Performance Function
Equation 8: SSE Formula
6.4. Validation Stages
6.5.7. Applying Customer Profiling Methodology
Los guerreros caídos seguían viviendo su desenfadada y alegre vida. Los muertos en el mar, a menos que hubieran caído en viril lucha, los recogía Ran, la diosa del Aegir, en una red gigantesca. A los "muertos en la paja" les quedaba el subterráneo reino de las sombras y las tinieblas: el Niflheim.
Según las antiguas representaciones mitológicas, el Niflheim estaba situado en el Norte, en la tierra de la niebla, de la crepitante escarcha y de la noche perpetua. En época posterior lo pusieron como en la Antigüedad clásica, bajo tierra. Ríos salvajes e impetuosos atronaban aquella mansión. Sobre uno de estos estrepitosos ríos lanzados como cataratas en el mundo subterráneo se levantaba un ancho puente pavimentado con deslumbrante oro. Llevaba al llamado vestíbulo de los muertos, que en su forma primitiva recuerda una gigantesca tumba de hunos, pero que posteriormente adopta cada vez más los rasgos de un sombrío reino del más allá y se convierte en un lugar de expiación.
Este domino está gobernado por la diosa Hell, una reina del mundo subterráneo, la cual, en la forma definitiva de la mitología nórdica establecida por el Edda, resulta ser la hija de Loki. Tenía el poder sobre nueve mundos y vivía en un palacio equiparable al de los Ases y el de los Vanes. Su centro era una poderosa sala de oro a la que también la sombría diosa de los muertos invitaba gustosamente a los amigos. Por raro que parezca, en ninguna parte se dice qué destino le esperaba al gris ejército de sombras de los habitantes del mundo de Hell. Sin embargo, un aburrimiento interminable parece haber aplastado a los "muertos en la paja" en los subterráneos sin luz del mundo terráqueo.
En gran parte, Hell debió ser un invento de la escuela poética islandesa de la Alta Edad Media. No se aprecian influjos cristianos en el sentido de considerar el más allá como cárcel y expiación. Y, como el Hades de los griegos, el infierno germánico también era un mundo de vida degradada, un triste y sordo reino de los muertos, que condenaba a los difuntos a una existencia aparencial e informe, como sombras.
Pero estos préstamos literarios no se acomodan del todo con los usos mortuorios del Norte vikingo. En éste, la muerte no aparece como el final de la existencia, sino como una crisis que podía dar un giro a la vida, sin suprimirla totalmente. De ahí que tuviera tan gran importancia el cómo y el cuándo del morir. Según las ideas germánicas del Norte, una condición de la unidad de la vida y de la supervivencia era ir a Odín con toda la fuerza o al menos con una considerable reserva de fuerza.
Quien se despedía debilitado y consumido tras una larga enfermedad, no tenía ya ninguna esperanza formal de sobrevivir. Por eso Jan de Vries conjetura que incluso el matar a los ancianos primitivamente tenía un carácter de exigencia de culto y que las víctimas lo consideraban necesario y deseable.
El culto a los antepasados también echaban sus raíces en la representación de la supervivencia activa. Los muertos permanecían en comunidad con los vivos, aunque llevasen mucho tiempo en el reino de las sombras de Hell, donde nunca ocurría nada, se agitasen en la red de la diosa Ran o se entregasen virilmente a las diversiones del Walhalla. Los que les sobrevivían tenían la misión de equipararlos decorosamente para la nueva existencia, proporcionarles una sepultura digna, cantar las acciones gloriosas del muerto y, naturalmente, hacer que éste participara en la vida de la estirpe, ofreciéndole sacrificios, invitándole a la mesa en las grandes solemnidades del año y recordarlo en todos los acontecimientos familiares importantes.
Si no cumplían con esas obligaciones, si renunciaban a satisfacer a los difuntos, podía ocurrir que un día éstos regresasen y se mostraran como fomentadores de discordias y como malintencionados. En tales casos la estirpe se veía obligada a matar a los muertos por segunda vez. muchas de las tumbas profanadas que los arqueólogos han descubierto probablemente fueron abiertas por motivos de culto.
Costumbres.
En el Norte, las costumbres funerarias eran ya, en los tiempos previkingos (que empiezan alrededor del 600), extraordinariamente multiformes. Tanto las noticias literarias como los descubrimientos arqueológicos testimonian las más diversas formas de inhumación. Todavía en los siglos del imperio romano se acostumbraba incinerar a los muertos y guardar sus cenizas en urnas, bajo chatas colinas. Pero la costumbre de enterrar el cadáver se extendió paulatinamente por el Norte europeo a finales de la época de los vikingos. Este fenómeno, al observarse inicialmente en Dinamarca, permite colegir los primeros influjos cristianos. El sepultar en la tierra pasó luego a Noruega y a Suecia, pero allí no llegó a imponerse en la misma proporción que en Jutlandia, Fionia y Zelandia. Los investigadores de las religiones se han enfrentado con arduos trabajos para descubrir, tras las distintas formas de inhumación, diferentes concepciones mitológicas. Esfuerzos baldíos. Lo más que logran es la impresión de que, en general, la idea de la supervivencia
tras la muerte no depende de la clase de enterramiento: por lo visto también un guerrero quemado tenía asegurada una existencia bastante duradera, gozando de la lucha y demás placeres terrenos en el Walhalla de Odín.
Siempre los restos mortales de un difunto se colocaban en una colina. Uno de los axiomas del credo de la antigua mitología expresaba que una elevación del suelo era una garantía de fuerza y, por tanto, de vida. Las colinas se consideraban centros de fuerza de la Tierra.
Pero la situación y el trazado de las colinas mortuorias respondía a numerosas formas especiales, en parte según el condicionamiento local. Los sitios preferidos eran los promontorios de rocas junto al mar o pequeñas elevaciones en tierra desde las cuales el difunto pudiese atisbar sus posesiones. Naturalmente, la altura de la colina funeraria también variaba según la categoría y la riqueza del muerto. La mayor de las dos colinas reales de Jelling, en Dinamarca, alcanza una altura de un casa de cuatro pisos.
Con frecuencia, los vikingos enterraron a sus muertos en una especie de habitaciones de madera o en tumbas que son barcos. Los suecos y los noruegos, de preferencia, se han inclinado por este último sistema de enterramiento. También aquí la investigación resulta múltiple y variada. Muchos barcos acabaron con sus muertos en un montón de escombros; clavos de cabeza redonda y pernos de hierro revueltos con cenizas humanas son la característica principal de este tipo de inhumación. A menudo los restos de cadáveres quemados se confiaban a un barco que no se quemaba o bien se enterraba al mismo tiempo a barcos y pasajeros muertos.
Pero sólo los grandes hombres y las familias podían permitirse el lujo de una de estas tumbas tan costosas. El campesino acostumbrado al mar se contentaba con un conjunto de piedras dispuestas en forma de barco, esa sepultura que simboliza un barco y que ha quedado hasta la actualidad en el paisaje nórdico como una característica del mismo que no cabe olvidar.
En casi todos los casos se proveía a las tumbas de aditamentos, por lo general relucientes y ostentosos, signo que denota claramente un espíritu pagano.
Adam de Bremen comenta, por ejemplo, que los noruegos enterraban en la colina, junto con el muerto, sus bienes de fortuna, sus armas y todo lo que en vida había apreciado más. Porque, como el alma seguía subsistiendo con una esencia corporal, debía estar provista de todo lo que exige la vida cotidiana: las herramientas más preciadas, armas, adornos y ropa, carne y pan, vino o hidromiel. A los reyes, caudillos y grandes terratenientes se les proveía también de perros, caballos y esclavas.
El cuadro general del culto nórdico a los muertos es rico en variantes. Cabe decir que difícilmente hay una situación más abigarrada, multifacética y confusa que la que se presenta al investigador que se dedica al estudio de las tumbas de los vikingos del Norte. Johannes Brondsted ha expresado así esta situación: "¿Practicaban la incineración? Sí.
¿Enterraban sin incinerar? Sí. ¿Puede tener la tumba forma de una gran habitación de madera? Sí. ¿La de un modesto ataúd de madera? Si. ¿La de un gran barco? Sí. ¿La de una lanchita? Sí. ¿O la de un barco simbólico, representado por piedras? Sí. ¿La de un carro? Sí. ¿Puede estar colocada la tumba bajo una colina funeraria? Sí. ¿O en el suelo
llano? Sí. ¿Puede ser rico el equipo funerario? Sí. ¿O modesto? Sí. ¿O incluso pobre? Sí.
¿O incluso no contener nada? Sí. Cabría seguir preguntando en este tenor más de una hora..."
Entierro de un Caudillo Varego.
Según las sagas, era deber inexcusable de un vikingo enterrar a los muertos, incluso al adversario al que hubiera dado muerte. A un moribundo se le apretaban los labios y las ventanillas de la nariz para que el alma pudiera escaparse más fácilmente. Al entierro, como es natural, se invitaba a toda la estirpe. Seguía luego un banquete ritual entre los potentados que duraba en ocasiones un día entero y estaba amenizado por cánticos que ensalzaban la vida gloriosa del difunto. En Islandia, en estas comidas funerales, a veces participaban más de mil personas.
La exposición más exacta, reveladora y sugerente de un enterramiento nórdico tenemos que agradecérsela al secretario árabe de embajada Ibn Fadlan, que en 921-922 estaba en algún lugar del Volga cuando un gran hombre varego emprendió su viaje al Walhalla. Su minucioso informe empieza así: "Ya me habían contado muchas veces que después de la muerte de sus caudillos hacen cosas de las cuales la menos importante era la incineración del cadáver. Yo estaba muy interesado por poner aquello en claro. Un día me enteré de que uno de sus jefes más prestigiosos había muerto. Lo metieron en la tumba y lo tuvieron diez días, mientras se afanaban en cortar y coser sus trajes.
"A los súbditos más pobres les hacen un pequeño barco, los meten dentro y les prenden fuego. Pero si se trata de un potentado, reúnen todos sus bienes y los dividen en tres partes. Una tercera parte la recibe la familia, con otra tercera parte preparan los vestidos y con la tercera restante fabrican "nabid" (una bebida alcohólica, probablemente hidromiel). Porque se vuelven locos por el nabid y lo beben día y noche. Bastante a menudo ocurre que uno de ellos muere con la copa en la mano.
"A la muerte de un caudillo, los miembros de la familia preguntan a las esclavas y a los criados: "¿Quién de vosotros quiere morir junto con él?" Entonces uno de ellos responde: "Yo". Y después de haberlo dicho, está obligado a cumplir su palabra. No tiene ya libertad para volverse atrás. Aunque quisiera hacerlo, no se lo permitirían. La mayor parte de quienes dicen "yo" son esclavas.
"Cuando murió, pues, el hombre que he mencionado, preguntaron a sus sirvientas: "¿Quién de vosotras quiere morir junto con él?" Y una respondió: "Yo". Encargaron a otras dos esclavas que la vigilaran y que estuvieran a su lado, adondequiera que fuese. Luego empezaron a arreglar las cosas del amo, a cortar sus trajes y a prepararlo todo según correspondía. Mientras tanto la esclava bebía y cantaba todos los días con una alegría que reflejaba una gran felicidad.
"El día en que tenían que incinerar al muerto y a su sirvienta, fui al río donde estaba el barco. Ya lo habían sacado a tierra. Cuatro pilastras angulares de abedul y de otras maderas estaban preparadas y alrededor se alzaban grandes imágenes de madera parecidas a personas. Entonces tiraron del barco y lo izaron encima de los soportes. Mientras tanto, los hombres iban de aquí para allá y decían palabras que yo no comprendía. Ínterin el muerto seguía aún en su tumba. Luego colocaron una banqueta
en el barco y la cubrieron con cojines, brocado griego de seda y almohadas del mismo tejido.
"Después se acercó una mujer anciana a la que llamaban Ángel de la Muerte. Era un mujer gigantesca, vieja, gruesa y de expresión sombría y cuya misión consistía en vestir al difunto y en matar a la esclava elegida. Sacaron al muerto de su tumba y le quitaron las ropas con las que había fallecido. Observé que estaba completamente negro, pero lo curioso es que no apestaba y en él nada había cambiado excepto el color de su piel. Luego lo vistieron con calzones, pantalones, botas, casaca y abrigo de tela bordada de oro y con botones de oro, le encasquetaron una gorra de seda adornada con piel de marta y lo llevaron a la tienda de campaña que había en el barco. Allí lo colocaron sobre mantas mullidas y lo sostuvieron con cojines.
"A continuación trajeron nabid, frutas y hierbas aromáticas, que colocaron junto al muerto. También depositaron pan, carne y cebollas. Luego cogieron un perro, lo despedazaron por la mitad y lo llevaron al barco. También dispusieron junto al difunto sus armas; trajeron dos caballos, los hicieron correr hasta que el sudor los empapaba, los despedazaron con sus espadas y arrojaron los despojos al barco. Asimismo descuartizaron dos bueyes, que corrieron igual suerte. Finalmente vinieron con un gallo y una gallina, los mataron y los arrojaron al barco.
La esclava que había deseado que la matasen iba entre tanto de una a otra tienda de campaña y cada propietario cohabitaba con ella y le decía: "Comunícale a tu señor que hago esto por ti".
Cuando llegó la tarde, arrastraron a la esclava hasta un armazón por el estilo de un marco de puerta y la elevaron tanto que rebasó el armazón y le hablaron en su lengua. Esto se repitió tres veces. Luego le alargaron una gallina, la esclava le cortó la cabeza, lo mismo que a un gallo y los arrojó al barco. Le pregunté al intérprete qué significaba todo aquello.
"Él contestó: "Cuando elevaron por primera vez a la sirvienta, ella dijo: "Mira, veo a mi padre y a mi madre". A la segunda vez, dijo: "Mira, veo a todos mis parientes difuntos". A la tercera vez dijo: "Mira, veo a mi señor sentado en el más allá y todo está placentero y verde, y junto a él hay hombres y jóvenes criados. Él me llama, dejadme ir a él".
"Entonces se dirigieron con ella al barco. Allí se despojó de los dos brazaletes que llevaba y se los dio a la anciana a la que llamaban Ángel de la Muerte y que era la encargada de matarla. Se quitó también sus dos ajorcas y se las regaló a la hija de la anciana. La subieron al barco, pero no la dejaron entrar todavía en la tienda de campaña. Llegaron entonces hombres con escudos y barras de madera y le dieron nabid en una copa. Ella la tomó, cantó y la vació.
" - Con esta copa - dijo el intérprete - se despide de sus amigas".
"Luego le alargaron otra copa más. La tomó y cantó una larga canción. Pero la vieja la empujaba para que se diese prisa, vaciase la copa y entrara en la tienda de su señor muerto. La miré y noté que el miedo la embargaba. Cierto que ella quería entrar en la tienda, pero sólo asomaba la cabeza. Entonces la vieja la agarró por la cabeza, tiró de ella hacia la tienda y entró acompañándola. Los hombres empezaron a golpear en los escudos
con sus barras de madera para que no la oyeran gritar y para que otras mujeres no se asustasen y no quisieran ya morir con su señor.
"Entonces entraron seis hombres en la tienda y todos cohabitaron con la esclava. Después la tendieron al lado del muerto. Dos hombres la agarraron por los pies, otros dos por las manos y la anciana, a la que llamaban Ángel de la Muerte, le colocó un nudo corredizo alrededor del cuello y alargó las puntas a los dos hombres para que tirasen. Ella misma avanzó con un cuchillo grande y ancho, se lo clavó a la muchacha entre las costillas y lo sacó. Los dos hombres la estrangulaban con el nudo, hasta que murió.
"Seguidamente se adelantó el pariente más próximo del difunto, tomó un madero y le prendió fuego. Luego caminó de espaldas hacia el barco, vuelto su rostro al pueblo y en una mano empuñaba el madero mientras la otra la tenía puesta en la parte trasera de su cuerpo: iba desnudo y prendió fuego a las maderas que habían amontonado debajo del barco. Luego se acercaron también los otros con sus maderas encendidas y las arrojaron en la hoguera. Pronto ardió en llamas, primero el barco, luego la tienda de campaña, luego el hombre y la muchacha y todo lo que el barco contenía.
"Sopló un fuerte viento, de modo que las llamas se hicieron aún mayores y el fuego, más poderoso. Y ni siquiera había pasado una hora cuando ya el barco y la leña, la muchacha y el muerto se habían convertido en cenizas. Seguidamente erigieron en el sitio donde había estado el barco una colina redonda. En la cima colocaron un gran poste de madera de abedul. En él escribieron el nombre del muerto y el nombre del rey de los Rus. Y continuaron su camino."
Una descripción opresiva, cruel, aterradora, un relato que incluso después de más de un milenio deja en suspenso. Pero no es ningún caso único. Otros viajeros árabes han confirmado el minucioso relato de un enterramiento escrito por Ibn Fadlan.
Cuando alguien moría, cuenta Al Massudi, su mujer se quema viva con él y muchas mujeres deseaban ardientemente convertirse en ceniza con sus maridos para seguirle al paraíso. Y por Ibn Rustah sabemos que los varegos construían las tumbas de sus caudillos, grandes, como casas espaciosas en las que además de ropas, armas y brazaletes de oro, provisiones y monedas introducían también a las favoritas de sus noches. Las encerraban con él mientras aún tenían vida. Luego se cerraba la puerta de la tumba y ellas morían allí.
¿Fábulas, relatos de oídas, historias escalofriantes y de horror? De ningún modo. Los arqueólogos han descubierto bastantes tumbas que responden exactamente a estos relatos.
Los Grandes Arsenales de los Muertos.
Principalmente en Suecia se han encontrado numerosas tumbas-piras cuyas cenizas contienen restos de armas, así como rastros de adornos femeninos: la señal más segura de que una mujer seguía en la muerte a su marido o propietario; o mejor dicho: la quemaban con él y quedaba convertida en ceniza.
También numerosas sepulturas bajo tierra han conservado los restos conjuntos de hombres y mujeres. En las cámaras mortuorias de los ricos comerciantes de Birka, por
ejemplo, se encontraron varios detalles reveladores de que el muerto había emprendido su último viaje en compañía de su esposa o de una esclava joven. Del mismo modo, parece que muchas damas de Birka estaban convencidas de que también en el más allá necesitarían la ayuda de una sirvienta. En una espaciosa cámara funeraria, los arqueólogos encontraron los esqueletos de dos mujeres. Uno de ellos estaba en una postura extrañamente contorsionada. El hallazgo permite conjeturar que una dama de alta posición, tal vez una princesa, quizá una reina, se había llevado a la tumba a una esclava. Y desde luego con vida; su postura contorsionada revelaba claramente que sólo se asfixió