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5.19 ASSOCIATION BETWEEN VARIABLES AND CAP SCORE

Víctor L. Bacchetta, periodista uruguayo y especialista en el análisis de la problemática ambiental como crisis cultural, sustenta en sus diferentes libros y artículos publicados que la existencia de una crisis ambiental involucra las nociones culturales fundamentales del ser humano (nociones científicas, filosóficas, religiosas, sociales). La crisis cultural involucra ese camuflaje de información adicional (sistemas complejos) que no sólo comprende la ignorancia frente a la problemática ambiental o la falta de conciencia y cultura ecológica de la gente sino que instaura una forma o estilo de vida que parece que nunca pudiera cambiarse. El tema, también, de la transformación y el cambio es, precisamente, el miedo que puede despertarse en las diferentes civilizaciones o personas que tienen el poder monopolizado y no lo quieren perder. La misma corrupción que obstaculiza procesos y radicaliza pensamientos, a través de los medios, es un síndrome de miedo al cambio y de una resignación pesimista frente al asunto.

La vida es el único sistema capaz de generar orden, de canalizar la energía para que esta no trasiegue entrópicamente por el cosmos; hablamos del proceso de gestación de vida por medio de otra como el estado de preñez de las hembras o el estado de putrefacción del organismo que sirve como alimento de otras especies. En el flujo natural de la vida los ciclos ecológicos organizan la energía y la controlan en unidades genéticas de información. El sistema natural controla al hombre en cuanto ser biológico, pero la capacidad de control de la especie humana, expresada en la cantidad de información que puede manejar, es inferior a las cantidades de energía que es capaz de transformar43. Ello se expresa en todas las formas de degradación ambiental que se han creado hasta ahora (Ver cuadro de Impactos Ambiental, anexo 1).

La idea de acabar con este tipo de acciones que atentan contra la naturaleza y contra nosotros mismos puede desarrollarse en la medida que conciliemos o integremos los dos

43 Vélez Álvarez, N. (1995), “Perspectiva Ecológica” en Revista Ecológica Prisma, año X, núm. 51, pp. 43- 47.

grandes pensamientos culturales: el pensamiento occidental y el oriental, que así como han aportado a la evolución del paradigma lo ha mantenido divido.

Para el místico oriental -escribe Capra- todas las cosas y los sucesos percibidos por los sentidos están conectadas e interrelacionadas, y no son sino diferentes aspectos o manifestaciones de una misma realidad última. Nuestra tendencia a dividir el mundo que percibimos en cosas individuales y separadas y a vernos a nosotros mismos como egos aislados se considera como una ilusión, creada por nuestra mentalidad medidora y clasificadora. En la filosofía budista se le llama avidya o ignorancia, y es considerada como un estado mental confuso que se debe superar44. En la filosofía oriental hay tres ideas básicas: la realidad es cambio, el universo es unidad armoniosa donde todo se corresponde y, por último, el hombre es capaz de transformarse a través de su integración con la energía de la naturaleza. Los chinos, por ejemplo, siempre han tenido una visión del mundo totalmente dinámica, en la cual la palabra crisis, “wei-ji”, está denominada en dos términos que significan “peligro” y “oportunidad”. La personalidad de un ser humano no es una entidad estática sino un fenómeno dinámico, originado por la la fluctuación constante de la transformación y del cambio, un aspecto esencial del universo, explica Chuang Tzu45. Los cambios sociales hacen parte de una transformación cultural inevitable y el conocimiento, simultáneamente, va desentrañando más interrogantes que ponen a prueba los paradigmas dominantes. Las diferentes inventivas permiten la dinámica de adaptación del sistema imperante a uno nuevo. La perdida de flexibilidad que se impone en el poder, en la radicalización y en la aversión al cambio es una pista para darse cuenta que es posible que una transformación pueda avecinarse.

Por otro lado está el pensamiento occidental que se gestó en un rincón del Imperio Romano, por la concurrencia de tres legados: el romano, el germánico y el hebreo-cristiano. Estableciendo posiciones y a la vez tratando de integrarlas finalmente, se empieza a definir en contraposición del pensamiento, marcando una tendencia a la unidimensionalidad, a la unidad como un todo y a la otredad como algo ajeno. Así mismo, la racionalidad científica

44 Capra, F. (2000), La trama de la vida. Barcelona, Anagrama, p. 32.

siempre ha sido su línea de definición, fundamentada en la verificación o creencia de verdades y conocimientos. En esta medida, de forma muy general, el antropocentrismo y el logocentrismo de occidente se caracterizaron por concebir la naturaleza como instrumento del hombre y no como complemento de su existencia.

De manera simplificada, la integración de estos dos pensamientos podría apelar a una reconstitución del pensamiento, en tanto que cada uno ha sido el instrumento teórico, ideológico y tecnológico de la racionalidad socieconómica dominante que necesita de antagonismos para poder mantenerse: desarrollo-subdesarrollo, objetividad-subjetividad, poder-miseria46. “La pobreza — como decía Ghandi (1972) — es el mayor contaminante del mundo”, el aumento de la población del Tercer Mundo alcanza una tasa de crecimiento del 2.1 frente al 0.5 del mundo, la tala de árboles de las selvas suramericanas es, también, una de las cifras más altas a nivel mundial junto con las invasiones de terrenos fértiles, el desplazamiento forzado e inclusive la falta de educación ambiental47. En síntesis, la solución de la problemática ambiental no podrá ser efectiva en la medida que se enfoque, exclusivamente, en una sola tendencia; su esclarecimiento tendrá que ir de la mano con las políticas locales, regionales y gubernamentales, con el modelo de economía imperante a través de modelos de desarrollos efectivos y con la educación y divulgación de la información ambiental.

La promoción y la conservación del mundo natural expresa una falta constitutiva de las ciencias, de los sistemas políticos y económicos que quiere redefinir objetivos de estudio y métodos de análisis de la realidad. Leff explica en “El saber ambiental” (1998) que esta sociología ambiental del conocimiento cambia el ángulo de visibilidad de las relaciones sociedad–naturaleza, dominado por los fundamentos epistemológicos: del positivismo lógico. La transformación del conocimiento, a partir de los principios de la racionalidad ambiental, es un proceso que necesita una revolución en el campo cognitivo y cultural y no sólo como una cuestión ética o axiología que afectaría el comportamiento de los hombres e

46 Galenao, E. (1997), Las venas abiertas de Latinoamérica. Montevideo, Tercer Mundo.

impulsaría nuevos derechos, fuerza social, acciones, etc. sino como un paradigma transdisciplinario integrador de los diferentes procesos que confluyen en una problemática ambiental. La crisis del conocimiento emerge por los efectos epistemológicos, teóricos y metodológicos sobre las ciencias en general que necesitan complementarse unas a otras. Se trata de un cuestionamiento a las ciencias a partir de su negación y externalización del ambiente. Este proceso tendrá que enfrentarse a las barreras teóricas de cada disciplina, a las rigideces institucionales de los saberes legitimados que abarcan intereses opuestos, actores especializados y a esa tendencia individualista y separatista que baña a la contemporaneidad.

La reconstrucción del mundo integra la reconstrucción del conocimiento en el campo de la economía, por ejemplo, la valorización de los potenciales ecológicos y los servicios ambientales tiene que ser incluidas en los procesos de producción y productividad. El afán de los beneficios económicos y de los ingresos millonarios crea un ciclo de explotación incontrolable que, finalmente, agotará todos los recursos naturales. En el derecho, las leyes ambientales no son tomadas en cuenta y necesitan de un rigor más punitivo para su eficacia. Caso contundente con lo ocurrido en Colombia con el Decreto 1743 de 1994 y la Ley 115 o Ley General de Educación del mismo año que dictaba el carácter obligatorio de la implantación de la educación ambiental en todas las instituciones educativas pero que, aún en el 2008, muchas instituciones no lo habían instaurado. Las universidades, simultáneamente, a pesar de tener cursos y cátedras relacionadas con el tema continúan formando profesionales que desconocen las consecuencias de esta crisis. El problema de la desinformación es urgente en la medida que la misma crisis trata de eso: de un saber mediocre de sus efectos y de un desconocimiento amplio de sus causas.

La crisis ambiental es la crisis de nuestro tiempo. El riesgo ecológico cuestiona al conocimiento del mundo que se nos presenta como un límite: límite del crecimiento económico y poblacional, límite de los desequilibrios ecológicos y de las capacidades de sustentación de la vida, límites de la pobreza y la desigualdad social, etc. “Los cambios catastróficos en la naturaleza han ocurrido en las diversas fases de evolución geológica y

ecológica del planeta. Pero la crisis ecológica actual, por primera vez, no es un cambio natural; es una transformación de la naturaleza inducida por la concepción metafísica, filosófica, ética, científica y tecnológica del mundo48”.

La crisis como faceta de transformación ha generado efectos sobre todas las dimensiones, desde los ecosistemas hasta las culturas, y a diferencia de otras crisis afrontadas en el pasado, ésta parece tener una connotación mucho más grave, si se tiene en cuenta que los cambios que se están dando ocurren a gran velocidad. Sin embargo, hay que recordar que como sistemas dinámicos, de la crisis sobrevienen las bifurcaciones o nuevas estructuras. La dinámica fundamental de la evolución hace que de la misma crisis emerjan las alternativas, una nueva forma de comprender y construir el mundo: y de ahí la necesidad del pensamiento complejo, que más que una solución para afrontar la complejidad, se constituye, en palabras de Morin, “en un desafío que ayuda a develarlo, e incluso, tal vez, a superarla49”. Esto no quiere decir que la complejidad conduzca a la eliminación de la simplicidad, pues la incertidumbre es intrínseca al desarrollo de los procesos o fenómenos. Cuestionamientos como: ¿puede la crisis ambiental superarse y con ella la continuidad de la vida?, ¿quiénes serán los encargados de liderar esta majestuosa tarea?, ¿qué pasará si no hay cambio de paradigma? Son los que, en definitiva, nos impulsan a seguir en lo inacabado de este saber que a gritos está exigiendo su inclusión y reconocimiento.

Teniendo en cuenta lo anterior y reconociendo la emergencia de la situación varias cumbres, tratados, congresos, reuniones y manifestaciones legales han ido construyendo unos antecedentes y unos orígenes del reconocimiento de la crisis ambiental. Martín Boada, en “El planeta, nuestro cuerpo”, presenta una recopilación de estos planes de acción. A continuación, de manera concreta, los expondremos para tener alguna idea de los marcos legales y de las visiones y acciones ecológicas que se han ido formando con el paso del tiempo.

48 Leff, Enrique (2000), La complejidad ambiental, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 11. 49Morin, Edgar (1998), Introducción al Pensamiento Complejo, Barcelona, Gedisa.

1.2 ANTECEDENTES, ORÍGENES Y CONVENIOS

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