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Según la época, la corrupción pagó favores a los guardia- nes de las superpotencias durante la Guerra Fría, o a los impulsores de la economía neoliberal después de la caída del muro, cuando no se trató de algún que otro apoyo coyuntural, en especial durante conflictos armados.

Entre otros, Mobutu en Zaire, Marcos en Filipinas, Duva- lier en Haití, Hussein en Iraq, Fujimori en Perú, Suharto en Indonesia o Pinochet en Chile son ejemplos de gobernantes corruptos que durante sus mandatos amasaron fabulosas fortunas personales y familiares —y en algunos casos la de sus «amigos»— con cargo a la deuda soberana de los países que gobernaban.

La corrupción también ha servido para alimentar vani- dades personales cuando los gobernantes han realizado gastos con fondos públicos pero para satisfacer deseos privados. En Costa de Marfil, por ejemplo, el ex presidente Houphouët-Boigny gastó 350 millones de dólares en la construcción y consagración de una réplica de la basílica de San Pedro en plena sabana africana. A pocos centenares de kilómetros, el emperador Bokassa, de la República Cen- troafricana, se gastaba el 20% del producto interior bruto

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Deudas ilegítimas según el destino de los fondos de su país en su refinada coronación al estilo napoleónico.

La deuda contraída en ambos países por sus respectivos gobernantes se dejó a cargo de la futura generación.

El primer paso

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, ex jefe de los asesores económicos del presidente estadounidense Clinton y ex vicepresidente económico del Banco Mundial, asegura que no es cierto que el Banco diseñe una estrategia de asistencia para cada nación pobre después de haber realizado una cuidadosa investigación interna del país. Por el contrario, el programa que el Banco propone a algún mendigante y quebrado ministro de Economía consiste en un «acuerdo de reestructuración» preparado de antemano —y que repite los ideales de Consenso de Washington— para que el funcionario lo firme «voluntariamente».

Y explica que el primer paso del plan es lo que él mismo denomina «la sobornización». Los gobiernos nacionales, tomando como excusa las exigencias del FMI, liquidan a un precio ridículo sus empresas estatales ante la posibilidad de cobrar una comisión del 10%, que les sería depositada en cuentas suizas. Stiglitz denuncia la liquidación del patrimo- nio estatal ruso de 1995 como el caso de «sobornización» de mayor magnitud del que fuera testigo. Entonces era jefe del Consejo Presidencial de Consultores Económicos del gobierno de Clinton y, por lo tanto, puede asegurar que el Tesoro de Estados Unidos participó en esa operación conscientemente. Sostiene además que los oligarcas rusos, respaldados por Estados Unidos, devastaron las industrias del Estado bajo un esquema de corrupción que disminuyó la producción del país a la mitad, causando depresión y hambruna.20

«El FMI tiene tres áreas principales de trabajo. Uno, el cuidado de la economía mundial: cuáles son los riesgos de los países y las regiones. Dos, el del último prestamista posible cuando los países tienen problemas y nadie más les da crédito: eso les ayuda a salir de las crisis en un plazo relativamente corto, como en Corea, Turquía o Brasil, y otros. Y tres, la asistencia técnica: colaboramos con los países en diseñar sus sistemas presupuestarios e impositivos, sus sistemas bancarios.» Rodrigo Rato, director gerente del FMI. 20. Véase el desfalco de los «nuevos capitalistas rusos» y la complicidad del BM, el FMI, el gobierno norteamericano, el Club de París y los prestamistas privados, en la Monografía sobre la Crisis Rusa de Stiglitz en: www.fi.uba. ar/materias/7106/Resumen%200302/Texido/Rusia.pdf

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Fortunas de corrupción I Mobutu Sese Seko

Mobutu Sese Seko fue uno de los líderes más corruptos del mundo hasta el punto que su gobierno dio lugar a la palabra «cleptocracia» y el Wall Street Journal lo denominó «el déspota subsidiado». Su fortuna personal se estimó en más de 10 mil millones de dólares, a lo que se suman sus palacios en Europa y Zaire. Además, Mobutu tenía por costumbre recompensar la lealtad de sus lugartenientes con regalos extraordinarios como coches deportivos o casas. También les permitía malversar fondos públicos y por ellos llegó a nacionalizar varias empresas privadas para entregárselas en concesión.

En 1978, el FMI colocó a Edwin Blumenthal, uno de sus hombres, en un puesto clave en el banco central de Zaire para que lo dirigiera, como condición para que ese país volviera a recibir ayuda económica. Blumenthal renunció al cargo dos años después víctima de ininterrumpidas amena- zas e intimidaciones por parte del ejército y la aristocracia zaireñas al intentar, sin éxito, poner freno al saqueo de divisas. En su último informe advirtió que la «corrupción sórdida y perniciosa» era tan grave que «no hay posibi- lidad, repito, ninguna posibilidad, de que los numerosos acreedores de Zaire recuperen alguna vez sus préstamos». A fines de su estancia en Zaire, Blumenthal dormía con una pistola bajo su almohada y una radio de dos canales que lo mantenían en contacto con las embajadas de Estados Unidos y de Alemania (Adams Patricia, 1991).

Sin embargo, poco después del informe de Blumenthal, el FMI otorgó a Zaire el mayor préstamo concedido a un país africano. Cuando Blumenthal escribió su informe, la deuda de Zaire era de 5.000 millones de dólares; cuando Mobutu fue derrocado y murió en 1998, la deuda sumaba más de 13.000 millones. En los seis años siguientes al informe de Blumenthal, el FMI prestó a Zaire 600 millones de dólares y el Banco Mundial, 650 millones. En esos seis años, los go- biernos de Occidente le prestaron a Mobutu cerca de 3.000 millones. Sólo los bancos comerciales se negaron a otorgar más préstamos al déspota zaireño en ese período.

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Deudas ilegítimas según el destino de los fondos II Ferdinand Edralin Marcos

Cuando en 1966 Ferdinand Marcos asumió el poder en Filipinas, la deuda externa del país no llegaba a los mil millones de dólares. Cuando se retiró veinte años después, ascendía a 27.000 millones. Un tercio del incremento del saldo deudor se debió a la fortuna acumulada por el ex- dictador y su esposa, Imelda Romuáldez, en inversiones (270 sociedades, quintas, edificios en Nueva York, obras de arte, etc.), y en sus cuentas personales en Suiza.

Un amplio fraude en las elecciones presidenciales de 1986 —en las que Marcos proclamó haber derrotado a Corazón Aquino— provocó una revuelta popular que lo obligó a él y a su esposa a exiliarse en Hawai. Marcos falleció el 28 de septiembre de 1989 en Honolulú, donde pasó sus últimos años defendiéndose de procesos judiciales que reclamaban la enorme fortuna que había acumulado. Su viuda, que regresó a Filipinas en noviembre de 1991 para presentarse como candidata en las elecciones presi- denciales, también tuvo que hacer frente a la acusación de apropiación indebida de fondos, pero resultó absuelta. Hasta el momento, Manila no ha podido recuperar más que las propiedades filipinas del dictador y una pequeña parte de sus depósitos en Suiza.

III Jean-Claude Duvalier

La «dictadura familiar» de los Duvalier gobernó Haití durante tres largas décadas en el decurso las cuales la represión arrasó con pueblos enteros bajo el pretexto de la amenaza comunista. Francois Duvalier se autoproclamó presidente de por vida en 1957 en el marco de la Guerra Fría con el apoyo del gobierno estadounidense. En 1971 fue reemplazado por su hijo Jean-Claude, quien conservó el mandato hasta su derrocamiento en 1986. La deuda externa haitiana, en la actualidad de 1.200 millones de dólares, fue en gran parte contraída por la dictadura. Ésta aceleró notablemente su crecimiento durante los años setenta y en especial al comien- zo de los ochenta en el marco de las políticas neoliberales impuestas por el Banco Mundial y el FMI. En el momento

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de su caída, el acervo acumulado por Jean-Claude Duvalier, integrado por propiedades, colecciones de cuadros y cuentas en Suiza, ascendía a 900 millones de dólares, el equivalente al monto de la deuda externa del país en ese momento, y resultó ser el producto del saqueo de los impuestos haitia- nos sobre el aceite, la harina y el tabaco. Los intentos de Haití por recuperar judicialmente el dinero expropiado por la dictadura han sido infructuosos, mientras Jean-Claude Duvalier, instalado en la Costa Azul, sigue disfrutando de su riqueza.

IV Saddam hussein

Según una investigación practicada por el gobierno de Kuwait, Saddam Hussein y su familia habrían desviado más de 10.000 millones de dólares, el 5% de los ingresos petroleros de Iraq entre 1978 y 1989, para colocarlos a su nombre en bancos y sociedades occidentales.21

Este tipo de deuda ilegítima es la que se acumula como resultado de préstamos tomados por el Estado para beneficiar exclusivamente a una minoría de la población o a grupos económicos —lo- cales o foráneos— que gozan de una posición de ventaja política o económi- ca preexistente, o que cuentan con el poder suficiente (capacidad para pagar sobornos, capacidad para determinar el estado financiero o económico del país, etc.) para obtener tales favores diferenciales. También hace referencia a la

21. Véase la deuda iraquí acumulada durante el mandato de Saddam Hussein en el apartado «Identidad de los acreedores-financieros», capítulo 4, p. 133.

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Deudas ilegítimas según el destino de los fondos deuda acumulada por los pasivos privados que asume el

erario público con el mismo fin.

Los préstamos son tomados para financiar intereses privados mediante la provisión de divisas, o la concesión de subsidios comerciales o financieros directos o indirectos —muchos de ellos encubiertos—, o para cubrir las «pérdi- das» derivadas de los riesgos propios de los negocios.

Finalmente, también incluye aquellos créditos que se toman para cubrir gastos que se podrían solventar con políticas o medidas de control que garantizaran una redis- tribución equitativa de las rentas de los grupos privilegiados (por ejemplo, una política fiscal progresiva o ciertas medi- das financieras como el control de la salida de capitales, o la prohibición de las leyes de secreto bancario).