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La parábola del Buen Pastor o del Auténtico Pastor (que es como podemos entender mejor la idea del término griego kalós) es muy transparente. Casi no necesita explicación. Y es tan bella y caló tan hondo en la primitiva Iglesia, que la más antigua iconografía nos representa a Cristo como Buen Pastor que lleva sobre los hombros una de sus ovejas.

1 – Cristo, el Buen Pastor

La afirmación repetida por Cristo no deja lugar a dudas. “Que Cristo sea pastor es evidente por el hecho de que, como el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así los fieles son alimentados por la doctrina y por el cuerpo y sangre de Cristo” (Santo Tomás, In

Ioan. 10). Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas

(1Pe 2,25). Se cumple lo de Is 40,11: como pastor pastorea su rebaño.

Y para distinguirse del ladrón, de quien habla primero (v. 8.10), y del pastor asalariado o mercenario, añade el adjetivo de bueno. “Es necesario saber que hay una diferencia entre el pastor bueno y el malo; el pastor bueno se fija en el provecho del rebaño; el malo se fija en su propio provecho. Esta es la diferencia señalada en Ez 34,2: Ay de los pastores que se

apacientan a sí mismos. ¿No es, acaso, el rebaño el que debería ser apacentado por el pastor? Por lo tanto,

aquel que se sirve del rebaño para apacentarse a sí mismo, no es un pastor bueno...”. Incluso más: “...dado que la salud espiritual del rebaño es más importante que la vida corporal del pastor, cuando está en peligro la salvación eterna del rebaño, el pastor espiritual debe afrontar incluso la muerte por su rebaño. Y es esto lo que el Señor dice con las palabras el buen pastor da su vida por sus ovejas; está pronto a dar su vida temporal con responsabilidad y amor... De esta doctrina se hizo modelo Cristo Jesús” (S. Tomás, in Ioan. 10). Por lo tanto, es bueno justamente porque cumple el oficio de pastor, es decir, da la vida por sus ovejas y las conoce una por una.

2 – In persona Christi Capitis...

Ahora, ¿cómo realiza efectivamente hoy este trabajo de pastoreo? Porque es evidente que Él no está con su presencia física entre nosotros tal como estaba hace dos mil años. En realidad, Él mismo proveyó para que su trabajo de pastoreo continuara. En efecto, podemos leer en Jn 21,15-17 el momento en que esto se realiza. Luego de su resurrección, Cristo tiene un diálogo con Pedro y tres veces le pregunta Pedro, ¿me amas?, y una vez que Pedro le dijo que sí entonces le encargó este trabajo: Apacienta mis corderos... apacienta mis

ovejas... apacienta mis ovejas... La fórmula triple indica la inmovilidad e inalterabilidad del

al mismo Señor: mis ovejas. Pero, el amor a Cristo es la condición necesaria para pastorear sus ovejas.

Pedro, por su parte, y al igual que los demás apóstoles, encomienda esa tarea a otros hombres: Exhorto a los presbíteros que están entre vosotros... apacentad el rebaño de Dios que está

entre vosotros, no a la fuerza, sino de buena gana... y cuando se manifieste el Pastor Supremo recibiréis la corona incorruptible de gloria (1Pe 5,1-4; cf. 1Tim 5,17-22). San Pablo le recuerda a Tito: el motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad (Tit 1,5).

“La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas” (754).

Pero, ¿cómo se hace concretamente esto? Por medio de ministros. “El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros... es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden” (1547). Se trata, como lo dice claramente el Catecismo, de un sacerdocio “..ministerial. ‘Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio’ (cf. LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia” (1551). Refiriéndose a la oración: “Los ministros ordenados... servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas” (2686).

“En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño... Es lo que la iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa ‘in persona Christi Capitis’” (1548). Y es, en virtud de esta configuración con Cristo Cabeza, que la persona ordenada tiene a su cargo actuar en nombre de toda la Iglesia y ser el que preside (presidente) los actos “oficiales” de la Iglesia, especialmente la celebración de la Eucaristía (cf. 1552-1553).

3 – Los malos pastores

Pero sin duda que no basta la simple recepción del Orden Sagrado para que un ministro sea buen pastor. De hecho Cristo habla también de asalariados o mercenarios, malos pastores. “No pastor, sino asalariado es llamado quien apacienta las ovejas del Señor animado no del amor sincero, sino del deseo de la recompensa material. Asalariado es el que ejercita el oficio de pastor, pero, en vez de buscar el bien de las almas, busca sus propios gustos, la ganancia terrena, los honores de las dignidades eclesiásticas y se pavonea ante las reverencias de los hombres...” (san Gregorio Magno). Por eso comenta santo Tomás: “si

bien todos los jefes de la Iglesia son pastores, sin embargo habla al singular, yo soy el buen

pastor, para sugerir la virtud de la caridad, ya que ninguno es buen pastor, si no se hace una

sola cosa con Cristo, a través de la caridad, y se hace miembro del verdadero pastor” (In

Ioan. 10). “El sacramento del Orden comunica ‘un poder sagrado’, que no es otro que el

de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos...” (1551).

¿Cómo distinguirlos? “Hasta que no se presenta una ocasión extraordinaria, no es posible distinguir el buen pastor del asalariado. En tiempo ordinario, pastor y mercenario custodian el rebaño en modo semejante. Es cuando aparece el lobo que se revela la disposición interior con la cual cada uno de los dos estaba con cuidado del rebaño... El lobo arrebata y dispersa el rebaño, cuando atrae alguno a la lujuria, enciende otro con la avaricia, hace ensoberbecer un tercero, inflama de ira un cuarto; espolea a este con la envidia, engaña al otro con la falsedad. El lobo, en definitiva, dispersa las ovejas, toda vez que el diablo mata con las tentaciones el pueblo fiel. Y, sin embargo, contra todas estas cosas, el asalariado no se enciende mínimamente de celo, no se despierta en él fervor alguno de amor: mientras está a la búsqueda sólo de sus propios beneficios exteriores, al interno soporta con negligencia todos los daños espirituales del rebaño...” (san Gregorio Magno, Hom. in Ev. 14,1-4)

Ahora, si bien es necesario distinguir entre buenos y malos pastores, no olvidemos que, incluso de los malos pastores, Cristo se sirve para apacentar su rebaño, aunque no será lo mismo que con uno bueno. El catecismo mismo distingue entre las acciones que realizan los ministros sagrados, precisando que no todas gozan de la misma eficacia: “Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (1550).

4 – Conclusión

Tengamos presente, por lo tanto, queridos hermanos, la necesidad de buenos pastores, que, amando e imitando a Cristo, se ocupen y se preocupen del bien de las ovejas de Cristo. Como dice san Gregorio: “habiendo escuchado, hermanos carísimos, el peligro al cual estamos expuestos nosotros, pastores de las almas, esforzaos por descubrir en las palabras del Señor los peligros que paralelamente corréis vosotros”.

Es por todo esto que es necesario trabajar para que haya numerosas y santas vocaciones, almas que quieran seguir a Cristo Buen Pastor. Y esta es tarea de todos. Hay que rezar y trabajar para ello. El Papa en persona exhorta a que las familias cristianas, especialmente los padres y las madres, además de rezar, alienten a sus hijos en el seguimiento de Cristo

Buen Pastor. En última instancia, los pastores del pueblo de Dios son entresacados de su rebaño y consagrados por Dios mismo para presidirlo.

CatIC 770-780.795 B-Pascua-5 Jn 15,1-8 / He 9,26-31 / Sal 22 / 1Jn 3,18-24