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Auto Power Save (Power-Saving Function)

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3.2 Auto Power Save (Power-Saving Function)

Una vez todo dispuesto sobre los corporales, el sacerdote hace inclinación profunda y dice en secreto:

In spiritu humilitatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine; et sic fiat sacrificium nostrum in conspectu tuo hodie, ut placeat tibi, Domine Deus.

Es decir, se pide que el sacrificio sea recibido; no se da por supuesto. Se pide a Dios que le plazca, porque la Escritura nos habla de cómo, a veces, Dios no escucha nuestras oraciones, ni nuestros sacrificios le complacen.

Ciertamente, a Dios Padre le va a complacer el sacrificio del Hijo. El sacrificio objetivo, lo que la Iglesia ofrece a través de mí, el Cordero Pascual, es perfecto. Pero no así el sacrificio subjetivo, es decir, el sacrificio que yo le ofrezco, es decir, lo que yo pongo de mi parte alrededor de ese sacrificio objetivo.

Yo puedo ofrecer la misa con manos espiritualmente manchadas, con un corazón sucio, con un alma repugnante que quiere seguir siendo así. Mi sacrificio personal, el que yo le ofrezco, no sólo puede no recibirlo, sino indignarle más por atreverme a comparecer ante Él de esa manera.

Por eso, dos veces, la oración secreta insiste: que seamos

recibidos y que te plazca.

La oración in spiritu humilitatis... ya la encontramos en los libros litúrgicos de Francia en el siglo IX.

El lavabo

No pocos sacerdotes en el lavabo se mojan la punta de los dedos con unas pocas gotas de agua. A mí, me gusta que el lavabo sea un verdadero lavado de las manos. Es decir, en vez de

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lavarme las manos en la sacristía, yo prefiero hacerlo en la misa con un buen aguamanil. Es decir, con una buena jarra y un ancho recipiente para recoger el agua que corre por mis manos mientras me las froto. Así, con abundante agua y empleando el tiempo que es habitual en un lavado normal de las manos, el símbolo es perfecto y más largo en el tiempo. El lavado de las manos de bastante sacerdotes es tan breve que apenas les da tiempo a hacer ningún acto interior de arrepentimiento, de petición de purificación interior.

Mientras el sacerdote se lava las manos dice la siguiente oración secreta: Lava me, Domine, ab iniquitate mea, et a peccato

meo munda me.

Se ha pedido perdón en el yo confieso, en el Kyrie, incluso en el Gloria, ahora, de nuevo, el sacerdote pide perdón al realizar una acción como es ésta de lavarse las manos. Magnífica unión entre la oración y la acción. Por eso yo la demoro tanto como me es posible, frotando bien las manos enteras con el agua, secandomelas sin prisas.

Esta oración privada está tomada del salmo Miserere, concretamente es el Salmo 51, versículo 2. Al recitar ese simple versículo, piensa que es un resumen de todo ese salmo que fue la oración de David después que vino a él el profeta Natán tras haber pecado con Betsabé.

Es un salmo que pide piedad, que reconoce la culpa, que suplica que se le conceda un corazón puro. Vale la pena meditarlo, para que cuando recitemos ese versículo durante el lavabo recordemos que es el resumen de todo el salmo. Aquí lo pongo entero porque su recuerdo es valiosísimo en ese momento de la misa, junto al altar, justo antes de presentarnos ante Dios para la oración sobre las ofrendas.

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Salmo de David. Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé.

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame completamente de mi iniquidad, y de mi pecado límpiame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas.

Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre. Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la subiduría. Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú. Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas.

Crea en mí, oh Dios, un puro corazón, un espíritu firme dentro de mí renueva; no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame; enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación, y aclamará mi lengua tu justicia; abre, Señor, mis labios, y publicará mi boca tu alabanza. Pues no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas.

El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.

¡Favorece a Sión en tu benevolencia, reconstruye las murallas de Jerusalén! Entonces te agradarán los sacrificios justos, - holocausto y oblación entera - se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.

¿Por qué se lavan las manos después de presentar las ofrendas? ¿No sería más lógico limpiar esas manos antes de tocar todo aquello que se va a colocar sobre el altar, antes de tocar los vasos sagrados? Las razones para que el lavabo esté situado en el lugar litúrgico en el que se halla, son las siguientes.

La primera razón es que si se van a incensar los dones y el altar, sí que resulta mucho mejor hacerlo después. El incensario lo han tocado los acólitos con manos que pueden estar sudadas o

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sucias, pueden haber agarrado las cadenas con las manos manchadas de carbón.

La segunda razón es que el incensario no es un vaso sagrado. Si uno se lavase las manos con ese rito sagrado para tocar la patena y el cáliz, después tocaría algo muy por debajo de ese orden de sacralidad.

La tercera razón es que el sacerdote se lava las manos para tocar el Cuerpo de Cristo y sostener la Sangre de Cristo en el cáliz. Para simplemente tocar los vasos sagrados, basta con que el presbítero tenga las manos limpias por habérselas limpiado en la sacristía.

El que el lavabo se halle situado en este lugar de la liturgia y no antes del ofertorio, marca una progresión:

Mundatio: Primero el sacerdote se lava las manos en la sacristía para tocar los

vasos sagrados.

Lavabo: Después se lavará las manos en medio de oraciones para tocar y

sostener las Sagradas Especies.

Purificatio: Por último se volverá a purificar las manos (con el purificador) no

para limpiarlas, sino para retirar de sus dedos los fragmentos de la Eucaristía.

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