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Article 10: PRIORITY TO SAFETY

B. COMPLIANCE WITH ARTICLES 4 TO

10. Article 10: PRIORITY TO SAFETY

— Pero yo no lo culpo. Es que yo no sé qué diablos tienen estas malditas Indias del Rey. Viene uno aquí, lleno de bríos y de muchos calzones, dizque a conseguir con qué volverse a su tierra, a vivir bien holgado y a todo taco. ¡Qué arrogancia y qué cosa aquella! Le parece a uno que es un demonio, capaz de agarrar esta tierra maldita, y domarla como a muleta cerrera, y arrancarle por la fuerza todos los tesoros que a uno le dé su gana1. Pero pasan los días, y los orales no parecen, y los planes se desbaratan, y los ánimos se van acabando y uno se va volviendo un insulso, un pendejete, un indolente boquiabierto. Será que los negros nos pegan su pereza o que esta tierra nos va atembando, con tanta plaga ponzoñosa, tanto árbol venenoso, tanta fiebre y tanto tuntún.

— ¿No será también — interrumpe Lucita— las yerbas que les dan las brujas de aquí, y los achaques que les pegan esas asquerosas del diablo?

— ¡Eso sí no, mi nuera! Eso es de todas partes. Ni tampoco les eche la culpa a estas infelices. ¡Qué achaques iban a tener las tales indias ni esas negras, cazadas con lazo, en esos montes del Africa! Ese regalo se lo trujeron aquí los españoles. A mi padre, que no era ningún majadero y que cursó muchas materias, en Salamanca, le oí decir, varias veces, que esos males no se conocían en la Europa, agora añísimos; que los cruzados los trujeron de Palestina y los regaron por todas partes.

— ¡Pues nos mataron los tales cruzados! ¿Y quiénes eran ésos?

— ¿Los cruzados? Pues eran unos guerreros muy valientes, que fueron a Jerusalén a rescatar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que estaba en

poder de los moros.

— ¿De Nuestro Señor Jesucristo? Pero El, después que resucitó ¿no dizque se voló al cielo?

— Sí; pero sin el sepulcro.

— ¿Y trujeron, tan siquiera, el ataúl?

— ¡Qué iban a traer, boba, si eso es un peñasco! Eso fue una cosa muy larga y muy peliada, y se derramó mucha sangre. Al principio como que se lo quitaron los cristianos; pero los moros lo volvieron a recobrar, hasta el soi de hoy, y ahí lo tienen los perros infieles, muy bien guardado.

— ¡Ah! Pues si no están en él los huesos del Señor, no me parece tanta pérdida.

— ¡Callá la boca, hija, por los clavos de Cristo! — clama Doña Rosalía, espantada— . ¡No digás esas ociosidades, que hasta herejía serán!

— ¡Que si serán! Si lo supiera la Santa Inquisición, a un calabozo íbamos a dar todos los de esta casa, esto es si no nos quemaban vivos.

Doña Luz queda más muerta que viva.

— ¡Pero no te asustes así, Lucita, que hasta daño te puede hacer! Todo es 1 A ctitud común del inmigrante europeo.

charla mía. Ni nadie va a contar ni a acusamos. Tampoco has cometido falta de ninguna laya: has hablado como un loro. ¡Qué vas a saber tú de estas cosas de religión, tan trabajosas de entender! Hasta los curas se enredan, cuando entran en explicaciones. No te preocupes por esto, que no vale la pena.

— De modo y es — murmura medio recobrándose— ¿que esos males indecentes vienen de Jerusalén?

— De allá o de esos lados. Pero eso no nos va ni nos viene.

— ¡Bendito sea mi Dios! ¡Cómo iba yo a figurármelo, pobre de mí! —Ya ves, pues, que esas mujeres no tienen niguna culpa. Ni de eso pende la zoncera de los que vivimos aquí: es del clima. Por eso, todos los que nacen en estas tierras, por más que vengan de gente de arranque y de canela, resultan unos sorombáticos1, unos enteleridos, que parecen tuntunientos. Por eso los llaman criollos, porque gallos finos mal podrían llamarlos. O, si no, fíjate en todos estos mocitos de agora: ni para trabajar, ni para saber, ni para puertas, ni para trancas, ni para carga, ni para silla; para nada sirven. Ni enamorar saben estos pendejos, aunque sean unos potros que se revientan de puro alentados. Todo se les va en ventosidades y relinchos: encorralan la yegua y, en llegando la hora del combate, la dejan ir conforme vino. Si no los habré visto yo, con estos ojos, que se ha de comer la tierra. En esta mocedad de aquí, m e...

Tampoco se oye bien, porque el viento sacude la ventana. Lo cierto es que Taita Moreno sigue con tal explosión, que le alcanza no sólo a los mozos de Yolombó, sino también al Padre, al Hijo, a la Hostia y a la patena. Por fortuna que a los chapetones no los llaman a juicio por blasfemia, que, si los llamaran, toda España estuviera en Ceuta2.

Taita Moreno saca su bolsa de seda, con argollas corredizas de oro, y, tomando tres onzas, como tres soles, le estira dos a su nuera y le dice con cierta chuscada:

— Toma, hija. Es para pagarte el susto que te hice dar. Y , si te antojas de mascar seda, como aquella vez, te compras unos pañuelos bien finos.

— ¡Dios se lo pague, Suegrito! Pueda ser que no me dé por esas salvajadas tan ociosas.

—Esta otra, para que les compres embustes a los churumbeles. — ¡Ah señor para formal! Les voy a comprar una novillona bien macuenca3.

— Para la paisana esta otra, porque me trae mucha cuenta: te compras el pavo, el tío Capetas y la lechona, para el San Juan, que lo vamos a celebrar,

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