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3.3 Pre-installation Tasks

3.3.2 Backup Your Data

Desde el comienzo de la vida, los impulsos se manifiestan regularmente en ritmos innatos básicos de estados motivacionales psicosomáticos. El hambre, los ciclos de actividad y las transiciones (dormir – despertar) se repiten varias veces al día. Pocas experiencias son tan intensas y fusionadas en el transcurso del desarrollo como la de la alimentación. El infante la reconoce como una experiencia rítmica y compartida, de carácter intersubjetivo, que se organiza

como una invariante (Stern, 1989b).

Dentro de la familia, existen patrones innatos, culturales e individuales que regulan los ritmos cotidianos: la lactancia, la mirada, los rituales del sueño, la negociación del inicio y del final de los contactos interactivos, son algunos de ellos. Los bebés, a través del llanto, de sus gestos corporales y de sus reacciones somato-psíquicas al estrés, ofrece comunicaciones no verbales que sólo la madre es capaz de decodificar. Ella funciona, en este sentido, como el sistema del pensamiento del bebe.

El niño inicia la búsqueda “del alimento” a partir del momento en que el un estado de tensión endógena —propio de la fuente de excitación—provoca

displacer. Inicialmente, el proceso pulsional corresponde a una necesidad pura

(Freud diría que se trata del instinto 1905, 1910-1911) que se satisface sin

mediación psíquica en un registro totalmente orgánico. El objeto que se le

propone al infante, para calmar la tensión, «aparece» sin que él lo busque y el encuentro entre la necesidad y el objeto genera un estado de placer inmediato

que reduce la tensión. De la repetición de dicho encuentro, se inscriben un conjunto de huellas mnémicas que se repiten y crean, por un lado, satisfacción y, por el lado, un “conocimiento” que prepara al infante para la elección de un objeto anaclítico (acto que naturalmente supera el autoerotismo); la satisfacción

se asocia a la imagen del objeto que le brindó satisfacción(Dor, 1987).

Cuando el niño confunde la imagen mnémica con la excitación pulsional genera una suerte de identidad con la percepción real; este reconocimiento se inscribe en el marco de la satisfacción alucinatoria de deseos y no trasciende

las fronteras de la necesidad; sin embargo, cuando ésta se transforma o se

convierte en una necesidad ligada a una representación mnémica de

satisfacción será automáticamente identificada por el infante como una

invariante. A partir de esta primera experiencia, la manifestación pulsional

transita de lo autoerótico a lo objetal.

En la experiencia de la alimentación, el niño distingue la realidad de la

representación. Dor (1987) define como representación la huella mnémica

asociada a una acción específica; se podría agregar, que sintetiza en un todo el

pecho, la leche, la presencia, el calor, el holding, la satisfacción, etcétera.. A

partir de esta importante distinción, el bebe, descubre la recurrencia de la experiencia repetida asociada a acciones psíquicas (Stern, 1989ª y b),

plantearía que se trata de invariantes) y orienta su búsqueda hacia el objeto

real de satisfacción. Este proceso permite la transformación de la necesidad

pura en una necesidadligada a la representación mnémica satisfactoria.

La imagen mnémica se catectiza por la fuerza pulsional a partir de la primera asociación que se produjo en el psiquismo. Se trata de un proceso

dinámico que facilita la formación de prototipos y de representaciones de experiencias subjetivas así como el despliegue temporal de las mismas. Estas

invariantes garantizan la coherencia del self. (Stern (1989b)

En este sentido, la imagen mnémica se constituye en una representación anticipada de la satisfacción en el marco del dinamismo del proceso pulsional y la necesidad (propia del instinto) se transforma en deseo (Dor, 1987) cuya

esencia, lejos de buscarse en la pulsión, se encuentra en el dinamismo de la

primera experiencia de satisfacción que incluye al objeto en función. En este

sentido, «no existe una verdadera satisfacción del deseo en la realidad» (Dor, p. 161) ya que el deseo no tiene objeto en la realidad: su verdadera dimensión está en la realidad psíquica.

¿Que ocurre en aquellos sujetos en los que la necesidad no se inserta en una cadena de repeticiones y representaciones. ¿Se podría, entonces,

asociar al deseo? O, ¿se puede, mas bien, sugerir que el deseo establece una

suerte de ecuación, signada por la falta de representación, en la que éste es igual o equivalente a la falta?.

El hambre y la sed que son , según Freud, los únicos instintos incapaces de ser representados ni siquiera por la angustia, se reconocen, paradójicamente, en la falta. De acuerdo a esta ecuación, la definición de anorexia como «deseo de la nada» parece adecuada (Heckier y Miller, 1994).

Es interesante establecer una relación entre hambre y saciedad, par que debiera estar naturalmente asociado pero que, en los desórdenes de la alimentación, se encuentra naturalmente disociado. El goce (¿masoquista?) ante la sensación permanente de hambre en las anoréxicas pone en evidencia

que la saciedad no tiene una representación ni en el cuerpo ni en la mente. La ausencia de saciedad en las bulímicas sugiere un hambre permanente: ¿hambre de qué?. En «Duelo y melancolía» (1915a), Freud afirmó que el

melancólico sabe que ha perdido pero ignora lo que ha perdido. ¿Qué se

perdió?. Pareciera que la pérdida no ha podido ser decodificada por emerger

en el espacio dejado por la falta.

La saciedad es el gran ausente de los criterios diagnósticos de los desórdenes de la alimentación y, paradójicamente, es el concepto que más evidencia la falta, la carencia, el vacío, lo insaciable y la falta de representación.

El hambre y la saciedad son mecanismos que integran los aspectos cognitivos y perceptivos de la fisiología humana; sin embargo, al ser los primeros índices de las relaciones tempranas del infante, se constituyen en

patrones de relación que le imprimen al desarrollo un ritmo (Stern, 1989a)

determinado sobre el cual se construirán algunos procesos psicológicos concomitantes que serán fundamentales para el desarrollo emocional del niño.

La selección de comida supone un conjunto de respuestas condicionadas e incondicionadas. La identificación conceptual de las características de la comida y el mecanismo para organizar los aspectos bioquímicos de los alimentos, con su apariencia y su sabor, son necesarios para armonizar la información fisiológica (desde el cuerpo) con el contenido nutricional. Estudios realizados con jóvenes anoréxicas demuestran que estas pacientes no manifiestan indicios de saciedad sino que, más bien, presentan un

«rebote» de hambre justo después de haber comido; mientras que las bulímicas parecen estar siempre con hambre (Zusman, 2000).

La permanente insatisfacción del hambre tiene un correlato emocional significativo asociado a la transformación de la necesidad por deseo en el seno de un vínculo intersubjetivo estable, en el que la necesidad encuentra en la huella mnémica un patrón o una invariante de la representación anticipada de la satisfacción. Dificultades en las satisfacciones primeras de la demanda de

alimentación, del cuidado, de la decodificación de las pulsiones, del holding,

dejarán en el niño la huella de la inquietud, de la insatisfacción, de la carencia y de la falla que, atendiendo a otros factores asociados, podrían constituirse en precursores de los desórdenes de la alimentación.

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