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Attempting return and re-migration from Iraq

Chapter Six: Return and Transnational Livelihoods

6.3 Attempting return and re-migration from Iraq

Pero, por mucho que postulasen la libertad religiosa, atacaron a los paganos del mismo modo que hicieron con los judíos y “herejes”. Esa polémica, esporádica o casi podríamos decir casual al principio, va ganando terreno desde finales del siglo II, es decir, cuando empezaban a sentirse fuertes. De la época de Marco Aurelio (161-180) conocemos los nombres de seis apologistas cristianos y los textos de tres apologías (de Atenágoras, Tatiano y Teófilo).327

Los temas antipaganos son numerosos, pero aparecen bastante dispersos, incluso en la bibliografía posterior. Hacen alusión a la teogonía y la mitología de los paganos, al politeísmo, a la naturaleza de los dioses, a las imágenes, su culto y su manufactura, al origen diabólico del “culto a los ídolos”. Esto último en un cristiano se consideraba pecado gravísimo, sancionado con la expulsión.328

La argumentación de estos primeros tratados (y la de los que vinieron después)

realmente no convenció mucho y no tuvo éxito, ni siquiera literario (Wlosok). Apenas

influyó sobre la opinión pública y no tuvo ninguna trascendencia en el plano político; es una corriente turbia, escasa y pobre de ingenio, que fluye a través de los siglos siempre igual a sí misma. Los cristianos tomaron muchas de sus críticas de los mismos paganos, como sucede con el historiador Eusebio o Atanasio, el doctor de la Iglesia, que se remontan a veces hasta los presocráticos. Con anterioridad al cristianismo, la crónica escandalosa del Olimpo pagano y los rasgos excesivamente obscenos de la mitología habían merecido fuertes críticas, lo mismo que se había discutido, y con bastante apasionamiento algunas veces, la interpretación del culto a las imágenes.329

326 Arist. apol. 17,2 s. Cf. también 15.1 ss. Athenag. leg. 1,11s; 31ss. Tert. apol. 24,5; 38. ad. scap.

2,2. Orig. c. Cels. 3,38; 7,46; 8,41; 8,66. Kraft, Kirchenváter Lexikon 394. Miura-Stange 13ss. Wlosok 147ss. Kotting, Religionsfreiheit 21.

327 Euseb. 4,26,1; 4,26,4 ss; 4,17,1; 5,17,5. Fredouille 869 ss. Wlosok 149 ss.

328 Tert. adv. Marc. 4,9. idol. 1. Cf. August. in ps. 88. serm. 2,14; 62,6,9. ep. 232,1,2. Fredouille 870

ss. Dodds 102 ss.

Los mitos antiguos eran un escándalo para los cristianos, a quienes chocaban por “inmorales”, por abundar en “amores” y “cupiditas” o bajos deseos.

Arnobio de Sicca, que fue maestro de Lactancio, dedicó siete mamotretos, patéticamente aburridos, a polemizar Contra los paganos, cuyos dioses tenían sexo “como los perros y los cerdos”, “miembros vergonzosos que una boca honesta ni siquiera puede nombrar”. Critica que se libren a sus pasiones “a la manera de los animales inmundos”, “con frenético deseo al intercambio de inmundicias del coito”. Arnobio, como otros muchos tratadistas, da la relación de los amores olímpicos, de Júpiter con Ceres, o con humanas como Leda, Dánae, Alcmena, Electra y miles de doncellas y mujeres, sin olvidar al efebo Catamito, “a nada hace ascos Júpiter [...] hasta que finalmente se diría que el desgraciado sólo nació para ser semilla de crímenes, blanco de injurias y lugar común en donde se vierten todos los excrementos de las cloacas del teatro”; de teatros que, según Arnobio, merecerían ser derribados, así como quemados la mayoría de los escritos y libros.330

¡Un dios adúltero es mil veces peor que otro que extermina a la humanidad mediante un diluvio! Los cristianos juzgan como ridículas leyendas las historias de dioses que cuentan Homero y Hesíodo. En cambio, que el Espíritu Santo pudiese dejar embarazada a una doncella sin alterar su virginidad era una cosa muy seria, como demostró uno de los católicos más famosos de la época antigua, Ambrosio (cuya “grandeza”, según Wytzes, desde luego “no hay que buscarla en la originalidad del ingenio”); ¿acaso los buitres no procrean sin el concurso del apareamiento?: “Dicen imposible en la madre de Dios lo que no se les discute a los buitres. Estas aves conciben sin el macho, cosa que nadie niega; en cambio, a María, por concebir estando prometida, se quiere poner en tela de Juicio su castidad”; Que los paganos enterrasen la figura de un dios, le dispensaran honras fúnebres y luego celebrasen con fiestas su resurrección, también les parecía altamente risible a los cristianos, aun teniendo por santa su propia liturgia de Semana Santa y Pascua de Resurrección. De nuevo nos proporciona san Ambrosio unas demostraciones de cariz científico: la metamorfosis del gusano de seda, los cambios de color del camaleón y la resurrección del ave fénix.331

A los antiguos creyentes, los cristianos les acusan de adorar a la criatura en vez de dar culto al creador. Reiteran siempre la “demostración” de la naturaleza material de los ídolos: “Se arrodillan ante la obra de sus propias manos”, como censuraba ya Isaías, o como dice el salmo 115: “Boca tienen, mas no hablarán; tienen ojos, pero jamás verán. Orejas tienen y nada oirán; narices, y no olerán...”. En realidad, los antiguos no identificaban a las imágenes con los dioses; sabían que sólo eran “representaciones simbólicas, [...] no las divinidades mismas” (Mensching). Para los cristianos, sin

330 Arnob. adv. nat. 3,9 ss; 4,24 ss; 4,36; 5,22. LThK 1 ed. 1689. Altaner 152 s. Kraft, Kirchenváter

Lexikon 57. Tullius 88 ss.

331 Arist. apol. 8; 13; Justin. apol. 1,21; 1,24 s. Tat. or. 8 ss. Ps. Just. or. ad Graecos 2 s. Min. Fel. dial.

Oct. 20. Euseb. theoph. frg. 2,13. Firm. Mat. err. 22. Ambros. exam 5,20,64 s; 5,23,77 ss. Wytzes 29. Lieberg 64 ss.

embargo, tales divinidades eran “muertas e inútiles” (Arístides), no podían “ni ver, ni oír, ni caminar” (Apocalipsis de Juan). Según Gregorio Niceno, una estrella de la teología católica de la época, la impasibilidad de las estatuas se contagiaba a sus adoradores.

Además, estos ídolos, estos “objetos inservibles”, como diagnostica el historiador de la Iglesia Eusebio, ocultan “muchas infamias”. Se rellenan con huesos, desperdicios, paja, y sirven de refugio a los insectos, a las cucarachas, a los ratones y a las aves que anidan en ellos. Minucio Félix, Clemente de Alejandría, Arnobio y otros pintan con más o menos complacencia el deterioro de las imágenes, “cuando las golondrinas cruzan volando las bóvedas de los templos y dejan caer su inmundicia, y así vemos cómo poco a poco las cabezas, los rostros, las barbas, los ojos, las narices de las divinidades van cubriéndose de excrementos [...]; enrojeced, pues, de vergüenza [...]”. Los dioses —ironiza Maximino, obispo amano— son carcomidos por las arañas y los gusanos. Y el Martyrium Polycarpí nos los pinta abonados de cagarrutas de perro.332

Según Tertuliano, tan temible como adorarlos o adquirirlos era el fabricarlos, actividad que, con el adulterio y la prostitución, era uno de los máximos pecados mortales. Porque, como observaban astutamente los cristianos, a los dioses los martillan, los tallan, los lijan y los encolan, “los queman en hornos de alfarero, los pulen con la muela y la lima, los cortan con la sierra, el berbiquí y el hacha, los alisan con el formón. ¿No es locura todo eso?». Y todavía más, ya que las imágenes se hacían «a veces» de los «adornos de las prostitutas y las joyas de las hembras, o de huesos de camello...» (Arnobio). Atenágoras afirma que siempre se sabe de qué taller ha salido cualquier dios; según Orígenes, son los de los artistas más degenerados, de la misma categoría que los saltimbanquis y las envenenadoras. Justino, el santo enemigo de los judíos, nos cuenta que además seducían a sus esclavas jóvenes y las convertían en cómplices de la obra diabólica.333

Muchas de las críticas contra los paganos, cuando no todas, podrían volverse contra los mismos cristianos.

Como cuentan Clemente de Alejandría o Arnobio, muchas veces los artistas creaban en las imágenes retratos de modelos de carne y hueso, aunque fuesen “prostitutas y deshonradas” como Cratina, la amante de Praxíteles que sirvió de modelo para la Afrodita de Gnido. Pero ¿no tienen el mismo origen muchas de nuestras imágenes de vírgenes, santos y personajes bíblicos? ¿Acaso no pintó Fray Filippo Lippi a la monja Lucrezia Buti (más tarde su mujer, después de raptarla en 1456) con su hijo en la figura de María con el niño Jesús? ¿No eternizó Durero a las concubinas del cardenal de Maguncia, Alberto II (1514-1545), Catalina Stolzenfeís y Ernestina Mehandel, como

332 12. Is. 2,8; Salm. 115,5 ss.; Apoc. 9,20. Arist. apol. 3,2; 4,1 ss; 13,1 s. Athenag. leg. 6; 15; 18 s; 22;

28 s. Just. apol. 1,9; 1,20; Ep. ad Diogn. 2. Theoph. Ant. ad Autol. 1,19; Mart. Apolon. 22. Mart. Polyk. 2,2; Tert. apol. 12,7 Min. Fel. dial. Oct. 24.

333 Athenag. leg. 17. Just. apol. 1,9. Tatian or. 4. Tert. pud. 5. adv. Marc. 4,9,6. apol. 12. Arnob. adv.

hijas de Lot, y Lucas Cranach a Ernestina como “santa Úrsula”, así como Grünewaid a Catalina en la figura de “santa Catalina en las bodas místicas”? Minucio Félix, un africano que ejercía de abogado en Roma, criticaba que se paseasen figuras de los dioses durante las procesiones paganas. Con el tiempo, las cristianas se llenaron también de cohortes enteras de santos; el arzobispo Alberto de Magdeburgo incluso paseó a una cortesana puesta en andas como “figura viviente”. Y si el obispo Eusebio consideró que la exposición de las imágenes era un engaño para niños y mayores de pocas luces, ¿qué

no diremos de los millones de santos de estuco que hoy se venden comercialmente?334

Hay más; la polémica contra los paganos censuraba que el hombre se arrodillase ante la obra hecha con sus propias manos, tal como hoy los cristianos se arrodillan ante imágenes de Cristo y de los santos. Se burlaban de la costumbre de besar los “ídolos”..., y ellos besan las figuras de santos y las reliquias. Afirmaban que las apariciones de dioses no servían como demostración de la existencia de los mismos, ¿qué demuestran entonces las apariciones de Cristo? Agustín aporta un argumento definitivo: los “ídolos” no protegen a los soldados en la guerra, ¿acaso sirven las estampitas? Clemente, Arnobio y otros se reían de los incendios de templos y otras catástrofes; en la segunda guerra mundial, sin ir más lejos, cayeron millares de iglesias (ya Lichtenberg ironizaba a costa de los curas que instalaban pararrayos en sus campanarios). Los cristianos opinaban que el material consumido en la fabricación de imágenes podía destinarse a mejores fines, que cuando éstas eran de materiales nobles se hacía preciso encerrarlas para defenderlas de los ladrones; lo mismo sucede con los tesoros artísticos de las iglesias. ¡Es que no se confía mucho en la protección celestial! Los cristianos criticaban que la religión romana y el Imperio romano tuviesen sus orígenes en crímenes y homicidios, ¿acaso no sucedió lo mismo con las iglesias cristianas y los imperios cristianos?335

Los inspiradores de estas idolatrías, naturalmente, no eran otros que el demonio y sus legiones de seres maléficos. Supersticiosos y contaminados de prácticas mágicas desde el primer momento, lo mismo que los paganos, los cristianos creían que los cultos idolátricos eran de directa inspiración diabólica; algunos, como Tertuliano, también incluyen en esa calificación el circo, el teatro, el anfiteatro y el estadio. Según los padres de la Iglesia, los demonios eran autores de los cultos idolátricos, parodiaban la Santa Cruz en las imágenes de los dioses y se ocultaban en éstas, se servían del oráculo y de los milagros paganos para evitar la conversión de los idólatras al cristianismo y dictaban a los poetas sus mentirosas narraciones, además de alimentarse a ellos mismos con los humos de los sacrificios paganos.336

334 Min. Fel. Oct. 12,5. Celm. Alex. protr. 53,5 s. Arnob. adv. nat. 6,13. Euseb. or. Const. ad sanct.

coet. 11. ep. ad Constant. Cf. h.e. 7,18,4. Altaner 120. Menzel II 249 s. Deschner, Das Kreuz 190. Kindiers Malereilexikon IV 169.

335 Polyc. ad Phil. 11,2. Ps. Clem. Rom. recog. 5,15. hom. 10,22. Justin. apol. 1,9. Clem. Al. protr.

4,52,2 s; 4,53,2. Arnob. adv. nat. 4,10 ss; 6,20 s; 6,23. Firm. Mat. err 15,3; 28,4 ss; August. de civ. dei 1,2. Lact. dov. inst. 2,2,22. Theophil. ad Autol. 2,34. Euseb. or. Const. ad sanct. coet. 11. Funke 805. Tullius 22ss.

336 Athenag. leg. 27. Justin. apol. 1,14. Theophil. Ant. ad Autol. 2,28. Clem. Al. protr. 44. Tret. apol.

Es significativo, no obstante, que todas estas críticas, estas censuras y estas burlas no se manifestasen hasta tiempo después; en los comienzos, cuando los cristianos aún eran minoría, no les quedaba otro remedio que poner al mal tiempo buena cara. El mundo antiguo era pagano casi por entero y frente a esta supremacía los cristianos actuaban con prudencia, o incluso establecían compromisos en caso necesario, a fin de poder acabar con ella cuando llegase la hora. También eso se pone de manifiesto en los autores cristianos más antiguos.