El término resiliencia, que fuera introducido dentro del campo de la psicología en los años setenta por el paido-psiquiatra Michael Rutter, ligado a la psicología conductista, originalmente lo relacionaba con una flexibilidad social o capacidad adaptativa que poseían las personas para lograr el ajuste adecuado dentro de un ambiente caracterizado por el cambio. Con las observaciones realizadas a sobrevivientes de los campos de concentración y niños criados en orfelinatos, su concepto evolucionó hasta considerarse la resiliencia como una categoría que permite clasificar a las personas como no- resilientes, pro-resilientes y resilientes, de acuerdo a su grado de capacidad para sobreponerse ante las adversidades.
Hoy en día, la resiliencia es considerada por la mayoría de psicólogos como la capacidad que poseen las personas o grupos para sobreponerse a situaciones
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BÁRCENA Y MÉLICH, , Op. Cit., 2000, Pág. 93 20
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difíciles, períodos de intenso dolor, estrés emocional o circunstancias inesperadas como la pérdida de un ser querido, catástrofes naturales, abandono, cambios drásticos y dramáticos en las condiciones de vida, etc. Lo innovador de este nuevo concepto, elaborado a partir de las conclusiones de muchos estudios al respecto, se refiere a esa condición especial y diferencial que tienen las personas, unas más y otras menos, para salir fortalecidas de esas situaciones adversas y proyectarse positivamente en el futuro, merced a la experiencia traumática vivida.
La resiliencia es el resultado de la confluencia de muchos factores internos y externos que determinan el grado o capacidad de una persona o grupo para enfrentar la adversidad. Entre los factores internos se encuentra la autoestima, el optimismo, confianza en sí mismo, responsabilidad, etc. Como factores externos tenemos las potencialidades y posibilidades del grupo, apoyo a miembros de un colectivo como seres humanos íntegros, seguros y capaces de estimular el sentido de pertenencia al grupo, etc.
Estos factores son concomitantes, lo cual significa que los unos no pueden desarrollarse sin los otros, si la autoestima es escasa no se podrá desarrollar a cabalidad las competencias sociales; o en el caso contrario, si no existe el apoyo externo la persona vuelve a sucumbir ante la adversidad a pesar de haber trabajado sobre su autoconfianza.
Por esta razón es importante saber desarrollar los factores internos y afianzar los apoyos externos que se dan sobretodo al interior del grupo familiar. Durante el proceso de socialización primaria que efectúa la familia, los primeros cuatro años de vida son cruciales para que el nuevo miembro sienta y perciba demostraciones de afecto por parte de su grupo de pertenencia, además de reconocer y valorar sus logros, capacidades y de sentirse protegido a través de manifestaciones de preocupación por su bienestar físico y emocional, especialmente por parte de quienes son los responsables de su cuidado y protección.
La teoría del vínculo o del apego, propuesta por Bowlby (1969), demostró que el apego inseguro en la infancia era señal de deprivación psicosocial,
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negligencia y/o maltrato. La presencia del apoyo incondicional, las creencias religiosas y la mitología que promueva la unidad familiar, el sentimiento de pertenencia entre sus miembros y la búsqueda de significados a las circunstancias adversas por las que está atravesando la persona o el grupo familiar en tiempos difíciles, promueven la resiliencia tanto en el grupo familiar como a nivel personal y mucho tiene que ver la forma en que la familia relata tanto las vivencias de otros tiempos en que sus antecesores salieron adelante en situaciones difíciles así como la experiencia presente con su propia familia o con uno de sus miembros, con lo cual se demostró que pudieron salir bien librados de esa dura prueba emocional.
Según el criterio de la mayoría de autores que analizaron la influencia de la narrativa oral familiar para el fortalecimiento de la autoestima personal y familiar, se ha llegado a considerar que la construcción de una narrativa sólida que identifica a la familia, apoyada por una rica mitología que permite reafirmar los baluartes y valores del grupo, que se trasmiten de generación en generación y con los cuales se identifican sus integrantes y trascienden al exterior a través del relato familiar; incide en última instancia en el nivel de resiliencia que puede demostrar cada miembro familiar cuando se enfrenta a una situación difícil.
Esto se explica porque al trasmitir el relato al interior de la familia, las generaciones anteriores van enfatizando los valores propios de su grupo y entre estos ocupan un sitial especial las situaciones de apremio que debieron atravesar todos y cada uno de los miembros que cumplieron un papel protagónico por su actuación en una situación que implicaba mucho riesgo ya sea a nivel personal, para sus seres más queridos o para el grupo en general. Por esta razón, es natural que se dedique mucho tiempo para evocar a través del relato y merced a la interacción entre relatores y receptores activos que alimentan y retroalimentan la historia familiar, concebida como construcción colectiva multigeneracional, en donde se pone énfasis al contar las situaciones en las cuales el grupo familiar en general y particularmente algunos de sus miembros, estuvieron inmersos en situaciones extremadamente difíciles que en
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un principio no tenían una salida, pero que gracias al apoyo familiar, al espíritu de solidaridad y a las condiciones especiales de sus miembros, éstos pudieron encontrar la solución adecuada.
Si bien es cierto que se requieren factores individuales que predisponen a niveles elevados de resiliencia, puesto que son propios de la genética particular de cada uno, no es menos cierto que vamos formándola también gracias a ciertos principios del aprendizaje social postulado por Bandura (1974); puesto que, como bien dice este autor y lo corroboran muchos psicólogos sociales: a pesar de que la emotividad, afectividad y sociabilidad se encuentra en ciernes en nuestra condición humana, aprendemos a desarrollarla en base a la imitación de modelos y los primeros patrones que tenemos son nuestros padres y familiares.
El énfasis que se pone al trasmitir la historia familiar por parte de las generaciones anteriores posee el don de inculcar en las generaciones más jóvenes la idea del sacrificio y entrega que ciertos miembros debieron hacerlo en su momento, al cumplir con su rol de madres, padres, hijos, hermanos, etc.; que además de mostrarse resilientes, reflejan también cualidades de comportamiento pro-social o altruista, al dejar de lado su bienestar individual y optar decididamente por el bien común o por el amor filial.