2. Chapter 2: Literature Review
2.8 Autism and play
libere tras oír sus súplicas (Jueces,
3:7-10).
Tal como se presenta en algunos de los libros del Antiguo Testamento, como Éxodo, Números, Deuteronomio, Josué o Jueces, la guerra de Israel puede considerarse santa en la medida en que es promovida por Dios, que establece los objetivos, determina las conquistas, interviene en las opera ciones, ordena la represión y las matanzas, dispone del botín y de los des pojos, como se advierte en las explicaciones de la ley dadas por Moisés:
"Cuando el Señor, tu Dios, te haya introducido en la tierra que vas a poseer, pueblos numerosos caerán ante ti: los hititas, los guirgaseos, los amorreos, los cananeos, los fereceos, los he veas y los jebuseos, siete pueblos más poderosos y más potentes que tú. Cuando te los haya entre gado y tú los hayas derrotado, los entregarás al exterminio; no harás pactos ni tendrás compasión con ello ( ... ) Destruye todos los pueblos que el Señor, tu Dios, va a poner en tus manos; no se apiaden de ellos tus ojos ni des culto a sus dioses, pues eso sería tu ruina" (Deuteronomio,
7: 1-2
y16).
"Si oyes decir que en una de las ciudades que el Señor te ha dado para habitar en ellas, hombres malvados inducen a sus conciudadanos a servir a otros dioses ( ... ) pasarás al filo de la espada a todos los habitantes de aquella ciudad, la darás al exterminio a ella y a todo lo que hay en ella. Amontonarás todo el botín en la plaza pública e incendiarás la ciudad con todo su botín como ofrenda en honor del Señor, tu Dios. Quedará convertida en un montón de ruinas, que nunca se reedificará" (Deuteronomio,13: 13-17).
Ante las murallas de Jericó, Josué tuvo una visión en la que un hombre con la espada desenvainada se le presentó como "el jefe del ejército del Señor" (Josué,
5: 14)
y fue el mismo Dios quien le señaló las instrucciones precisas para conquistar la ciudad: durante seis días los guerreros de Israel marcharían alrededor de ella, llevando a siete sacer dotes que portarían siete cuernos delante del Arca de la Alianza; al séptimo día darían siete vueltas a la ciudad, harían tocar los cuernos, lanzarían el grito de guerra y la muralla se desplomaría (Josué,6:2-5).
En los múltiples ejemplos que se ofreCÍan a los cristianos, no solo no había una condena moral de la muerte violenta, sino que la crueldad, el
derramamiento de sangre, el asesinato, la destrucción SIn límites y el saqueo quedaban sacralizados por ser Dios mismo quien inspiraba o realizaba aquellos actos, que en consecuencia no podían ser sino santos: en Jericó, tras la caída de sus muros y el asalto posterior, sus seguidores "entregaron al exterminio todo lo que había en la ciudad, hombres y mu jeres, jóvenes y viejos, incluso los bueyes, ovejas y asnos, pasándolos a filo de espada ( ... ) Después quemaron la ciudad y todo lo que había en ella, excepción de la plata, el oro y los objetos de bronce y de hierro, que se depositaron en el tesoro de la casa del Señor ( ... ) El Señor estuvo con Josué, y su fama se extendió por toda la tierra" (Josué, 6:21, 24 y 27).
Así pues, el mensaje que podía extraerse del Antiguo Testamento en relación con la guerra no solo no era condenatorio, sino que ofrecía ejemplos nítidos de guerra sagrada y bendita, en los que el Señor apare cía como un caudillo militar, cuando no directamente como un guerrero que amenaza a sus adversarios y reclama las armas necesarias para su aniquilación en términos que, en boca de Dios, sobrecogen por el regocijo que muestran en la crueldad:
"Yo alzo al cielo mi mano y juro: tan verdad como que vivo eterna mente, cuando afile mi espada fulgurante y empiece a hacer justicia, tomaré venganza de mis enemigos y daré su merecido a los que me odian. Emborracharé de sangre mis flechas y mi espada se hartará de carne; sangre de heridos y cautivos, cabezas de jefes enemigos" (Deuteronomio, 32:40-42).
No debe extrañar, pues, que los hijos de Israel cantaran y alabaran a su Dios como "fuerte guerrero" cuya diestra es "gloriosa en la potencia" y "abate al enemigo" (Éxodo, 15:3 y 6), un Dios protector, combativo y combatiente, que luchaba junto a su pueblo, tal como debía recordar el sacerdote a sus fieles antes de entrar en la batalla:
"Oye, Israel: hoy mismo vais a dar la batalla contra vuestros enemigos. No desfallezca vuestro corazón. No temáis, no tembléis ni os asustéis ante ellos, pues el Señor, vuestro Dios, va delante de vosotros para combatir con vosotros contra vuestros enemigos y daros la victoria" (Deuteronomio, 20:3-4).
Ciertamente, algunos pasajes del Antiguo Testamento muestran la guerra como un mal, como un castigo que destruye, empobrece y oprime
a Israel (Deuteronomio, 28:48-53), lo cual ha sido interpretado por J.A. Brundage como contrapunto a la visión positiva, o al menos agradable a los ojos de Dios, que se desprende de los anteriores testimonios, y ha sido considerado como una prueba de la ambigüedad con que la guerra es tratada en las antiguas Escrituras. Pero el hecho de que se trate de una maldición con la que Dios amenaza a su pueblo si no guarda sus man damientos y no cumple el pacto establecido convierte a la guerra, una vez más, en un instrumento divino, sagrado, y no en un hecho moralmente condenable.
Por el contrario, en el Nuevo Testamento las actitudes frente a los conflictos armados, la violencia e incluso el servicio militar resultan mucho más ambivalentes, pudiéndose encontrar tanto citas que justifican un pacifismo radical como párrafos que aceptan la guerra o los medios empleados para librarla. En cualquier caso, no puede negarse que, en conjunto, el mensaje de Cristo sobre la violencia contrasta en no poca medida con el belicismo sagrado de las escrituras antiguas.
Ciertamente, algunas actitudes y dichos de Cristo podían ser interpre tados como referentes justificadores de la violencia y, por extensión, de la guerra. Así, la imagen de un Jesucristo iracundo, que fabrica un látigo de cuerdas para golpear y expulsar a los mercaderes del templo de Jerusalén (Juan, 2: 13), amparaba a quienes, desde una perspectiva cristiana, se mostraban dispuestos a portar y usar armas, especialmente en defensa de la religión. Después de todo, si el mismo Cristo lo había hecho, sus seguidores no podían ser condenados por ello. Aquellas palabras dirigidas a sus discípulos en las que les advierte "no penséis que he venido a traer la paz en el mundo; no he venido a traer paz, sino espada" (Mateo, 10:34), podían ser fácilmente interpretadas como una valoración positiva de la guerra.
En no pocas ocasiones Cristo parece aceptar la autoridad terrenal con todas sus consecuencias, incluyendo a los ejércitos y las guerras que libran: hay que dar al César lo que es del César (Marcos, 12: 17). En este mismo sentido, las palabras de San Pablo resultan todavía más reveladoras acerca de la actitud de obediencia respecto al poder político constituido, aunque fuese pagano, que se esperaba de los cristianos, una sumisión que suponía una explícita legitimación del uso de la fuerza por
parte de las autoridades y un reconocimiento implícito del derecho de aquellas a hacer la guerra. El razonamiento paulina respondía a una lógica providencialista: todo cristiano debía de someterse a las autorida des superiores porque éstas habían sido colocadas por Dios y, por tanto, eran sus servidores públicos, de manera que quien se opone a ellas se sitúa contra la voluntad divina. Por ello había que aceptar su poder y pagarles el impuesto o el tributo debidos, pero por eso mismo también había que reconocer que "no en vano la autoridad lleva la espada y está al servicio de Dios para castigar al delincuente" (Romanos,
13: 1-6).
La condición militar del centurión Cornelio, un oficial del ejército romano, no fue obstáculo alguno para que fuera considerado como hombre devoto y temeroso de Dios, para que recibiera la gracia del Espíritu Santo y para que fuera bautizado por Pedro (Hechos,
10),
ni la profesión de aquel otro oficial romano impidió que Cristo reconociera en él a un hombre de fe y que curara a su criado (Mateo,8:5-11),
de mane ra que la práctica de la milicia, con su inevitable corolario de destruc ción, sufrimiento y derramamiento de sangre, no parece incompatible con la entrada en la nueva comunidad de creyentes y la participación en la fe de Cristo. A este respecto, no pocos autores medievales recordarían en los siglos siguientes que San Juan Bautista bautizó a los soldados, admitiéndolos plenamente en su profesión, sin condenar ni menospreciar su oficio, y por tanto sin rechazar la dedicación a la guerra (Lucas,3: 14).
Frente a estas actitudes tolerantes o comprensivas con el empleo de las armas o con la profesión militar, otras palabras y gestos de Cristo muestran un mensaje netamente pacifista en el que se renuncia de forma expresa al uso de la fuerza y se propone para los creyentes un tipo de vida basado en el amor y la paz. Así, San Pablo animaba a los creyentes: "vivid en armonía y en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros"(2
Corintios,13: 11).
A este respecto, las propuestas de Jesús en el sermón de la montaña son de todo punto esclarecedoras: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios". Este modo de vida pacífico implica una renuncia expresa a la venganza, a la respuesta armada y airada ante una afrenta, al "ojo por ojo y diente por diente", supone la aceptación sin resistencia de la agresión y la generosidad ejemplar hacia el adversario: "no hagáis frente al que osataca. Al contrario, al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra". Y conlleva también la exclusión del odio, no solo hacia el amigo, sino también hacia el agresor: "Sabéis que se dijo: 'Amarás al prójimo y odiarás a tu enemigo'. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen" (Mateo,
5:9, 38-44).
Algunos ejemplos de la propia vida de Jesús han servido tradicional mente para ilustrar este rechazo a la violencia, a la resistencia armada, a la venganza y, por extensión, a la guerra. Así, se recuerda muchas veces que ante la actitud de Pedro en el monte de los Olivos, golpeando con la espada al criado del sacerdote que pretendía apresar a Cristo, éste reaccionó ordenándole guardar el arma: "Vuelve la espada a su lugar, que todos los que manejan espada a espada morirán" (Mateo,
26:52).
Visto en conjunto, el mensaje de Cristo sobre la guerra, el ejército y la violencia resulta ambiguo o, a veces, directamente contradictorio: no se condena la profesión militar, no se apuesta por la desobediencia hacia las autoridades que pueden ordenar la guerra, y se muestra a Jesús golpeando con el látigo a quienes ofenden al Templo, pero al mismo tiempo se afirma una actitud pacífica ante la agresión que implica una renuncia al uso de las armas y, por tanto, a los conflictos bélicos. Sin duda, algunos testimonios recogidos por los evangelistas debían causar verdadera perplejidad entre los creyentes que buscaban una guía en el testimonio de Cristo: en los momentos finales de la Última Cena, cuando Jesús ya ha anunciado a sus discípulos que va a ser traicionado, parece que les conmina a resistir mediante la fuerza diciéndoles: "el que tenga bolsa que la tome, y lo mismo la alforja; y el que no tenga, venda su manto y compre una espada", pero cuando en ese mismo contexto los apóstoles le señalan que han encontrado dos espadas, Cristo las rechaza categóricamente (Lucas,
22:35-38).
A esta ambigüedad se une el fuerte contraste entre el Dios belicoso, vengativo y hasta sanguinario del Antiguo Testamento, y el Dios del Nuevo Testamento que es presentado como "el Dios del amor y de la paz"
(2
Corintios,13: 11)
o como un Dios que renuncia a liberarse por la fuerza, como ocurrió en el monte de los Olivos. Frente a la "ética" de la resistencia, del ataque y de la venganza que está implícita en las leyes mosaicas que animan a cobrar "alma por alma, ojo por ojo, diente pordiente, mano por mano, pie por pie", el mensaje de Cristo opone la resignación, la aceptación del mal recibido, y propone no devolver "mal por mal", sino vencer "el mal con el bien": "en cuanto de vosotros depende, haced todo lo posible para vivir en paz con todo el mundo. Queridos míos, no os toméis la justicia por vuestra mano ( ... ) Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que si haces esto, harás que se sonroje. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien" (Romanos,
12: 17-21).
Teniendo en cuenta esta falta de homogeneidad y de coherencia de los mensajes testamentarios sobre la guerra y el uso de las armas, se enten derá el dilema de las comunidades cristianas colocadas entre el servicio militar y la obligación o el derecho de derramar sangre ajena, de una parte, y la objeción de conciencia y el martirio, por otra. Se comprende, pues, que muy pronto se manifestaran en el pensamiento y en las actitudes de los cristianos dos grandes tendencias en relación con la guerra: una de ellas, basándose en una posible interpretación alegórica del Antiguo Testamento y, sobre todo, primando el mensaje de amor hacia el prójimo contenido en el Nuevo, sostenía la imposibilidad moral de justificar la violencia y el uso de las armas, manteniendo de esta forma una congruencia moral frente a la tentación pragmática que alen taba a la defensa o al ataque en caso de necesidad. Otra, por el contrario, asumiendo la literalidad de los textos sagrados y los pasajes más comprensivos hacia la violencia del mensaje de Cristo, y adaptándose también a la realidad política e histórica, aceptaba y justificaba los conflictos armados, dando carta de naturaleza a la posibilidad de sacralizar la guerra y sus manifestaciones.
Las dos tendencias convivieron durante siglos, pero sus respectivos pesos específicos fueron variando con el paso del tiempo en sentidos muy distintos: de un lado, la tendencia pacifista, claramente mayoritaria entre las primitivas comunidades cristianas, fue perdiendo influencia hasta quedar reducida a una posición testimonial o refugiada en algunos movimientos marginales, convirtiéndose en seña de identidad de algunas herejías; de otro, la tendencia pragmática fue adquiriendo un protagonismo creciente, hasta dominar plenamente el pensamiento y la actitud cristiana frente a la guerra, convirtiendo a la fe de Cristo en una
creencia militante y fuertemente militarizada, capaz de elevar lo bélico a la categoría de sagrado.
LA GUERRA CONDENADA
EL PACIFISMO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Durante los siglos iniciales de su historia, al menos hasta que se produjeron las primeras manifestaciones de su aceptación e integración en las estructuras políticas imperiales en tiempos del emperador Constantino -principios del siglo IV-, el cristianismo mantuvo una actitud claramente pacifista, marcada por el rechazo a la participación de los creyentes en la guerra y en el ejército, y por la consideración de que el derramamiento de sangre era pecado.
Como R.R. Bainton, a quien seguimos en estos párrafos, se ha encar gado de subrayarll, esta opción no derivaba de la literalidad de las Escrituras, cuya ambigüedad y contradicciones al respecto acabamos de señalar, sino de una interpretación determinada del pensamiento de Cristo que ponía el énfasis en las ideas de amor y de compasión, y que enaltecía la paz como un rasgo que debía definir el comportamiento y la aspiración de los cristianos. La lectura que San Pablo había hecho del mensaje de Cristo, manifestada en sus cartas, especialmente a los romanos y a los efesios, marcó en buena medida la dirección de esta tendencia: los cristianos gozaban de "paz con Dios", por lo que debían alegrarse en las tribulaciones, mostrando humildad, mansedumbre y paciencia, gracias a lo cual recibirían alegría, paz, esperanza y fortaleza en la nueva fe; Dios les había manifestado "nuevas de paz" porque Dios mismo era la paz para los cristianos.
Independientemente de la interpretación teológica que pudiera darse al concepto de "paz con Dios" o de "paz de Dios", lo cierto es que la insistencia de San Pablo en aquellas ideas alejaba a la guerra y a las virtudes militares de la escala de valores de los cristianos y, por el contrario, ensalzaba otras tan poco castrenses como la sumisión, la resignación o la no resistencia.
En consonancia con estos principios, los primeros cristianos no parti ciparon en la rebelión de los judíos contra Roma en el siglo I y, frente a las persecuciones de la centuria siguiente, prefirieron el martirio y el sacrificio al enfrentamiento militar y la reacción armada. Igualmente, en la práctica esta actitud implicaba un alejamiento de la vida pública y una falta de compromiso político con un Estado que, en buena medida, representaba valores contrarios a los sostenidos por los cristianos.
De hecho, por los menos hasta las últimas décadas del siglo 11 no parece que hubiera cristianos en el ejército romano y todo permite pensar que la actitud de la Iglesia era contraria al servicio militar. A finales de aquella centuria comienzan a aparecer los primeros testimonios que demuestran la presencia de cristianos en las legiones, al mismo tiempo que se documentan las primeras condenas de pensadores cristianos contra los alistamientos voluntarios, como las expresadas por Tertuliano a principios del siglo 111. Desde entonces, las menciones a militares fieles a Cristo no dejan de crecer, lo que permite pensar que las comunidades cristianas no prohibían -o cuanto menos toleraban- la profesión de las armas entre los suyos, si bien los testimonios de Celso (segunda mitad del siglo 11) y de Orígenes (mediados del siglo 111) demuestran un rechazo general de los cristianos al servicio militar. Si fuera cierto que, como afirma Tertuliano, muchos hombres abandonaban el ejército tras su conversión a la nueva fe, estaríamos ante una prueba de incompatibilidad entre religión y milicia, ya fuera por razón de principio -la "ética" del amor frente a la destrucción del enemigo-, por miedo a caer en la idolatría -dada la obligación de mantener el culto imperial y la cercanía a otros rituales paganos- o por cuestiones políticas -no se podía servir a la misma autoridad que perseguía a los creyentes-o Desde luego, en opinión del citado Tertuliano, la doble fidelidad, el doble juramento a Dios y al Estado, resultaba imposible de compaginar:
"No hay acuerdo posible entre el juramento divino y el juramento humano, entre el estandarte de Cristo y el estandarte del Diablo, entre el campo de la luz y el campo de las tinieblas; un alma no pude deberse a dos dueños, a Dios y a César".
En todo caso, cualquier intento de compaginar el servicio de armas con el ideal cristiano de vida, exigiendo a los soldados creyentes que
evitaran el derramamiento de sangre o la crueldad, debía de ser muy difícil de llevar a la práctica.
Desde luego, el pensamiento cristiano de estos primeros siglos presenta un corte incuestionablemente antibelicista, propugnando para los cristianos el modelo de vida evangélico que emanaba de las cartas de San Pablo, inspirado en el amor al prójimo y en la virtud de la paz. R.R. Bainton realizó en su momento una breve, pero ilustrativa selección de textos que refleja la fortaleza de la tendencia pacifista durante esta fase inicial del cristianismo. Atenágoras, por ejemplo, recordaba que "los