PART II : INCORPORATION OF COMPANY AND MATTERS INCIDENTAL THERETO Certain companies, associations and partnerships to be registered as companies under Act
68B INITIAL OFFER OF SECURITIES TO BE IN DEMATERIALISED FORM IN CERTAIN CASES
Hice un trabajo de campo sobre inmigrantes soviéticos. Así, los hombres no tuvieron ningún problemas en considerarme una mujer, y las mujeres me instaron a que me uniera a su celebración de la feminidad poniéndome de peluquería y poniéndome más maquillaje. Mis informantes consideraron que mi presencia sexualmente neutra no era muy convincente. Mi marido puso también en entredicho mi pretensión de ser asexuada.
Los hombre que yo veía, no estaban tan interesados en mi como mi marido sospechaba.
El verdadero problema surgió cuando las relaciones con los informantes se transformaron en amistad, y esta amistad se tino de atracción erótica. Quizá porque los antropólogos han sido preparados tan bien como para no pensar en los informantes como compañeros sexuales, o porque hay un consenso general acerca de que las relaciones sexuales en el trabajo de campo pueden ser desastrosas, o simplemente debido al temor de la censura profesional, yo no había oído hablar de ningún
antropólogo que se hubiera visto envuelto en un asunto romántico con u informante. Sin duda yo no esperaba verme atraída por ninguno de los hombres con que me encontré en el curso de mi investigación. Pero sucedió.
Durante mi primer período de trabajo de campo, apenas tuve un indicio de la existencia más que casual por parte de los informantes masculinos, inmediatamente rechacé sus declaraciones de afecto y negué la existencia de su atractivo. Quizá deseosa de cortar el desarrollo de las relaciones antes de que brotasen me despersonalicé y despersonalicé la situación, negándome a creer que yo fuere el objeto del afecto.
Aun así, yo tenía miedo de embarcarme en aventuras románticas. Al esforzarme para mantener una relación platónica con dos hombre que habían expresado su atracción por mi y por los que yo sentía afecto, yo enfatizaba mi carencia de género como
antropóloga y quitaba importancia a mi sexualidad, casi hasta el punto de negarla. Como era antropóloga novata tenía que quería seguir las reglas.
Pero en medio de lo que se había convertido en la rutina tragicomedia de rechazar las proposiciones, cogí cariño a dos de mis informantes masculinos.
¿Acaso no era yo un ser humano? ¿Lo era de verdad? ¿Acaso ser antropóloga cerraba automáticamente la humanidad como investigadores que realizan un trabajo de campo en un periodo liminal de carencia de sexo voluntaria? ¿ O estaba confundida por su definición de lo que constituye un ser humano? ¿La sexualidad forma parte de la persona? ¿Estaba descubriendo algo fundamental en cuanto a ser persona en la sociedad que estaba investigando? ¿Debía, en mi calidad de antropóloga célibe, entrar en este conocimiento cultural y llegar a comprenderlo? Y de no ser así, ¿sería posible tener una relación sexual con un apersona del grupo investigado y mantener la postura necesaria de participación despegada, por no decir nada de evitar la censura? Finalmente, me pregunté si estaba utilizando la ética de la antropología como excusa de conveniencia para evitar los sentimientos personales de vulnerabilidad que trae consigo una relación amorosa.
A diferencia del ruidoso silencio respecto a las insinuaciones, las indirectas sexuales y los encuentros eróticos de mi primer trabajo de campo, ahora registré pensamientos y sentimientos sobre el sexo en el trabajo de campo y diligentemente incluí en mi diario de campo todos los alicientes y propuestas de mis conocidos e informantes masculinos. Decidí, asimismo, que las relaciones durante el trabajo de campo no tenían porqué ser desastrosas. En efecto, yo sugerí un montón de razones por las que un romance con un informante podía ayudarme en mi trabajo. Sin duda podría haber mejorado mis conocimientos de la lengua y abierto puertas sobre las poco conocidas facetas de la cultura (es decir, las prácticas sexuales, ideas sobre el amor, cortejos hombre-mujer y asuntos de higiene). Lo que los antropólogos desean en el trabajo de campo es intimidad pero es también lo que más temen – esa línea difusa entre estar “dentro” y convertirse en nativo , conservando la objetividad y un sentido
autónomo de sí mismo en relación al hacer y el sentir de los informantes y por ello perdiendo parte de sí mismo en el proceso.
Al dejar de lado mi celibato e iniciar lo que ellos y yo pensábamos que era una relación perfectamente normal trajo consigo gran cantidad de ventajas que duran hasta hoy. Sin embargo, ni mayor problema seguía siendo mi idea de que estaba haciendo algo erróneo que chocaba contra la base ética de la disciplina. He llegado a comprender que asumir una postura de neutralidad de género no es el modo de hacer frente a este desasosiego.
En el trabajo de campo, las mujeres rusas se negaban a clasificarme como asexuada. Mi sexualidad, algo que yo siempre había considerado algo absolutamente privado, se había convertido en un tema de debate e interés público. Las mujeres ex soviéticas y yo nos hicimos cada vez más amigas y me contaron cada vez más cosas sobre asuntos importantes de sus vidas.
El hecho de que yo me sexualizase como antropóloga fue fundamental al hacerme consciente de que la cualidad de persona, al menos en el grupo que yo estudiaba, no transcendia la sexualidad. “Personalidad asexuada” es una contradicción en los términos. Resultado de esto es que la sexualidad juega también un papel
importante en la sociabilidad, y no es infrecuente ver video de porno suave en las reuniones informantes y contar chistes verdes en compañía mixta.
Viendo ahora que el sexo juega un papel tan importante y obvio en la formación de la personalidad de los ex soviéticos, estoy segura de que nunca me habrían invitado a participar en tantas actividades, ni habría hecho tantos amigos, ni hubiera sido recibida en sus círculos familiares, si yo hubiese persistido en mantener una actitud asexuada y de género neutro. Puede que hayan diagnosticado que yo era anormal, que estaba enferma y que resultaba amenazadora. Por el contrario, mi yo dotado de género y sexuado proporcionó la clave para desvelar muchos enigmas culturales que no había previsto: el uso legítimo del engaño y del fraude para alcanzar los fines deseados, la sincera apreciación por parte de los hombre y también de las mujeres de la feminidad, la importancia básica de la maternidad en la vida de las mujeres, y el nexo fundamental entre sexualidad y la cualidad de persona.
Pero yo sostengo que negar la propia sexualidad y el correspondiente rechazo a adecuarse al menos en alguna medida a las expectativas de género de la sociedad son contraproducentes para el trabajo de los antropólogos. El etnógrafo tradicional y sin género probablemente trazará retratos áridos y grises de la gente que estudia, en vez de obtener una compresión multidimensional y holística que debe ser la meta principal.
EL ANTROPÓLOGO SEXUALIDAZO: CONSECUENCIAS PARA LA