3.3 School Quality Data in NIDS
4.1.2 Attenuating Omitted Variable Bias through the use of Proxy Variables
Las interpretaciones del Nuevo Testamento —y no sólo las antiguas, sino también y precisamente las modernas y liberales— refuerzan una
tendencia que ya estaba en la base de las agudas manifestaciones del Evangelio. La confrontación de Jesús con los representantes del orden judío se han convertido en el «cliché» de la oposición a Jesús. Sacerdotes, fariseos y escribas aparecen como los representantes de una endurecida legalidad, que quería quitarle a la libertad toda capacidad de evolución. Ante esto aparece Jesús en defensa de la verdadera libertad y en contra del poder oficial. Si consideramos así las relaciones de Jesús con las autoridades judías, su lucha contra la superioridad habría, en principio,
fracasado, pero es precisamente en el fracaso donde está la base del progreso de esta revolución. Quedaría, con todo, abierta aún la pregunta de si, desde este punto de vista, las intenciones de Jesús han quedado bien comprendidas y si los sacerdotes, los fariseos y los escribas han sido así adecuadamente descritos.1 Si es así, habrá que preguntarse: ¿Puede el mensaje de Jesús ser aún reconciliación? ¿Dónde está aquí esa meta de su misión que era unir en sí a toda la humanidad?
Si atendemos más cuidadosamente a los testimonios de los Evangelios, veremos que éstos nos ofrecen una imagen totalmente distinta de la actitud de Jesús ante la ley, el templo y la unicidad de Dios, imagen que ya se muestra en su vida, en su obra y su anuncio del Reino de Dios.2 Las historias de la Pasión nos describen una imagen más aquilatada del proceso de Jesús y del papel de las autoridades judías. Si se tiene en cuenta todo esto, la pregunta sobre la culpabilidad de los judíos en la muerte de Jesús no se podrá contestar de forma tan indiferenciada.
En las páginas siguientes, trataremos sobre estos temas centrales y, con ellos, la relación entre judaísmo y cristianismo en general. Pues son precisamente estos cuestionamientos los que albergan en sí «toda la fuerza explosiva del distanciamiento judeo-cristiano».3
Y la historia de este distanciamiento ha sido larga y dolorosa. Pero aunque ayer y hoy hay en la Iglesia muchas cosas que fomentan los buenos
contactos e incluso las amistosas relaciones para con los judíos, llegando hasta dignificar al judaísmo, la verdad es que esta historia está transida de muchos acontecimientos indignos que siguen pesando sobre estas
relaciones. Las polémicas, las sospechas y leyendas de rituales de muerte, las persecuciones medievales (pogrome) de los judíos con sus quemas del Talmud, pero, sobre todo, la Schoah –el horrible acontecimiento, las
tinieblas más profundas del siglo XX–, todo esto, si bien no ha sido
maquinado por los cristianos, está, sin embargo, dolorosamente enraizado en su modo de conocer la situación y en su conciencia.4 Este conocimiento hace apremiantes los pasos que vamos a seguir en nuestra exposición, pues, ante este espectáculo, el motivo de la reflexión sólo puede ser la reconciliación, la
1. Cfr. J. Ratzinger, Die Vielfalt der Religionen und der eine Bund, Hagen 1998, 27. 2. Véase el cap. III/3c: Consideraciones de algunos misterios de la vida de Jesús, p. 207.
3. J. Ratzinger, Die Vielfalt 27.
4. Cfr. Ch. Schönborn, «Judentum und Christentum. Annäherung zum Thema», en: Das
jüdische Echo 46 (1997) 15-17; Idem, Die Menschen, die Kirche, das Land. Christentum als gesellschaftliche Herausforderung, Wien 1998, 181-204.- Jean Miguel Garrigues describe
certeramente la ideología antijudía de los nacionalsocialistas como una «perversa, neopagana y postcristiana imitación de un antijudaísmo religioso», que estaba presente entre paganos y
cristianos. J.-M. Garrigues (ed.), L'Unique Israél de Dieu. Approches chrétiennes du Mystére
d'Israél,Limoges 1987, 15.
reconciliación entre judíos y paganos, que es el centro nuclear de la misión de Jesús (Ef 2, 11-22).
a) Jesús e Israel
Jesús fue un judío, vivió en Israel y creció con la tradición judía y con el servicio religioso judío. El mismo se consideraba judío, compartiendo la gran corriente de la tradición de la Toráh. Pero, al comienzo de su vida pública, empezaron las discusiones. Sus relaciones con los fariseos y escribas no estuvieron desde el principio faltas de tensiones. A los ojos de muchos en Israel, el comportamiento de Jesús les parecía contrario a los usos y costumbres esenciales del pueblo escogido; contrario a la
obediencia a la ley, a la que estaba unida también para los fariseos la interpretación apoyada en la tradición; contrario a la posición central del templo y de la ciudad de Jerusalén, como lugar santo y morada de Dios, y contrario también a la fe en el único Dios, cuya gloria supera infinitamente todas las capacidades humanas 5
La ley
La ley, la Toráh, tiene para Jesús una gran importancia; la guarda y da también mucho valor a que los demás la guarden: «Quien quebrante uno de estos mandamientos más pequeños y lo enseñe así a los hombres, será llamado muy pequeño en el Reino de los cielos» (Mt 5, 19).
La tarea central del pueblo judío, el ejercicio auténtico de su religión, es guardar al pie de la letra la Toráh, el mandato de Dios, entregada a su siervo Moisés en el Sinaí. Esta tarea llenaba –y llena aún hoy– de celo creyente a muchos judíos en tiempos de Jesús, un celo que, a veces, podía extralimitarse (cfr. Rm 10, 2). Pero, al mismo tiempo, crecía también la conciencia de las propias limitaciones, de la incapacidad de guardar realmente todos los mandamientos de Dios. La sospecha de que jamás los hombres, por sí mismos, podrán guardar toda la ley –ni siquiera cuando realmente lo quieren hacer– va creciendo hasta convertirse en una certeza inquebrantable. Por este motivo, celebra Israel todos los años la fiesta de la reconciliación, el Jom Kippur, para pedir a Dios el perdón. Es, por esto, que tenemos que tomar en consideración otro aspecto. Dios ha entregado a los hombres la Toráh también como preparación, como camino orientativo hacia el día en el que él mismo hará obras extraordinarias y gloriosas por medio de su siervo, el único justo. Dios mismo se ocupará en ese día de que se cumpla toda la ley.6