[34]. Para él los bienes materiales han desaparecido totalmente; ya no tiene honra, ya no tiene vida: omnia et in omnibus Christus[35]. Para poder llegar al conocimiento íntimo de Jesucristo, que es el fundamento donde se apoyan su amor y su imitación, San Ignacio, según la enérgica expresión de San Pablo[36], no divide a Jesucristo, antes presenta su persona toda entera; es decir, su ser divino y su ser humano, su interior y su exterior, sus pensamientos, su doctrina, sus ideales, sus hechos

y sacrificios. Siguiendo por ese camino, lo mira y lo remira, escucha todas sus palabras y cada una en particular, examina todas sus obras, estudia lo que padece, o lo que quiere padecer [195] y penetra lo más íntimo de su alma y de su divinidad, saboreando su infinita dulzura [124]. Este y no otro es el sentido de aquella petición repetida invariablemente al principio de todas las contemplaciones: “Conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104]. San Ignacio, quiere que el ejercitante que contempla, aprenda este sistema de unidad y totalidad a la vez, ya en los principios, y mientras va meditando cada uno de los pasos en particular. Este es el sentido del tercer punto de la contemplación del nacimiento: “Mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nascido en suma pobreza, y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor, y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” [116].

La extraordinaria sobriedad que se advierte en las meditaciones de la vida de Jesucristo, tanto en los pormenores como en las consideraciones, parece obedecer al ansia de contemplar sólo a Jesucristo, y es como el resultado del encanto o embeleso producido en el alma por su vida y su persona. En este particular, las meditaciones de San Ignacio se diferencian de las de otros autores. Nadie como él ha adoptado un modo de mirar tan completo y a la vez tan sencillo, arrastrado por el afán del conjunto y sin atención a la variedad de los pensamientos, tan buscada y deseada por otros. Compárense, por ejemplo, los puntos de San Ignacio con las meditaciones atribuidas a San Buenaventura. Es éste un punto de vista del sistema de los Ejercicios, desconocido para muchos.

Se ha dicho del método de San Ignacio, y en tono acusatorio, que no saca almas contemplativas. Para deshacer la acusación, llamamos la atención sobre la tendencia altamente contemplativa que encierra el modo de oración puesto en práctica en esta segunda semana de los Ejercicios. Aquella mirada, sencilla, profunda, detenida y amplísima, que es el todo de la oración de simplicidad y como la puerta de la contemplación, a nadie le será tan familiar como al que siga el sistema de San Ignacio. Es cosa sabida y experimentada, gire por el camino que marca dicho sistema, se llega a una convivencia espiritual con Jesucristo, más íntima aún y más real que la alcanzada por los que lo vieron corporalmente durante su vida mortal. No quiere San Ignacio, que la contemplación de la persona adorable de nuestro Señor Jesucristo se quede en la región de lo ideal o abstracto, sino que baje a vivir en todas las obras del ejercitante, de modo que a ser posible, todas las acciones del día, aun las puramente materiales, lleguen a ser una reproducción o vivo reflejo de las de Jesucristo. ¿Hay cosa más vulgar y baja que el comer? Pues aun en esta ocupación quiere San Ignacio que “mientras la persona come, considere como que ve a Cristo nuestro Señor comer con sus apóstoles: y cómo bebe, y Cómo mira, y cómo habla; y procure imitarle” [214].

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