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16B Belgian Pale Ale

In document BJCP Style Guidelines (Page 39-41)

Yo esloy sustancial mente de acuerdo con esta crítica, que tam­ bién podría formularse de un modo más moderno del siguiente modo: el ojo de la carne es monológuico, el ojo de la mente es dia­

lóguico y el ojo de la contemplación es translóguico .*

Monológuico es un término derivado de “monólogo”, que se

refiere a la charla que mantiene una persona consigo misma. La mayor parte de las ciencias empíricas son monológuicas, porque usted puede investigar, por ejemplo, una roca sin tener que hablar nunca con ella. La ciencia empírica elige cuidadosamente obje­ tos de investigación con los que nunca tiene que hablar. Poco im­ porta que esos objetos sean rocas, planetas, átomos, células, es­ tructuras geológicas, moléculas de ADN, sinapsis cerebrales, riñones, ríos, procesos atmosféricos, gases ideales, cuerpos ter- modinámicos, pautas de proceso, interacciones sistémicas o eco­ sistemas, porque usted no tiene que hablar con ninguno de ellos. Se trata de un quehacer monológuico ligado al ojo de la carne, a los datos proporcionados por los sentidos humanos o sus exten­ siones.

Dialóguico por su parte, procede de “diálogo”, lo que signifi­

ca hablar con alguien e intentar comprenderlo. Y, si bien el ojo de la carne es monológuico, el ojo de la mente es, en muchos senti­ dos importantes, dialóguico. Cuando usted lee estas frases, está participando de una modalidad dialóguica de conocimiento, por­ que usted está tratando de comprender lo que yo quiero decir con estos símbolos. Si yo estuviera realmente presente, usted podría preguntármelo directamente y hablaríamos. En tal caso, estaría­ mos implicados en la interpretación, en la hermenéutica, en el significado simbólico, en la comprensión mutua. Entonces no me

* He elegido los términos monológuico, dialóguico y translóguico - e n lugar de monoló- gico, dialógico y translógico- porque transm iten, a mi juicio, con más claridad el doble

sentido que Wilber les otorga refiriéndose, al m ism o tiem po, al tipo de lógica subyacente y a la modalidad de com unicación característica de cada una de ellas (N. del T.).

Paradigmas: una interpretación equivocada

trataría como un objeto -com o lo haría, por ejemplo con una roca, con la que mantiene una relación monológuica-, sino como a un sujeto, como a alguien a quien tratar de comprender de ma­ nera dialóguica.

Translóguico se refiere a lo que trasciende lo lógico, lo racio­

nal o lo mental, en general. El misticismo sin forma, revelado por el ojo de la contemplación, es translóguico, ve más allá del ojo de la carne (y del empirismo monológuico) y también trasciende el ojo de la mente (y de la interpretación dialóguica) y permanece abierto, en su lugar, al resplandor de lo Divino (la gnosis no dual). Y esta apertura espiritual no puede lograrse a través del ojo de la carne ni a través del ojo de la mente, sino tan sólo a través del ojo de la contemplación. Y el mismo núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría constituye una apertura contemplativa al dominio espiritual, que no es monológuico ni dialóguico, sino translóguico.

Tal vez ahora pueda comenzar a vislumbrar el motivo por el cual las grandes tradiciones de sabiduría (y su pluralismo episte­ mológico) responden con una critica tan rotunda a la idea de que los “nuevos paradigmas” de la ciencia son el equivalente de una apertura espiritual. Porque lo que se requiere no es una nueva ciencia monológuica ni una nueva interpretación dialóguica sino un método de experimentar directamente la contemplación trans- lóguica, algo, por cierto, inaccesible, a cualquier “nuevo paradig­ ma científico”.

Es frecuente que los defensores del «nuevo paradigma» afir­ men que el problema básico de la ciencia es que, bajo la perspec­ tiva “newtoniano-cartesiana” del mundo, el universo es atomísti­ co, mecanicista, dividido y fragmentado y que las nuevas ciencias (cuántico/relativísticas o teorías sistémicas/teorías de la complejidad) nos revelarán que el mundo no es un conjunto de fragmentos atomísticos sino una red inseparable de relaciones. Y, según afirman, esta “red-de-la-vida” es compatible con las visio­ nes del mundo propias de las tradiciones espirituales, de modo que este “nuevo paradigma” acompañará a un nuevo yo cuántico

El problema

y a una nueva sociedad cuántica, una visión holística y curativa del mundo que nos será revelada por la ciencia.

Pero, desde el punto de vista de las grandes tradiciones de sa­ biduría, este enfoque está completamente equivocado. Porque el “problema” real de la ciencia empírica no es que sea atomística en lugar de holística, que sea newtoniana en vez de einsteiniana, o individualista en lugar de sistémica; el problema real es que to­

dos esos enfoques -tanto los atomísticos como los holísticos-

son igualmente monológuicos. Todos ellos están empírica y sen- sorimotormente basados en la evidencia proporcionada por los sentidos o sus extensiones instrumentales. Y esto es algo que afecta tanto a la ciencia newtoniana como a la ciencia einsteinia­ na, a la ciencia atomística como a la ciencia sistémica. Bajo nin­ guna circunstancia -y bajo ningún paradigm a- la ciencia empíri­ ca muestra la menor tendencia a rechazar su empirismo (ni tampoco existe, a mi juicio, el menor motivo por el que debiera hacerlo).

No, el problema de la fragmentación moderna no es que la ciencia empírica sea atomística en lugar de sistémica, el verdade­ ro problema es que todas las modalidades superiores del conoci­

miento terminan brutalmente colapsadas en la ciencia empírica monológuica. Tanto el atomismo como la teoría de sistemas son

monológuico-empíricos y el desastre de la modernidad estriba

en la reducción de todas las modalidades del conocimiento a la modalidad monológuica. Las modalidades superiores -m entales

y supramentales, racionales y transracionales, hermenéuticas y translóguicas, contemplativas y espirituales- se ven bruscamente reducidas y finalmente colapsadas al ojo de la carne y sus exten­ siones, y poco importa, en este sentido, que la locura monológui­ ca sea atomística o sistémica.

¿Ha habido alguna revolución reciente en la ciencia, un para­

digma auténticamente nuevo en la ciencia que haya sido holístico

más que atomístico? Sí, definitivamente sí. De hecho ha habido varios intentos de este tipo, entre los cuales cabe destacar algunas versiones de la física cuántica, la física relativística, la cibeméti-

Paradigmas: una interpretación equivocada

ca, la teoría de sistemas dinámicos, la autopoiesis, la teoría del caos y las teorías de la complejidad. Todas ellas son nuevas revo­ luciones, nuevos paradigmas, en el sentido kuhniano del término, en tomo a los cuales giran nuevas modalidades de investigación, nuevos tipos de datos, nuevas formas de evidencia y nuevas teorías. Pero todas ellas son, sin excepción alguna, esencialmente monoló- guicas. Y así, por más increíblemente importantes que sean por derecho propio, tienen poco que ofrecemos desde el punto de vis­ ta de la integración real entre lo monológuico, lo dialóguico y lo translóguico, es decir, para integrar realmente a la ciencia con la espiritualidad.

Así es como podemos comenzar a vislumbrar que, aunque los pensadores del “nuevo paradigma” suelan afirmar que su orien­ tación científica sistémica sanará la escisión del mundo moder­ no, haciéndonos sentir en casa en el universo, salvará al planeta y recuperará la espiritualidad para nuestra cultura enferma y alie­ nada, el hecho es que la ciencia monológuica -tanto atomística como sistém ica- forma, lamentablemente, parte de la misma en­ fermedad que pretende curar.

Resumen

Ningún “nuevo paradigma” científico permitirá la reconcilia­ ción entre la espiritualidad y la ciencia moderna. Porque hay que decir, en primer lugar, que la noción de “paradigma”, tal como suele entenderse, “es, en la actualidad, una metáfora muerta”. En segundo lugar, aun en el caso de que estuviera viva -o fuera ade­ cuadamente utilizada en su acepción de instrucción o práctica so­ cial- no existe absolutamente nada -incluso en la más vanguar­ dista de las ciencias empíricas (desde la teoría de las cuerdas hasta el hiperespacio o la teoría del caos)- que trascienda su fun­ damento monológuico-empírico. Todos esos supuestos “nuevos paradigmas” se hallan circunscritos en el marco monológuico, no fuera de él, y no es de extrañar, pues, que sigan reproduciendo el

El problema

desastre. En tercer lugar, todo este abordaje, según muchos críti­ cos, está fuertemente teñido de un desprecio narcisista por la evi­ dencia. En cuarto lugar, la aproximación es profundamente con­ tradictoria (está aquejada de una contradicción performativa). En quinto lugar -y el peor de todos ellos- se asienta en un error ca- tegorial, el intento del ojo monológuico de la carne y del ojo dia- lóguico de la mente de contemplar lo que sólo puede ser visto mediante el ojo translóguico de la mente. Y, en este sentido, pue­ de convertirse en un verdadero obstáculo para el despertar de la conciencia auténticamente espiritual.

Hemos visto que la integración entre la ciencia y la religión no pasa, en modo alguno, por reducir la religión translóguica a un “nuevo paradigma” monológuico. Lo que necesitamos, por el contrario, es rescatar el núcleo de las grandes tradiciones de sa­ biduría -es decir, la Gran Cadena del Ser, que incluye las moda­ lidades monológuicas (el ojo de la carne), las dialóguicas (el ojo de la mente) y las translóguicas (el ojo de la contemplación)- y exponerlas a las diferenciaciones de la modernidad (la diferen­ ciación entre las esferas de valor del arte, la moral y la ciencia).

Pero, para ello, deberemos antes comprender con la mayor claridad posible lo que entendemos por “modernidad”.

4. ESPLENDORES Y MISERIAS

DE LA MODERNIDAD

El gran problema de todos los intentos realizados hasta la fe­ cha para integrar la religión premodema y la ciencia moderna descansa, en mi opinión, en un fracaso a la hora de comprender la esencia de la premodemidad (la Gran Cadena del Ser) o la esencia de la modernidad (la diferenciación de las esferas de va­ lor correspondientes al arte, la moral y la ciencia). Y, puesto que no parece haber duda acerca de la esencia de la modernidad -el Gran Nido del Ser-, tal vez debamos considerar con más deteni­ miento el otro lado de la ecuación, esa bestia conocida como “modernidad”.

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