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In document #LikesAreNotEnough (Page 36-46)

La definición de la rabia, como la de otros estados emocionales, resulta compleja y los diferentes autores enfatizan alguno de sus componentes. En primer término, se encuentran quienes resaltan sus aspectos fisiológicos, que hablan de la ira como un estado de activación y, basados en estudios en diferentes culturas, describen la estabilidad en una serie de síntomas fisiológicos asociados a ella, como el arousal displacentero, la tensión muscular, el incremento de la presión arterial y el “sentirse caliente”. Cuando se ponen de relieve los componentes cognitivos de la rabia, lo más importante sería las dimensiones de valoración de estímulos, de forma que la ira aparece provocada por eventos considerados como obstáculos en la consecución de metas, como inmorales, injustos y causados por terceros (59).

Otros autores enfatizan sus características comportamentales, como la mayor energía física, las interferencias cognitivas sobre la conducta, la expresión de afectos negativos hacia otros y una actitud de defensa, que suscita la oposición como un estímulo aprendido para la agresión. Por último, se encuentran quienes subrayan cómo en los organismos superiores, la ira ocurrirá en contextos de relaciones significativas y ha de tener un sentido comunicacional, por tanto, la consideran una respuesta emocional que se da de acuerdo con un rol y que cumple una función en un determinado sistema

35 social; en este sentido, la ira es vista como una emoción que se ha desarrollado para perfeccionar la adaptación y la supervivencia de la especie (60).

La relación existente entre la ira y la agresión ha llevado a muchos estudios, como el de Berkowitz (1993), quien formuló la existencia de un continuo entre frustración, ira y agresividad (61); y probablemente condujo a uno de los planteamientos que ha tomado más fuerza en las últimas décadas, que es el de Spielberg y su equipo, quienes, en 1985, formularon el síndrome Ira-Hostilidad-Agresividad (IHA), donde cada uno de los conceptos corresponden, en su orden, a los componentes emocional, cognitivo y conductual del complejo (60).

La rabia se considera el elemento afectivo o emocional del constructo y Spielber la define como un estado emocional caracterizado por sensaciones que pueden variar en intensidad, desde leve irritación o enojo, hasta una intensa furia o rabia. Este mismo autor introdujo dos términos que amplían la conceptualización de la rabia: la ira- estado, que hace referencia a la experiencia transitoria de sentimientos de tensión, enfado o irritación, que conlleva una activación neuroquímica (autonómica y endocrina) y un determinado modo de expresión o afrontamiento; por otra parte, la ira-rasgo, como una tendencia individual a experimentar estados de enfado de una manera más o menos frecuente y/o intensa, a lo largo del tiempo; por lo tanto, atañería más a una disposición duradera y a una tendencia general del sujeto (60). La hostilidad constituye el componente cognitivo del IHA y se podría conceptualizar como una actitud persistente de valoración negativa hacia los demás y hacia la naturaleza humana misma. Supone un conjunto de creencias, expectativas y actitudes negativas, a cerca de las demás personas, devaluando sus motivos y valores, de modo que se las percibe como opositoras, amenazantes y fuentes de malas acciones. Todo lo anterior llevaría a tener expectativas negativas como la sospecha y la desconfianza; a actitudes de negativismo, resentimiento y enemistad y, en definitiva, a una tendencia a esperar siempre lo peor de los otros, lo que conlleva un ambiente de tensión y competitividad constante, hipervigilancia y actitud defensiva, así como intensos sentimientos de rabia (62).

36 El componente conductual del complejo IHA, es la agresividad, que se entiende como un comportamiento dirigido a causar daño a las personas o a los objetos. Hace referencia a las acciones evidentes de punición, ataque o destrucción, e incluye tanto las manifestaciones físicas (violencia, oposición, obstrucción o falta de colaboración), como las verbales (gritos, insultos, sarcasmos) (60).

Respecto de la forma de expresión o afrontamiento de la rabia, se han planteado dos formas básicas: la ira interna, que sería la tendencia a reprimir este sentimiento de forma que no sea observable externamente y la ira externa, descrita como una propensión a manifestar abiertamente el enfado; a su vez, se considera que la expresión externa de la ira, puede tomar dos maneras principales: la asertiva o comunicativa, que incluye formas socialmente aceptables de expresión de la rabia y la agresiva, en la que se utilizan medios verbales o físicos que pueden ser lesivos (63).

Las dos categorías antes mencionadas, fueron complementadas posteriormente por Johnson (1990) con una tercera; de forma que este autor establece tres estilos de afrontamiento de la ira: la supresión de la ira (“Anger-In”), la expresión de la ira (“Anger-0ut”) y el control de la ira (“Anger-Control”), esta última caracterizada por que el individuo tiende a buscar y poner en marcha estrategias, con la finalidad de reducir la intensidad y duración de los sentimientos de enfado e intentar la resolución positiva de los conflictos que los han originado, mediante la canalización de la energía de la rabia a fines más constructivos (39). Teniendo en cuenta las variables fisiológicas y conductuales unidas a la rabia, se considera que la supresión de la ira, implica una fuerte experiencia de rabia y activación fisiológica pero una débil respuesta conductual (64).

A pesar que desde comienzos del siglo pasado, algunos autores habían planteado la importancia de los sentimientos de enfado en relación con la cefalea y otros cuadros de dolor, quizás uno de los más importantes impulsores de la investigación sobre este estado emocional, ha sido el planteárselo como un potencial componente etiológico de las enfermedades cardiovasculares: personalidades tipo A (hiperactividad, impaciencia, hostilidad y competencia), tipo C (emocionalmente contenidos de cara al estrés, especialmente con respecto a la ira) (63) y más recientemente el patrón de

37 afrontamiento denominado personalidad tipo D (marcada tendencia a la afectividad negativa y clara restricción de la interacción social) (65). Los estudios realizados al respecto, apuntaron inicialmente a que el estilo de supresión de la ira hacía más susceptible al sujeto frente a este tipo de patología; sin embargo, las investigaciones posteriores se han centrado en la hostilidad, al considerar esta dimensión cognitiva, como la más estable, de suerte que daría lugar a un patrón de funcionamiento maladaptativo mantenido en el tiempo, que se ha relacionado con una clara predisposición a las enfermedades del sistema cardiovascular (66); esto se explica justamente porque en dicho modelo de respuesta ante el ambiente, se produce una activación fisiológica prolongada, a diferencia de lo óptimo, es decir, que fuese algo transitorio en el momento de estrés, seguido por un rápido retorno al estado basal (65).

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