Chapter 3. Design for Additive Manufacturing: Optimization of Piping Network in Compact System with
3.3 New approach formulation
La misma decoración del acto anterior.
Empieza la acción donde terminó el acto anterior. Es decir, el hombre tras el ventanal, Jorge y Berta en escena contemplándole, como si no hubiese bajado el telón. Jorge duda un momento y al fin señalando la puerta de entrada le indica:
JORGE: ¡Pase usted!
(Se abre, mientras Berta da la luz nuevamente. MORÁN penetra en escena.
Ahora podemos contemplarlo mejor. Es un hombre aún joven, aunque su expresión cansad y triste le hace parecer más viejo. Sus ademanes resultan correctos, tal vez un tanto fríos y su mirada a veces se fija con una quietud hiriente. Es uno de esos hombres con clima, un hombre que produce inquietud y malestar. Al ver a Berta sonríe y le besa la mano)
MORÁN: ¡Señora!
BERTA: (Tratando de parecer tranquila) ¿Cómo está usted? (Le indica a
Jorge) El señor Osma.
MORÁN: Encantado de conocerle. He oído hablar mucho de usted.
JORGE: (Extrañado) ¿De mí? ¿Pero cómo…? (Va a decir algo más, pero
Morán se vuelve a Berta y le explica:)
MORÁN: Alberto me esperaba, sin duda. Temo haberme retrasado un poco pero
me avisó que no dormiría en toda la noche. (Pausa) ¿Dónde está?
BERTA: ¿Quién?
191 (Silencio. Berta se siente de pronto incapaz de contestar. Jorge surge en su
ayuda)
JORGE: No está en casa. Salió después de cenar.
MORÁN: ¡Ah! ¿Muy lejos?
JORGE: (Sereno) No, al pueblo más cercano, a siete kilómetros11. Parece ser que han robado la despensa hace dos noches y Alberto quería denunciar el hecho a la Policía.
MORÁN: ¡Muy bien! Un hotelito12 así siempre es un peligro. ¡Tan alejado, tan solitario! Al fin y al cabo una despensa saqueada se puede remediar. Otras cosas hubieran sido peores.
BERTA: ¿Qué otras cosas?
MORÁN: Por ejemplo, un asesinato. (Berta y Jorge cambian una rápida
mirada) ¿No? Bastaría con arrojar el cadáver a ese lago que hay cerca y… (Mira a Berta que ha palidecido) ¡Perdón, señora! Estas cosas no deben decirse delante de
mujeres. Ustedes se impresionan enseguida. (Eso último lo ha dicho con cierta
intención. Jorge lo contempla con hostilidad) ¿Tardará mucho? BERTA: ¿Quién?
MORÁN: Alberto, su marido.
JORGE: ¡No creo!
BERTA: (Sombría, mirando el ventanal) Tal vez tarde menos de lo que
esperamos.
11Tampoco aquí aparece el número de kilómetros, que hemos restituido nosotros como sucedía al inicio
del primer acto.
12Se trata de lo que hoy en día llamaríamos un chalé. El hotelito utilizado como escenario teatral será muy
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MORÁN: En tal caso… ¿podría esperarlo aquí? (Jorge y Berta se miran. Morán
continúa) No quisiera molestarles, pero Alberto me advirtió de que fuera la hora que
fuese lo buscara. (Añade) Como es natural, no me importa quedarme solo. ¡Acuéstense! Estarán muy cansados. (Con una sonrisa) Sobre todo el señor Osma.
JORGE: (Un tanto agresivo) ¿Por qué yo?
MORÁN: Lo parece.
JORGE: Al contrario, me siento muy bien.
MORÁN: En tal caso…
JORGE: Nos quedaremos con usted. Y cuando Alberto venga, dormiremos un
poco. (A Berta) ¿Qué te parece?
BERTA: ¡Bien… muy bien!
JORGE: (A Morán) Siéntese, por favor.
(Morán lo hace en uno de los butacones. Berta prepara algunas bebidas
obedeciendo una señal de Jorge. Esta ofrece un cigarrillo al recién llegado) BERTA: ¿Un cigarrillo?
MORÁN: Gracias. (Lo enciende y fuma) Es bonito el hotel, señora Llevandi.
BERTA: (Confusa) ¿Eh?
MORÁN: Decía que es muy bonito el hotel.
BERTA: Sí. El mismo Alberto ideó los planos. Le gustaba mucho el sitio.
MORÁN: (Con una pálida sonrisa) Le gusta… ¿no?
BERTA: ¿Cómo?
MORÁN: Ha dicho usted “le gustaba”, como si su marido hubiera muerto.
BERTA: (Nerviosa) No… claro que no. Pues no sé por qué lo he dicho. Tengo
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MORÁN: ¡Claro…!
BERTA: ¿Coñac?
MORÁN: Con sifón, por favor. (Morán señala las puertas de la derecha en el
segundo piso) ¿Habitaciones?
BERTA: Un estudio y el dormitorio. Alberto se pasaba… se pasa las horas
muertas leyendo. Ya lo conoce usted.
JORGE: No son lecturas fáciles. Necesita aislarse.
MORÁN: Sí… ya sé.
BERTA: Cuando quiere silencio se encierra en el estudio y permanece allí horas
sin dar señales de vida.
MORÁN: ¡Qué frase tan curiosa!
JORGE: ¿Cuál?
MORÁN: Esa que ha pronunciado la señora Llevandi: señales de vida.
JORGE: ¿Por qué?
MORÁN: Tal vez la vida tenga otras señales menos conocidas por nosotros. A
veces la vida puede manifestarse del modo más oscuro y terrible para los mortales.
JORGE: Si alguien volviera del otro lado, le explicaría eso mejor.
MORÁN: Nadie vuelve… porque nadie se marcha en realidad. (Silencio)
BERTA: He oído decir eso a Alberto.
MORÁN: Alberto y yo coincidimos en muchas cosas. (Morán señala la puerta
de la derecha) ¿El ropero?
BERTA: Sí… Un cuartito que utilizamos para la ropa. En invierno…
MORÁN: ¡Sí, ya sé! (Dice esto sin darle importancia. Casi como si se le
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JORGE: ¿Y si Alberto no viniera?
MORÁN: Vendrá… ¿no?
JORGE: Pudiera no venir.
MORÁN: Usted mismo lo ha dicho. Siete kilómetros… una denuncia.
JORGE: Y si el coche se estropea en el camino… Puede pincharse un
neumático.
MORÁN: (Sonriente) Estoy seguro de que no.
JORGE: ¿Por qué?
MORÁN: Porque el coche de Alberto está en el garaje. (Jorge palidece. Berta
no puede reprimir un movimiento involuntario. Morán sigue sonriendo) JORGE: ¿En el garaje…?
MORÁN: Sí. Cuando crucé por delante lo vi. Cualquiera podía haberlo visto.
¡Usted mismo!
BERTA: No comprendo.
MORÁN: Se marcharía andando. Tal vez no fuera al pueblo.
JORGE: Pero si…
MORÁN: A lo mejor se ha quedado más cerca. (Jorge lo mira. Está empezando
a asustarse. Quiere decir algo pero se calla. Morán prosigue) ¡Vendrá, estoy seguro! BERTA: (Patética) Yo también. (Como sonámbula) ¡Él lo dijo! ¡Volveré!
(Mirando a Jorge) ¡Volveré!
(Morán continúa envuelto en su sonrisa, una impresionante y desagradable
sonrisa casi extrahumana. Se escucha fuera un ruido suave. Jorge se yergue inquieto. Berta mira aterrada hacia el ventanal. Pausa. Morán dice tranquilamente:)
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MORÁN: En el bosque, señora Llevandi, las noches de verano son así. Están
llenas de ruidos. Y hasta los árboles parece que hablan. Pero luego todo se queda en un susurro, en un rumor. Es el bosque, señora Llevandi. No son fantasmas.
JORGE: Los fantasmas no se ocupan de nosotros.
MORÁN: Se asombraría usted, señor Osma, si supiera de lo que se ocupan los
fantasmas. (Aplasta su cigarrillo en el cenicero)
JORGE: ¿Es que lo sabe usted?
MORÁN: No… claro que no. Pero es un tema que me ha interesado siempre.
Con Alberto hablé mucho de estas cosas. Antes de irme.
BERTA: Fuera de España.
MORÁN: Estuve en Guinea. Trabajé unos meses para cierta compañía que se
ocupaba de la tala de bosques en el interior. En parte aquello era muy aburrido. Un día sentí nostalgia por todo lo que había dejado aquí.
BERTA: ¿Su mujer?
MORÁN: Sí, mi mujer. La quiero mucho. (Tristemente) ¡La he querido mucho!
JORGE: Pero todo aquello sería interesante. La población, las costumbres…
MORÁN: Yo viví en un poblado. A veces ocurrían cosas terribles. (Enciende un
nuevo cigarro que le ofrece Jorge) ¡Gracias! (De pronto) Una vez vi castigar a una
adúltera. ¡Fue espantoso! (Sin embargo, él no parece emocionarse mucho al relatarlo) La enterraron dejando solo la cabeza al descubierto. Vinieron los cuervos. Uno se adelantaba y ¡zas!, un picotazo; luego otro. Luego cien. Ella no gritaba…
BERTA: (Con un gemido) ¡Por favor!
MORÁN: Lo siento.
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MORÁN: Sí… claro. Pero si usted lo hubiera visto… ¡Aquella mujer no se
defendía, no intentaba eludir el castigo! Se sabía culpable, tremenda e irreparablemente culpable.
JORGE: Estoy por apostar a que el marido era un hombre brutal.
MORÁN: Lo era. Era un tipo repugnante, un borracho que la apaleaba. Pero…
ella lo engañó, ella traicionó, ella era culpable, sin remisión, sin salidas. (Regocijándose
en la palabra) ¡Culpable, culpable!
JORGE: (Perdida la calma) ¡Cállese!
MORÁN: ¡Señor Osma!
JORGE: (Atormentado) No… no se es culpable así, sin más. Existen
circunstancias que modifican un hecho. Hay salidas. La culpa no es un callejón cerrado.
MORÁN: La traición es un callejón oscuro, resbaladizo, negro… (Sonriente) sin
salida. ¡Adulterio! A secas: ¡adulterio!
BERTA: ¡Calle, por favor!
MORÁN: (Solícito) ¿Se siente usted mal, señora?
BERTA: No… no es nada. Habla… habla usted de un modo que…
JORGE: (Casi para sí) ¡Eso no puede ser… no puede ser!
MORÁN: Tal vez. Lamento haberlo inquietado, señor Osma.
JORGE: (Recobrando un tanto su tranquilidad) No ha sido usted del todo.
(Queriendo explicar) Me extraña tanto que el coche de Alberto esté en el garaje. (A
Berta) Él dijo que iba al pueblo… ¿te acuerdas? (Berta no responde. Jorge repite) ¿Te
acuerdas? (Ella no responde. Jorge la zarandea suavemente) Berta… ¿qué te pasa? (Ella lo mira y dice lentamente)
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JORGE: ¿Razón? ¿De qué?
BERTA: A secas… ¡Adulterio! (Jorge la mira con cierta desesperación. Morán
sonríe. Suena el teléfono. Vacilaciones. Jorge de nuevo es quien lo toma)
JORGE: ¡Diga! ¿Eh…? No… yo no son don Alberto. ¡Oiga, oiga! (Cuelga)
BERTA: ¿Quién era?
JORGE: Otra vez esa mujer. Preguntó por tu marido. (Morán escucha
atentamente)
BERTA: ¿Nada más?
JORGE: Sí. Dijo: «tengo que hablarte de eso. Es muy importante».
MORÁN: Vaya, señora Llevandi. ¡Una mujer por medio! Y además una mujer
que debe algo importante. Eso siempre resulta terrible. (Nadie ríe como es natural)
JORGE: ¿Pero qué diablos podía querer? ¿Por qué esa voz temblorosa y esas
urgencias?
MORÁN: (A Berta que se retuerce las manos con miedo e inquietud) ¿Celosa?
BERTA: Sí… sí… (Por decir algo) Alberto es terrible con las mujeres. ¡Un
conquistador! Y no quisiera…
MORÁN: ¿Ser engañada?
BERTA: Al contrario. Lo que me molestaría es la verdad. El saberlo todo… el
que se atreviera a llamar aquí una mujer.
JORGE: (Saltando) ¡Qué estupidez!
BERTA: ¡Jorge!
JORGE: ¡Sí, qué estupidez! ¡Amante!... ¡Bah!... ¡Tonterías! ¿Crees tú a Alberto
198 Alberto! ¡El cínico Alberto con una amante!... ¡Bah! No hay mujer que lo soporte. Alberto no puede tener una amante.
MORÁN: Cualquier hombre puede tener una amante. (Con su sonrisa) Usted
mismo, señor Osma. (Como si bromeara) ¡Y estoy por asegurar que la tiene! Vamos, señor Osma… (Siempre sonriendo) Díganos el nombre… ¿Quién es su amante? (Silencio angustioso)
JORGE: No es una amante…
MORÁN: Una novia, tal vez… Soltera entonces.
JORGE: Casada… (Agresivo) ¿Y qué?
MORÁN: ¡Ah!... (Contento) ¿Lo ve, señora Llevandi? Su huésped tiene una
pasión ilícita… una amante…
JORGE: ¡No es una amante! (Furioso) ¡No lo es!
MORÁN: ¿Casada?
JORGE: (Mordiéndose los labios) ¡Sí…!
MORÁN: Entonces… amante. No hay otro nombre. Amante… ¡a secas!
¡Amante! (Un silencio. Jorge se pasa la mano por la frente. Luego con paso vacilante
se acerca al ventanal y mira hacia fuera. Berta pregunta a Morán) BERTA: ¿Más coñac?
MORÁN: Sí… por favor. (Le sirve) El coñac es una de esa bebida que pasarán a
la historia como bálsamos milagrosos. ¿Tiene frío? ¡Coñac! ¿Desanimado? ¡Coñac! ¿Triste? ¡Coñac! (Mira el coñac) ¿Burlado? ¡Coñac!
BERTA: (Sin gran convencimiento) No parece usted tener muy buena opinión
de las mujeres.
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BERTA: Una oración.
MORÁN: Es algo patético, emocionante. (Empieza a repetirla. Recordando)
Dame compañera, Dios de todo, como al erizo, y el mono y la pantera.
Dame compañera que no sea ni mala, ni fea. Dame compañera que guise mi comida y alivie mi pena.
Dame compañera que no mire a otro, ni con otro duerma.
Y si me engañase, dame mi cuchillo para hundirlo en su pecho y si vacilo, mándeme un rayo que me disuelva.
(Hace una pausa y comenta divertido) Algo así… una cosa parecida a esa. (Con
su maldita sonrisa) ¿Divertido… no?
BERTA: (En un arranque) Señor Morán… Yo…
MORÁN: ¿Iba usted a decir…? (Berta se calla de pronto)
BERTA: ¡Nada! (Jorge que ha mirado interesadísimo por el ventanal, parece
alarmarse y hace mutis rápidamente por la puertecita del foro izquierda ante la sorpresa de Berta) ¡Jorge, Jorge! ¿Dónde vas, Jorge!
MORÁN: Seguramente vio algo que le interesaba (Berta mira a Morán con
temor) ¿Qué le ocurre?
BERTA: ¡Tengo miedo!
MORÁN: Estoy yo con usted.
BERTA: Es que tengo miedo de usted… de usted precisamente.
MORÁN: (Sonriente) ¿Qué le he hecho yo? ¡Es injusta conmigo!
BERTA: Escúcheme, señor Morán. Hay seres… personas que tiene ambiente