El afán por transformar nuestro cuerpo mediante tatuajes o atuendos es una constante que define a los seres humanos, pues no creemos exagerar si decimos que la historia del ves- tido y del arreglo es consustancial a nuestra propia historia2. Se trata, en definitiva, de una historia que ha definido los diferentes propósitos vitales y sociales de mujeres y varones3. Mientras las primeras han tratado de arreglarse para fines varios, los segundos han estado muy ocupados en el control y la capacidad de decidir sobre ese arreglo, pertrechados de un contumaz discurso misógino plagado de tópicos, como el
1. Este trabajo se inscribe dentro del grupo de investigación UCM “Historiografía de la literatura grecolatina en España”.
2. Puede encontrarse una buena y amena aproximación al asunto del vestido y la cultura en N. Squicciarino (1990).
3. Para la cuestión concreta de la relación entre la moda y la mentalidad romana, véase F. García Jurado (1994).
de creer que una mujer no necesita de adornos para resultar bella. El caso de los primeros tiempos de la República roma- na supone un período muy significativo de lo que decimos, y no por su antigüedad deja de ser todavía hoy reconocible. Así las cosas, y a pesar de sus diferencias sociales, matronas y meretrices compartían en Roma una obsesión: el gusto por el adorno y el atavío. Estos afanes no quedaron recluidos en el mero ámbito de lo personal, sino que transcendieron a la propia historia social. Resulta significativo que la men- talidad romana, tan apegada al pensamiento jurídico, distin- guiera entre lo que era fungible de ese arreglo, es decir, los perfumes y afeites, y lo que era heredable y patrimonial, en especial el oro y la púrpura. Esto se refleja en el hecho de que incluso llegara a promulgarse una ley, la Lex Oppia, que,
tras la Segunda Guerra Púnica y hasta comienzos del siglo II a.C., trató de regular la capacidad de ostentación de las mujeres más pudientes. Esta circunstancia suscitó la prime- ra manifestación femenina de la Antigüedad, si confiamos en el testimonio tardío del historiador Tito Livio en el libro XXXIV de su Ab urbe condita. Por tanto, la cuestión de la
abrogación de esta ley suscitó toda una convulsión en Roma. Sin embargo, tales restricciones no impidieron que se termi- nara creando una industria del lujo y que a Roma llegaran de Oriente preciosas telas púrpuras y de seda. Es importante observar que los vestidos lujosos se caracterizaban por un nombre propio, sobre todo evocador, que los hacía, si cabe, aún más deseables. Los nombres venían, por lo general, mo- tivados por el lugar de origen de la prenda, como la isla de Cos para la seda o la ciudad de Tiro para la púrpura. De esa procedencia se han formado los nombres Coa o Tyria vestis,
cuyo uso literario hizo las delicias de los poetas elegíacos4.
4. Para la importancia de la ropa femenina en la elegía latina, véase F. García Jurado (2001).
Es algo muy parecido a lo que hoy día ocurre con las mar- cas de los grandes diseñadores: era tan evocador y chic decir
que una matrona romana llevaba un “vestido de Cos” como decir hoy que una mujer famosa lleva un “Versace”5. En este trabajo, y a partir de varios fragmentos tomados de distintas comedias romanas de Titinio, Plauto y Afranio, haremos un sugerente recorrido por lo que ha supuesto la soterrada gue- rra de mujeres y varones por el arreglo y la belleza personal. Al mismo tiempo, veremos cómo algunas de las imágenes que nos brindan estos fragmentos pueden encontrarse en lu- gares insospechados de la modernidad, significativamente en anuncios publicitarios de perfumes que invaden por Navidad nuestros receptores de televisión y marquesinas. Debemos ver primero cómo tales ideas misóginas contra el arreglo fe- menino se articulan en torno a un discurso perfectamente organizado.
La misoginia, al margen de ser una actitud, puede que- dar plasmada en una narración o discurso. Este ofrece una gran complejidad y su estudio exige una lectura perspicaz de los diferentes textos donde queda registrado. Como hemos dicho al comienzo, la promulgación de la Lex Oppia en el año
215 a.C. y su posterior abrogación en el 195 a.C. supone una oportunidad irrepetible para estudiar cómo quedó plasmada en la comedia latina contemporánea a este hecho la tensión generada por una ley que restringía la libertad de ostentación. Esta ley, de la que fue incondicional partidario Catón6, prohi- bía el exceso de ostentación de las matronas romanas, con- cretamente del oro y de la púrpura, y dio lugar a una de las primeras manifestaciones femeninas que conocemos7. Entre
5. Más allá de las marcas, las prendas de vestir pueden tener un nombre propio. Véase M. Villaverde (2001).
6. Liv., XXXIV 1-8. Para el pasaje de Livio y sus problemas, véase Ph. Culham (1982).
los comediógrafos de la época que se hicieron eco de tales reacciones, encontramos a Plauto, pero también a otros me- nos conocidos, como Titinio. Dado que el primero es autor de la llamada comoedia palliata, es decir, una comedia inspirada en
temas griegos, y el segundo de la comoedia togata, basada en mo-
tivos propiamente romanos, se pensaba que cada uno de ellos pertenecía a épocas diferentes, en la creencia de que los géne- ros cómicos que cultivaban se habían sucedido históricamente. Sin embargo, hoy día se piensa más bien que tanto la palliata
como la togata convivieron (y posiblemente compitieron) ya al
menos desde la época de Plauto. El hecho de que encontre- mos fragmentos de Titinio, en especial de su comedia Barbatus,
donde parece verse con bastante seguridad hechos relativos a la Lex Oppia, sugiere con gran fundamento esta hipótesis.
Antes de nada conviene definir cuáles son las claves for- males y de contenido de lo que podemos denominar el discur- so misógino contra el arreglo femenino en la comedia latina8. Este presenta tres ejes básicos:
1.- La crítica al exceso ornamental, para la que se utilizan variados recursos léxicos, tales como la enumeración (Plaut.,
Aul. 508-521 y Epid. 229-233), la creación de hapax alusivos a
la suficiencia o no del vestido (p.e., juegos de palabras como
subparum / subnimium en Plaut., Epid. 232), la utilización de ad-
verbios referentes a la suficiencia y el exceso (satis, nimis en
Plaut., Poen. 214-215) y de preverbios con valor intensivo,
como ex- en exorno (Plaut., Epid. 226). También, en este mis-
mo sentido, deben destacarse algunas expresiones hiperbóli- cas, como la de “ir vestida con una finca” (Plaut., Epid. 226), es
decir, llevar todo el patrimonio encima.
2.- Los distintos contenidos del arreglo femenino trata- dos por la crítica, que podemos clasificar en dos tipos básicos, tomando convencionalmente las denominaciones dadas por
Tertuliano9: por una parte, el cultus, es decir, todo aquello que concierne a las joyas y los vestidos, y que, por lo demás, consti- tuye el objeto propio de las restricciones de la Lex Oppia; y, por
otra parte, el ornatus, que concierne al aseo y los cosméticos,
algo puramente pasajero y fungible.
3.- El tipo de mujer al que va referido el discurso: la divi- sión entre cultus y ornatus nos permite encontrar textos relativos
a uno u otro aspecto del arreglo femenino, con unas caracte- rísticas propias, especialmente en la preferencia por el tipo de mujer al que se aplican:
- el cultus va dirigido sobre todo a las matronas, como en
Plaut., Aul. 498.
- el ornatus se refiere a las meretrices, como en Plaut., Poen.
210ss.
Naturalmente, se pueden dar significativos cambios en el referente, como hablar de ornatus referido a las matronas, si
bien lo que define a este grupo es su capacidad de ostentar oro y púrpura.
Con estas herramientas conceptuales podemos pasar ahora a analizar cuáles son las diferencias esenciales entre ambos grupos femeninos.