Con el debilitamiento del regionalismo abierto latinoamericano empiezan a surgir corrientes teóricas partidarias de una reformulación del mismo. Al respecto, hay que tener en cuenta que en la coyuntura política y económica que rodea la región, muchos gobiernos han desarrollado una visión crítica del regionalismo abierto, al que consideran de alguna manera emparentado con las políticas neoliberales fruto del Consenso de Washington. En concreto y desde la perspectiva de algunos grupos de la izquierda latinoamericana, se tiene la impresión de que el fracaso del regionalismo abierto se debe a la incapacidad de los gobiernos de la zona de poner en marcha políticas orientadas al desarrollo, así como al hecho de que el mismo haya sido impulsado desde el exterior por organismos internacionales marcadamente neoliberales.
Partiendo de estas situación, autores como Sanahuja visualizan en los últimos tiempos la tendencia hacia un regionalismo que se define desde el enfoque del “Estado desarrollista”, en el que factores
175
como la globalización y la integración son vistos como elementos perturbadores. Este regionalismo reclama una participación activa del estado bajo un enfoque neo-nacionalista que, llegado el caso, puede llegar a afectar incluso el correcto desarrollo de un marco institucional favorable a los procesos regionales. Según Sanahuja, el regionalismo que marca tendencia se caracteriza por los siguientes elementos:
- La prioridad otorgada a la agenda política en detrimento de la económica y comercial. A ello ha influido la llegada al poder de partidos de izquierda partidarios de las corrientes nacionalistas y, por lo tanto, marcadamente proteccionistas. Este sería el caso de países como Venezuela y Brasil.
- El segundo elemento a tener en cuenta, con el fin de dejar a un lado las tesis neoliberales enfocadas en la promoción del comercio, se vuelve a relanzar la “agenda de desarrollo”; - En tercer lugar y frente al protagonista que los actores privados y las fuerzas del mercado
tuvieron en la etapa del regionalismo abierto, se otorga un mayor papel a los actores estatales;
- En cuarto lugar, se potencia la denominada integración positiva, es decir, la creación de un marco institucional que permita consolidar los diferentes procesos abiertos y, en especial, todo aquello que tenga que ver con el impulso a la agenda de cooperación.
- Además, esta nueva etapa del regionalismo incide en otorgar mayor peso a todas las políticas de corte social que tiendan a disminuir las asimetrías existentes en materia de desarrollo y, en concreto, las que buscan luchar contra la pobreza y la desigualdad social; - En sexto lugar, este regionalismo revisado buscar mejorar las condiciones de acceso a los
mercados y para ello incide en mejorar las carencias tradicionales que en materia de infraestructura han aquejado a los países de la región;
- Igualmente, se ha hecho de la política energética un elemento clave en esta nueva agenda regionalista y,
- Por último, este regionalismo busca la puesta en marcha de mecanismos que permitan una mayor aceptación social de los procesos, lo que incluye la coordinación de medidas para una mayor participación de la sociedad en los mismos.
Como avanzábamos en párrafos anteriores, en el contexto actual marcado por la crisis económica y financiera global, América latina al igual que otras regiones, está volviendo a una visión en la que la participación del Estado es más activa y, a la vez proteccionista, precisamente como una forma de
176
hacer frente a los acontecimientos externos. Por ello, estaríamos hablando en estos momentos de una nueva reformulación del regionalismo que trata de dejar de lado la imagen liberal que adoptó el regionalismo abierto y que encuentra en dos proyectos, Alternativa Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), una clara manifestación de esta nueva corriente de pensamiento.
Cabe señalar que todavía es pronto para hablar de un modelo sustituto del regionalismo abierto para América Latina, pues como señala Sanahuja, junto a estas iniciativas coexisten también proyectos “sur-norte” o estrategias radiales de algunos países de inserción internacional “hub and
spoke”. Por ello, este autor prefiere hablar de que nos encontramos en un período de transición en
el que se carece de modelos específicos, que está claramente politizado y que ante todo, trata de buscar nuevos consensos361.
Prueba de lo anterior, en el continente americano se aprecian hoy en día iniciativas diversas como: un espacio norteamericano de integración (que será analizado en el siguiente capítulo), en que se integran México, los países centroamericanos y algunos de América del Sur gracias a tratados de libre comercio, así como Plan Puebla Panamá. A esto habría que unir proyectos impulsados por los países sudamericanos, entre las que destacan el liderado por Brasil (Unasur) o por Venezuela (Alba). Ambos, sin ser opuestos, enfrentan una serie de obstáculos, que en el caso de Unasur vienen marcados por la visión particular brasileña de la integración, o los débiles resultados obtenidos por experiencias precedentes como el Mercosur. En el caso del Alba, el principal escollo se deriva de la excesiva politización del proyecto.
De ambas iniciativas sudamericanas, el Unasur es sin duda la más representativa y viable, siendo la prueba de fuego para poder hablar de un auténtico regionalismo post-liberal. Junto a la opción competidora del Alba, ambas propuestas constituyen una alternativa frente a la denominada “opción norteamericana pacífica”, que seguidora todavía del regionalismo abierto, habla de establecer marcos más flexibles que favorezcan la liberalización comercial en el marco de los tratados de libre comercio.
Por todo lo anterior, podemos afirmar que más que hablar de crisis de la integración o del regionalismo, lo que realmente está en juego es la pervivencia o no del regionalismo abierto y su visión. Lejos de abandonarse el debate, lo cierto es que esta crisis está favoreciendo la llegada de
361
177
nuevas formas de cooperación, siendo los acuerdos “sur-sur” un claro ejemplo, así como los acuerdos “sur-norte”, impulsados por Estados Unidos y la Unión Europea, que o bien pueden ayudar a consolidar el proceso o, por el contrario, pueden disgregarlo.
179
Conclusiones
Como hemos podido comprobar a lo largo de esta primera parte teórica de la tesis y desde una perspectiva conceptual, el regionalismo se presenta como un fenómeno de amplio alcance que ha sido objeto a lo largo de los últimos años de numerosos debates y formulaciones. Desde sus orígenes, los diferentes autores y escuelas han tratado de explicar, ya sea desde el enfoque económico, político, social o de las relaciones internacionales, el alcance multidisciplinar y el impacto tanto interno (nacional) como externo o internacional del mismo. El resultado, aunque esclarecedor, no lo ha sido lo suficiente en la medida en que no podemos decir que exista hoy en día una definición clara y homogénea del término.
Lo primero que llama la atención es el hecho de que el carácter pluridisciplinar del regionalismo provoca que surjan confusiones conceptuales, al mezclarse de manera indistinta términos como integración regional, integración económica, cooperación, etc. Lo anterior, unido a la variedad de formulaciones teóricas existentes, constituye una prueba de que estamos ante un fenómeno en constante evolución y adaptación a las circunstancias.
Más allá del factor conceptual, en el actual esquema multilateral imperante a nivel internacional el regionalismo, lejos de ser apreciado como un elemento distorsionador, es considerado un factor
180
complementario que, en el medio y largo plazo, está ayudando a la consolidación del orden económico mundial. Prueba de ello es la propia evolución experimentada por el regionalismo, que ha pasado de una primera etapa, marcada por una visión básica y estrictamente comercial, a un segundo período, más flexible, calificado por la doctrina como “regionalismo abierto”, en el que se han introducido elementos que traspasan las teorías clásicas del comercio internacional, convirtiéndose así en impulsor de la competitividad y sirviendo de aliciente para lograr una mayor atracción de la inversión extranjera. En la actualidad, podemos afirmar que el regionalismo se presenta como un elemento consolidador de la actual globalización.
Además, el regionalismo aparece como un fenómeno articulador y complementario, al convertirse en catalizador para la participación de nuevos actores. De manera específica, ha ayudado a forjar una nueva visión del Estado Nación, en la que dejando a un lado visiones estrictas sobre la soberanía, los Estados han aprendido a ceder parte de la misma a favor de entidades supranacionales con el objetivo de la obtención de un bien común.
Desde esta perspectiva, el hecho de pertenecer a un determinado modelo regional no sólo reporta beneficios internos a los Estados (como una mayor cohesión y estabilidad), sino que posibilita una mayor presencia internacional y, por consiguiente, un aumento de su poder de negociación (especialmente evidente en economías emergentes con escasa participación en los foros internacionales).
Además y a un nivel inferior, el regionalismo otorga un mayor protagonismo a aquellos entes subestatales (entendidos estos por organismos gubernamentales, municipios, organizaciones no gubernamentales, sociedad civil, etc.) que, tradicionalmente operaban en el ámbito interno pero, al consolidarse los esquemas regionales, pasan a la primera plana. De esta forma, el proyecto regional se convierte en un foro en el que tienen presencia una gran variedad de actores, que a su vez obtienen una puerta de acceso al sistema internacional.
De lo anterior podemos deducir que el regionalismo es un proceso abierto, en constante evolución y constituye una estrategia de amplio recurso para aquellos países que quieren mejorar su competitividad y adquirir un mejor posicionamiento global. Como consecuencia de esta visión y prueba del éxito alcanzado por el regionalismo en los últimos años, observamos el aumento considerable del surgimiento de bloques regionales (especialmente en algunas regiones como
181
América Latina), lo que lejos de alterar el modelo multilateral desde una perspectiva individual, lo ha favorecido pero desde un enfoque grupal.
Como acabamos de mencionar, el caso latinoamericano merece especial atención, sobre todo si consideramos que esta región históricamente ha sido pionera en el lanzamiento de proyectos regionales.
Apoyadas desde la CEPAL, desde la década de los cincuenta y durante el primer período del regionalismo, la mayor parte de las iniciativas hicieron hincapié en lograr un mayor desarrollo económico y comercial. La falta de políticas de coordinación, los intereses creados y la ausencia de una visión de conjunto hicieron fracasar las primeras tentativas regionales, aunque no restringieron la puesta en marcha de nuevos mecanismos bajo el esquema del nuevo regionalismo o regionalismo abierto latinoamericano.
A partir de la década de los noventa y superados los momentos críticos de los años previos, surgieron nuevos proyectos regionales orientados a buscar un mayor desarrollo, una mejora de la competitividad y, en especial, una presencia internacional que al mismo tiempo ayudara a consolidar las reformas internas emprendidas por la mayor parte de los países de la zona. El regionalismo abierto latinoamericano se convertía así en una tabla salvavidas para la región.
Ahora bien, este regionalismo ha adolecido desde el inicio de una estrategia en el medio y largo plazo. Es decir, las altas expectativas iniciales no se han correspondido con la puesta en marcha de políticas adecuadas y esto se ha puesto de manifiesto en el carácter reacio de los gobiernos a aceptar cualquier síntoma de supranacionalidad, rechazando la puesta en marcha de estructuras institucionales fuertes. Además, este regionalismo ha optado por un esquema ligero y a la vez selectivo, en la medida en que los diferentes países de la zona han preferido establecer su propia agenda regional, generando a su vez diversas opciones dentro del continente (destacando el caso particular de Chile y México, que se han decantado claramente por un esquema de integración comercial con Estados Unidos). Por último, destaca el carácter elitista de este regionalismo, en la medida en que no se ha buscado establecer un vinculo entre la clase política (principal propulsora del mismo) y la ciudadanía en general. El resultado es una amalgama de acuerdos que lejos de dotar de una imagen sólida a la zona, ha generado un panorama confuso y debilitado.
Ante esta situación, el panorama actual del regionalismo latinoamericano debe hacer frente a dos vías de escape: por un lado, una redefinición del modelo regional de la región, algo indispensable si
182
consideramos el surgimiento de nuevas iniciativas regionales en el Cono Sur bajo el liderato de Brasil (como son el Unasur y el Alba). Y por otro lado, la aparición de una vía alternativa, manifestada a través de los acuerdos sur-norte, que a pesar del enfoque asimétrico sobre el que se estructuran, constituyen un imán atractivo para ciertos países de la región, que utilizando estrategias radiales de vinculación y huyendo de los compromisos exclusivos, ven en este tipo de acuerdos una manera de interactuar con potencias económicas y tener mayor presencia en la esfera internacional.
Este sería el caso específico de México, país que ha optado por tomar cierta distancia de la dinámica regional del resto de países latinoamericanos y especialmente de los ubicados en el Cono Sur, para decantarse por una estrategia de diversificación y establecimiento de contactos con potencias económicas fuertes.
183