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ASSESSING PARTICULAR EXAMPLES OF THE UNIVERSAL TURN

Las acciones de Alejandro en los meses que siguieron a la batalla nos permiten penetrar algo en sus pensamientos. Como rey macedonio mostró su aprecio por sus hombres y las personas a cargo de ellos, y con una consideración típica dio permiso a los recién casados para que pasaran el invierno en Macedonia. Como general en campaña estuvo presto a recompensar y celebrar los hechos de valor de sus compañeros y sus soldados. Por otro lado, no hubo relajación de la disciplina, ni recompensas, ni concesiones de ningún tipo; los actos de pillaje estaban todavía prohibidos, los campamentos estaban en el campo y no se alojaba a los hombres en las ciudades. Los despojos eran sobre todo armaduras y armas, no había cautivos que conservar o que vender como esclavos, y los despojos del cuartel general enemigo, que le habían correspondido a Alejandro según la costumbre macedonia, fueron enviados en su mayor parte a Olimpia.

Como hegemon de la Liga Griega honró tanto a los griegos como a los macedonios; con razón, ciertamente, porque casi la mitad de la caballería victoriosa era griega, y eran la flota y las tropas aliadas griegas las que proporcionaban la base de operaciones indispensable. El texto de la dedicación en Atenas, en tiempos profanada por los persas, representaba la empresa como una operación conjunta del estado macedonio (que en el lenguaje diplomático solía aparecer representado por la fórmula «Alejandro, hijo de Filipo») y de la Liga Griega.

Como dueño de Asia, Alejandro recaudó tributos sobre sus súbditos, griegos y no griegos. A las ciudades griegas normalmente se les pedía que pagasen «contribuciones» para sufragar los gastos de las fuerzas de liberación (A., I, 26, 3; Tod, 185, 15), mientras que las comunidades no griegas pagaban «tributos». Un estado griego que se resistiese acababa siendo obligado a pagar «tributo» a Alejandro o a «los macedonios» (A., I, 27, 4; los términos eran significativos desde el punto de vísta político, como en una inscripción délfica del 325 a.C., publicada en Mélanges G. Daux 22 y 24). No hay noticias de que ninguna ciudad griega de Asia intentase o consiguiese ser reconocida como miembro de la Liga Griega. Dentro de cualquier ciudad griega la «liberación» implicaba un cambio de gobierno. «Libertadores» anteriores, Atenas y Esparta, habían apoyado o impuesto, cada una de ellas, su propio tipo de gobierno, y habían castigado cualquier revuelta o secesión mediante severas indemnizaciones y pérdidas de derechos. Alejandro tenía la suerte de no tener ninguna ideología. Mientras que Filipo había favorecido las oligarquías en la Grecia propia, Alejandro favorecía ahora la democracia en Asia.

Tanto Filipo como Alejandro intentaron poner fin a la enfermedad endémica de la política griega, la stasis, la lucha violenta de facciones, que era tan común entonces como lo es en el mundo moderno. Así en Efeso, cuando los demócratas griegos que regresaron, arrancaron a los suplicantes de los altares y los lapidaron, Alejandro prohibió cualquier «investigación» y cualquier victimización ulterior de aquellos que habían desempeñado el poder. Mientras que Atenas, por ejemplo, como poder imperial había castigado a veces la oposición o la secesión mediante la forma griega de genocidio llamada andrapodismos (ejecución de los varones adultos y venta del resto de la población como esclavos) y Parmenión había castigado a Grineo en Asia de este modo, Alejandro perdonó a Efeso e incluso en pleno

sitio intentó salvar a los ciudadanos de Halicarnaso. Merced a estos métodos humanitarios Alejandro se ganó el apoyo de las ciudades griegas de Asia de un modo más eficiente que lo que Atenas o Esparta habían conseguido en el siglo IV[47].

Los griegos consideraban a los no griegos, a los que llamaban «bárbaros», como susceptibles de ser sometidos a un dominio de tipo imperialista, e incluso los intelectuales griegos —hombres como Isócrates y Aristóteles esperaban que Alejandro esclavizase a los bárbaros y los pusiera al servicio de amos macedonios y griegos. Pero Alejandro no hizo nada por el estilo. Honró del mismo modo a los muertos griegos y persas, igual que Filipo había honrado a los muertos atenienses tras Queronea, y concedió honores especiales a los comandantes persas que habían estado tan cerca de matarle, porque res petaba el heroísmo en combate.

Esto fue característico de él a lo largo de su vida; tras su victoria en el río Hidaspes, «ordenó el entierro de los muertos, tanto de los propios como de los más valientes del enemigo» (Epit. Metz 62, post ut solitu s erat mortuos sepeliri iussit suos atque hostium fortissimos; Itin. Al ex., 15). Con excepción de a los mercenarios griegos, al resto de los derrotados les permitió marcharse. No exigió indemnizaciones ni impuso obligaciones de ningún tipo, y cuando los montañeses bajaron para rendirse los envió de regreso a cultivar en paz sus tierras. «Liberó» expresamente a un pueblo asiático, los lidios, a quienes se les permitió practicar sus propias costumbres ancestrales y administrar sus propios asuntos 9. No fueron, naturalmente, eximidos de los impuestos y servicios que se le debían a Alejandro como rey.

Puesto que Alejandro no hizo a los asiáticos depender de amos griegos o macedonios (como lo eran, por ejemplo, en el territorio de alguna ciudad griega de Asia), tuvo que idear un método de control económico en relación con su limitada disponibilidad de elementos macedonios. Halló el modelo en la organización que le había dado Filipo al imperio balcánico. Lo primero y esencial era ganarse el respeto y la cooperación de las poblaciones nativas mediante un tratamiento suave y generoso. Por ejemplo, Alejandro le dio un puesto de honor en su propio séquito al primer comandante persa que se le unió, Mitrene, y él mismo aceptó ser adoptado por una princesa caria, Ada, que le hizo hijo suyo. Asumió el sistema de administración persa, al que las poblaciones indígenas estaban acostumbradas, y lo mejoró dividiendo los poderes civiles, militares y financieros que en el pasado habían estado concentrados en las manos de un sátrapa persa o gobernador de cada satrapía o provincia. Por ejemplo, en Caria hizo a Ada sátrapa civil, a un oficial macedonio comandante militar y a una tercera persona (desconocida) administrador financiero, cada uno de ellos independiente y sólo responsable ante él mismo. Así, desde el inicio tomó una iniciativa que Roma no acabó por asumir hasta la época del principado de Augusto. Además, mediante tal delegación de poderes quedó con las manos libres de las cargas del gobierno directo. Donde eran necesarias tropas de guarnición y de control de las líneas de comunicación, utilizó a aliados o mercenarios griegos, de modo que su ejército de campaña macedonio quedase intacto.

Los métodos que adoptó Alejandro en los meses posteriores a su victoria debieron de parecer muy novedosos para aquellos que estaban acostumbrados al imperialismo de Esparta, Atenas y Tebas. Que Alejandro buscaba el poder militar y político era obvio, pero los beneficios de ese poder no fueron transferidos a los macedonios y a los griegos de ninguna forma tangible. El pueblo macedonio no recibía ingresos imperiales, como los que habían hecho próspera a Atenas, y la Liga Griega no recibió ni tierras ni esclavos, sino sólo los despojos que el hegemon quiso enviarle.

Esto era posible por el tipo de realeza macedonia y por la personalidad del rey. Podía, y de hecho lo hacía, planificar por sí mismo todos los aspectos políticos y podía ejecutarlos mientras que gozase de la lealtad de los macedonios y la cooperación (o, al menos, la neutralidad) de la Liga Griega. Lo que él tenía in mente era la conquista de Persia. Recién desembarcado en Asia la había reclamado para sí, «ganada con la lanza y concedida por los dioses», y durante su primer invierno en Asia dijo a algunos enviados atenienses que devolvería a los atenienses capturados en el río Gránico «al final de la Guerra

Persa». En cualquier otro esta respuesta podría haber parecido un aplazamiento sine die, pero en un rey tan seguro de sí mismo y con tan gran visión de futuro no era sino una declaración de objetivos.

El problema estratégico al que tenía que enfrentarse Alejandro era más o menos similar al que tuvo que hacer frente el rey espartano Agesilao de 390 a 380. Los dos tenían la fuerza militar suficiente para conquistar la costa occidental de Asia Menor, los dos tenían la supremacía marítima por el momento, y los dos se enfrentaron a los mismos peligros: que un ejército persa que descendiese de la altiplanicie anatolia a través de alguno de los diferentes valles pudiese cortar la franja costera en dos, y que una flota persa, convenientemente preparada, pudiese controlar el Egeo y provocar revueltas en la Grecia propia. Agesilao no llegó a encontrar ninguna solución. Alejandro consolidó, en primer lugar, su base en el Asia Menor noroccidental, extendiendo su control hacia el interior hasta Dascilio y Sardes. A continuación se dirigió rápidamente contra dos bases persas —Efeso, de la que la guarnición persa compuesta por mercenarios griegos huyó, y Mileto, donde la guarnición se mantuvo en la ciudadela—; mientras tanto, otros destacamentos reafirmaron su autoridad a lo largo de la costa al norte de Mileto.

Llevó su flota de 160 barcos a Lade, una isla enfrente de Mileto y, acantonó tropas en dicha isla para que le sirviera como base naval. Tres días después, la flota persa, de la que debe de haber tenido con antelación alguna información, echó anclas frente al cabo Mfcale: 400 barcos, cuyas tripulaciones y soldados totalizaban unos 80.000 hombres. En este punto Arriano hace que Parmenión le aconseje a Alejandro hacer lo que al final no hará: luchar en una batalla naval. En su lugar, Alejandro hizo uso de sus máquinas de sitio, lanzó un ataque a las defensas de la ciudadela y llevó su flota, a base de remos, al puerto de Mileto, donde bloqueó la entrada a los persas. Los milesios y los mercenarios griegos de la ciudadela no vieron ya esperanza alguna de socorro y trataron, infructuosamente, de escapar, Alejandro ofreció un perdón, que los milesios aceptaron. Por lo que se refiere a los 300 mercenarios griegos que estaban dispuestos a luchar hasta la muerte, respetó su valor y les ofreció trabajar a su servicio. La caída de la mayor ciudad griega de Asia ante los ojos de la flota persa sirvió como ejemplo viviente a todos los estados griegos desde Mileto al Bosforo. En consecuencia, se mantuvieron leales a Alejandro y a la Liga Griega.

En este momento, Alejandro disolvió la mayor parte de su flota. Puesto que no podía enfrentarse a la flota enemiga en mar abierto, representaba un gasto muy considerable en términos de dinero, provisiones y tropas costeras y tenía poco o ningún valor estratégico. En algunos aspectos había cumplido sus objetivos admirablemente al transportar y abastecer a la fuerza expedicionaria desde el inicio y al ayudar en la toma de toda la franja costera hasta Mileto. Pero ahora Alejandro ya había solucionado sus problemas de abastecimiento, porque los graneros y depósitos de las satrapías persas estaban a su disposición, y ya estaban empezando a llegar tributos y contribuciones.

Pero sus responsabilidades financieras eran muy grandes. Tenía que pagar a gran número de mercenarios, tanto tracios como griegos, que eran más capaces de proteger a las ciudades griegas de la costa frente a la intervención persa que una flota inactiva. Con su ayuda podía impedir que Persia hiciera uso de los puertos e, incluso, de la costa, como había demostrado en Mileto, donde su táctica de hostigamiento había obligado a los persas a abandonar el cabo Mícale.

Arriano nos da notica de un presagio, en el que un águila había aparecido posada en la orilla detrás de las proas de la flota griega, y al que Alejandro supo dar la interpretan ón correcta: «dominaría a la flota persa desde tierra», tomando las bases en tierra que los barcos a remo necesitaban constantemente

[48].

Su siguiente objetivo, por lo tanto, tenía que ser la base persa de Halicarnaso. En su marcha a través de Caria recibió el apoyo de Ada y de los carios, y su equipo de sitio y provisiones fueron transportados por mar por el resto de su flota hasta la costa al norte de Halicarnaso. Se había conservado esta pequeña parte de la flota original por su posibilidad de enfrentarse a una flota persa mucho mayor, e incluía veinte trirremes atenienses. Sus servicios, ahora y más adelante, serían de gran importancia para Alejandro.

Fuerte por naturaleza, Halicarnaso estaba fortificada con impresionantes murallas de cerca de 2 m de grosor, con paredes de manipostería y relleno interior de piedras, altas torres de manipostería, almenas y portillos, y se hallaba rodeada por un foso de unos 5 m. de profundidad y el doble de anchura. La fuerte guarnición de mercenarios griegos y tropas persas se había visto reforzada por los marinos y los soldados de la flota persa que controlaba el puerto y aseguraba el abastecimiento de provisiones, y los defensores estaban bien provistos de proyectiles y flechas como munición para sus catapultas.

Tras una serie de movimientos preliminares, Alejandro rellenó parte del foso, protegiendo a sus hombres con manteletes, como había hecho Filipo en Metone, y luego aproximó sus arietes. Una valiente salida nocturna fue rechazada; hubo bajas por ambos lados, y muchos macedonios resultaron heridos por no llevar su armadura protectora. Eventualmente, dos torres y el lienzo intermedio cayeron por la acción de los arietes. Pero los defensores construyeron un muro de ladrillo en forma semicircular y luego una torre de 45 m de altura, armada con catapultas, tras los escombros. Cuando algunos macedonios, en estado de embriaguez, atacaron este muro, se inició un ataque general, en el que los defensores llevaron la mejor parte, puesto que Alejandro tuvo que solicitar una tregua para recuperar a sus muertos. Dos oficiales atenienses pretendían oponerse, pero Memnón, como comandante en jefe, la concedió, de acuerdo con la práctica habitual.

Aunque los defensores usaron fuego cruzado con buenos resulta dos y llevaron a cabo otra salida con cierto éxito, quedó claro que las máquinas de guerra de Alejandro acabarían abriendo una brecha en las murallas. Por lo tanto, los sitiados llevaron a cabo una salida al amanecer divididos en tres grupos coordinados entre sí, y que a punto estuvo de tener éxito. Pero el propio rey estaba en el centro del combate, sus catapultas y balistas diezmaban al enemigo con su fuego, y al final del día una compañía de veteranos macedonios consiguió rechazar y hacer retroceder en desorden a los griegos y a los persas y podrían haber penetrado en la ciudad si Alejandro no hubiera dado la orden de retirada para salvar a la población de la ciudad. Abrumados por sus grandes pérdidas, los comandantes de la guarnición decidieron retirarse a las dos ciudadelas junto al puerto, pero antes de ello, esa misma noche, incendiaron las casas más próximas a la muralla.

Alejandro penetró en la ciudad, mató a todos los incendiarios y prohibió cualquier represalia contra los ciudadanos. Al día siguiente arrasó los edificios que había junto a las ciudadelas y dejó allí una fuerza para contener al enemigo. No había logrado su propósito por completo, porque el puerto estaba aún en manos persas. Pero había limitado sus objetivos a lo que podía lograrse por el momento, y sin duda los ciudadanos de Halicarnaso preferían sus métodos a los de los persas.

Arriano y Diodoro dan informaciones del asedio, el primero desde el punto de vista pro-macedonio de sus fuentes y el segundo desde el de los defensores, transmitido por Clitarco o cualquier otro... Cada uno minimizaba los logros de sus oponentes, pero ninguno negaba el valor y la tenacidad puestas de manifiesto por ambas partes. Las técnicas de defensa y ataque se hallaban ampliamente desarrolladas tras dos siglos de poliorcética persa, fenicia y griega. En Halicarnaso incluían impresionantes murallas de casi 45 m de altura, una torre de esa altura para vigilar las murallas o las torres casi igual de altas, y un muro en forma semicircular que permitiera concentrar el fuego contra los atacantes. Hasta aquel momento la suerte había solido acompañar a los defensores, como Filipo pudo experimentar en Perinto y en Bizancio en 340 a.C.; pero Alejandro usaba ahora no sólo catapultas más poderosas, en las que la fuerza propulsora estaba formada a base de crin de caballo trenzada, fijada en un bastidor de madera reforzado con placas metálicas (éstas eran conocidas como «catapultas de torsión»; ver Fig. 9), sino también por vez primera máquinas que lanzaban piedras y que podían disparar desde el interior de sus torres de sitio. El patronazgo y el dinero del rey parecen haber inspirado a los ingenieros macedonios a desarrollar nuevos ingenios .

como los británicos usaron Tobruk, para el desembarco, avance y aprovisionamiento de un ejército persa que pudiese atacar las líneas de abastecimiento y comunicación de Alejandro. Ahora el puerto era de poco más valor que los numerosos puertos de las islas del Egeo, y la defensa de las ciudadelas era extremadamente costosa partiendo de la base de que estaban guarnecidas por buenas tropas mercenarias. Como la estación de navegación estaba a punto de concluir, Alejandro se vio libre para preocuparse del interior e iniciar un plan estratégico a gran escala, cuya razón de ser hay que buscarla en la geografía de Asia Menor,

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