3.3 Data collection and analysis
3.3.3 Articles IV and V
Albertina Quezada Bravo Académica de la Universidad Católica del Maule
La situación de crisis que estamos viviendo hoy ha fragmentado la vida de todos y ha descolocado todo aquello que estaba bien ordenado y que seguía una estructura. Los procesos educativos no son la excepción, y eso nos pone a pensar en la mejor manera de hacernos cargo de la formación de los educandos en Chile en este contexto. Es decir, enfrentamos grandes desafíos en educación, especialmente porque las distintas asignaturas inevitablemente deberán asumir en sus contenidos el factor de la contención.
Si consideramos la asignatura de Religión y sus docentes, es posible ver que se pueden anticipar tres grandes certezas sobre las cuales pudieran fundamentar su labor, atendiendo, por cierto, a las condiciones desfavorables que tenemos. La primera certeza los posiciona ante la realidad de que son demasiadas cosas que han cambiado y, en ese cambio, aparece una nueva forma de ver la función de los docentes y más específicamente de los profesores de Religión
docentes de entregar un mensaje de esperanza desde los contenidos de la asignatura, como aporte a la contención de los estudiantes. Parece que es pedir demasiado en estos momentos, pero si lo vemos desde la perspectiva cristiana el gran mensaje de esperanza se identifica claramente con la alegría de la buena noticia que trae Jesucristo; pero hoy, más que nunca, acompañado de la actitud del docente, es decir, “aprender de Jesús a tomar la cruz y abrazar junto a Él los sufrimientos de muchos” (Papa Francisco, 2020). La forma de sentir y transmitir este mensaje de esperanza cristiana puede significar un cambio en la vida de los niños y jóvenes y permitir al docente revertir situaciones en las cuales la desolación y el sinsentido sobrepasan las ganas de seguir adelante.
Si hablamos de estrategias, una de ellas puede ser formar o fortalecer el sentido de empatía en los alumnos, ayudarlos a ponerse en el lugar del otro, cultivar esa interioridad que puede cambiar la vida del estudiante, y que al mismo tiempo le ayudará a darse cuenta de que todo lo que ha pasado no solo le ha ocurrido a él. Enfatizar en aquellas situaciones que son parte de su vida y que le permitirán encontrarse consigo mismo y con lo demás, como un ser humano en proceso de formación. Promover la caridad cristiana desde sus fundamentos, desde el mensaje cristiano que constituye el núcleo central de esta asignatura, permitiendo a los estudiantes reconocer en ese mensaje aquello que está, para la mayoría, tan lejano hoy de sus pensamientos como lo es
el empatizar en una situación crítica como la que estamos viviendo.
Es una gran posibilidad hacerse cargo, desde la asignatura, de la experiencia de vida de los estudiantes. Es algo que el profesor o profesora está llamado a realizar y eso debería constituirse en una meta alcanzable y, más que una meta, una motivación para hacer que su mediación pedagógica se transforme en un mensaje de esperanza para los ellos.
La segunda certeza está en el plano curricular, en relación con el nuevo Programa de Religión Católica, que plantea una nueva comprensión de la asignatura de Religión respecto de sus orientaciones al desarrollo de la religiosidad y la espiritualidad de los estudiantes, respetando siempre la libertad y la conciencia de cada uno frente a su situación cultural y familiar. Esta certeza, definitivamente, viene a fortalecer el reconocimiento de la asignatura como una vía para acceder a la interioridad de los educandos y desde allí entregarles nuevas formas de ver la vida y el futuro, reconociendo una estructura fundamental en el ser humano como es esa dimensión trascendente que da lugar a todas las otras dimensiones.
Si lo vemos desde un punto de vista filosófico, lo trascedente es aquello que permite al ser humano superarse, pasar límites más allá de un punto de referencia, es decir, permite traspasar la experiencia que en este tiempo de crisis nos hace permanecer estáticos sin poder avanzar hacia otra forma de pensar, de sentir y de vivir. Esta es otra
meta que los docentes de Religión pueden lograr ahora, en esta situación y tiempo tan adversos.
Aun más, en medio de esta adversidad, surge algo muy positivo como es el hecho de fortalecer, en la clase de Religión, el sentido de humanismo pedagógico que permita un verdadero encuentro con el estudiante a través del desarrollo de su religiosidad y espiritualidad, sembrando en el terreno fértil que suele ser la naturaleza del niño o joven y que les permite vivir plenamente. Pero hacerlo significa que este docente también debe mirar su propia religiosidad y espiritualidad para alcanzar un acercamiento real, que logre cambiar esa mirada de tristeza e incertidumbre que seguramente se verá en la mayoría de los niños. Aquí los profesores de Religión tienen la posibilidad de hacer este cambio efectivo y afectivo tratando de que los estudiantes puedan reconocer el humanismo en su labor, tomando en cuenta que estos son muy receptivos y no solo aprenden, sino que sienten que en lo pedagógico está, antes que otra cosa, lo humano, aquello que se hace creíble en tanto se siente de parte del que enseña. Es el momento de abrazar la gran tarea de lograr objetivos tan personales y a la vez tan necesarios para un docente como es hacerse cargo del crecimiento interior de los educandos fomentando su desarrollo religioso y espiritual, actuando de acuerdo con valores y normas éticas que les permitan asumir responsabilidades y compromisos consigo mismo y con los demás.
Otra certeza es la formación integral, es decir, como profesores de Religión, sentir que tienen la gran
responsabilidad, por medio de esta asignatura, de atender y desarrollar aspectos específicos que considera la Ley General de Educación como son, entre otros, la formación ética, espiritual y afectiva. Que sea realmente un desarrollo efectivo, que logre formar en el niño y el joven esa dimensión que los hace personas únicas e irrepetibles, orientando procesos que les permitan la realización plena, desarrollando e incrementando la autoestima y la confianza en sí mismos, que seguramente se verán muy afectadas en el presente. Sentirse encargados de colaborar activamente en esta formación integral, que hoy más que nunca juega un rol preponderante en la formación de los educandos. Ayudar a los estudiantes, especialmente en estas circunstancias, a alcanzar un desarrollo moral, espiritual, intelectual y afectivo que los faculte para conducir su propia vida en forma autónoma, plena, libre y responsable, con ellos mismos y con los otros.
También es fundamental el rol de la asignatura y de los docentes en la formación de los ciudadanos del futuro, porque el cumplimiento de su tarea les permitirá avanzar hacia una sociedad más humana, donde los valores fundamentales estén a salvo y se revistan de esperanza en un futuro mejor para todos. Desde esta asignatura, se hace necesario ayudar a los niños y jóvenes a mirar el futuro desde un paradigma cristiano, para que comprendan que su formación no solo se relaciona con el desarrollo intelectual y físico, sino ante todo, con el de esa dimensión trascendente que pertenece a
su espiritualidad y religiosidad proveniente de su dignidad humana.
Son posibilidades que tienen los profesores de Religión que se pueden convertir en certezas, en la medida en que las reconozcan como metas que les dan sentido a su ser y su quehacer, y que los singularizan como educadores que, a diferencia de otros, colaboran especialmente en la formación de estudiantes y los ayudan a vivir y a desarrollar su dimensión trascedente como un aspecto esencial de su crecimiento personal.