—En esos días atormentados de París, ¿encontró quién le ayudara?
—Siempre, y por eso quiero tanto al pueblo, en el que se encuentra la suma generosidad. En aquel tiempo me ayudó mucho un portero de la École Nórmale Supérieure, que me hacía entrar por la ventana en la noche para dormir en la pieza de él, un cuarto donde no había calefacción, claro. Era una cama grande, y además de las mantas había una buena cantidad de L’Humanité, porque el portero era un comunista un poco heterodoxo, herético, un alsaciano casi analfabeto, un hombre humilde, muy simple… y nos tapábamos con aquellos diarios, y recuerdo aquella cama, porque cada vez que mi protector, el alsaciano, se daba la vuelta se oía el ruido del periódico: un ruido muy especial. Recuerdo con mucho amor a ese hombre que me recogió en un momento bien triste de mi vida. Era un invierno muy duro, fines del 34 y principios del 35 en París. En esos momentos es cuando uno conoce mejor a la raza humana. Ya lo dijo Pascal con palabras parecidas a éstas: «El hombre es un gusano y es un héroe; el hombre es una porquería y es una hermosura; el hombre es un ser dual, trágicamente dual, es la suma de las imperfecciones y la suma de las perfecciones».
—Pasemos a sus obras. Dicen que usted ha quemado casi más que ha escrito.
—Siempre me gustaron los incendios. Todos somos más o menos pirómanos. Sí, he quemado mucho, casi todo…
—¿Y no lo ha hecho con dolor?
—He escrito con dolor, y lo he destruido con dolor, pero creo que han sido bien quemadas. Héroes y tumbas y Abaddón también estaban destinadas al fuego. La primera se salvó por Matilde, mi mujer, que sufrió mucho por mi idea de quemarla. La segunda, por varios amigos que me instaron a publicarla… yo no estaba nada seguro de ese libro, y sigo sin estarlo; me asombra ese premio que me han dado en París, pero en fin, ahí están ahora, y son hijos que no fueron abortados. A veces se quiere más a los hijos por los defectos, porque siente uno más piedad por ellos y les da más cariño. No porque los
considere perfectos, ¿eh?… Creo que mis obras están llenas de imperfecciones, y lo digo con toda honestidad. A menudo pienso que escribo mal, muy mal, pero me consuela cuando se ha dicho que Dostoievski escribe muy mal, y que Cervantes escribe mal… Yo me he propuesto cosas grandes. Que las haya logrado es muy distinto. Si uno se propone escribir un soneto, lo menos que se puede exigir es que sea perfecto. Si tengo un pequeño jardín se me debe exigir que lo tenga limpio y ordenado. Pero si yo me propongo el Mato Grosso es otra cosa, ¿no? El Mato Grosso. Que lo haya logrado, no sé, pantanos hay muchos…
Cuando don Quijote se vuelve sanchezco y Sancho Panza se aquijota
—Dicen que usted quiere hacer un film con el Quijote… —El Quijote es para mí la obra magna de la literatura. Esos dos personajes, Sancho y Quijote, están en el corazón de Cervantes de una manera como nunca se dio tan ejemplar, y tan profunda, y tan dolorosa, y tan piadosa, y tan vital, y tan triste, y tan alegre también. Ante Cervantes yo me inclino, y pienso a veces que es una osadía ponerse a escribir. Mi idea, o mi obsesión, porque eso es, y desde hace años, es hacer, proponer y contribuir a la realización de una película con el Quijote, distinta a la forma empleada hasta ahora, que ha partido de una idea siempre equivocada: siempre se quiso hacer el Quijote como una cabalgata de dos horas, en la que se toma al pobre hidalgo de provincia desde el momento en que empieza a enloquecer a través de todas sus aventuras hasta que muere. Inevitablemente, es mucho recorrido y muy superficial, y ésa es la razón del fracaso de versiones bienintencionadas, como la rusa, que era probablemente la mejor.—Entonces, usted propone encuadrar a don Quijote y a Sancho en una sola
aventura…
—Exacto. Por ejemplo: tomemos la ínsula Barataria. Es un cuento perfecto. Llega don Quijote con su escudero al castillo, allí le pasan una serie de vicisitudes: cómicas, patéticas, ridículas, dolorosas, tristísimas… Está el gobierno de la ínsula por Sancho, que es de las cosas más hermosas y divertidas del Quijote… ¡¡está todo!! Y luego termina esa aventura, el Quijote se retira, pide permiso a los duques para retirarse, porque tiene que seguir desfaciendo entuertos con esa mezcla de candor y de grandeza que a mí me mueve a las lágrimas… Pues bien: hagamos esa película a lo largo de casi dos horas y con toda profundidad, examinemos a los dos grandes personajes de esta obra maestra con toda la hondura necesaria, con todos los matices, con toda la penetración sicológica y aun metafísica de estos personajes. Un film que nos permita adentrarnos en el alma grande, doliente y patética del Quijote, esta especie de contraparte de Sancho… Y hasta hay en este episodio un momento en que Sancho se «aquijota», en que empieza a proceder un poco como el Caballero, y don Quijote se vuelve «sanchezco», sensato… Está todo en esta historia. Y está luego esa sátira de la corte ducal, esa crítica social, con esa gente que no cree en nada, escéptica, propensa a los juegos de salón, y la aventura de Clavileño que
todos ustedes recuerdan. Espero y sueño con hacer ese film algún día.