En el año 1605 la antigua Provincia jesuítica del Perú era dividida y se creaba hacia el norte una viceProvincia bajo la denominación de Nuevo Reino (de Granada) y Quito, que comprendía los colegios de Quito, Cartagena y Bogotá, así como la residencia de Panamá. Fue el padre Diego de Torres, de exitosa experiencia misional en Juli, quien actuó como el primer viceProvincial, luego de haber traído 40 jesuitas para impulsar los núcleos de Cartagena y Bogotá.338
Trasladado Torres hacia el sur para la fundación de las misiones del Paraguay, quedaría a cargo de la viceProvincia el padre Gonzalo de Lyra quien impulsó la consolidación del proyecto educativo urbano en Bogotá y la instalación en Tunja de un noviciado con vistas a formar religiosos que pudieran atender un programa misional (1607).
De esta forma comenzarían las primeras entradas misionales sobre la región de Cundinamarca y Boyacá que realizan los jesuitas y se estructurarían las seis primeras doctrinas de Cajicá, Fontibón, Duitama, Tunjuco, Santa Ana y Tópaga, formadas entre 1605 y 1637.339
En el Nuevo Reino de Granada se comenzaron posteriormente otras misiones mediante entradas a la zona de Urabá que se consolidarían a mediados del siglo XVII, pero que se abandonarían en 1687 para que las condujera el clero secular. Ya en el XVIII se avanzaría sobre la región del Darién luego del tratado de paz suscrito por los caciques de la región con los españoles en 1738.
Más allá de los territorios próximos a los epicentros de Bogotá, Cartagena y Panamá, los jesuitas decidieron avanzar sobre áreas de evangelización que respondían a una amplia extensión que iba del pie de la cordillera hasta el río Orinoco, entre las mesetas de San Martín y la serranía costera de Venezuela.340
Más permanencia alcanzaron las misiones de los Llanos del río Casanare que se estructuraron en 1625. En realidad es posible distinguir dos momentos esenciales, el primero, breve, que comprende de 1625 a 1628 y el segundo más estable entre 1662 y la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767.
Es importante señalar que a diferencia de Moxos y Chiquitos, donde solo misionaban los jesuitas, o del Paraguay, donde solo se ocupaban de este menester los franciscanos y jesuitas, en el Nuevo Reino de Granada actuarían simultáneamente y en las mismas
337Gutiérrez Ramón. San Miguel de Misiones. Documentos de Arquitectura Nacional y Americana Nº 14. resistencia. 1985.
338Santos Hernández Ángel. Los jesuitas en América. Editorial Mapfre. Madrid. 1992. Pág. 125
339Pacheco Juan Manuel. Los jesuitas en Colombia. (1567-1654). Editorial San Juan Eudes. Bogotá. 1959. Tomo I. Pág. 306-331.
340Vergara Velasco Francisco Javier. Nueva geografía de Colombia. Imprenta de Vapor de Zalamea Hermanos. Bogotá. 1892. Pág. 182.
regiones, franciscanos, capuchinos, agustinos, jesuitas y otras órdenes, lo que con frecuencia originó superposición de esfuerzos, conflictos por la delimitación territorial y a veces reemplazos y migraciones de religiosos y pueblos. Estos conflictos se extendieron en ocasiones a la relación entre las órdenes religiosas y los obispos o el clero secular de la región.
Una segunda situación de importancia es que muchas de estas misiones se realizaron con parcialidades indígenas que ya habían sido encomendadas en el siglo XVI, lo cual trajo aparejados problemas con los vecinos encomenderos que continuaron durante los siglos siguientes. Los jesuitas en el Paraguay justamente obtuvieron la promesa Real de no someter a los indígenas a los encomenderos y pagar ellos directamente el tributo al Rey.
La formación de las misiones del Casanare se realizó por oferta que hizo el arzobispo de Bogotá Hernando Arias de Uriarte, atendiendo a la escasez de sacerdotes que tenía para atender pueblos doctrineros ya instalados como Chita, Támara, Pauto y Morcote. La misión de los jesuitas posibilitó la estructuración de caseríos en Tanze, Paya, Pisba, Tunebos y Guare además de los antes mencionados. Sin embargo el nuevo Arzobispo de Bogotá Julián Cortázar impulsó que el clero secular se ocupara de estas doctrinas y los jesuitas se retirarían de ellas en 1628.341
El historiador Groot señalaría que el despojo de las misiones a los jesuitas “causó bastante escándalo por la general estimación en que estaban, siendo conocidos los grandes progresos que habían hecho en ellas”.342
Fue claro desde un comienzo que los jesuitas no buscaban una simple “entrada” a la región, ni siquiera una “misión circulante” sino consolidar, sobre las experiencias de Juli y el Paraguay, una constelación de poblados arraigados, donde cada uno de ellos tenía, además, “partidos” o “parcialidades” dispersas que respondían al territorio de la doctrina. Los jesuitas ingresaron a misionar por el camino que iba desde Sogamoso a Chita y las salinas de Chita por donde se descendía entonces al Casanare.343
Hacia 1658 en superior de los jesuitas Hernando de Cavero se planteó la posibilidad de fundar nuevas misiones propias de la Compañía de Jesús, siguiendo las pautas de la orden y no bajo el sistema de doctrinas que imperaba generalmente en el Reino de Nueva Granada. Para ello, sin embargo habrían de comenzar con el poblado de la antigua doctrina de Tame que había quedado vacante, utilizando como punto de apoyo inicialmente la parroquia de Tópaga y posteriormente la de Pauto.
Para evitar los conflictos entre las órdenes se realizaría en junio de 1662 un acuerdo que perfilaba los límites territoriales que podrían ocupar sus acciones misionales. A los jesuitas les fue adjudicada una vasta región que iba río abajo del pauto hasta la villa de San Cristóbal y Barinas, comprendiendo los Llanos hasta las selvas de Airico al sur del río Meta.
Los pueblos originariamente tomados era los de Pauto, Tame, San Salvador del Puerto y otro de indios Tunebos (probablemente Patute), quedando como superior de los misioneros el padre Monteverde. Un lustro más tarde los jesuitas ya tenían formadas misiones en Morcote, San José de Atitaqua, Paya, Pueblo de la Sal, Támara y Chita entre otras. “En el convenio fijado con las autoridades civiles y eclesiásticas constaba que desde
341Rivero Juan de. Historia de las misiones de los Llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta. (1746). Biblioteca de la Presidencia de Colombia. Bogotá. 1956.
342Groot José Manuel. Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada. Escrita sobre documentos auténticos. Bogotá. 1889-1893. 5 Tomos. Tomo I. Pág. 194.
343Velandía Roberto. Descubrimientos y caminos de los Llanos Orientales. Colcultura. Bogotá. S/f. Pág. 73.
Los Llanos podrían los jesuitas extender sus exploraciones por el Orinoco, al bajo Orinoco por entonces. Luego se ampliarían también al Alto Orinoco, por el interior. Ayudaba a esto que el padre Monteverde había sido superior en la Guayana y conocía ya aquel territorio”344
En efecto, Monteverde (cuyo verdadero nombre era Boislevert) había aparecido involucrado con otro jesuita, el padre Pierre Pelleprat, en el intento de los franceses de ocupar las costas de la península de Paria en el actual territorio venezolano.345
Los nuevos asentamientos favorecieron las campañas de los jesuitas para ampliar el territorio mediante expediciones que iban desde los Llanos hasta el Atlántico a través de la navegación del Orinoco para instalar misiones en La Guayana que perduraron hasta 1681.
Las al comienzo exitosas misiones del Casanare comenzaron sin embargo a decaer por la disminución de la población indígena de la región. Hacia 1679 solamente quedaban en funcionamiento activo los pueblos de San Salvador (El Puerto) con indios achaguas, Pauto, que era habitado por indios caquetíos y de otras parcialidades, Nuestra Señora de Tame, de los indios giraras, y San Francisco Javier de Macaguané, que albergaba a los airicos. Su población en conjunto no llegaba a los tres mil indígenas de misión, es decir equivalía a la de un solo poblado de las misiones de guaraníes. En pauto había agregada una feligresía de 240 vecinos españoles.346
Se pensó a comienzos del siglo XVIII realizar una concentración de los poblados con sus casi 4.000 habitantes para facilitar la entrada a otras parcialidades indígenas, pero este planteo de los jesuitas fue rechazado por las autoridades civiles y eclesiásticas que deseaban se continuase trabajando sobre un territorio amplio. La argumentación de la Compañía de Jesús se basaba en el hecho de que todos los indígenas de la región, que como se ha visto no eran demasiados ya estaban convertidos y que era necesario abrir nuevos cauces para la evangelización.347
En esto se vislumbra una suerte de precariedad de la tarea misional o, en todo caso, la ausencia de un proyecto institucionalizador del conjunto de los poblados como sucedía en otra parte del continente. Parecería como que la acción evangelizadora en Casanare tenía límites, quizás por la escasa población indígena, o porque se daba prioridad a la acción sobre el Orinoco y la Guayana.
Hacia 1735 los pueblos de las misiones más relevantes eran ocho: Pauto, San Salvador, Macaguané, Patute, Betoyes, Guanapalo y Macuco, habiéndose agregado uno más a mediados del siglo XVIII. Antes de la expulsión de los religiosos la población de las misiones del Casanare no llegaba a los siete mil indígenas, lo que es elocuente del escaso aliento que tuvieran.
Los jesuitas tenían en la región ocho haciendas ganaderas con casi 50.000 cabezas de ganado de diverso tipo que servían no solamente para mantener las misiones sino para apuntalar las labores educativas de la Compañía en las ciudades del recientemente creado Virreinato de la Nueva Granada.348
344Santos Hernández Ángel. Op. Cit. Pág. 250.
345Pelleprat Pierre. Relatos de las misiones de los padres de la Compañía de Jesús en las Islas y Tierra Firme de la América Meridional. Academia Nacional de la Historia. Caracas. 1985.
346Pacheco Juan Manuel. Los jesuitas en Colombia. Op. Cit. Tomo II. Pág. 393. 347Pacheco Juan Manuel. Idem. Pág. 428
348Rausch Jane M. Una frontera de la sabana tropical. Los llanos de Colombia. 1531-1831. Banco de la República. Bogotá. 1994. Pág. 121.
Las causas de la escasa fortuna de estos pueblos debe verse en complejas circunstancias, entre ellas el fuerte antagonismo que llevaron a las misiones tanto los encomenderos como las autoridades civiles. Los encomenderos veían en las acciones de los jesuitas una mengua de sus supuestos derechos de utilizar la mano de obra indígena para sus servicios personales, mientras que los gobernantes las concebían como potenciales fuentes de riqueza y como antemurales de sus estrategias de consolidar la frontera oriental.
Los ataques de los grupos indígenas no controlados, justificaba el uso de soldados armados que acompañaban a los jesuitas en sus expediciones, al igual que en Maynas, lo cual creaba una situación notoriamente distinta de la acaecida en el sur del continente.
También debemos contabilizar aquí la fragilidad del sistema sanitario y las epidemias que diezmaban la población indígena de las misiones. Los conflictos por el cobro tributario, luego de superados los diez primeros años de gracia que otorgara la Corona a los indígenas fue otro tema que desgastó la relación de los jesuitas con sus neóftos.
Como bien indica el padre Pacheco, faltaría también ese rol señero del ejemplo de vida, que los jesuitas ejercieron en las misiones del Paraguay y que, sin dudas, los continuos conflictos con otros religiosos, autoridades y encomenderos desgastaron. Señala así, la presencia de una “crisis religiosa” y la ejemplifica en “la facilidad con que se pedían las dimisorias, los nacionalismos exasperados, la falta de respeto y obediencia a los superiores, el poco espíritu de mortificación, son síntomas que indican una preocupante decadencia en algunos de los religiosos que formaban la Provincia”349
Sin embargo estas circunstancias, que parecen haber afectado más a la vida de las residencias urbanas, no ocultaron los logros de los misioneros del Casanare, que obtuvieron “un consolador progreso” ya que en ellas “los indios viven una intensa vida cristiana”
A su vez los pueblos del Orinoco, formados desde 1679 e impulsados a comienzos del XVIII por el padre José Gumilla, habían consolidado hacia 1735 cuatro centros en Nuestra Señora de los Angeles, San Ignacio, San José y Carichana, organizándose ese año con territorios delimitados entre las órdenes de los franciscanos, capuchinos y los propios jesuitas.350
Estos pueblos, amenazados en lo interno por las acciones bélicas de los indios caribes y en lo externo por holandeses y luego portugueses, fueron el escenario de las Comisiones Demarcadoras de Límites originadas en los tratados de Madrid de 1750.351
En el momento de la expulsión de los jesuitas, los pueblos misioneros del Orinoco comprendían los asentamientos de Pararama, Anabeni, Cabruta, Tarnuacos, Aturis y Urnana y fueron abandonados al producirse la salida de la Compañía de Jesús.352
Como puede apreciarse se trata de pequeños pueblos que, en todos los casos, tienen una población que apenas lograría superar los 1.000 habitantes (San Salvador del Puerto
349Pacheco Juan Manuel. Los jesuitas en Colombia. Op. Cit. Tomo II. Pág. 484
350Gumilla Joseph. El Orinoco ilustrado y defendido. Historia natural, civil y geographica de este gran río y de sus caudalosas vertientes, govierno, uso y costumbre de los indios. Imp. Manuel Fernández. Madrid. 1745. 2 Tomos. Véase también Carrocera Fray Juan Buenaventura. Misión de los capuchinos en Cumaná. Academia Nacional de la Historia. Caracas. 1968. 3 tomos.
351Kratz Guillermo. El Tratado Hispano- portugués de Límites de 1750 y sus consecuencias. Estudio sobre la abolición de la Compañía de Jesús. Institutum Historicum Societatis Iesu. Roma. 1954.
352Ramos Demetrio. Las misiones del Orinoco a la luz de las pugnas territoriales. Siglos XVI y XVII. Anuario de Estudios Americanos Nº 12. Sevilla. 1955. Pág. 1-37
sería la más poblada) y por ende su traza no tuvo las características más rigurosas que se plantearon en el Paraguay o en Chiquitos.
En efecto, predominaría un esquema de asentamiento similar a los de las doctrinas de indios, donde el elemento de composición fundamental es el templo alrededor del cual se estructuran los espacios de vida comunitaria y las viviendas de los indígenas.353
La elección del sitio tampoco se hizo con demasiada fortuna y en muchos casos los poblados debieron variar su asentamiento. En ello debe considerarse que con frecuencia se recurrió a antiguos emplazamientos de poblados y caseríos que habían quedado abandonados en los procesos ya narrados de migraciones de las órdenes religiosas.
Por descripciones sabemos que junto a la iglesia se colocaba la casa cural y el colegio, habiendo un espacio posterior para la residencia de los padres. “Por delante de la iglesia se extendía una plaza cuadrada en cuyo centro, o en los ángulos se acostumbraba a levantar una columna a la Virgen o un monumento religioso. A ese plan responden las cuatro capillas que levantó el padre Ellauri en las cuatro esquinas de la plaza de Tópaga, para las procesiones del santísimo, o aquellas cuatro ermitas que por el mismo estilo pintaron los indios de Tame, bajo la dirección de los padres Francisco Jimeno y Francisco Alvarez”.354
Tópaga pudo servir de modelo a estos asentamientos pero no debemos olvidar que en los años inmediatos anteriores a la organización de las misiones de Casanare las visitas de Antonio Beltrán de Guevara, Luis Henríquez y el Escribano Rodrigo Zapata para la formación de doctrinas en Boyacá, Cundinamarca y Santander habían consolidado modelos urbanos e inclusive de tipologías de capillas doctrineras muy precisas, que nos muestran un encuadre fundacional regional al cual es posible adscribir los esfuerzos de los misioneros jesuitas, franciscanos e inclusive dominicos y agustinos.355
En algunos casos, como señala Corradine Angulo, los visitadores recurrieron a soluciones de plazas muy pequeñas e inclusive eliminaron la casa cural en virtud de que un solo sacerdote atendía varios pueblos.
En torno a la plaza se ubicaban las viviendas familiares y en el contorno del pueblo las chacras de labranza. Como se ve una estructura muy simple y más cercana a los pueblos de indios de reducción o doctrinas que al modelo que los jesuitas definen para sus misiones del Paraguay.
Las calles eran tendidas a cordel y cruzadas en ángulo recto, respetando el sentido de la cuadrícula impuesto por las Ordenanzas de población de Felipe II e impuesto por el criterio reduccional a los poblados indígenas de formación oficial. la plaza-atrio era el punto de reunión de la comunidad y la música y las danzas configuraban las mejores formas de expresión lúdica de los indios de la misión.
353Gutierrez Ramón (Coordinador). Pueblos de Indios. Otro urbanismo en la región andina. De. Abya Yala. Quito. 1993.
354Jeréz Hipólito. Los jesuitas en Casanare. Prensas del Ministerio de Educación Nacional. Bogotá. 1952. Pág. 132.
355Sobre estos poblados doctrineros puede consultarse: Corradine Alberto. Historia de la arquitectura colombiana. Biblioteca de Cundinamarca. Editorial. Escala. Bogotá. 1989; Salcedo Jaime. Doctrinas de indios, Conventos y Templos doctrineros en el nuevo Reino de Granada durante el siglo XVI. Revista de la asociación Colombiana de Facultades de Arquitectura Nº 1. Bogotá. 1983;
El padre Rivero escribía: “Pero lo que despierta mayor admiración, es observar la solemnidad con que celebran sus fiestas y alaban al Dios verdadero con sus cánticos y la destreza con que tocan sus instrumentos musicales”.356
Los templos congregaban el punto de atención singular de las misiones, como sucedería en los demás conjuntos. Las iglesias de Casanare fueron realizadas originariamente de madera y recubiertas con palmas. La de San Salvador del Puerto realizada a mediados del siglo XVII tenía capilla mayor con forma de media naranja, sostenida por una docena de columnas de madera.357 La iglesia de Tame que era muy importante sufrió un incendio en 1663 perdiéndose el altar y buena parte de la ornamentación.
La economía de las misiones del Casanare se sustentaba no tanto en la producción de excedentes agrícolas, artesanales o de otro tipo generado a nivel urbano sino en las cinco Haciendas ganaderas e ingenios azucareros del Casanare y los tres hatos complementarios que tenían sobre el río Meta. La Hacienda de Caribabare que tenía más de 10.000 reses era una de las más importantes que los jesuitas poseyeron en Colombia.358
Podemos por lo tanto señalar que el conjunto de pueblos del Casanare, a pesar de su antigüedad tuvieron, como consecuencia de la errática presencia de los jesuitas y de las dificultades locales con los indígenas, las autoridades y encomenderos una trayectoria menos brillante que los conjuntos ubicados más al sur, en el Virreinato del Perú.
Su escasa población, lo frágil de su crecimiento y el no haber logrado integrarse como un “sistema” complementario los haría mucho más débiles para recibir el impacto de la expulsión de la Compañía de Jesús.