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Comparison among Routing Protocols

8.2 Architecture Model

igual que en cualquier experiencia de análisis actual, los tres registros se mezclan de manera prácticamente permanente.

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Parecía que el síntoma histérico se situaba en lo real, lo real del organismo. Sin embargo, de pronto nos encontram os situa­ dos en lo imaginario del esquema corporal.

9. La cansa traumática del síntoma histérico: de lo imaginario a lo real...

Por supuesto, la operación de Freud no concluye allí. Es cierto que esa localización de la incidencia de lo imaginario introdu­ ce ya un esbozo de racionalidad en lo que hasta ese momento, desde el punto de vista de la neurología, resultaba directamente absurdo o, peor aún, imposible. Sin embargo, no alcanza para introducir una nueva lógica que dé cuenta de la dinámica que está en juego en la formación del síntoma.

Freud prosigue entonces, y agrega que esa parte del cuerpo que está afectada (y que se recorta, como decimos, más según los lineamientos imaginarios del esquema corporal que segiin las determinaciones reales de la anatomía), esa parte del cuerpo a su vez no está escogida al azar, sino que está m otivada por una cier­ ta causa afectiva. Es un cierto monto de afecto el que justam ente ha afectado esa parte del cuerpo (más precisamente: la representa­ ción imaginaria que a esa parte del cuerpo le corresponde en el aparato psíquico), apartándola del funcionamiento normal y de su articulación con el resto de las representaciones que forman parte del aparato, y produciendo como consecuencia la parálisis histérica.

Ese monto de afecto proviene de lo que Freud, en esa misma época, está empezando a nombrar, con Breuer, "traum a psíqui­ co".

(Resulta curioso constatar hasta qué punto son operaciones metafóricas las que instituyen el valor de las palabras en las len­ guas habladas, y junto con ese valor, las coordenadas que sostie­ nen la realidad cotidiana en que nos manejamos todos los días. Cualquier persona interrogada por la calle sobre el uso coloquial de los términos, remitiría la palabra trauma a este sentido inven­ tado por Breuer y Freud hace apenas más de un siglo, descui­ dando, o en una de esas directamente ignorando, que trauma significaba en sentido literal (y todavía ahora) una lesión pro­

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ducida de manera mecánica -esas de las que se ocupan nuestros traumatólogos, que no son precisamente psicoanalistas-, y qur al decir "traum a psíquico", aquellos autores incursionan en una metáfora igual que si dijéramos ahora una herida psíquica (de hecho, es el significado del término griego original).

(Lo anterior constituye un paréntesis, pero no deja de revestir algún valor. Hay que parar la oreja cada vez que el "científico" Freud nos desliza así, cual cáscara de banana bajo los pies, al­ guna metáfora como esa en medio del relato. Flay que parar la oreja porque siempre anda cerca algo real, algo innombrable en sentido estricto, y que sólo podemos situar con el auxilio de ta­ les metáforas. Y hay que parar la oreja porque, a eso real, no se lo atrapa precisamente con los ojos. Anotemos de paso también -aunqu e justificarlo excedería el marco de este trabajo y no lo haremos aquí-, que la propia concepción freudiana de esa "can ­ tidad" -e l monto de afecto, la suma de excitación- que circula a través de las representaciones sin reducirse a ninguna de ellas es en sí misma la metáfora freudiana más radical para indicar lo que está estructurado por la existencia de las palabras al mismo tiempo que es im posible de reducir a ellas, es decir, lo real. No es ninguna "cantidad". Freud seguramente lo sabía, pero hacía en eso, como en otras cosas, una concesión a las exigencias de la debilidad mental de su época. Esto constituyó, si se quiere, otro paréntesis...)

Para matizar el riesgo de las puras abstracciones, podemos recordar uno de los síntomas que presentó aquella prim era his­ térica que inventó el psicoanálisis con Breuer y antes que Freud, Anna O., primer caso clínico de los Estudios sobre la histeria: que sufrió durante mes y medio una imposibilidad absoluta de beber. "Tomaba en su mano el ansiado vaso de agua, pero tan pronto lo tocaban sus labios, lo arrojaba de sí como si fuera una hidrofóbi- ca. [...] Sólo vivía a fuerza de frutas, melones, etc., que le mitiga­ ban su sed martirizadora. Cuando esta situación llevaba ya unas seis semanas, se puso a razonar en estado de hipnosis acerca de su dama de compañía inglesa, a quien no amaba, y refirió enton­ ces con todos los signos de la repugnancia cómo había ido a su habitación, y ahí vio a su perrito, ese asqueroso animal, beber de un vaso. Ella no dijo nada pues quería ser cortés. Tras dar todavía enérgica expresión a ese enojo que se le había quedado atascado,

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pidió de beber, tomó sin inhibición una gran cantidad de agua v despertó de la hipnosis con el vaso en los labios. Con ello la perturbación desaparecía para siem pre" (f r e u d 1893-1895, 58­

9). Aunque no se trata exactamente de una parálisis (en el texto sobre las parálisis Freud no presenta ningún síntoma real que podamos tomar por caso), el síntoma de Anna O. se sitúa tam­ bién en el nivel del cuerpo, constituido por esa imposibilidad de beber agua.

Por su parte, el "traum a" (pronto el uso se acostumbró a su­ primir el adjetivo "psíquico", lo cual selló la instauración de la metáfora sobre el nivel mismo de la lengua común), el trauma constituye, como se sabe, la causa del síntoma, su causa primera y real. Resulta fácil, a partir de esos primeros trabajos de Freud, distinguir ese valor. Menos fácil resulta, en cambio, formular con precisión en qué consiste dicho trauma. ¿Es algo que ha ocurrido puntualmente antes, en el pasado? Si fuese así, en el caso recién mencionado habría que situarlo en el hecho de que Anna viera a ese perrito tomar del vaso de su dama de compañía.

También excede el marco de este trabajo detenernos a mostrar que lo que para el ser hablante resulta tan traumático como el pasado, o más bien un poco más, es el futuro. La investigación de Freud no tarda en advertir, por otra parte, que ese supuesto trauma único pasado se multiplica en una miríada de aconte­ cimientos cada vez más lejanos que se pierden en el confín de los tiempos recordables. En definitiva, esto nos llevaría a con­ cluir que a través de los traumas, enumerables, localizables, in­ cluso narrables, el sujeto fue tomando noticia, siempre parcial y contingente, insuficiente, dispersa, de lo traumático en cuanto tal, mucho más difícil de localizar. ¿Y qué será eso traumático? ¿Diremos que es el deseo del Otro, de esos Otros bien reales que recibieron al cachorro humano recién llegado a este mundo

y

tra­ zaron las invisibles líneas de su destino por conquistar? Otros insondables que se pierden tras las imágenes de los atacantes sexuales de las fantasías histéricas sobre la infancia. ¿O diremos que es lo real del sexo, o m ejor de la vida amorosa entre los sexos, por usar una expresión de Freud? En este síntoma de Anna O., en todo caso, no se trata tanto del episodio del perrito en sí mismo, sino del asco que ella misma puede sentir ante la esencia de la feminidad, encarnada en esa presencia inquietante, entre íntima

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y extranjera, que constituye esa dama de com p añ ía-¡a quien "no am aba"!: ¿qué encierra esa litote?-, y que tiene evidentemente pautas distintas que la propia Anna en cuanto a los manejos cor porales que comparte con su "asqueroso anim al".

Si regresamos al texto sobre las parálisis, no encontramos referencia a síntomas histéricos propiamente dichos, sino a fe­ nómenos de la vida social que Freud toma como equivalentes ilustrativos. (Quizás en eso anticipa cierta equivalencia entre la histeria y el lazo social.) Los introduce así: "Cuentan la cómica historia de un súbdito real que no quería lavar su mano porque su soberano la había tocado. El nexo de esta mano con la idea del rey parece tan importante para la vida psíquica del individuo, que él se rehúsa a hacer entrar esa mano en otras relaciones. A la misma im pulsión obedecemos si rompemos el vaso en que bebi mos a la salud de los recién casados [...]." (f j^ e u d 1893, 208) Si bien ilustraciones de este tipo imponen límites a la elaboración, podemos distinguir allí dos grandes vínculos fundamentales del ser hablante: el del sujeto (súbdito) con un personaje paterno, y el de un hombre con una mujer.

En el primer caso, el síntoma sería la im posibilidad de lavar la mano, casi como si fuese una parálisis de la misma o como la imposibilidad de Anna de beber, mientras que el "tra u m a "... ¿es el hecho de que el soberano la haya tocado? ¿O es, más bien, algo que yace como esencial al vínculo que une al sujeto con aquél, pero más difícil de discernir y precisar que el hecho de haber­ le dado la mano? Porque a fin de cuentas, ¿alguien puede decir exactamente en qué consiste la paternidad...? Debe haber algo traumático en su esencia.

En el segundo caso, por su parte, el síntoma es la inaccesibili­ dad del vaso para usos futuros, como si fuera una representación traumática que ha sido segregada de la disponibilidad conscien­ te. ¿Pero cuál es el trauma? Freud es un surtidor de maravillas; si seguimos el hilo de su razonamiento, hay una sola respuesta posible: ¡el casamiento!

Si se cree que aquí no hay más sentido que el del humor, se re­ parará más tarde con interés en el hecho de que los dos historia­ les freudianos paradigmáticos de histeria y de neurosis obsesiva, el de "D ora" y el del "H om bre de las ratas", se desencadenan a raíz de una propuesta matrimonial. Y el caso paradigmático de

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fobia infantil, el de Ju an ito..., en fin, no puede haber allí todavía propuesta ni casamiento para el sujeto, pero tenemos como hori­ zonte fundamental el futuro divorcio de sus padres.

No es tan chiste como parece. Lo traumático no tiene nombre ni imagen propios, pero si hay que elegir algo para indicarlo por aproximación, probablemente el casamiento sea lo más apropia­ do.

Párese por eso la oreja ante esa otra metáfora con que Freud designa la relación de la representación sintom ática con el afecto del trauma: Freud la llama mésalliance, que en francés se utiliza para designar un casamiento desigual (de una persona con otra de inferior posición social), una suerte de "m al casam iento", o "casam iento equivocado". El casamiento es un trauma sexual, o mejor dicho, reenvía al sujeto directamente a lo traumático de la sexualidad, que no debe pensarse en el nivel de algún fenó­ meno orgánico, natural, sino en el punto donde la sexualidad se imbrica con la cultura, o más precisamente, con la palabra. Lo retomaremos más adelante.

Cerremos este apartado concluyendo que el síntoma -e sta ­ mos hablando del histérico, pero en definitiva vale para todo síntoma neurótico- está recortado en el organismo por una imagen corporal, pero su peso, incluso su causa, no viene de esa imagen por sí misma sino de lo traumático. A esto traumático, tenemos que localizarlo en el nivel de lo real. Pero ya no es lo real de la anatomía, sino un real propio de los seres hablantes: los vínculos que constituyen lo que Freud llama la vida amorosa de los sexos. El núcleo real de esa vida sexual de los seres humanos (¿el sexo? ¿el amor?) no es reducible a ninguna imagen ni a nin­ guna palabra (a ningún símbolo). No es imaginario ni simbólico. A eso real, Freud dice que la neurosis en el síntoma le levanta un

monumento.

10. ...pero siempre mediando lo simbólico: el síntoma es un significante

Pero todo monumento es un símbolo, y lo mismo ocurre con el síntoma. (La expresión al respecto más conocida de Freud so­ bre el síntoma histérico es la que lo define como símbolo mnémico.)

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El síntoma es un símbolo (con Lacan diremos: un significante) porque está en lugar de otra cosa a la que remite y, sobre todo, por el modo en que está estructurada esa remisión. Pues ¿cómo saber, a partir del síntoma que se presenta a la consulta, en qué consiste el trauma, o lo traumático, que lo motiva en la existencia particular del ser hablante que lo sufre? No hay relación directa entre el síntoma y su causa real, del mismo modo que no hay ninguna relación directa entre la palabra árbol y lo que esa pa­ labra designa. El síntoma es un significante, y el camino que lo reconduce a su causa, a aquello de lo cual constituye m onum en­ to, incluye siempre parte del material simbólico de una lengua.

Esta interposición del material simbólico (significante) de una lengua entre el síntoma y su referente resulta en la clínica freu­ diana a veces más notoria y a veces menos, pero está siempre presente. A fin de cuentas, ¿qué relación hay entre el vaso y el casamiento? (¿O si se prefiere este otro modo de formular la in­ terpretación freudiana: entre la rotura del vaso y la aceptación de la pérdida de todo eso que es preciso consentir a perder para que un matrimonio tenga alguna chance de ser vivible?) No hay nin­ guna relación natural, ella resulta sólo de una trama simbólica. O en el caso de aquella paciente que Freud presenta en su con­ ferencia de introducción al psicoanálisis décimo-séptima, que compulsivamente (es su síntoma) llama a la mucama una y otra vez para mostrarle una m ancha en un mantel, y cuyo análisis revela que lo hace (sin saberlo) como reparación de la mancha de sangre que «o se produjo sobre la sábana en su noche de bodas, puesto que su marido no pudo consumar la unión. El mantel es símbolo de la sábana, pero a su vez sábana y mantel son sím bo­ los del casam iento... (FREUD 1915-1917). No hay relación natural entre todas estas cosas, sólo se sostiene en el ámbito simbólico de una cultura.

Otro ejemplo tomado de la vida social que Freud comenta en la primera conferencia de introducción al psicoanálisis de 1909: un monumento londinense llam ado Charing Cross. ¿Dé dónde proviene? "Si ustedes van de paseo por Londres, hallarán, frente a una de las mayores estaciones ferroviarias de la ciudad, una columna gótica ricamente guarnecida, la Charing Cross. En el siglo xui, uno de los antiguos reyes de la casa de Plantagenet hizo conducir a Westminster los despojos de su amada reina Eleanor

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y erigió cruces góticas en cada una de las estaciones donde el sarcófago se depositó en tierra; Charing Cross es el último de los monumentos destinados a conservar el recuerdo de este itinera­ rio doliente." (FREUD 1909b, 13) Como se ve, se trata nuevamen­ te del amor que une a un hombre con una mujer, pero lo que que­ remos destacar ahora es la interposición del significante entre el síntoma y su referente: el nombre Charing parece provenir por deformación -p o r desplazamiento, diríamos con Freud, por me­ tonimia, diríamos con L acan - de la expresión francesa chére reine.

11. El síntoma neurótico: en los tres registros...

Sinteticemos el recorrido de estos tres últimos apartados. Para la perspectiva científica de antes de Freud, el mecanis­ mo y la determinación del síntoma histérico debía buscarse en la anatomía del sistema nervioso, como cualquier síntoma neuroló- gico. Anatomía real, en el sentido de natural. Freud muestra que eso es contradicho irremediablemente por la experiencia clínica, y en su lugar propone una elaboración nueva.

En esta elaboración, el estatuto del síntoma se redefine pro­ gresivamente por la participación de cada uno de los tres regis­ tros, y finalmente por su confluencia. De lo real (natural) a lo ima­

ginario: el síntoma no se recorta según la anatomía sino según las imágenes corporales de nuestro esquema de representaciones.

De lo imaginario a lo simbólico: aunque se recorte a veces como una imagen, el valor del síntoma es un valor simbólico: el síntoma es un monumento, un significante, reenvía por asociación simbóli­ ca a otra cosa que no es él mismo, y lo hace a través de una trama asociativa que está organizada por el lenguaje. De lo simbólico a

lo real: en definitiva, por significante que sea, y por más que re­ mita antes que nada a toda una trama en red de significantes (episodios históricos, pensamientos, palabras...), el síntoma no se resuelve si el sujeto no ajusta cuentas con lo real que lo causa, y que por su parte no es un significante. Es lo que Freud intenta cercar con la expresión monto de afecto. Ese real sin duda concier­ ne a la feminidad, a la sexuación, al goce, al deseo; pero en aras de la concisión y tomando apoyo en algo de su esencia, podemos localizarlo especialmente en el amor, en el sentido amplio en que

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hace participar todas esas dimensiones antedichas: son las cosas del amor, esas que sostienen realmente los vínculos cotidianos entre hombres y mujeres como seres hablantes. Esas con las que nos topamos a menudo, que todos conocemos por experiencia \ que sin embargo son resistentes al conocimiento. Su fondo no es imaginario ni simbólico, sino que se trata, efectivamente, de lo más real que ha}’ entre los seres hablantes.

En su indagación del síntoma, Freud completa de hecho un circuito que parte de lo real (natural, compartido con el resto de los animales), se desplaza a (o se imbrica con) lo imaginario, lue­ go a lo simbólico, y luego retorna sobre lo real. Pero este último real ya no es el del principio: es un real propio de los seres ha­ blantes, es decir, propio de los vivientes que habitan un mundo que goza de esas tres dimensiones (los tres registros).

Podemos tomar un último caso más para ilustrar esta partici­ pación de los tres registros en la conformación del síntoma, esta vez uno obsesivo. El "H om bre de las ratas" es llamado así por Freud porque se ve compelido a consultarlo justamente a partir de la irrupción del siguiente síntoma: habiendo oído contar por parte de un capitán (militar) la historia de cierto torm ento prac­ ticado en oriente con ratas a través del ano del supliciado, poco después se le impone el temor obsesivo (éste es el síntoma) de que eso puede ocurrirle a la dama de sus pensamientos y a su padre.

No son raros los temores obsesivos. El paciente podría, en una primera posición, creer que se trata de un temor en relación con lo real en el sentido literal en que se presenta en la repre­ sentación: un temor a que eso representado realmente suceda. Basta sopesar un poco las cosas para darse cuenta de que no hay ningún riesgo de que la dama pueda ser torturada por un escua­

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