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ASYMMETRIES BETWEEN DEVELOPING AND DEVELOPED

«La revelación está llena de misterio», afirma Fid.es et. Ratio27. La

revelación que contiene y da a conocer la verdad de Dios es revelación del misterio de Dios y de su designio salvador. Aparece así el misterio en su relación esencial con la revelación. Por esta misma relación, el misterio se muestra de entrada no como lo incognoscible o como el horizonte totalmente inalcanzable de Dios, sino más bien como el lugar donde la presencia personal de Dios se hace histórica, cierta y directa en el mundo y en la vida de los hombres2S. Esa presencia es en todo

momento presencia de Dios, sin que la revelación del misterio dé lugar a ningún tipo de reduccionismo o antropomorfización del mismo Dios. 1. Las relaciones entre revelación y misterio son inmediatas, y al mismo tiempo deben ser precisadas para evitar equívocos. Desde un punto de vista formal, revelación y misterio son nociones correlativas, que se exigen mutuamente, y entre las cuales hay una cierta relación dialéctica: hay revelación porque existe el misterio, pero al mismo tiempo en la medida en que no es totalmente misterio; y sabemos del misterio porque ha sido revelado, pero esa revelación deja el misterio intocado. Misterio y revelación son, por tanto, correlativos, pero no se oponen29. Así, concretamente, no se trata de que cuanta menor sea la

revelación, mayor será el misterio, y cuanto más clara la revelación, menor sea el misterio.

La revelación da a conocer el misterio de Dios, y se adquiere mayor conciencia del misterio cuanto mejor se conoce la revelación de Dios. Sólo en algunos planteamientos filosóficos sobre la revelación, como el hegeliano, se trata de anular el misterio a base de reducir la revelación a filosofía. De esta cuestión se ocupó el Concilio Vaticano I al enseñar que «los misterios divinos por su propia naturaleza van siem- pre más allá del entendimiento creado, de modo que aún después de la entrega de la revelación recibida en la fe, permanecen ocultos bajo el velo de la misma fe y de una cierta oscuridad» (Dei Filius)3a.

27. FR 13.

28. A. MANARA, La fede e i suoi fondamenti, Dehoniane, Roma 1994, pp. 23-24.

29. W. KASPER, «Revelación y misterio», en W. KASPER, Teología e Iglesia, Herder, Barcelona

1989, pp.187-203. 30. D. 3016/1796.

LA REVELACIÓN Y LA FE

2. Superando el plano formal, ¿qué es propiamente el misterio? En sentido teológico estricto, el misterio se refiere a la. realidad misma de-

Dios y al- orden de lo divino. Cualquier otra realidad, por densa que sea,

no puede compararse de ninguna manera con la densidad de la realidad única de Dios. Por eso se dice que el contenido de la revelación es el misterio de Dios, y más concretamente el misterio del Padre: el Deus

absconditus, a quien nadie vio jamás, que nos ha sido revelado por el

Hijo único, «que está en el seno del Padre» (Jn 1, 18). Éste es el miste- rio mantenido escondido durante siglos eternos y manifestado ahora a los gentiles, a los Apóstoles y profetas (cfr. Rm 16, 26; Ef 3, 5; Col 1, 26). Este misterio que Dios da a conocer en su revelación no es sola- mente la manifestación de lo que el hombre no puede llegar a conocer, sino que es sobre todo el «misterio de su voluntad» (Ef 1, 9). El miste- rio es, en último término, el «misterio de Cristo» (Ef 3, 4) o, como afirma el Vaticano II refiriéndose á lo que Cristo manifiesta al hombre, «el misterio del Padre y de su amor» (GS 22).

La revelación cristiana da a conocer el misterio como misterio sal-

vador. El «misterio de su voluntad» es el misterio de] designio salvador

de Dios (DV 2). El misterio no es, en consecuencia, sólo una verdad oculta de la que tenemos noticia pero no podemos comprender. Más bien, «la revelación del misterio de Dios es la revelación del misterio de nuestra salvación; ella es la verdad salvtfica fundamental y central de la fe cristiana, cuyo contenido central afirma que Dios Padre se ha acer- cado y comunicado definitivamente a través de Jesucristo, su Hijo, en el Espíritu Santo»31. Por eso, el misterio comporta siempre una llamada al

hombre para que conozca y se introduzca en esa acción de Dios en la que Él se entrega a los hombres. Dios no llama sólo a la inteligencia, sino al hombre entero. El misterio que existe originariamente en Dios acaba, de este modo, instalándose en el mismo hombre. La acción de Dios en los hombres da lugar en ellos al misterio de la gracia.

3. Aunque el misterio es una realidad más rica que la mera comu- nicación de una verdad, tiene también ese aspecto de verdad sobrena- tural que supera la posibilidad de comprensión de la razón humana. Nunca, sin embargo, el misterio es algo absurdo o contradictorio. Al contrario, el misterio encierra una concentración de verdad y de sentido que el hombre no puede comprender intrínsecamente, pero que ilumina la reflexión y el conocimiento de la realidad. Como se ha dicho, «el misterio es una verdad oculta en sí misma que ilumina todas las demás» (A. Frossard). El hecho de que los misterios —en los que se manifiesta y especifica el único misterio, el misterio de Dios revelado en Cristo— no sean «demostrables» es el resultado de su transcendencia respecto

31. W. KASPER, «Revelación y misterio», cit., p. 196.

LA REVELACIÓN COMO VERDAD Y COMO MISTERIO

del pensamiento humano actual o posible. Los misterios expresan la

libertad y soberanía del Dios vivo que no permite ser reducido a cono-

cimiento, «demostrado». También en este punto sena incompleto, sin embargo, pensar; en los misterios simplemente como conocimiento ocul- to o reservado. La soberanía y libertad de Dios preservada por el mis- terio es la condición de «su revelación como libertad que se abre y se vuelve a nosotros, como libertad en el amor. El misterio de la revela- ción de Dios es, pues, su libre autocomunicación en el amor» 32. Pero

aunque los misterios transciendan a cualquier horizonte humano de comprensión, no son contradictorios: no se pueden demostrar en sí mis- mos, pero se puede demostrar que no encierran una contradicción.

4. Si el misterio por excelencia, el «único» misterio, es el misterio de Dios que en Cristo se autocomunica a los hombres, se entiende el alcance de la distinción tradicional entre los misterios que apuntan al orden estrictamente divino, dado a conocer por la revelación, y las rea- lidades que dependen de ese orden divino pero están situadas en nive- les diferentes. En ese sentido se debe comprender la afirmación de que existen tres misterios fundamentales (mysteria stricte dicta): el miste- rio de Dios Trino, el misterio de la encamación del Verbo, y el misterio de la gracia. Los demás misterios lo son siempre en dependencia del misterio de Dios y se deben entender como aquellas verdades pertene- cientes al orden de la salvación, cuya realidad profunda sólo se alcanza y se experiementa por la fe, y que dependen en su ser y en su actuar del misterio de Dios y de Cristo. Así, por ejemplo, se habla del «misterio de la Iglesia», del «misterio de la Eucaristía». Los misterios derivados se relacionan entre sí armónicamente, porque su origen es el único decreto salvador de Dios. Entre ellos existe el «nexus mysteriorum»33

mediante el cual los misterios se iluminan entre sí y ofrecen mayores posibilidades de comprensión al teólogo.

De todo lo anterior se desprenden las tres propiedades que caracte- rizan a los misterios:

a) Trascendencia: el Concilio Vaticano I la expresa a través de la idea bíblica de lo que está oculto: «mysteria in Deo abscondita» (D. 3015/1795). EL Deus absconditus es el misterio por excelencia. Los misterios escondidos en Dios se refieren al decreto salvador del hom- bre, y sólo se pueden conocer por revelación. La trascendencia de los misterios quiere decir también que el misterio se plantea desde sí

mismo, como un hecho que se: explica en sí mismo, por lo cual no se

encuentra un camino racional para llegar hasta él. El hombre puede

32. W. KASPER, El Dios de Jesucristo, Sigúeme, Salamanca 1985, p. 155. 33. CONCILIO VATICANO I: D. 3 0 1 6 / 1 7 9 6 .

LA REVELACIÓN Y LA FE

lograr alguna inteligencia de los misterios, pero es incapaz de alcanzar por sí mismo la verdad del objeto de la revelación.

b) Gratuidad: puesto que no hay conexión necesaria entre el cono- cimiento humano y los misterios, sólo puede llegar el hombre a ellos si los recibe como don gratuito. El misterio que abre a la transcendencia sólo se puede recibir si la actitud crítica se transforma en escucha y aceptación —que no deben ser irracionales— del Dios que se autoco- munica.

c) Cognoscibilidad analógica:: una vez revelados, los misterios no son verdades herméticas que hay que aceptar sin saber nada de lo que contienen. Los misterios pueden ser objeto de reflexión y de conoci- miento, que será siempre insuficiente. Los misterios se refieren a lo humano, a lo creado, y por eso, la inteligencia puede partir de esa rela- ción entre lo revelado y lo naturalmente conocido y, mediante la analo- gía, llegar a conocimientos ciertos. En cuanto al «nexus mysteriorum

inter se et cum fine hominis ultimo», es competencia de la razón cre-

yente —de la teología— establecer y justificar sus condiciones propias.

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