• No results found

ASSESSING DYNAMICS OF NUTRIENTS USING AUTONOMOUS INSTRUMENTS IN FRAM STRAIT

BIOLOGICAL PUMP

6. ASSESSING DYNAMICS OF NUTRIENTS USING AUTONOMOUS INSTRUMENTS IN FRAM STRAIT

David Hum e ha sometido a una crítica severa el concepto del Yo, en el que sólo pudo descubrir un «haz» de diferentes «percep­ ciones» en continuo flujo y movimiento. Aun cuando Hum e haya comprometido con ello el Yo, hay que reconocer que expuso su opinión en forma relativamente moderada, salvaguardándose tras de sus propias palabras. En efecto, sostiene que hecha abstrac­ ción de algunos metafísicos que se jactan de poseer otros tipos de Yo, está seguro de no tener ninguno, y cree poder admitir que también los restantes individuos (cuidándose naturalmente de ha­ blar de esos metafísicos extravagantes) no son otra cosa que «ha­ ces». Así se expresa el hombre mundano. En el próximo capítulo podrá verse que su ironía se vuelve en su contra. Kant es culpa­ ble, al sobrevalorar a Hume, de que tales opiniones se hayan he­ cho famosas. H um e era un notable psicólogo empírico, pero en modo alguno podía considerarse genial, como de ordinario se afir­ ma. No se exige demasiado para ser el más grande filósofo inglés, ni Hum e podía tener la pretensión de serlo. Y si Kant ha recha­

zado el spinozismo a lim ine (a pesar de los «paralogismos») por­ que según éste los hombres no serían substancias, sino simples accidentes, y a causa de esa «absurda» idea fundamental se le consideró eliminado, no puedo garantizar que sus alabanzas al filósofo inglés no se hubieran moderado considerablemente si hu­ biera conocido también el Treatise y no simplemente el Inquiry, que es posterior, en el que como es sabido, Hum e no aborda la crítica del Yo.

Lichtenberg, que después de H um e descendió a la liza contra el Yo, fue más atrevido que éste. Es el filósofo de la impersona­ lidad, y corrige secamente la expresión «Y o pienso» con un mate­ rialista: «se piensa». Así, el Yo no es en su opinión otra cosa que una invención de los gramáticos. H um e le había precedido en cuanto que al final de su análisis declaraba también que toda polémica alrededor de la identidad de la persona constituye una simple cuestión de palabras.

En épocas más recientes, E. Mach considera el universo como una masa continua, y a los Yos como puntos en los cuales esta masa alcanza mayor consistencia. Lo único real serían las sen­ saciones, fuertemente unidas entre sí en el mismo individuo y más débilmente con las del otro, que, precisamente p o r esto, se puede distinguir del primero. El contenido es lo principal y per­ manece siempre como tal hasta en los recuerdos personales sin

valor (!). El Yo no es una entidad real, sino práctica, que no se

puede conservar, y por ello es posible renunciar voluntariamente a la inmortalidad individual. De todos modos, no es reprobable en ciertos casos comportarse como si se tuviera un Yo, especial­ mente por motivos que se refieren a la lucha por la existencia, tal como la entendía Darwin.

Es extraordinario que un investigador como Mach, que no ha limitado sus estudios a la historia de la ciencia por él cultivada y a la crítica de la misma, sino que también tuvo vastos conoci­ mientos biológicos y ha colaborado tanto directa como indirecta­ mente a que se estudiaran de modo profundo, no haya prestado mayor atención al hecho de que todos los seres orgánicos son en primer término indivisibles, en cierto modo átomos, mónadas. La primera diferencia entre lo vivo y lo inanimado es que lo vivo se descompone siempre en partes distintas dependientes entre sí, mientras que incluso el cristal más perfecto es un conjunto ho­ mogéneo. Por ello se debería considerar, al menos como una eventualidad, que sea posible derivar de la sola individualización, es decir del hecho de que los seres orgánicos en general no se hallen unidos unos a otros como los gemelos siameses, algo que se refiera a la parte psíquica, mucho más psíquica que el Yo de

Mach, que es una especie de sala de espera de las sensaciones. Es de creer que semejante correlación psíquica exista ya en los animales. Todo lo que un animal siente presenta en cada indi­ viduo un diferente carácter o tonalidad, que no sólo es caracterís­ tico de su clase y especie, de su raza y familia, sino que también es diferente en cada uno de los seres. El idioplasma es el equiva­ lente fisiológico de esa especificidad de todas las sensaciones y sentimientos de cada animal, y análogos fundamentos a aquellos en que se basa la teoría del idioplasma (véase parte I, capítulo I I y parte II, capítulo I) permiten suponer justificadamente que también exista un carácter em pírico en los animales. El cazador con sus perros, el mozo de cuadra con sus caballos, el guardián de los monos pueden confirmar no sólo la singularidad, sino también la constancia del comportamiento de cada uno de los animales. En consecuencia, aparece ya aquí la probabilidad de que exista algo superior al simple rendez-vous de los «elementos».

Admitiendo que exista esta correlación psíquica en el idioplas­ ma, y que los animales posean un carácter particular, ninguna re­ lación tiene éste con el carácter inteligible que nosotros supone­ mos que sólo es propio del hombre. La relación entre el carácter inteligible del hombre, la individualidad, con el carácter empírico, la simple individuación, es la misma que existe entre la memoria y el simple reconocimiento individual. La meta definitiva es en este caso la identidad. En el fondo se encuentra en ambos casos la estructura, la forma, la ley, el cosmos, que permanecen iguales aun cuando cambien los contenidos. Debemos considerar ahora, aunque sea brevemente, las reflexiones que sirven de base para

deducir la existencia en el hombre de un sujeto nouménico y transempírico, que corresponden a la lógica y a la ética.

La lógica se ocupa de la verdadera importancia del principio de identidad (así como de contraposición). La proposición A = A

es inmediatamente cierta y evidente, y es, al mismo tiempo, la medida fundamental de verdad para todas las proposiciones res­ tantes. Cuando una de éstas la contradiga, o en el juicio parti­ cular del concepto de predicado se afirme algo que esté en opo­ sición con tal concepto, lo consideraremos falso, y, en definitiva, la ley que ha de guiarnos es siempre la proposición mencionada. Es el principio de lo verdadero y de lo falso, y quien lo considere como una tautología que a nada conduce y que no es útil para nuestro pensamiento, como lo hicieron Hegel y más tarde casi todos los em píricos —y no es éste el único punto de contacto entre extremos al parecer inconciliables—, tendrá razón, pero ha­ brá comprendido mal la naturaleza de la proposición mencionada.

A = A, el princip io de toda verdad, no puede ser por sí mismo una verdad particular. Quien encuentre vacío de contenido el prin­ cipio de identidad o de contraposición, debe atribuir la culpa a sí mismo, pues esperaba enriquecer su patrimonio con conocimien­ tos positivos. Pero aquellas proposiciones no son conocimientos por sí mismas, particulares actos del pensamiento, sino la medida

aplicable a todos los actos del pensamiento, la cual no puede ser p o r sí misma un acto del pensamiento que se pueda com parar de algún m odo con los otros. La norm a del pensamiento no puede ser aplicada en el pensamiento mismo. El principio de identidad no añade nada a nuestro saber, no aumenta su riqueza, sino que la fundamenta. E l principio de identidad o no es nada o lo es

todo.

¿A qué se refieren el principio de identidad y el principio de contradicción? Generalmente se supone que es al juicio. Sigwart, por ejemplo, al decir que «los juicios A es B y A no es B, no pue­ den ser, al mismo tiempo, verdaderos» afirma que la proposi­ ción «Un hombre inculto es culto envuelve una contradicción —ya que el predicado culto es atribuido a un sujeto de quien se sostiene implícitamente que es inculto— que se puede desdoblar en dos juicios: X es culto y X no es culto». El psicologismo de esta demostración salta a la vista. Hay que remontarse en el

tiem po a la formación del concepto de un juicio precedente res­ pecto a un hombre inculto. Pero el principio antes citado A no es no-A, tiene validez en todos los casos, sea que existan otros juicios, hayan existido o puedan existir. Se refiere al concepto del hombre inculto, y este concepto es afirm ativo por exclusión de todos los caracteres contrarios.

E n esto asienta la verdadera función de los principios de con­ tradicción y de identidad. Son constitutivos para la form ación de

los conceptos.

pero no a lo que se ha denominado concepto psicológico. Cierto es que el «concepto psicológico» está sustituido siempre por una representación gráfica general; pero a esta representación es en cierto modo inmanente el momento de la formación del concepto. La representación general que psicológicamente ocupa el lugar del concepto, y en la que se cumple el pensamiento conceptual del in­ dividuo no es lo mismo que el concepto. Puede ser, por ejemplo, más rica (en el caso que piense en un triángulo) como puede ser también más pobre (en el concepto del león se halla compren­ dido más de lo que me represento, mientras que en el caso del triángulo sucede lo contrario). El concepto lógico es la pauta que guía la atención cuando de la representación, que en el individuo sustituye al concepto, pretende resaltar ciertos momentos, es de­ cir, aquellos que parecen adecuados al concepto. Ésa es la meta y el deseo del concepto psicológico, la estrella polar hacia la que levanta sus ojos la atención cuando crea su sucedáneo concreto; es la ley que ha elegido.

Ciertamente, no existe ningún pensamiento que sea puramente lógico sin alguna ingerencia psicológica; sería un milagro. El pen­ samiento lógico puro sólo puede ser atribuido a la divinidad; el ser humano debe pensar también psicológicamente, pues posee no sólo razón sino también sentidos, y si su pensamiento no puede librarse de los resultados lógicos, es decir eternos, también pro­ cede psicológicamente en el tiempo. La lógica es, sin embargo, la medida superior que tanto el propio individuo como los demás aplican al acto psicológico del pensamiento. Cuando dos hombres discuten un asunto hablan de conceptos, no de las diferentes re­ presentaciones individuales que ellos se han ido formando: el

concepto es así un valor con el que serán medidas las represen­ taciones individuales. La manera como se origina psicológicamen­

te la representación general no tiene, por tanto, nada que ver con la naturaleza del concepto, ni tiene para éste importancia alguna. El carácter lógico que concede al concepto su exactitud y su dig­

nidad nada debe a la experiencia que sólo produce formas vaci­ lantes y a lo sumo vagas representaciones genéricas. La persisten­

cia absoluta y la absoluta coherencia que no pueden derivarse de la experiencia constituyen la esencia de la form ación del concep­

to, «aquel arte oculto en la profundidad del alma humana cuyo verdadero funcionamiento difícilmente podremos adivinar y que en vano buscamos en la naturaleza con el afán de presentarlo des­ nudo ante nuestros ojos», según como se expresa en la Crítica

de la Razón Pura. Esa persistencia y coherencia absolutas no se refieren a entidades metafísicas: las coáas no son más reales por­ que tengan participación en el concepto, sino que sus cualidaddes son lógicamente tales sólo en cuanto están contenidas en el con­ cepto. E l concepto es la norma de la esencia no de la existencia. Cuando puedo afirmar de un objeto de forma circular que es curvado, mi consideración lógica descansa en el concepto del

círculo que contiene como característica la idea de la curva. Es defectuoso definir el concepto como la esencia misma, como el «ser»: «el «ser» es en este caso o una diferenciación psicológica o una cosa metafísica. Y la naturaleza de la definición impide equi­ parar ésta con el concepto, pues sólo se refiere al contenido y no a la extensión del concepto, es decir, sólo al texto fiel, no a la es­

fera de com petencia que da la norm a que integra la esencia de la formación del concepto. Siendo el concepto la norma de la esencia no puede ser la esencia misma; la norma debe ser otra cosa, y como no es esencia y no existe una tercera posibilidad, sólo puede ser existencia, no aquella que revela el ser del objeto, sino el ser de una función.

Vemos ahora que cada vez que las ideas de los hombres di­ fieren, cuando finalmente se apela en última instancia a la defini­ ción, la norma de la esencia no puede ser otra cosa que los prin­ cipios A — A o A no-A. El concepto alcanza a ser tal al obte­ ner persistencia y coherencia mediante el principio A — A, y no de otro modo. Las partes del axioma lógico se distribuyen de tal modo que el principium identitatis garantiza la inmovilidad y la irreductibilidad del concepto mism o, mientras el principium con-

tradictionis lo separa claramente de los restantes conceptos po­ sibles. Con esto queda demostrado p or prim era vez que la fun­

ción conceptual puede ser expresada p o r los dos máximos axio­ mas de la lógica, y únicamente p o r éstos. El principio A = A (y

A no-A) hace, pues, posible cualquier concepto, y es el nervio de la naturaleza conceptual, o sea, de la concepción del concepto.

Cuando finalmente enuncio el principio A = A es evidente que no me refiero a una A especial, ni tan siquiera que toda A obteni­ da en la experiencia o en el pensamiento sea igual a sí misma. El juicio de identidad es independiente de que en resumidas cuen­

tas exista una A, y no lo es, en m odo alguno, de que el principio

tenga que ser pensado p o r un ser realm ente existente. Esto sig­ nifica que cuando imaginamos una A (exista o no de hecho) tiene validez en todos los casos la proposición A — A. Con ello queda establecida inapelablemente una posición, un ser, es decir A = A, aunque permanezca en hipótesis la existencia de A. La proposi­ ción A — A afirma, pues, que existe algo, y esa existencia es pre­ cisamente la norma de la esencia. No puede derivar, como creía

M ili, del empirismo, de un número más o menos grande de experien­ cias, pues es completamente independiente de éstas, y tiene valor se presente o no ante la vista. Jamás ha sido negada por nadie, ni podría serlo dado que la negación presupone en sí misma la existencia cuando pretende negar una cosa determinada. Dado

que la proposición afirm a un m odo de ser, sin hacerlo dependien­ te de la existencia de otros objetos, ni hacer m ención de tal exis­ tencia, debe tratarse de algo diferente a todos los restantes ob­ jetos reales y posibles, es decir, debe expresar el ser que jamás

puede transformarse en objeto partiendo de su concepto.1 Gracias a su evidencia quedará revelada la existencia del sujeto. Y este ser encuentra su expresión en el p rin cip io de identidad, es decir, no en la prim era ni en la segunda A sino en el signo de identidad A = A. Este p rincip io es, pues, idéntico al principio: yo soy.

Psicológicamente esta deducción es más fácil de obtener. Es evidente que para afirmar A = A, para afirmar como norma la in- variabilidad del concepto y mantenerla siempre frente a los he­ chos mutables de la experiencia, debe existir algo invariable, y este algo sólo puede ser el sujeto. Si yo estuviera incluido en el campo de la variación no podría reconocer que una A sigue sien­ do igual a ella misma, pues al modificarme yo continuamente y no permanecer idéntico, quedaría ligado funcionalmente a la al­ teración y no tendría la posibilidad de darme cuenta de ella. Fal­ taría el sistema espiritual absoluto de coordenadas en relación con el cual es posible determinar la identidad y fijarla como tal.

No se puede deducir la existencia del sujeto, y en esto tiene ra­ zón la crítica kantiana de la psicología racional. Se puede, sm em­ bargo, demostrar que esta existencia encuentra también su expre­ sión severa e indudable en la lógica y no es necesario, como hace

Kant, considerar al ser inteligente como una simple posibilidad lógica del pensamiento, capaz por sí sola de transformar más tar­ de en certeza la ley moral. Fichte tenía razón cuando creía ver en la lógica pura una prueba de la existencia del Yo, en tanto que el Yo coincide con el ser inteligible.

Los axiomas de la lógica son el principio de toda verdad; esta­ blecen un ser y hacia éste se dirige y tiende el conocimiento. La lógica constituye una ley a la que se debe obedecer, y el hombre

s ó l o llega a ser tal cuando es com pletam ente lógico, y no lo será hasta tanto sea en todo y por todo lógico. E n él conocim iento se

encontrará a sí mismo.

Todo error es sentido como una culpa. En consecuencia, el hombre no debía errar. Debe encontrar la verdad y por esto puede encontrarla. Del deber de conocer derivan sus posibilidades, la li­

bertad del pensamiento y la esperanza de la victoria. En las leyes

normativas de la lógica se halla la demostración de que el pensa­

m iento del hom bre es libre y puede alcanzar su objeto.

1. Debe hacerse notar, sin embargo, que esta demostración se basa sobre la identificación de una A lógica cualquiera con un objeto cualquiera en la teoría del con ocim iento. Por razones de método no quiero por ahora ocuparme del ser en general, que sólo podría derivarse de la validez del principio de identidad, tomado en el sentido más estricto. Por lo demás, para refutar el positivismo, y éste era nuestro objetivo, es ya bastante esta demostración más allá de la experiencia e in­ dependiente de ella. Que este ser sea el ser del Yo no puede demostrarse tan sólo por la lógica, sino que necesita un fundamento psicológico tomado de los hechos de la experiencia, pues la norma lógica del ind ividuo no viene de fuera, sino que se desarrolla en lo más profundo del ser. Sólo por esto puede equipararse el ser absoluto, o sea, el ser de lo absoluto, como se manifiesta en la proposición A = A, con el ser del Y o: el Yo es el absoluto.

Al referirme a la ética puedo hacerlo brevemente en tanto que esta investigación se basa enteramente sobre los fundamentos de la filo s o fía m o ra l kantiana, e incluso, como se ha visto, las últi­ mas deducciones y postulados lógicos han sido desarrollados si­ guiendo cierta analogía con aquéllos. La parte más profunda del individuo, el ser inteligible, es precisamente aquel que no de­ pende de la causalidad y elige libremente el bien o el mal; esto se manifiesta de igual modo, a través de la conciencia de la culpa, por el a rre p e n tim ie n to . Nadie ha podido todavía explicar de otra forma estos hechos, y nadie se deja convencer de que hubiera debido realizar este o aquel acto. En el deber anida también en

Related documents