Nací el 11 de mayo de 1897, en una granja situada cinco kilómetros al sudeste de la pequeña ciudad de Meriden, Connecticut. Se me dio el nombre de Peter Murdock, un escocés que emigró en su juventud a las colonias de Estados Unidos en la década de 1690.[...]
Mi padre, George Bronson Murdock, nació en 1846. Fue educado en una “academia” de New Haven, donde junto con otras materias estudió griego y alemán. Las crónicas familiares, recopiladas originalmente por un tío mío, James Murdock, profesor de teología de Yale, y puestas al día desde entonces, muestran que la mitad de los varones del linaje Murdock, como mi padre, nunca fueron a la universidad; todos los demás se graduaron en Yale. Aunque toda su vida fue granjero, mi padre tenía otros intereses.[...]Siempre se vanaglorió de estar relacionado personalmente con Mark Twain, a quien admiraba mucho. Permaneció soltero hasta 1896, y aparentemente era un soltero codiciable, porque tenía una cuadra de finos caballos propios para cabalgar y jalar carros.
Quizá la influencia más fuerte que mi padre ejerció sobre mí se derivó del hecho de que nació y fue criado antes de la Guerra Civil, y por eso adquirió desde los principios de su vida la filosofía política de Thomas Jefferson, con una dedicación particularmente fuerte a las libertades civiles y a la Carta de Derechos.[...]
[...]Como tantos estadistas de este país, desde Washington hasta Lincoln, mi padre era un agnóstico en religión. No se oponía activamente a la Iglesia, porque creía que algunas personas la necesitaban como un soporte para la moralidad, pero creyó decididamente que era superflua para la gente de carácter e inaceptable en principio para la gente inteligente y con preparación. Sin embargo, nuestra familia sí asistía con bastante regularidad a un templo congregacional de la localidad donde mi madre recibía cierta cantidad de dinero por cantar en el coro, pero mi padre no llegó a ser miembro de él, y hasta el fin de su vida se refirió despectivamente a los clérigos como “la gente peculiar de Dios” (cuidando de acentuar siempre dicha palabra).
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Nunca discutió sus opiniones religiosas con sus hijos, porque estaba convencido de que cada individuo debe estar libre de la influencia paterna al desarrollar su propia filosofía de la vida sobre la base de su educación y experiencia. Sólo después de su muerte llegué a enterarme, por mi madre, de lo desilusionado que estuvo cuando yo me uní voluntariamente a la Iglesia congregacional durante un breve periodo durante mis primeros años universitarios. Aparentemente no pudo entender cómo fue posible que, después de haberme dado tan buena educación, pudiera dar un paso tan poco inteligente.
Desgraciadamente, él no sabía las circunstancias concomitantes. El deporte favorito de mi padre era el tenis, y había construido en nuestra granja la mejor cancha de tenis de Meriden. Era frecuentada diariamente durante la parte cálida del año por amigos de la ciudad (a veces hasta treinta o cuarenta en los fines de semana). El jugador más destacado era el clérigo congregacional, y me halagaba que me pidieran que jugara con él. Cuando finalmente me invitó a unirme a su Iglesia, le respondí despectivamente que yo no tenía creencias sobrenaturales, que no aceptaba la divinidad de Cristo y que incluso dudaba de la autenticidad de su historia. Quedé asombrado cuando me dijo que estaba completamente de acuerdo con mis opiniones, y afirmó que él había seguido la profesión de clérigo sólo porque estaba convencido de que algunas personas necesitaban el apoyo de la religión organizada y por la calidad ética de las enseñanzas de Cristo. También me indicó que su Iglesia permitía una completa libertad doctrinal a cada congregación, y que su propia congregación no exigía creer en ningún dogma sobrenatural. Tomado por sorpresa, expresé mi disposición a unirme a un grupo tan ilustrado.
Por lo anterior debe estar claro que he tenido más suerte que muchos de mis colegas científicos, al no haber experimentado nunca el trauma de una ruptura con mi tradición religiosa familiar. Sigo siendo un agnóstico, igual que mi padre y mi hijo. Desapruebo y rechazo todas las religiones organizadas, más fuertemente cuanto más organizadas están.
Mi madre, Harriet Elizabeth Graves, nació en New Haven en una antigua pero empobrecida familia de Nueva Inglaterra. Luchando para superarse, aprendió la técnica de la fotografía e invirtió sus ahorros en una buena educación musical con profesores de Hartford y de Nueva York. Cuando se trasladó a Meriden, conoció a mi padre a través de su puesto de soprano en un coro de la iglesia. Aunque él ya tenía cincuenta años (veintisiete más que ella), se sintió atraído por su belleza morena, su vivacidad y su talento, y se casaron en 1896.
Mi madre amaba la vida social. Con la ayuda de una sirvienta de planta, se deleitaba preparando comidas improvisadas para los invitados que iban a jugar tenis, y más tarde, cuando sus hijos estaban en la universidad, hacía fiestas para sus amigos durante los fines de semana. Muchos de mis compañeros de clase aún la recuerdan con auténtico afecto. Probablemente la influencia más fuerte que tuvo sobre sus hijos fue su ambición de que llegaran a tener éxito, y el incansable apoyo que les dio a las ambiciones de ellos. Tuvo mucho que ver en que mi hermana asistiera a escuelas privadas y a la Universidad Smith, y en que mi hermano y yo fuéramos primero a la Academia Phillips, Andover, y luego a la Universidad de Yale, donde los dos obtuvimos diplomas de bachiller en artes, y yo de doctor en filosofía y él en matemáticas.
Todos recibimos nuestra primera enseñanza, durante siete años, en una escuela rural de un solo cuarto a un kilómetro de nuestro hogar. Mi padre, por temor al ambiente funesto de las escuelas de la ciudad, utilizó su influencia política para posponer la consolidación de nuestra escuela local, y sufragó de su propio bolsillo el suplemento (entonces munificente) de 200 dólares al año para el sueldo de la maestra, lo cual era suficiente para inducir a jóvenes ambiciosas de competencia superior a aceptar el puesto. Había sólo unos 16 o 17 alumnos, que incluían a los hijos de familias de granjeros alemanes, suecos, francocanadienses y anglonorteamericanos. A pesar de que la maestra tenía que enseñar en varios niveles en rotación, probablemente recibimos una educación elemental superior al promedio. Mientras los alumnos de otros grados daban la lección, nosotros leíamos libros de la biblioteca de la escuela, que estaba especialmente bien surtida de textos de geografía. Como resultado de mi contacto con estos libros en una edad impresionable, adquirí un conocimiento excepcionalmente detallado de la geografía del mundo, que más tarde me fue muy útil como antropólogo.[...]
Hasta la muerte de mi padre en 1920, mi hermano y yo trabajamos en la granja, especialmente durante la temporada pesada de junio y julio. Nos familiarizamos con los caballos y con los bueyes, que se usaban para jalar carros pesados; con el cuidado de las vacas, cerdos y gallinas; con el cultivo del centeno, de la avena, de las papas, de las frutas y de las verduras; con el manejo de la maquinaria de la granja, así como con el de artefactos tan primitivos como los desgranadores, las guadañas y los tazones de piedra; con la recolección y el almacenamiento del arroz, con el corte de la leña y con el uso de las herramientas de carpintería.
Cuando disminuía el trabajo de la granja al final de la temporada del heno, la ambición de mi madre y el prejuicio de mi padre en contra de las “manos ociosas” se unían para mantener a sus hijos ocupados de un modo útil. Nuestras lecciones regulares de piano fueron complementadas por enseñanza especial de otras materias, especialmente dibujo y alemán. Los viajes nos proporcionaron una alternativa ocasional. Una tía me llevó a Escocia durante tres meses en 1910. Mi padre me llevó a un recorrido por el oeste de los Estados Unidos y de Canadá en 1915. Mi familia pasó un mes en un balneario de Nueva Hampshire en cierta ocasión, y visitaba regularmente a sus amigos de Newport cuando se realizaba allí el torneo nacional de tenis. En otras ocasiones visité amigos de la escuela o de la universidad en Vermont y Montana.
Mis dos años en Andover me enseñaron a estudiar y limaron muchos de los puntos ásperos de un “rústico campesino”, así es que mi vida en Yale fue relativamente fácil y agradable. Disfruté y aproveché mis estudios, pero deliberadamente no les di demasiada importancia, y preferí pasar mi tiempo libre en actividades como los deportes intramuros y en colaborar en el periódico de la universidad, en cultivar amistades con compañeros de clase o de mi residencia estudiantes, y en visitar Nueva York o las universidades de muchachas durante los fines de semana. Sin embargo, adquirí considerable interés y conocimiento de las ciencias sociales por medio de varios cursos de economía, y cursos muy estimulantes de antropología, psicología y sociología (un curso de cada materia), y una especialización con honores en historia norteamericana. Bajo el sistema de libre elección que imperaba entonces, me inscribí cada año para un curso extra, que podía abandonar más tarde si no me gustaba, sin que se me castigara por eso. Así acumulé suficientes créditos adicionales y, a diferencia de muchos de mis compañeros de clase, pude obtener el título de bachiller en artes en 1919, a pesar de la interrupción por la primera Guerra Mundial.
Con gran disgusto de mi padre, me embargó un fervor patriótico de pregraduado y me enlisté en la Guardia Nacional de Connecticut (Décimo Campo de Artillería), al comienzo de mi primer año de universidad. En la primavera de 1916, durante el incidente en la frontera mexicana, fuimos llamados a filas del servicio federal y pasamos cuatro meses de campamento. Mi desilusión con la frustrante vida de soldado raso me salvó de involucrarme prematuramente en la primera Guerra Mundial. Esperé hasta que tuve suficiente edad, y luego me alisté para prepararme como oficial, y de este adiestramiento salí como teniente segundo de artillería de campo. Asistí a la escuela de tiro en Fort Sill, y luego fui asignado a un regimiento para dar servicio en el extranjero, pero la guerra había terminado
antes de que embarcáramos y fui dado de baja y regresé a Yale. La segunda Guerra Mundial me trajo un tercer periodo de servicio militar como capitán de corbeta (1943-1945) y comandante (1945-1946) en la Reserva de la Marina de los Estados Unidos. Entonces preparé una serie de manuales sobre las islas del Pacífico propiedad de los japoneses, y pasé seis meses como oficial militar del gobierno en Okinawa.
Después de graduarme en la universidad, fui más o menos arrastrado por la corriente hasta la Escuela de Leyes de Harvard, al no tener en mente otra carrera determinada. Después de un año decidí dejarla, cuando descubrí que el plan de estudios no estaba de acuerdo en muchos aspectos con el adiestramiento que había recibido en las ciencias sociales. Sin embargo, Dean Roscoe Pound, por quien siento un gran respeto, me persuadió de que regresara, argumentando que si la dejaba probablemente seguiría siendo siempre un “cabeza loca”. Tres meses más tarde se confirmó mi insatisfacción, y. me retiré definitivamente.
Estuve tratando de decidir a qué dedicarme, y pasé un año explorando concienzudamente mis intereses y mis capacidades. Por largo tiempo había deseado aprender más sobre el resto del mundo viéndolo con mis propios ojos, y una modesta herencia de mi padre me proporcionó los medios necesarios para lograrlo. Viajé a Oriente, y pasé bastante tiempo en Japón, Corea, China, Malasia, Indonesia, la India, y luego visité Egipto y la mayoría de los países de Europa, desde Checoslovaquia hasta España. Lo que vi, especialmente en Asia, reactivó mi interés largo tiempo dormido en la geografía, y especialmente en lo que había aprendido de Albert G. Keller en su curso de antropología para pregraduados. Empecé a comprar y a leer los libros que le había oído mencionar a Keller. Fue en esta forma, por ejemplo, como leí el Essay on Population de Malthus durante un viaje en bote desde Shangai hasta Hankow por el río Yangtsé, y en cada parada pude ver claras ilustraciones de mi lectura. Como consecuencia, determiné dedicar un año al trabajo de graduado en antropología, para ampliar mis propias perspectivas, porque aún no tenía idea de que eso pudiera llevarme a una carrera.
A mi regreso a los Estados Unidos en 1922, me entrevisté primero con Franz Boas. Cuando oyó mi historia, se negó rotundamente a admitirme para estudiar como graduado en la Universidad de Columbia. Me dijo que yo no era más que un aficionado, y que no deseaba tener tratos con un solicitante que no estuviera ya totalmente dedicado a la antropología. Luego intenté entrar en Harvard, pero desgraciadamente me enviaron con un profesor (que no pertenecía al personal del museo Peabody) cuyo concepto
de la antropología me pareció repelente. Finalmente, hice mi solicitud con Keller, mi anterior profesor de Yale. Aunque me desanimó drásticamente de la posibilidad de una carrera como antropólogo, me admitió como candidato para el grado de doctor en filosofía en un programa combinado de antropología y sociología. No me tomó más de unas pocas semanas descubrir que finalmente había hallado mi nicho.
Ya he expresado en otra parte mi deuda intelectual con Keller y, a través de él, con William Graham Sumner. Me pareció especialmente impresionante su convicción de que el único camino digno de confianza para la comprensión de la conducta humana es el duro camino de la ciencia, y su insistencia en las virtudes del método comparativo. Sin embargo, sentí cierta estrechez en la perspectiva de Keller y luché conscientemente contra su influencia, leyendo los autores que él desaprobaba como, por ejemplo, Freud, Marx, Watson, y los antropólogos históricos norteamericanos.
Después de lograr mi doctorado en 1925, enseñé sociología y antropología por dos años en la Universidad de Maryland, y en 1928 regresé a Yale como profesor asistente en el departamento de Keller. Cuando se estableció un nuevo departamento de antropología en 1931 bajo Edward Sapir, recibí un nombramiento conjunto en él. En 1938, un año antes de mi ascenso a catedrático, fui nombrado jefe del departamento de antropología y en adelante me dediqué exclusivamente a dirigirlo.
Entre los factores de menor importancia que posiblemente influyeron en mi decisión de seguir la carrera de antropología estuvo una colección de artefactos indios que mi padre desenterró en su granja; una buena biblioteca familiar que contenía libros tan interesantes como La Conquista de México de Prescott, y un curso de arqueología impartido por Moorhead en Andover. Sin embargo, las influencias más importantes en mi carrera han sido principalmente contactos personales estimulantes; con grandes profesores como Keller y Asakawa; con colegas antropólogos como Sapir, Spier y más tarde Linton; con psicólogos como Dollaid, Hull, Miller y Zin en el Instituto de Relaciones Humanas; con colegas de mentalidad afín a la mía en otras instituciones, especialmente Eggan, Gillin, Hallowell y Kluckhohn, y con ex alumnos míos, en especial Goodenough, Lounsbury y Whiting, que tal vez me dieron en la medida que recibieron. También debo mencionar a C. S. Ford, W. E. Lawrence y dos antropólogos británicos a quienes tengo afecto especial, Raymond Firth y Meyer Fortes. Mis ex colegas temporales de antropología en Yale también han ejercido influencia sobre mí, como por ejemplo Peter Buck, Robert Lowie, Brenda Seligman y Richard Thurnwald.
Mi carrera profesional posterior, que ya es conocida públicamente, no necesita relatarse aquí. Mis circunstancias actuales en la Universidad de Pittsburgh son las más felices de mi vida. Disfruto de buena salud y de seguridad. Estoy rodeado por colegas profesionales competentes y agradables, y por funcionarios profesionales inteligentes y dispuestos a apoyarme. Tengo numerosos alumnos de los que puedo enorgullecerme. Mi matrimonio ha resultado estable y satisfactorio, y tengo tres nietos adorables y cariñosos: Nancy, Karen y Douglas.