unsealed Stream
STUDIES ON REGROWTH STOCKING
2.2 BACKGROUND TO THE EUCALYPT LIGNOTUBER
La aproximación clásica a la segmentación del mercado de trabajo versa sobre la existencia de los mercados internos o primarios, entendiendo que estos mercados están caracterizados por condiciones de empleo estables y seguras (Doeringer y Piore
92 En España se deben reconocer los trabajos de Teresa Torns en los años 90; artículos en los que se
P AR TE I: D EP END EN CI A Y C UI DA DO S : G ÉNE RO , T RA BAJ O Y B IE N EST
AR 1985). Estos estudios fijan la atención en los pseudomercados de las grandes empresas
e indagan en las condiciones y garantías laborales que ofrecían los empleos en la gran industria. Dichos empleos se caracterizaban por la estabilidad en el empleo, la configuración de carreras profesionales y una regulación y reconocimiento de los marcos contextuales de las relaciones laborales. El modelo clásico de Doeringer y Piore ha sido revisado y criticado incluso desde la misma perspectiva de la segmentación de los mercados de trabajo. Una de las principales críticas al modelo clásico fue el olvido del papel de los marcos reguladores ajenos a las empresas, es decir, la regulación
estatal. Las empresas están situadas en un contexto territorial conocido que conlleva
unas regulaciones estatales del empleo y las relaciones laborales. Por ello, si se omite la regulación estatal el análisis de la segmentación del mercado de trabajo es incompleto, ya que se deja a manos de las políticas empresariales y la gestión de los recursos humanos en las empresas. La introducción de los elementos explicativos a la existencia del mercado primario puede variar en función de la perspectiva teórica de los autores que se han dedicado al estudio de estas cuestiones (Recio 1999). Así, el papel jugado por el Estado influye en la forma de esta segmentación, permitiendo o facilitando segmentos del mercado laboral más dispares o más similares al segmento primario (Recio 1999). Por otro lado, existen otros elementos que la propuesta clásica no incorporó y que otros han defendido su importancia. Este es el caso de la presencia
de los agentes sociales y la capacidad para desarrollar estrategias colectivas para
defender ciertas garantías laborales. Esto supone atender a las estrategias de negociación colectiva y la capacidad de las organizaciones sindicales para intervenir en la negociación. En este sentido, el reconocimiento de los actores sindicales conduce a una mayor cuota de control sobre los intereses empresariales, y permite por tanto una mejor fijación de las condiciones laborales. Asimismo, los teóricos de la segmentación han apuntado a los mecanismos que funcionan de discriminadores entre los segmentos del mercado laboral. Es decir, los mecanismos que pretenden explicar por qué ciertos colectivos se sitúan en los distintos segmentos laborales: por ejemplo hay una mayor presencia de mujeres, inmigrantes y jóvenes en los segmentos más precarios, mientras que los hombres adultos suelen copar los puestos del sector primario. Bajo este esquema el género, la etnia o la edad se convierten en variables de desigualdad social indispensables para el análisis de los mercados de trabajo. Otro aspecto elemental para discernir si se trata de un segmento precario o no precario debe buscarse en las credenciales educativas, ya que éstas han servido para justificar diferencias en la posición social de los individuos (Recio 1997a, 1997b). Para este punto debería tenerse en cuenta la forma como se ha construido el valor social de un determinado tipo de formación, un aspecto este último que entronca con el empleo en el sector de los cuidados y que abordaremos profundamente más adelante.
Las transformaciones de los mercados de trabajo y el avance de nuevas y más profundas formas de precariedad han acaparado las miradas de estudiosos y estudiosas que partían de perspectivas de la segmentación del mercado de trabajo. Estos han generado marcos de conocimiento sobre los elementos históricos, sociales,
Ca pítu lo 4 : T ra ba jo de cu ida dos y e mp le o
políticos y económicos que han contribuido al proceso de precarización del mercado laboral español. Dichas transformaciones han impactado sobremanera en la esfera del empleo rompiendo con una norma de empleo que se asentaba sobre la idea de seguridad laboral. Aunque empiezan a oírse algunas voces sobre la relatividad de la “norma social del empleo” ya que en España las trayectorias laborales de las personas no parece que se hayan ajustado del todo al modelo lineal que supone la citada “norma social del empleo”. En muchas ocasiones ha habido un constante trasvase del empleo informal al informal, periodos marcados por el paro o inactividad, etc. Una trayectoria desigual más acentuada en el caso de las mujeres, y que parece asimilarse cada vez más a la trayectoria laboral actual tanto para hombres como para mujeres. Prieto y Miguélez (2001) han bautizado este modelo desigual - de entradas y salidas del mercado de trabajo, de pérdida de empleo, de degradación de las condiciones de empleo, etc.- como el de la norma flexible del empleo, que implica menos control sobre las condiciones de empleo y las formas de organización del trabajo. Este esquema ha sido completado por unas prácticas empresariales que han virado hacia modelos más flexibles de gestión de la mano de obra con un impacto claro sobre las condiciones de empleo. Las respuestas ante estos cambios han sido relativamente débiles. El movimiento sindical ha tenido dificultades para responder a unas estrategias empresariales que han conseguido consolidar prácticas de individualización de las relaciones laborales. Así, las agrupaciones sindicales a menudo no han tenido la suficiente fuerza para plantear acciones colectivas potentes93. A esta situación ha contribuido el cambio del modelo productivo que ha generalizado movimientos de privatización, descentralización y subcontratación de las actividades productivas. Este modelo productivo ha frenado las posibles mejoras de las condiciones laborales y las posibilidades para diseñar estrategias de acción colectiva eficaces. Las transformaciones en el mundo del empleo no han afectado a todos por igual, y aquellos colectivos más débiles han tenido peores experiencias o trayectorias más inseguras. En este contexto los colectivos de jóvenes, inmigrantes y mujeres se han convertido en los protagonistas de aquellos sectores de empleo que ofrecen unas más pésimas condiciones de empleos. Unos sectores que por las características de los empleos se han convertido en nichos específicos para estos colectivos y/o en la única opción posible de inserción laboral94.
Asimismo el alcance de estas transformaciones se ha analizado mediante el tipo de impacto en las condiciones de empleo. Diversos analistas del mercado laboral (Cano 1998 y 2007; Prieto y Miguélez 1999; Miguélez 2002; Recio, 2007) explican que los
93 En un contexto de flexibilización constante la lucha sindical se concentró en la salvaguarda del
empleo. Ante la amenaza del desempleo las estrategias escogidas se centraron en asegurar la continuidad de la relación laboral, a cambio de rebajar las condiciones de empleo (Miguélez 1999).
94 Por ejemplo, en España las mujeres inmigrantes latinoamericanas se han insertado mayoritariamente
en el empleo doméstico y otros empleos relacionados con el cuidado de las personas. Unos empleos que en muchas ocasiones están en el mercado informal de la economía y que eran casi la única opción de trabajo remunerado para estas mujeres.
P AR TE I: D EP END EN CI A Y C UI DA DO S : G ÉNE RO , T RA BAJ O Y B IE N EST
AR años 80 son claves en el proceso de debilitamiento de las condiciones de empleo.
Entre las experiencias cotidianas de las personas asalariadas se generalizan movimientos constantes de entrada y salida del mercado de trabajo. Se extiende la inestabilidad del empleo en el sentido que se debilitan las condiciones de trabajo y el
conjunto de reglas de juego que había caracterizado el núcleo del empleo estable a
tiempo completo (Carrasquer y Torns 2007). La precariedad se suele explicar como la
consecuencia de la desregulación del mercado de trabajo, un mercado que se flexibiliza, y que a veces se difuminan las barreras entre el empleo formal y el empleo informal. Se trata de cambios en el empleo fordista-taylorista masculino, que en palabras de Piore serían características del segmento primario del mercado de trabajo. Por tanto precariedad se contrapone al modelo de empleo95 estable taylorista-fordista que aún hoy sigue vigente en los imaginarios colectivos (Cano 2007). Se señala que la década de los 80 introdujo cambios importantes en los componentes materiales y simbólicos respecto al empleo. Se rompe con la figura de empleo estable masculino en el sentido que había descrito Beveridge, un modelo de male breadwinner en que el cabeza de familia tenía un empleo con garantías de seguridad y estabilidad suficientes para garantizar la subsistencia de los miembros de su unidad familiar (Gardiner, 2000, Crompton 1999ª, 1999b). La ruptura con este modelo supone un incremento de la inestabilidad, de los bajos salarios, de la generalización de condiciones menos beneficiosas para la masa asalariada y muy ventajosas para el empresariado, la fragmentación de la clase obrera debido a los procesos de subcontratación que reducen el tamaño de concentración, aumento de formas de trabajo atípico, etc. Unas condiciones que algunos colectivos experimentaran con mayor crudeza, como por ejemplo las personas jóvenes, las mujeres y las personas inmigrantes (Carrasquer- Torns, 2007). Cano (1998, 2004 y 2007). Algunas autoras, denunciando la tradición de “gender blind”, reivindican la necesidad de mirar hacia la experiencia femenina en relación al empleo, que además puede aportar evidencias sobre los procesos de cambio de los mercados de trabajo (Rubery et al. 1999). En cualquier caso los cambios acaecidos se traducen en una expansión de la cultura de la precariedad.
Mercado de trabajo y género
Los especialistas en el estudio de las características del empleo en el sector de atención a las personas (Fraisse 2000; Lallement 2000; Parella, 2000 y 2003; Cano y Sánchez 2002; Torns 1997, 2000, 2007; Carrasquer y Torns 2007; Folbre, 2006) se suelen referir a él como un empleo feminizado y precario en el que la inseguridad, los bajos salarios, la frágil regulación de las condiciones de empleo y la debilidad de la acción colectiva son la norma. Una realidad de precariedad que se enmarcaría en lo que Carrasquer y Torns acertaron en nombrar norma social del empleo femenino
(Carrasquer y Torns 2007)
95 Ver capítulos precedentes sobre las críticas feministas a la creencia extendida de la sociedad del
Ca pítu lo 4 : T ra ba jo de cu ida dos y e mp le o
A continuación se propone un repaso por aquellos trabajos que han puesto de relieve la relación entre género y trabajo ya que nos ofrecen elementos importantes para la interpretación del sector de empleo que nos ocupa. Desde las filas de las teorías segmentación del mercado laboral nos han llegado muchos de los análisis sobre la presencia de las mujeres en el mercado laboral. De ellos hemos aprendido que el binomio de mujer y empleo suele ir asociados a conceptos como la precariedad y la desigualdad. En este sentido, la mirada de género une ámbito doméstico y ámbito laboral para el entendimiento de la posición laboral y el tipo de dedicación en el mercado de trabajo. La división sexual del trabajo no es un fenómeno exclusivo del ámbito privado del hogar, ésta atraviesa también la esfera del mercado laboral. Desde estas perspectivas se entiende que el mercado de trabajo es un mercado segmentado por razón de género. Las mujeres estarían sobrerrepresentadas en los segmentos laborales más precarios del conjunto del mercado laboral. Este es el caso del sector de actividad que nos ocupa, un sector que ha sido una fuente principal de ocupación femenina y definido por su precariedad.
Las mujeres, por tanto se enfrentan a un mercado segregado horizontal y verticalmente. Esto significa que hay sectores de actividad específicos para mujeres y que hay categorías profesionales que cuentan con una mayor sobre-representación de mujeres. Pero, lo más significativo es que esta clasificación va asociada a distintas condiciones de empleo, que puede suponerse que son peores para aquellas personas situadas en sectores de actividad con bajo reconocimiento social, y en empleos o categorías profesionales no cualificadas. El tipo de jornada, el tipo de contrato, el salario y posibilidad de realizar una acción colectiva potente son aspectos que se relacionan con el tipo de empleo, el tipo de sector, el tipo de empresa. Así, en líneas generales las mujeres acceden de forma mayoritaria a sectores con bajos salarios (González Calvet 2002; Recio 2001) y sufren en mayor medida el fenómeno de la jornada a tiempo parcial y la temporalidad (Torns 1995, 1999; Torns et al. 2007; Carrasquer-Torns, 2007). Una segregación horizontal que se puede atribuir a esquemas de comportamiento de género, fiel a los estereotipos de masculinidad y feminidad vigentes en nuestras sociedades. El género implica que haya actividades estereotipadas o construidas socialmente en torno a la idea de masculinidad, mientras que otras lo han sido en torno a la idea de feminidad. El problema estriba en que masculinidad y feminidad no obtienen el mismo valor social. Un fenómeno que se traspasa también al mundo laboral dónde se traducirá en sectores y actividades femeninas y masculinas, dónde las primeras suelen contar con menor prestigio que las segundas. Es importante resaltar que este componente también puede haber tenido un papel importante en la construcción de la cualificación. Las cualidades atribuidas al mundo de “lo femenino” suelen ser vistas como cualidades aprehendidas naturalmente, y que no requieren de formación específica para su desempeño. Una relación que trasvasa al mercado laboral y que tiene consecuencias sobre el grado de reconocimiento formal de la cualificación de determinadas actividades relacionadas con el mundo y los imaginarios del trabajo doméstico y familiar. El sector de atención
P AR TE I: D EP END EN CI A Y C UI DA DO S : G ÉNE RO , T RA BAJ O Y B IE N EST
AR a las personas sería un ejemplo claro de ello. Sobre ello volveremos más adelante,
puesto que la formación y la cualificación son dos conceptos muy relacionados con la calidad del empleo en el sector y con las posibilidades de cambio sobre el valor de las mismas.
Por otro lado, la mayor incorporación y persistencia de las mujeres en el mundo del empleo no ha tenido un reflejo contundente en la presencia de mujeres en todos los niveles de la escala jerárquica de las empresas. Se cuenta con algunas evidencias que manifiestan que incluso las mujeres que obtienen un mayor nivel educativo y que están en mejores posiciones de partida ven mermadas sus posibilidades de acceso a la cúspide de la estructura empresarial96. Los mismos análisis nos alertan que la respuesta a este lento avance está relacionada con las rígidas cargas de trabajo a las que están expuestas las mujeres. Una situación que no afecta a los hombres, dada la tradicional asignación de los trabajos de cuidado a las mujeres, y la aceptación y tolerancia social ante la no participación masculina en el trabajo doméstico y familiar. La dedicación al trabajo de la reproducción social merma las posibilidades de mejora de unas y permite las mejoras de otros.