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Attachment 6 June 13, 2014 MHS Sampling Plan

Dios, en su sabiduría, ha ordenado que las mismas tentaciones y tribulaciones que son el resultado de nuestra condición caída puedan llegar a ser medios muy importantes para llevar a cabo la transformación a imagen suya, que es nuestro destino y nuestra llamada. Una de las cosas más importantes que hay que reconocer en el camino espiritual es que el encontrarse con tentaciones y pruebas es una condición necesaria para progresar.

Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios (Hch 14,22).

Estas pruebas no son agradables. De hecho, a veces son francamente dolorosas.

No obstante, pueden llevar, si respondemos de modo adecuado, a la paz profunda de la santidad.

Aunque pueda parecer a veces que todo a nuestro alrededor está derrumbándose, incluyéndonos nosotros mismos, en restropectiva podremos ver lo “ligera” que fue esta aflicción comparada al “peso eterno de la gloria” que estaba preparándose para nosotros y en nosotros (2 Co 4,16-18).

Desgraciadamente, el no saber cómo identificarnos con las tentaciones y pruebas y afrontarlas puede causar a menudo confusión y llevarnos a decisiones torpes, impidiéndonos progresar. Precisamente una de las grandes contribuciones de los santos es su asombrosa penetración para comprender la naturaleza de las tentaciones y pruebas que encontraremos en el camino y su consejo sobre cómo afrontarlas con éxito.

Teresa de Jesús, por ejemplo, identifica ciertas tentaciones con que comúnmente se enfrentan los que están en las primeras etapas del camino, en los momentos después de la conversión o despertar. Estas mismas tentaciones pueden aparecer también más adelante en el camino, pero ayuda mucho aprender a afrontarlas desde el principio.

Teresa nos indica que algunas de las tentaciones están arraigadas primordialmente en nuestra naturaleza humana caída, con sus deseos desordenados doblegados y cegados por el pecado; otros están arraigados en la “sabiduría convencional” del mundo, que es a menudo opuesta a los caminos de Dios; y aún hay otras que son instigadas por demonios. Teresa identifica al demonio como una “lima silenciosa” que obra calladamente para llevarnos a decisiones imprudentes y causarnos daño. El progreso en la vida espiritual significa ser progresivamente liberado de estar sometidos a estas influencias y llegar a estar más y más sometidos al Espíritu de Dios (M, 1, 2.16). El comprender lo que nos está pasando nos ayuda muchísimo a hacernos libres. La verdad, realmente, nos hace libres.

Tentaciones comunes

en las primeras etapas del camino

Celo inmaduro

En su tratamiento sistemático de las etapas del camino espiritual, Teresa identifica algunas de las tentaciones comunes en las primeras etapas.

Teresa identifica el “celo indiscreto” como un peligro significativo (M, 1, 2.17). Bernardo usa exactamente la misma expresión, “ardor poco discreto”, y a ello añade “obstinada intransigencia” (CC, 19.7). A veces el demonio puede obrar para hacer que alguien se sobrepase cuando se trata de sacrificio, o compromiso, o celo. Si alguien en las primeras etapas del crecimiento espiritual intenta cargarse con demasiada oración, o ayuno, o servicio, puede quemarse rápidamente y desanimarse, puesto que no puede mantener tantos compromisos en este momento de su desarrollo.

A veces, señala Bernardo, el demonio se aprovecha del orgullo y la vanidad que pueden coexistir con un auténtico fervor, para tentarnos a la imprudencia o al exceso. Como ejemplos nos da las personas tentadas a rezar más levantándose más temprano, para luego dormirse en su tiempo habitual de oración; o personas que persiguen una vocación “más estricta”, para ver que han ido más allá de la gracia que Dios les estaba dando; o personas que ayunan más de lo que deberían y terminan siendo inútiles para el servicio para el cual Dios las había llamado (CC, 33,10).

También observa Bernardo la extraña obstinación o terquedad que a veces caracteriza a las personas “espirituales” que son “sabias a sus propios ojos”. Señala la gravedad de una obstinación así, y de la implícita rebelión, citando un inquietante pasaje de la Escritura.

Como pecado de hechicería es la rebelión, crimen de idolatría la contumacia (1 Sam 15,23).

Bernardo observa que incluso los que están en etapas más avanzadas del camino espiritual--”proficientes” en la etapa iluminativa--puede hacerse vulnerables a las tentaciones arraigadas en el celo indiscreto, que son mas sutiles y más difíciles de detectar que las más directas tentaciones de pecado mortal.

¡Cuántos de espíritu fervoroso pasaron de los monasterios a la soledad de la vida eremítica [Ro 12,11] y ya sea por haberse vuelto tibios los vomitó [Ap 3,16], o tal vez, contra todas las leyes del desierto, los retuvo no sólo remisos, sino disolutos [...]! El que en la vida común solamente había experimentado la gracia espiritual pensaba que, si estuviera solo, percibiría frutos mucho más copiosos para el espíritu. Le pareció bueno su pensamiento, pero el desenlace del asunto puso de manifiesto que ese pensamiento había sido más bien una raposilla demoledora (CC, 64.4).

El celo inmaduro puede también conducirnos a criticar a los demás--examinando la mota en el ojo del vecino y no viendo la viga en nuestro propio ojo--y socavando precisamente el amor al prójimo a que nos está llevando el camino espiritual. Teresa, Bernardo y muchos de los santos nos hacen notar la importancia de buscar un

asesoramiento espiritual sabio y equilibrado cuando hagamos decisiones a lo largo del camino.

Prioridades equivocadas

Un peligro opuesto al “celo indiscreto”, nos dice Teresa, es la distracción que viene de estar demasiado metido en los asuntos del mundo. Teresa deja claro que es necesaria una cierta reordenación de nuestras prioridades si queremos progresar. Es esencial darle al Señor el tiempo y la atención que nos pide.

Tanta su misericordia y bondad, que aun estándonos en nuestros pasatiempos, y negocios y contentos y baraterías del mundo, y aun cayendo y levantando en pecados [...] (M, 2.2).

Aunque puede que un alma en esta etapa no esté en estado de pecado mortal habitual, todavía hay cierta oscuridad en un alma llena de cosas de este mundo.

Así me parece debe ser un alma, que aunque no está en mal estado, está tan metida en cosas del mundo, y tan empapada en la hacienda, u honra, o negocios [...] Y conviene mucho para haber de entrar a las segundas moradas, que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado [...] si no comienza a hacer esto, lo tengo por imposible; y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible dejarle de morder (M, 1, 2.14).

Más, ¡oh Señor y Dios mío, que las costumbres en las cosas de vanidad, y al ver que todo el mundo trata de esto, lo estraga todo! Porque está tan muerta la fe, que queremos más lo que vemos, que lo que ella nos dice [...] Claro está que es menester muchas curas para sanar (M, 2.5).

Está claro que Teresa habla a personas que viven una vida corriente en el mundo. Ella nos hace ver con fuerza que en lo que sea compatible con nuestro estado en la vida, debemos eliminar las cosas no esenciales y dejar lugar para orientar nuestra vida cada vez más hacia Dios.

Teresa reconoce que para algunos puede haber cierto aturdimiento, o incluso tibieza, en las primeras etapas del camino, pero nos aconseja no desanimarnos.

Ni os desconsoléis aunque no respondáis luego al Señor; que bien sabe su Majestad aguardar muchos días y años, y en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos (M, 2.3).

Naturalmente, ¡cuanto antes podamos responder, mejor!

Cuando el alma se enfrenta a la necesidad de reorientar su vida más en torno a Dios, pueden surgir fuertes tentaciones que hacen que las cosas y los placeres de este mundo parezcan muy atractivos, casi “eternos”, y que las cosas de Dios parezcan abstractas y distantes, hasta temibles. Bernardo nos recuerda que tales tentaciones y temores son normales, pero hay que luchar contra ellos.

Y así, al comienzo de nuestra conversión, como es bien conocido por todos, lo primero que nos atormenta es el temor, que, en los que acaban de ingresar, lo produce el horror de una vida bastante dura, y la austeridad de una disciplina desacostumbrada [...] Porque, si luciese aquel día en cuya luz

viésemos tanto los trabajos como los premios, el temor de cualquier sufrimiento sería nulo a causa del deseo de los premios, ya que se vería con toda claridad “que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” [Ro 8,18][...] Por eso los que han ingresado recientemente deben vigilar y orar contra esta primera tentación (CC, 33,11).

El consejo de Teresa es parecido: luchar con las capacidades mentales y con la gracia de la fe que Dios nos da.

La memoria le representa en lo que paran todas estas cosas, trayéndole presente la muerte de los que muchos gozaron estas cosas que ha visto, como algunas ha visto súbitas; cuán presto son olvidados de todos, como ha visto a algunos, que conoció en gran prosperidad, pisar debajo de la tierra, y aun pasado por la sepultura él muchas veces, y mirar que están en aquel cuerpo hirviendo muchos gusanos, y otras hartas cosas que le puede poner delante. La voluntad se inclina a amar adonde tan innumerables cosas y muestras ha visto de amor, y querría pagar alguna; en especial se le pone delante cómo nunca se quita de con él este verdadero amador, acompañándole, dándole vida y ser. Luego el entendimiento acude con darle a entender, que no puede cobrar mejor amigo, aunque viva muchos años; que todo el mundo está lleno de falsedad, y estos contentos (que le pone el demonio) de trabajos y cuidados y contradicciones (M, 2.4).

El recordar la perspectiva eterna, repasando las verdades básicas y la cosmovisión bíblica, es la clave para todo el camino y un verdadero “secreto” en el progreso de los santos.

¿Es Dios justo?

Una tentación que puede afligir a las personas en cualquier etapa de su camino espiritual es mirar a los “malos” y preguntarse por qué parece que les va tan bien, mientras que los “justos” se preguntan por qué a ellos les van tan mal. Una vez más, la solución es fijarse en toda la realidad a la luz de la eternidad, que se nos ha revelado en la Palabra de Dios. Cómo de bien o cómo de mal parece que les van las cosas a otros en esta vida no puede realmente juzgarse con precisión excepto a la luz de cómo acaba : la luz de la eternidad.

Por poco se extravían mis pies, casi resbalan mis pasos, celoso estaba de los perversos, al ver prosperar a los malvados. No hay congoja para ellos,

sano y rollizo está su cuerpo; no comparten las penas de los hombres, no pasan tribulaciones como los otros [...] Dicen: “¿Va a saberlo Dios?

¿Lo va a saber el Altísimo?” [...]

¿Así que en vano purifiqué mi corazón, lavé mis manos en señal de inocencia, aguanté golpes todo el día, y correcciones cada mañana? [...] Me di entonces a pensar para entenderlo, pero me resultaba harto difícil. Hasta que entré en el santuario de Dios y acabé entendiendo su destino (Sal 73,2-5, 11, 13-14, 15-16).

La misma perspectiva eterna es necesaria para “entender” por qué los justos pueden estar sufriendo o han muerto.

Los insensatos pensaban que habían muerto; su tránsito les parecía una desgracia

y su partida de entre nosotros, un desastre; Pero ellos están en paz.

Aunque la gente pensaba que eran castigados, ellos tenían total esperanza en la inmortalidad.

Tras pequeñas correcciones recibirán grandes beneficios, pues Dios los puso a prueba

y los halló dignos de sí; los probó como oro en crisol

y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán

y se propagarán como el fuego en un rastrojo. Gobernarán naciones, dominarán pueblos,

y el Señor reinará eternamente sobre ellos (Sab 3,2-8).

El resistir la tentación a volver a las cosas y placeres del mundo, o a las personas que nos tientan al pecado, puede ser realmente angustioso para el alma en estas primeras etapas. El alma, habiéndose amoldado a estas cosas, experimentará una privación y un vacío realmente dolorosos. Juan de la Cruz llama a esta purificación la noche oscura de los sentidos. Francisco de Sales describe algunos aspectos de esta inicial agonía purificadora:

Bien podría suceder [...] que el cambio de vida produzca en tu interior cierta turbación, y que tu definitivo adiós a las naderías y bagatelas del mundo te cause cierto sentimiento de tristeza o desaliento. Si te sucediese así, ten un poco de paciencia, te lo ruego, pues ello no será nada; es simplemente efecto de desorientación producida por la novedad; pasado el primer momento, recibirás múltiples consuelos (IVD, 4, 2).

Sin embargo, el soportar estas tentaciones y pruebas es precisamente el remedio que el Señor utiliza para sanarnos. A medida que los sentidos son separados de un apego desordenado a las cosas y placeres del mundo, o de un apego a otros, el alma puede experimentar una verdadera agonía. Con el tiempo, si el alma persevera, seguirán la estabilidad y la paz, ya que se colmará de la presencia y dones del Espíritu, lo cual llenará ese vacío. Es en este sentido como Juan habla tan a menudo de perseverar en la oscuridad de la fe como el medio más valioso y cercano para la unión con Dios. Cuando somos obedientes a lo que conocemos por la fe, más que a los anhelos de nuestra carne, herida por el pecado, es el momento en que--en la oscuridad de la fe--estamos siendo más eficazmente preparados para la luz de los dones y presencia de Dios.

Teresa habla también de la importancia de alcanzar el justo equilibrio en el conocimiento de la misericordia de Dios. La adecuada perspectiva producirá una humildad verdadera, fundamento del crecimiento espiritual.

La misma Teresa tuvo que luchar para entender cómo era posible que Dios pudiera estar realmente obrando en su vida mientras ella a la vez tenía aún debilidades e

imperfecciones. Nos cuenta cómo el demonio usaba su propia conciencia de sus “vanidades y debilidades” para desanimarla y tentarla a rendirse o a negar la acción de Dios en su vida. Algunas veces, aunque estaba recibiendo gracias y favores de Dios, sentía que las “vanidades y debilidades del pasado estaban despertando de nuevo”. Tenía que luchar para abandonarse a la misericordia del Señor. Dios la ayudó en esta ocasión a través del consejo de su confesor, que le dio una perspectiva y le proporcionó la paz.

Muchos de los santos hablan de la importancia del conocimiento de sí mismo respecto a nuestra propia pecaminosidad, pero nunca aparte del conocimiento de la misericordia de Dios. Si no somos suficientemente conscientes de nuestros pecados y debilidades, nos pueden dominar la debilidad, la presunción y el orgullo; y si no somos suficientemente conscientes de la misericordia de Dios, corremos el peligro del desaliento, el miedo y la desesperación. También aquí ayuda mucho el estar en contacto con un amigo o director espiritual maduro.

¡Ah, Señor mío! aquí es menester vuestra ayuda, que sin ella no se puede hacer nada. Por vuestra misericordia, no consintáis que esta alma sea engañada para dejar lo comenzado [...] y que se aparte de malas compañías. Qué grandísima cosa es tratar con los que tratan de esto; allegarse, no sólo a los que viere en estos aposentos que él está, sino a los que entendiere que han entrado a los de más cerca; porque le será gran ayuda, y tanto los puede conversar, que le metan consigo (M, 2.6).

Y Teresa no se hace esperar para lanzar un primordial aviso carmelitano: no busques los sentimientos de los consuelos en la oración. ¡Busca al Señor, busca el conformar tu voluntad a la suya!

Si el Señor quiere dar deleites y consuelos, da gracias, aconseja Teresa, pero que consigan el propósito para el que te fueron enviados: animarnos a perseverar en tomar diariamente nuestra cruz y seguirle.

El caminito de Teresa de Lisieux: abnegación diaria al servicio del amor

La tocaya de Teresa de Jesús, Teresa de Lisieux, entendió esto muy bien. Sabía que ella no era capaz de “grandes hazañas” de testimonio público ni de servicio, ni llamada a ello. Pero resolvió no ser menos generosa aprovechando las cosas pequeñas de la vida diaria para negarse a sí misma y tomar su cruz por amor a Dios y a los demás. Sus pequeñas “mortificaciones”--muerte al amor de sí misma y a las preferencias egoístas-- están también al alcance de cada uno de nosotros en nuestra vida diaria. Ella llamaba a esto su “caminito”, pues es una senda hacia la santidad que está abierta a cualquiera.

La espera purifica

Cuando por fin Teresita recibió permiso para entrar en el Carmelo a los quince años, tuvo que esperar tres meses más. Esto fue duro para ella, pero sabía que el “esperar” la estaba ayudando “a crecer en el abandono y en las demás virtudes” (HA, 4, 179).

Efectivamente, Dios hacía “esperar” a Teresita con frecuencia como medio de ayudarla a vencer el querer hacer su propia voluntad. Quería la voluntad de Dios, pero a menudo a su modo y a su tiempo. Así que el Señor la ayudó a vencer este choque de voluntades:

ella tenía que esperar para entrar en el Carmelo, y tenía que esperar para hacer su profesión. Nos cuenta cómo empezó a comprender que Dios usaba estos momentos como medios de purificación en su vida.

Un día, durante la oración, comprendí que mi deseo tan intenso de hacer la profesión iba mezclado con un gran amor propio. Si me había entregado a Jesús para agradarle y consolarle, no debía obligarle a hacer mi voluntad en lugar de la suya (HA, 7, 193).

Cuando tuvo que esperar otros tres meses para entrar en el Carmelo, al principio contempló la idea de no tomarse las cosas tan en serio, pero se volvió atrás.

Al principio me vino a la cabeza la idea de no molestarme en llevar una vida tan ordenada como solía. Pero pronto comprendí el valor de aquel tiempo que se me concedía, y decidí entregarme con más intensidad que nunca a una vida seria y mortificada (HA, 4, 179).

Teresita se apresura a explicar que no sentía “el menor atractivo por las grandes mortificaciones de los santos y que “nunca” hacía ningún acto de penitencia a causa de su “flojedad”. Se da cuenta de que ha sido mimada de distintas maneras, pero reconoce un modo especial de mortificación que el Señor le había mostrado.

Mis mortificaciones consistían en doblegar mi voluntad siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar cualquier palabra de réplica; en prestar pequeños servicios sin hacerlos valorar; en no apoyar la espalda cuando estaba sentada, etc., etc. Con la práctica de estas naderías me fui preparando para ser la prometida de Jesús (HA, 5, 170-180).

La abnegación diaria

La vida de Teresa de Lisieux en el convento continuó en esta línea, aprovechando las oportunidades para negar su obstinación o amor propio en los pequeños desafíos de la vida diaria con otras. Nos da muchos ejemplos de cómo aplicaba esta abnegación en las circunstancias de su vida diaria en el convento.

Alguien, por error, había cogido su lámpara después de las oraciones de la noche, cuando a las hermanas ya no se les permitía hablar. En vez de disgustarme por verme privada de ella, me alegré mucho, pensando que la pobreza consiste en verse una privada, no sólo de las cosas superfluas, sino también de las indispensables. Y de esta manera, en medio de las tinieblas exteriores, fui iluminada interiormente...” (HA, 7, 195).

Nos habla de un gozo parecido que experimentó: “cuando me quitaron el precioso

cantarillo que tenía y me dieron en su lugar un cántaro tosco y todo desportillado...”

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