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Dentro de este ambiente general no es raro que se haya encendido un ansia inmoderada de placer, que todos aspiren a gozar, que incluso los pobres busquen los mismos goces que hacen la felicidad de los ricos.

Las fiestas se multiplican, unas tras otras incluso el mismo día: una comida a las diez, un baile a la una; después visita a uno o varios cabarets hasta las cinco o seis de la madrugada.

Falta totalmente el espíritu de sobriedad tan connatural al espíritu cristiano que propone como virtud la penitencia y el sacrificio. Divertirse… bien, pero esa serie de fiestas una tras otra como para estrujar la posibilidad del placer, denota un espíritu enfermizo, una huida constante de sí mismo, una evasión de lo serio, un ansia de voluptuosidad inmoderada.

Estas fiestas se tienen de ordinario fuera del hogar, en locales públicos de asistencia incontrolada, donde fatalmente las miradas candorosas de una niña bien educada, habrán

de tropezar con algo que manchará por lo menos su mente.

Con frecuencia estos ambientes en que se realiza la vida social denotan lo raro, lo extravagante, indicio de una falta de equilibrio interior, casi diríamos de una neurosis profunda y colectiva: ambientes bohemios, música extraña, orquestas tropicales, bailes de negros. En este ambiente, ¿podrán prepararse la niña y el joven a una vida sobria de trabajo, de deber social?

Lo artificial de la vida social contemporánea llega a extremos tan inverosímiles como a hacer de la noche día, no por necesidad alguna que lo justifique, sino solo por motivos de vanidad en un principio… por ceder después a la moda y porque “así lo hacen todos”. Subleva francamente pensar en esas fiestas sociales que comienzan a la una de la mañana o después con el trastorno consiguiente de la vida de muchos hogares: de los dueños de casa, los padres de toda esa juventud que está de fiesta, obligados a velar, si no por un deber estricto, al menos por el amor maternal que no descansa mientras los seres queridos están en peligro; de toda esa servidumbre obligada a trasnochar nada más que porque sí; de esos chauffeurs que dormitan expuestos a una pulmonía o murmuran contra las excentricidades de quienes abusan así de su situación.

Este ambiente es en sí una mentira y una excitación a la mentira. ¿Cómo extrañarse de que el sentido de la verdad esté ausente de los labios cuando está admitido en las instituciones?

La mujer se masculiniza en esta vida social frecuente. Muchas de ellas beben, beben fuerte, beben mucho. y lo que hace algunos años habría causado tremendo horror, ahora se celebra como una “gracia femenina”.

Las niñas son tal vez las que más salen perdiendo de esta vida social moderna. Por de pronto ellas salen, “viven” durante dos o tres años solo para la vida social. Alguna vez nos ha sorprendido esta desconcertante respuesta: Su niña tiene veinte años, ¿qué hace?. “La niña está saliendo”, se nos contesta.

¿Qué hace?. “Está saliendo”, respuesta por demás significativa, esto es, no hace más que salir, o al menos su actividad principal es salir. Piensa en trapos, recorre las tiendas, visita a las modistas, va al biógrafo, o a un restaurant de lujo, da un baile, es invitada a otros bailes. ¡Está saliendo! ¡Qué ocupación más interesante y absorbente!

Este ambiente de fiestas llena por completo la cabeza de quien vive para él. Los modales mismos que al principio eran delicados, poco a poco, se van haciendo más sueltos, más libres, más vam-pirescos. Se desea agradar, y la pasión del agrado lleva muy lejos. La esclavitud de la moda, la horrible esclavitud, que hace de las niñas, niñas en serie como las botellas de Panimávida, todas con el mismo gusto, todas con las mismas leyes: harán lo que todas, porque todas lo hacen. Cuando la orden sea ponerse anteojos, todas se los pondrán; cuando sea echarse la cartera al hombro, todas se la echarán y, ¡cosa horrible! cuando el sargento de la moda llega a dar la orden de “arrancarse las cejas”, hemos visto con pavor que innumerables niñas se han lanzado con una obediencia digna de la más ferviente comunidad religiosa ¡a arrancarse una a una las

cejas de su frente! ¿Es esto personalidad? ¿Qué valor podrán tener para resistir el embate duro de las solicitaciones de la vida quienes tan ligeramente se preparan para ella? ¿Cómo van a hacer de sus hijos, hombres de carácter quienes no son más que mujeres en serie, esclavas de la moda?

Por otra parte los jóvenes que frecuentan con exceso esta vida social inmoderada no afirman sus cualidades masculinas, sino al contrario, las debilitan. El ideal de una sociedad es que sus hombres sean bien masculinos y sus mujeres bien femeninas. El exceso de vida social no lleva a este resultado, sino que tiende a producir un carácter medio, amorfo, mediocre.

Hemos visto con pena que cunde un espíritu de poca cortesía y de poca caballerosidad. La cortesía se va, la antigua caballerosidad desaparece, dicen los mayores y es esta una realidad bien constatada. ¿Es esta desaparición de la caballerosidad una desgracia? Creemos que sí. El hombre siempre debe a la debilidad de la mujer su protección. A la madre, o a quien puede llegar a serlo, su respeto. Si atendemos a los deberes escolares estos sufren con una vida social exagerada. El estudio serio, prolongado, arduo, que exige concentración, es casi imposible en esta vida superficial de continuo paseo. Esto contribuye a que quienes más han recibido, quienes más opciones tienen de producir, se vayan debilitando y haciendo incapaces para los problemas difíciles que exigen una masticación robusta.

Uno no puede menos de dolerse al ver ausentes de los sitios en que deciden los destinos de la Iglesia y de la Patria a tantos jóvenes maravillosamente dotados para ofrecer su colaboración, pero vacíos de un sentido social profundo por la ligereza del vivir cotidiano.

¡Cómo extrañarse que otros hombres de formación más sobria y robusta, de una clase social más vigorosa los reemplacen en las responsabilidades que ellos deberían haber tomado!

Esto es tanto más grave cuanto se va generalizando la costumbre de iniciar precozmente a los niños en la vida social. Culpa imperdonable de los padres que en una edad prematura introducen a sus niños en una vida para la cual no están preparados. Matinées infantiles, pololeos precoces, paseos de niños con carácter de vida social en las playas, reinas infantiles. otros tantos absurdos contra la pedagogía, contra el porvenir de esos niños, contra la paz social.

Las niñas desde muy temprano comenzarán entonces a pensar en componerse para agradar a los demás; no existirá para ellas el tiempo consagrado al cultivo de su infancia, ni tampoco se prepararán con las disciplinas que requiere la futura dueña de casa.

El estudio serio será abandonado por los muchachos que hagan una vida social intensa. Se contentarán con “calentar exámenes”. El fracaso de muchos jóvenes en la universidad, se debe a su deficiente preparación causada por su excesiva vida social.

La ausencia de los padres de las fiestas sociales de sus hijos es otro mal característico de nuestro siglo, por lo menos en nuestra Patria. Muchas son las jóvenes que vuelven de

una fiesta acompañadas por un amigo a altas horas de la noche. Las dolorosas consecuencias de esta conducta repercuten a fondo en las costumbres.

Podrán algunos decir que es mejor dar una formación más candorosa, más sencilla, más realista, con menos “prejuicios”. como se hace en otros países. ¿Cuáles son allí los resultados reales? Los datos que nos llegan son muy contradictorios. Solo podemos afirmar que en Chile esta libertad ha sido bien dañina para la moral pública y privada.