RESULTS AND DISCUSSION
4.2 ASSESSMENT OF ASSOCIATION OF GRAIN IRON AND ZINC DENSITIES WITH
4.2.2 Association of grain iron and zinc densities with agronomic traits Based on mean performance across the environments, there was highly
4.2.3 MOTIVACIONES QUE REQUIERE DEL ANALISTA LA SITUACIÓN ANALÍTICA
A medida que avanzamos en nuestro estudio debe irse haciendo más y más evidente que no se pueden separar las destrezas del analista de sus rasgos o cualidades, y que unas y otros tienen que ver con sus mo- tivaciones. De hecho fue uno de los grandes descubrimientos de Freud el de que el comportamiento y el pensamiento del hombre son conse- cuencia de la acción recíproca de pulsiones instintuales, temperamento y experiencia. He tratado de aislar las destrezas, los rasgos y las moti- vaciones unos de otros para aclarar y subrayar ciertos requisitos pre- vios de la situación analítica.
Empecé con las destrezas y los rasgos porque son más accesibles al escrutinio clínico cotidiano. Las motivaciones son más difíciles de ana- lizar porque tienen su origen en las pulsiones instintuales inconscientes primitivas y las primeras relaciones de objeto. Son difíciles de verbali- zar con alguna precisión y casi imposibles de verificar. Además, los pro- cesos de maduración ulteriores en el Ello y el Yo, así como los factores experienciales, parecen tener una importancia decisiva. Finalmente, hay tantas complejas jerarquías de instinto y defensa que presentan un cua- dro superficialmente semejante que sólo un estudio atento del indivi- duo puede revelar las cualidades específicas de instinto y defensa que entran en una motivación dada. De todos modos, vale la pena poner de relieve algunas consideraciones generales, aunque los puntos seña-
386 LA SITUACIÓN PSICOANALÍTICA lados lo sean de un modo impresionista y simplificado.
Las pulsiones instintuales mueven al hombre a buscar descarga y sa- tisfacción. A medida que se va formando el Yo, se convierte en otro objetivo fundamental la búsqueda de seguridad. Todas las motivacio- nes subsiguientes son atribuibles al afán de satisfacción o seguridad, o combinaciones de ambas. Limito esta disquisición de los motivos a los que considero componentes principales de la labor psicoanalítica: (1) el analista, recolector y trasmisor de insight y entendimiento; (2) el analista, blanco de la neurosis de trasferencia, y (3) el analista, curador de los enfermos y dolientes (Fleming, 1961).
Uno de los aspectos singulares del tratamiento psicoanalítico es el papel crucial que desempeñan la interpretación, el insight y el entendi- miento en el proceso terapéutico (E. Bibring, 1954; Gill, 1954; Eissler, 1958). El analista debe entender al paciente para adquirir el insight de su comportamiento, sus fantasías y sus pensamientos. A continuación, su tarea consiste en comunicar el significado oculto, en interpretárselo al paciente. El deseo de entender a otro ser humano de modo tan ínti- mo, y de obtener insight, implica la propensión a ahondar en los entresi- jos de otra persona (Sharpe, 1930, p. 17). Procede tanto de los impul-
sos libidinales como de los agresivos. Puede hallarse su origen en los anhelos de fusión simbiótica con la madre o en los impulsos hostiles y destructivos contra las entrañas de la misma.
La obtención de insight puede ser un remanente de anhelos de omni- potencia, un medio de sobreponerse a la angustia que provoca el ex- traño. Contribuyen también al afán de obtener insight componentes li- bidinales y agresivos posteriores. La connotación anal de palabras co- mo adquirir, obtener, lograr, recoger, recolección de insight parece per- fectamente trasparente. La curiosidad sexual de la fase edípica puede añadir ímpetu a esta actividad, de modo que la obtención de insight se haga un sustituto del voyeurismo frustrado de la infancia, así como una compensación tardía por haber sido excluido de la vida sexual de los padres (Sharpe, 1947, p. 121).
Ya he subrayado la especial importancia que tiene la empatía como medio de lograr el acceso a las rarezas y complejidades de otra persona (véanse secciones 4.2.1.1 y 4.2.2.1). La adquisición de insight por me- dio de la empatía depende de la habilidad que tenga el analista para identificarse, para introyectar, para el contacto íntimo y preverbal con el paciente, todo ello originado en las primeras actividades de amor y cuidado maternales.
El deseo de trasmitir el insight, de ser el portador del entendimiento y la comprensión, tal vez esté vinculado a impulsos libidinales u hosti-
EL PSICOANÁLISIS Y EL PACIENTE 387
les, según se sienta el acto de la interpretación inconscientemente como ayuda o daño, protección o enseñanza para el paciente-niño. La trasmi- sión del entendimiento a un paciente puede ser inconscientemente una actividad de cuidado maternal, una forma de dar de comer, de nutrir, de proteger o enseñar al paciente-niño. Puede también simbolizar un acto de fecundación. De la simiente de pequeños insights pueden nacer grandes cambios. La aportación de insight puede también inconsciente- mente emplearse como medio de restablecer el contacto y la comunica- ción con un objeto de amor hasta ahí no entendedor, o sea perdido. De este modo, la trasmisión del entendimiento puede servir de intento de superar una actitud depresiva (Greenson, 1960).
El afán de proporcionar insight a otra persona puede convertirse en medio de reparar, por sentimientos de culpabilidad relacionados con la fantasía de haber hecho daño a pequeñuelos y enfermos, o sea her- manos, rivales, etc. De modo análogo, la búsqueda y trasmisión de in- sight puede tener una función contrafóbica, así como otra antidepresi- va. El analista puede explorar las incógnitas del paciente para superar sus propias angustias, en cierto modo continuando su propio análisis (Freud, 1937a, p. 249; 569).
Aunque esta exploración no es nada completa, creo que toca a una de las fuerzas inconscientes más importantes que influyen en la moti- vación que una persona tiene para escoger una carrera en que una de sus funciones más importantes es la de recolector y trasmisor de enten- dimiento. Yo opino que el lugar de origen de una motivación dada no es el factor decisivo para determinar su valor o descrédito. Lo impor- tante es el grado de desinstintualización y neutralización alcanzado (Hartmann, 1955, pp. 239-40).
Las gradaciones de la neutralización decidirán hasta qué punto pue- de la función de ser trasmisor del entendimiento convertirse en una fun- ción yoica confiable, autónoma y relativamente libre de conflicto. Por ejemplo, yo no creo que sea importante el que la comunicación de in- sight al paciente signifique para el analista proporcionar alimentación, nutrición, protección o enseñanza. Lo importante es que la alimenta- ción, nutrición, protección o enseñanza esté exenta de matices sexua- les o agresivos y por lo tanto que no sea indebidamente excitante ni cause sentimiento de culpa.
De modo semejante, el introducirse en el interior del paciente para obtener insight tiene evidentemente antecedentes libidinales y agresivos, pero lo que importa es saber si esta actividad está todavía íntimamente ligada a las fantasías causantes de sentimiento de culpabilidad o an- gustia. Mas debe tenerse presente que esas sublimaciones nunca se ha-
388 LA SITUACIÓN PSICOANALÍTICA EI, PSICOANÁLISIS Y EL PACIENTE 389 cen de una vez para siempre, ya que las presiones del Ello, del Super-
yó y del mundo exterior ocasionan regresiones y progresiones. Por eso, otra consideración importante es la de cuán accesibles sean esos motivos
agresivos y libidinales al Yo consciente y razonable del analista. La con- ciencia de la contratrasferencia puede poner en movimiento en el psi- coanalista otras medidas adaptativas que acaso suplan a la función pro- tectora que la neutralización no logró realizar. (Para diferentes modos de ver este tema véase Winnicott, 1956a; Spitz, 1956a; Balint, 1950a, y Khan, 1963b, 1964.)
No hace justicia a las arduas exigencias de la profesión analítica el esperar que la obtención y comunicación de insight puedan estar exen- tas de conflicto, culpa y angustia. Estas actividades deben ser agrada- bles para el analista. La labor diaria de psicoanálisis terapéutico es di- fícil y a menudo dolorosa para el analista, que necesita algo de placer positivo en el cumplimiento de sus obligaciones para poder tener un interés vivo y una preocupación por lo que ocurre a sus pacientes. El placer de escuchar, mirar, explorar, imaginar y comprender no sólo es lícito sino necesario para la eficiencia óptima del analista (Sharpe,
1947, pp. 120-1; Szasz, 1957, pp. 204-10).
Otra característica del psicoanálisis que lo distingue de las demás psi- coterapias es su empeño especial en estructurar la relación entre pa- ciente y terapeuta con el fin de fomentar la formación de la neurosis de trasferencia. Para facilitar el crecimiento de las reacciones neuróti- cas de trasferencia es necesario que el analista se conduzca de un modo diferente de todas las demás relaciones entre paciente y terapeuta. Me refiero aquí a lo que podría expresarse taquigráficamente como com- portamiento de privación e incógnito del analista. Esto nos lleva a plan- tear la cuestión de qué motivaciones podrían mover a un hombre a bus- car carrera en un campo donde una de sus tareas más importantes es comportarse como una pantalla relativamente exenta de respuesta pa- ra con el paciente, de modo que éste pueda proyectar y llevar a ella las imágenes no resueltas y rechazadas del pasado.
Este aspecto de la técnica psicoanalítica parece resultar fácil para al- gunos analistas que manifiestan tendencia al aislamiento, el retraimiento y el desapego. Las dificultades se presentan al no ser capaces estos ana- listas de cambiar de actitud y técnica cuando la situación analítica así lo requiere. Me ha impresionado ver cuántos analistas hay encogidos e inquietos en las entrevistas iniciales porque tienen que estar sentados frente al paciente, cara a cara. Tienden a acortar el número de entre- vistas preliminares para llegar pronto a la seguridad y comodidad de su posición detrás del diván. El análisis de candidato en preparación
con problemas semejantes revela que padecen de cierta forma de te- mor al público que cubre impulsos exhibicionistas reprimidos y una agresivización y sexualización generalizadas del mirar y ser visto. La posición detrás del diván les ofrece la oportunidad de mirar sin ser vistos. Me impresiona el elevado porcentaje de psicoanalistas que padecen en grado notable el temor a aparecer en público. Es esto tan marcado que me veo obligado a suponer que uno de los motivos que hacen del psicoanálisis una profesión atractiva es la posición del analista, oculto detrás del diván. La importante función de facilitar la aparición de neu- rosis de trasferencia moderando las reacciones emocionales propias y manteniéndose en relativo anonimato bien pudiera acercarse a esa fuente patológica. El pudor y el sentido de lo privado son los rasgos de carác- ter análogos, pero sanos, que tal vez nos muevan a hallar atractivo este aspecto de la técnica psicoanalítica (Iones, 1955, p. 408).
El factor decisivo es el grado de fijeza, rigidez e intensidad que tiene la timidez del analista. Mientras tenga cierta flexibilidad y pueda so- breponerse a su timidez cuando sea necesario, tal vez no resulte un obs- táculo muy serio. Por otra parte, los fuertes impulsos exhibicionistas no manifiestos de un analista pueden convertirse en un problema en el sentido contrario. Para él, la posición detrás del diván y la paliación de sus respuestas emocionales puede volverse frustración crónica y con- ducir a erupciones de comportamiento incoherente o provocación in- consciente de actuaciones en el paciente.
El retraimiento emocional y el desapego generalizados son señales mucho más graves y vuelven incapaz de realizar el psicoanálisis y sí sólo una caricatura del procedimiento verdadero. Mi experiencia con candidatos que padecen este tipo de problemas indica que son perso- nas que se debaten con sentimientos de angustia, rabia y gran hostili- dad. Tienen que mantenerse a distancia para no estallar de cólera o pánico. Estas personas no son buenas para la labor psicoanalítica, pero la buscan porque superficialmente les proporciona un refugio resguar- dado del temible contacto directo con la gente. La variante normal de este comportamiento patológico es el aislamiento o la indiferencia. La capacidad de desapegarse y aislarse parcial y temporalmente es premi- sa de la labor psicoanalítica, sobre todo en lo tocante a favorecer el de- sarrollo de la neurosis de trasferencia. La lave está en las palabras tem- poral y parcial. Si el aislamiento es controlable, resulta valioso; com- pulsivo y fijado, está contraindicado en las tareas analíticas.
La facultad de ser constantemente privador y frustrador depende de la capacidad de infligir dolor. Los conflictos no resueltos en torno al sadismo, el masoquismo y el odio producirán extremos o inconsecuen-
390 LA SITUACIÓN PSICOANALÍTICA cias. El analista excesivamente callado, por ejemplo, puede ocultar una actitud agresiva pasiva crónica (Stone, 1961). Los analistas que practi- can en una atmósfera de gran austeridad y severidad tal vez estén des- cargando calladamente su hostilidad y también provocando inconscien- temente un ataque, forma oculta de satisfacción masoquista. La facultad de bloquear constantemente la búsqueda del paciente en pos de satis- facciones sintomáticas es de gran importancia en la formación de la neurosis de trasferencia. Para lograrlo sin dejarse desviar por impulsos sádicos o masoquistas inconscientes, el analista debe ser capaz de mo- dular su agresividad y su odio. Así como tiene que ser capaz de amar a sus pacientes, dentro de ciertos límites, también debe ser capaz de odiarlos, pero igualmente dentro de ciertos límites. El infligir dolor, ya sea en forma de aislamiento, silencio, interpretación o cobro de ho- norarios deriva siempre, en definitiva, del odio. Es importante que el analista pueda hacer esto sin angustia ni culpa inconsciente y por el bien terapéutico del paciente (Winnicott, 1949).
Con cierta frecuencia, el paciente se convierte en portador de las fan- tasías del analista; puede representar al analista mismo en el pasado, o a un hermano, padre o madre, etc. De este modo, la situación analí- tica ofrece al analista la oportunidad de vivir por procuración, por me- diación del paciente, sus ensueños más o menos inconscientes. En con- secuencia, el analista tal vez se sirva, sin darse cuenta de ello, del pa- ciente como de un cómplice para poner por obra los deseos reprimidos del analista. No es raro hallar que los analistas con tendencia a la ac- tuación tienen pacientes que así lo hacen. Más sorprendente, pero no raro, es hallar analistas que viven una vida muy restringida e inhibida con pacientes que actúan con frecuencia y flagrantemente. Sin darse cuenta de ello, esos analistas aplauden tal comportamiento y partici- pan de él (Greenacre, 1950, p. 236).
Así como el ambiente de la situación analítica favorece la formación de fantasías en el paciente, la favorece también en el analista. Su posi- ción sentada e invisible detrás del diván, su abundante silencio, las res- tricciones físicas que se le imponen, la moderación de sus emociones, todo tiende a poner en movimiento la imaginación del analista. Pero más importante es el hecho de que las reacciones neuróticas de trasfe- rencia del paciente hacen desempeñar al analista multitud de papeles. Puede ser el tiernamente amado o el enemigo adiado, el padre temible o la madre seductora que están en la mente del paciente. La tarea del analista consiste en dejar que se produzcan esos fenómenos e interve- nir tan sólo cuando sea bueno para el paciente. Más aún, su misión es embellecer y perfeccionar el tipo de carácter que el paciente ha he-
EL PSICOANÁLISIS Y EL PACIENTE 391
cho pasar a él para lograr un mejor entendimiento del significado que tiene para el paciente.
El analista se convierte, de un modo extraño, en un actor mudo de la obra que crea el paciente. En esa obra, el analista no actúa; trata de ser la figura indefinida que el paciente necesita para sus fantasías. Pero el analista contribuye a la creación del personaje, elabora los de- talles con su insight, su empatía y su intuición. En cierto modo, es una
suerte de director artístico de la situación: parte vital de la representa- ción, pero no actor. O bien es como el director de una orquesta sinfó- nica, que no escribe la música pero la clasifica e interpreta. Mediante el uso de su imaginación creadora, el analista participa en las fantasías de aclarador e intérprete del paciente, y no como cómplice o provoca- dor (Kris, 1950; Beres, 1960; Rosen, 1960; Stone, 1961).
Antes de poder pasar a las motivaciones del psicoanalista sanador de enfermos y dolientes se necesita una exposición preliminar porque ésta es una materia controvertida. La mayoría de los analistas acepta- rían probablemente la elección de los dos primeros componentes fun- damentales de la labor del analista, a saber: (1) recoger y trasmitir el
insight y (2) conducirse de modo que se convierta en una pantalla rela-
tivamente desprovista de imágenes para la neurosis de trasferencia del paciente. En cuanto a la validez e importancia del tercer punto, de que el analista es un hombre consagrado a aliviar la triste situación neuró- tica de su paciente, habría bastantes diferencias de opinión (Stone, 1961, pp. 12-7, 117-20). Con el fin de presentar debidamente el punto de vista de que la intención terapéutica del analista es un factor de vital importancia en la práctica del psicoanálisis, querría esbozar algo del trasfondo histórico y científico del debate. Para un cuadro más vasto, recomiendo las obras de Freud (1926b) y Jones (1953; 1955, capítulo 4; 1957, capítulo 9).
A partir de los primeros escritos analíticos de Freud, la profesión mé- dica en general y los neurólogos y psiquiatras en particular han sido hostiles y combativos con el psicoanálisis. Los médicos que se adhirie- ron al movimiento psicoanalítico no pertenecían a la mayoría conser- vadora y adocenada, y creo que hoy todavía es así. Después de la se- gunda guerra mundial parece que el psicoanálisis se ha hecho más acep- table para los psiquiatras, pero no mucho para las demás ramas de la medicina.
Los pocos médicos que se unieron al aislado Freud para formar la sociedad psicoanalítica en Viena, en 1902, y la Asociación Psicoanalí- tica Internacional en 1910, estaban más o menos fuera de la corriente principal de las asociaciones médicas. Al mismo tiempo, algunos de los
392 LA SITUACIÓN PSICOANALÍTICA EL PSICOANÁLISIS Y EL PACIENTE 393 más descollantes contribuyentes al psicoanálisis no eran médicos: Hanns
Sachs, Hermine Hug-Hellmuth, el reverendo Oskar Pfister, Otto Rank, Melanie Klein, Siegfried Bernfeld, Theodor Reik y Anna Freud. Dos de los cinco miembros del "comité secreto" de Freud eran analistas no médicos: Hanns Sachs y Otto Rank (Dones, 1955, capítulo 6). Los propios estudios académicos de Freud eran mucho más amplios que los de un médico corriente. En la primavera de 1926 se sometió a pro- ceso a Theodor Reik según la ley austriaca por charlatanería y poste- riormente, aquel mismo año, Freud escribió un librito en defensa del análisis practicado por no médicos. En esa obra decía: "Después de cuarenta y un años de actividad médica, mi autoconocimiento me dice que nunca fui un verdadero médico... De mi infancia no tengo ningún recuerdo de haber sentido la necesidad de socorrer a la humanidad do- liente... Creo, sin embargo, que mi falta de una genuina inclinación médica no causó gran perjuicio a mis pacientes, pues no redunda preci- samente en ventaja de éstos si el interés terapéutico del médico tiene un excesivo énfasis emocional. Para el paciente lo mejor es que el mé- dico cumpla su tarea con ecuanimidad y con la mayor precisión posi- ble" (1926b, pp. 253-4; 500-1).
Opino que Freud no se valoraba debidamente y que tal vez influye- ra en ello la hostilidad que en aquel momento sentía por la profesión médica. Yo he tratado de señalar la clara actitud terapéutica de Freud en su trabajo con los pacientes (sección 4.2.2.3, citas). Convengo con Freud y otros en que sus estudios de la escuela de medicina no son la