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Background to the development of the Learner Support Funds

Institutions

2.4 The Learner Support Funds

2.4.1 Background to the development of the Learner Support Funds

El abandono temprano de los niños rompe el desarrollo de su mente y favorece que se instaure un funcionamiento autista en ellos: Santiago

Algo fundamental que menciona Meltzer (1979) del estado autista, es que su estructura es una estructura mental y a la vez un estado esencialmente desmentalizado en el que se produce la suspensión temporaria del reconocimiento del paso del tiempo y la estructura del ello-yo-superyó-ideal cae. Al desmantelamiento Meltzer lo explica como un proceso pasivo, como una pared de ladrillos que cae. Cuando el self se desmantela por la suspensión de la función yoica de la atención, el yo coherente deja de existir, se convierte en fragmentos que quedan dominados por el ello. Como ya dijimos en el planteamiento teórico, las funciones del yo descritas por Freud (1923/2006) se encuentran limitadas en el estado autista: la percepción sensorial o no se da, o cuando se da carece de sentido, no hay atención, ni conciencia, ni memoria, ni pensamientos, ni reflexión, ni imaginación, ni sueños, ni diferenciaciones, ni concepciones plenas. No hay tampoco principio de placer ni principio de realidad.

Esta suspensión de la vida mental, la desmentalización, los sentidos adscritos a los objetos más estimulantes, y en general las características expuestas por Meltzer del estado autista se encuentran en Santiago. Desde muy pequeño, el mundo externo de Santiago fue el mundo institucional, en donde él pasaba completamente desapercibido porque no exigía el cuidado de los otros, no lloraba, no se contactaba con nadie del exterior, no producía sonidos, no miraba. Para la institución un niño así era el niño perfecto, pues no requería de ningún cuidado emocional sino sólo físico. Él caminaba siempre como sin rumbo, mirando a todo lado pero sin mirar nada realmente, se pegaba a lo más estimulante con lo que se encontraba: la caída del agua, un sonido fuerte, un objeto que le llamara la atención, el cual nunca soltaba hasta tener otro agarrado. Basándonos en Meltzer (1979), podemos afirmar que el aparato psíquico del niño estaba desmantelado sensorial, estructural y vincularmente (Calderón-Muñoz, 2014), por esto pasaba desapercibido para todos. Santiago era un niño en quien predominaban las sensaciones táctiles.

Siguiendo la misma línea del autismo, Tustin (2006) descubrió que el rasgo psicodinámico de los niños autistas es el envolverse en sus propias sensaciones corporales, creando su propia cobertura protectora. Santiago, por ejemplo, no tenía una personalidad establecida, no lloraba, no hablaba, no producía ningún estímulo para llamar la atención del otro, estaba encerrado en su propio cascarón, descrito por Tustin, en donde se podría pensar estaba contenida una gran tristeza tal vez por su separación abrupta con su madre a los seis meses, en plena etapa del destete. En Santiago se puede ver cómo el abandono genera vacíos en él por las desapariciones de los objetos fundamentales, siente como si se esfumara el objeto, lo

cual produce un profundo desamparo, que se puede entender como el vacío del objeto protector. Se debe tener en cuenta que la madre de Santiago era una madre abandonada, no los miró en su visita a la fundación, tal vez por el hecho de saber que tenía que dejarlos de nuevo.

Tustin (2006) plantea que los niños autistas no son incapaces de oír ni de ver, sino que su atención es distraída de visiones y sonidos, para quedar aferrada a sensaciones táctiles. Es precisamente esto lo que la terapeuta sentía que pasaba con Santiago, a veces creía que no la podía escuchar ni ver, ni a sus compañeros, pero realmente lo que ocurría era que él estaba inmerso en un mundo de sensaciones más llamativas que la vista y la escucha de los otros. Esto ocurre, dice Tustin, porque los niños autistas se concentran excesivamente en sus propias sensaciones de su cuerpo y descuidan las sensaciones objetivas más normales.

A pesar de que Santiago parecía no escuchar cuando sus amigos le hablaban, al escuchar a algún niño llorar, aparecía la preocupación extrema por el sufrimiento de estos, sensibilidad emocional descrita por Meltzer (1979) en el estado autista.

Tustin (2006) menciona los objetos autistas de sensación, que son los objetos que los niños autistas llevan consigo siempre. Es por esto que Santiago siempre tenía que cargar un objeto duro, como una pelota, un palito, un juguete, en su mano, lo apretaba en ocasiones tan fuerte que le dejaba una marca que se diluía con mucho tiempo después. La mano de la terapeuta y su hombro también eran tratados por el niño como objetos autistas. Cuando él no tenía juguetes en su mano, ponía su dedo pulgar en su boca, tanto que tenía callo en este. También utilizaba la comida como un objeto autista, dejaba partes de esta en su boca por varias horas, era imposible hacer que la pasara y solo cuando la terapeuta jugaba con él o lo ponía en sus brazos él lograba tragar. Santiago no podía diferenciar entre los objetos inanimados y animados, entre su terapeuta y su juguete, para él estaban igualados y todos cumplían la misma función: formar parte de su cuerpo para llenar el vacío del abandono, lo que Tustin llama igualación adhesiva.

Bion (1967/2006) afirma que si la capacidad para tolerar la frustración es suficiente, deviene un pensamiento y se desarrolla el aparato para pensar. Pero también afirma que si por el

contrario esta capacidad para tolerar la frustración no es adecuada, ese “no-pecho” malo interno,

no se tolera y se evacua. En el caso de Santiago encontramos que el rompimiento abrupto del vínculo con la madre rompió la capacidad para pensar, la frustración se volvió tan intolerable porque el tiempo entre el deseo y la aparición de la madre fue eterno y se rompió la mente. Este tiempo excesivo sin el objeto externo produce el desmantelamiento estructural del ello, yo y superyó (Meltzer, 1979). La consecuencia en Santiago de este desmantelamiento estructural es la desmentalización: el autismo, como ya se mencionó anteriormente.

Meltzer (1979) dice que para poder trabajar con los niños en un estado autista, es necesario que el terapeuta sea capaz de movilizar la atención suspendida del niño en su estado autista. Con Santiago, la terapeuta comenzó a cumplir funciones maternas: le comunicaba sobre el mundo, nominaba los objetos que estaba percibiendo, buscaba contacto con él, y era como su imán: ella unía los sentidos de él hacía ella, haciendo que su atención se concentrara en una sola cosa y uniendo los sentidos en un solo estímulo. La terapeuta usaba el reverie, se ponía en el lugar del bebé, entendía lo que estaba sintiendo Santiago y lo que necesitaba. También intentaba llenar de significado las experiencias del niño, trataba de comprender, pero en ocasiones Santiago se le escurría, se resbalaba de sus brazos, de su mente, pues el estado mental de él en ocasiones era difícil de sostener.

Siguiendo con esta misma idea, Bion (2000) afirma que los elementos beta están dispersos, y es el hecho seleccionado y Ps D los que ponen fin a esa dispersión. Estos elementos beta deben encontrar un continente que los integre y es esto lo que pasa con la terapeuta y Santiago: la terapeuta actuó como un continente, y unió los pedacitos del niño que estaban dispersos, presionó los elementos beta, y produjo una articulación de estos y no un apelmazamiento sin coherencia. Cuando se presentó el desencuentro con la terapeuta, y Santiago la desconoció y no se relacionó con ella, su aparato perceptual se había roto de nuevo y por eso no la vio. En este desencuentro entre la terapeuta y Santiago, es necesario resaltar que una de las cosas más importantes es ver cómo el continente (terapeuta) fuerza el encuentro con el niño (contenido): ella es activa en la búsqueda del bebé, y él recibe el gesto cariñoso de la terapeuta. Inicialmente para Santiago era imposible el contacto con el objeto. Solo a través del arrullo, de las cobijas y la voz la terapeuta creaba continentes alrededor de él que hacían que los fragmentos del niño se unieran , pero esto duraba sólo algunos segundos.

Klein (1946) postula que desde el comienzo de la vida el bebé siente ansiedades persecutorias, pero que si se le da amor nacen emociones más tranquilas y felices, y así logra establecer una relación de amor con su madre. Esto ocurrió entre Santiago y su terapeuta, y poco a poco su estado autista fue cambiando: Santiago conoció los cuidados, el amor y la perseverancia de su terapeuta hacía él, a pesar de que esta sentía que no existía para él. Santiago se volvió un niño más activo, exigía cuidados no sólo físicos, sino también emocionales, lo que hizo que su mundo externo cambiara, que otros lo tuvieran en cuenta, lo llenaran de cariños, pero también de regaños. Él comenzó a sentir que este mundo externo, comenzando por su terapeuta, podía recibirle sus emociones, sus vivencias, sus palabras, sus pataletas y su agresividad, lo que permitió que su mundo interno comenzara a formarse, a nutrirse de objetos buenos que le daban fuerza y confianza y a quienes sentía como receptores

estables y no abandónicos. El cariño, el amor, la dedicación de la terapeuta, todo esto permitió que el niño se sintiera que de afuera podían venir fuerzas buenas y logró vincularse emocionalmente con la terapeuta. Cuando la terapeuta no estaba en la fundación y Santiago la iba a buscar a su consultorio y no la encontraba, se dio lo que explica Bion (1967/2006) que cuando una preconcepción se une con la frustración surge el pensamiento, que cuando el bebé no encuentra la existencia de un pecho para su satisfacción aparece la noción de pecho en la mente. Cuando Santiago no encontraba a la terapeuta en el consultorio tenía que construirla en su mente para tenerla con él, y así podía tolerar la frustración.

En Santiago comenzaba a darse un pequeño cambio en su rigidez, logró soltarse un poco más, su cuerpo ya no se veía ni se sentía tan rígido. Santiago comenzó a relacionarse con sus profesoras. Una de ellas era muy cariñosa y contenedora con él, lo abrazaba, lo consentía y comprendía sus necesidades individuales, lo que le permitió establecer un vínculo fuerte con ella. Con su otra profesora, en un comienzo su vínculo no fue fuerte. A esta profesora se le dificultaba contener al niño, comprender sus necesidades y le exigía como a los otros niños en cuanto a comportamiento y rendimiento académico. Cuando Santiago comenzó a relacionarse con sus compañeros a través de golpes y mordiscos, su profesora lo regañaba fuertemente y lo castigaba aislándolo lejos de su salón, en un salón aparte, en donde el niño volvía al aislamiento autista. Cuando la terapeuta comenzó a ver este trato, habló con la profesora, le explicó de diversas maneras la condición especial de Santiago y sus necesidades emocionales. En un primer momento a la profesora le costó comprender esto, pero después logró hacerlo y cambió radicalmente su relación con el niño, lo que generó en él mayor confianza en los objetos externos. La relación con su hermano también fue cambiando con el tiempo, y en sesión Santiago nombraba a su hermano y le pedía favores a través de la comunicación por señas o pequeñas frases incompletas que su hermano comprendía. Su relación se hizo más estrecha y cariñosa: Santiago ya podía confiar en los objetos externos y podía exigirles también. Santiago comenzó a invitar a su terapeuta a explorar el mundo, a conocer los animales, la naturaleza, los colores vivos, el cielo, los olores, la comida, el vuelo de los pájaros.

Luego comenzó a explorar su nueva situación de adopción y cuando conoció a sus padres adoptivos, Santiago no quería mirarlos, pero con el paso del tiempo construyó la confianza en ellos, les quería dar de comer en los encuentros por Skype, les mostraba sus juguetes y lo que ocurría en la calle. Al final, en el encuentro con los padres, Santiago logró vincularse piel a piel con su madre, se recostó en su pecho, como si fuera un bebé de meses, se durmió y no quiso alejarse más de ella. Meses después logró también establecer una relación de

confianza con su padre, a quien se le colgaba del cuello, en su espalda, con una confianza absoluta en él.

Al principio Santiago no se hacía ninguna pregunta, porque no estaba conformado su self, y no existía mundo externo. Poco a poco las preguntas que aparecían en Santiago a través

de sus juegos y exigencias fueron: ¿quién eres? ¿existe un mundo?; ¿quién soy?; ¿“Fia” me vas

a querer?, ¿me vas a dejar solito?; ¿puedo quedarme contigo?; ¿me puedes recibir todas estas cosas feítas que siento y también las lindas?; ¿puedo mirarte?; ¿hay más personas que me quieren?; ¿por qué estoy solito?; ¿qué es eso, un pajarito?; ¿vamos a explorar Sofi, vamos al parque?; ¿quién es él, mi hermanito?; ¿qué es mamá y papá?; ¿quiénes son ellos que me hablan y me dicen hijo?; ¿qué es hijo?; ¿qué es adentro y afuera?; ¿qué es una caricia, una palabra, amor?; ¿dónde están mis papás nuevos, debajo de la mesa?; ¿mi mamá nueva me quiere?; ¿puedo estar todo el tiempo contigo mamá?; ¿puedo dormir contigo mamá?, solo te quiero para mí; ¿papá te puedo conocer? Ahora confío en ti también; si mi hermanito me va a quitar el amor de mis papitos no lo quiero cerca.

Con el pasar del tiempo, Santiago comenzó a traer juegos en donde había simbolización, en donde hablaba sobre su separación con la terapeuta y el miedo que esto le causaba. También comenzó a dibujar garabatos y construir torres, que representaban su propia construcción mental. En las últimas sesiones el niño logró nombrar “carro”, lo que significaba que era capaz

de dar un concepto, nominar y crearlo. Acá entraría la función alfa de Bion (2000) en donde los elementos alfa forman pensamientos articulados narrativamente. En la última sesión, Santiago utilizó las temperas para simbolizar su angustia y su desborde emocional por su adopción, apareció una masa sin forma, que era como se sentía él: todo revuelto por el miedo a su nueva vida. En las sesiones con Santiago hubo mucha nominación de las experiencias, y los pedazos se fueron convirtiendo en D y se fueron integrando, la terapeuta le dio mucho amor, pero también le puso límites al niño. Comenzaron a tolerarse no solo los vínculos positivos sino también los negativos (Meltzer, 1967).

Al final Santiago incrementó la tolerancia a la espera y comenzó a surgir el pensamiento en él. Se puede afirmar que apareció la mente después de la existencia bajo un estado autista. Para Meltzer (1979) y Bion (1967) el papel del objeto es central en la construcción de la mente. Fue la terapeuta quien en un principio, luego sus profesoras y su hermanito y finalmente sus padres cumplieron un papel importante en la construcción de su mente. Sin embargo, el papel de la terapeuta fue esencial. En la institución nadie oía sus reclamos sobre la manera de relacionarse con Santiago hasta que un día tuvo que hablar con mucha fuerza y muy duro para

entrar en ellos y romper sus mentes cerradas. Fue la terapeuta que como contenido presionador abrió el camino en el continente cerrado: el niño primero y luego la institución.

La receptividad y la presión son factores determinantes para establecer contacto con los múltiples sentidos del niño autista. La presión de la terapeuta que se le puso en la mitad de la percepción visual, que luego le hizo oler y tocar las hojas, y que le hablaba y le señalaba lo que veían u oían contribuyó para que se creara de nuevo el sentido común en Santiago. Coger al niño en medio de las pataletas y no dejarlo tirado en el suelo, también era una manera de recibir su desorganización y encerrarla con su cuerpo, que se convirtió en una piel prestada que hacía presión sobre los pedazos desorganizados, los acercaba y contenía.

Fue con la unión de los sentidos que el niño comenzó a contactar el objeto bueno y bello que se vuelve interesante y comenzó el contacto con el exterior bello y el interés-temeroso en su interior. La suavidad no era invasiva y le permitía el contacto sensorial, pero tal vez esa boca, como decía Meltzer, que producía sonidos tan bonitos y esos ojos que brillaban con una luz preciosa le permitieron imaginar que abría en ese interior misterios que no alcanzaba a contactar.

Este niño, al igual que los niños descritos por Tustin, alcanzó un funcionamiento emocional y cognitivo recompensador, como lo menciona ella, que logró integrarse a una vida social normal y pudo disfrutar de una familia nueva, ya que su adopción fue exitosa.

El abandono de los objetos primarios incrementa la escisión, la voracidad, la envidia, mientras que la presencia de un objeto externo que reciba y contenga las ansiedades favorece la integración del self: Catalina.

Dice Klein (1959) que la avidez en cada niño varía en cuanto a intensidad, pero que siempre involucra un deseo de vaciar el pecho de la madre y de explotar todas las posibilidades de satisfacción, sin ninguna consideración para con ella ni otros bebes necesitados. Son como un continente que nunca se llena. Catalina era una niña en ese estado hasta que encontró a Inés, la cuidadora, quien aceptó ser tiranizada por un tiempo por ella y mientras la acompañaba a comer, le hablaba y la acariciaba y esto redujo el comportamiento voraz de Cata. Como si se hubiera rehecho el vinculo entre alimento y amor que se había deshecho con la desaparición de la madre.

Como si el “splitting forzado” de Bion (1962) pudiera corregirse tempranamente. Al respecto,

Klein afirma que la envidia, aparece bajo la sospecha de que la leche y el amor son retenidos por la madre y genera el anhelo de posesión del objeto y el deseo de arruinarlo. Tal vez la actitud de Inés eliminó la idea de que la madre al alejarse se había llevado todo (leche y amor) y cuando Inés los unió se redujo el deseo de destrucción. Los celos es otro de los sentimientos que surge

cuando se desaparecen los objetos y se sospecha que están en compañía de otros. Eso sucedía con Catalina quien tanto con su cuidadora como con la terapeuta, cuando otros niños aparecían ellas las odiaba y los odiaba, pero cuando estaba en la seguridad de la relación diádica las amaba y era cariñosa. Podía amar al objeto que era exclusivo para ella, pero no podía compartirlo tranquilamente sino que le molestaba tanto el compartir que eliminaba al objeto de deseo.

Al principio de la psicoterapia Catalina me mostró un mundo interno desorganizado habitado por objetos persecutorios, animales feos que la asustaban y de los cuales no quería hablar, objetos viejos relacionados con su familia vieja, a quien entendía como mala, y nuevos relacionados con su familia nueva, que se acercaba a imágenes buenas, y a la que esperaba con emoción. En sus fantasías aparecían mamás regañonas con los bebés, papás blancos salvadores que mataban a brujas malas, parejas desorganizadas que intentaba organizar y casas sin ventanas y cerradas por donde no se podía ver hacía dentro ni hacía afuera. Catalina mostraba así un mundo persecutorio, a los que a veces le añadía una profesora dura, humillante y descalificadora