De acuerdo a Barthes en la antigua retórica se reconocían cuatro diferentes funciones dentro del proceso de la escritura; el scriptor era quien escribía las palabras de otros sin agregar ni cambiar nada, elcompilator escribía las palabras de otros organizando el tema pero sin poner las suyas. Era quien tenía la función de reunir e interpretar los textos, el commentator escribía las palabras de los otros y también las suyas, pero las de los otros formaban la parte principal del texto mientras que las suyas eran agregadas simplemente para hacer más claro el argumento, finalmente el auctor, escribía las palabras de los otros y también las
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Cfr. Compagnon, Antoine. Qu'est-ce qu'un auteur? Cours de M. Antoine Compagnon. http://www.fabula.org/compagnon/auteur.php Consulta Internet 26 febrero 2007
suyas, pero las suyas constituían la parte principal de la obra y las de los otros eran agregadas para confirmar lo escrito.
El hecho de que al auctor se le diera un mayor reconocimiento por su labor creadora, no resultaba suficiente para diferenciarlo del commentator debido a la autoridad que ambos tenían, lo que provocaba que sus funciones fueran confundidas en el reconocimiento e influencia que ejercían sobre la opinión pública.
Con respecto a la lectura e interpretación de los textos, el exegeta medieval seguía a san Pablo quien buscaba encontrar el espíritu debajo de la letra. Según Compagnon en la edad media, pero también en toda la historia de la hermenéutica existió el antagonismo entre autor y alegoría; entre más alegórica era la interpretación menos importante era el autor, y por el contrario, entre más se tomaba en cuenta al autor menos alegoría había en la interpretación del texto15.
Al respecto, también San Agustín sostuvo que los signos podían ser literales o figurativos; mientras que los primeros estaban ligados a la significación de las palabras los segundos, que tenían un sentido espiritual, lo estaban a la significación de las cosas, lo que establecía una clara diferencia en la interpretación del texto sagrado y del profano, ya que en este último sólo podía encontrarse la significación de las palabras, la que correspondía a las cosas era exclusiva del texto sagrado.
La diferencia que había entre uno y otro se va haciendo cada vez más evidente a partir del siglo XIII, cuando en la relación entre autor y autoridad da comienzo un largo y lento proceso a través del cual irá surgiendo la noción de autor.
Con respecto al uso que se le daba a este término, únicamente se aplicaba a los escritores que tenían autoridad, es decir que eran respetados socialmente. Pero para tener autoridad se debían cumplir dos requisitos; el primero consistía en la autenticidad de la obra, los textos no podían ser apócrifos o canónicos, y en segundo lugar, debían tener un valor reconocido, es decir gozar de la conformidad de la verdad cristiana, estos dos criterios marcaron una gran diferencia con los textos profanos. San Agustín en su obra “La doctrina cristiana” distinguía las palabras que tienen una significación, de las cosas que eventualmente pueden llegar a tenerla, como en el ejemplo que utiliza Compagnon sobre el madero que Moisés arrojo al mar convirtiendo las aguas amargas en dulces. El sentido que le dio la interpretación alegórica a este hecho fue que el madero arrojado tenía la figura de la cruz.
Los signos del texto sagrado podían ser entonces literales o figurativos. El sentido literal se encontraba ligado a la significación de las palabras mientras que el sentido espiritual estaba unido a la significación de las cosas, ambos eran propios del texto sagrado, mientras que por su parte el texto profano sólo podía tener sentido literal.
En el siglo XIII apareció un nuevo modelo importado de las propuestas que realizó Aristóteles en “La física” para comprender e interpretar los textos. En él se pretendía establecer una correspondencia entre las cuatro causas enunciadas por el filósofo
en este tratado, y cada uno de los aspectos que deberían ser considerados en la producción de un texto. En primer lugar estaba la causa material que correspondía a las fuentes, al sustrato del texto, en segundo término, la causa formal que remitía a la oposición entre materia y forma, en este caso el estilo y la estructura del texto, en tercer sitio la causa eficiente, que se refería a la motivación, la fuerza que hacía pasar de la potencia al acto, y un cuarto elemento que era la causa final, en la que se hablaba de la intención del autor sobre la obra.
Bajo este nuevo paradigma el autor quedó comprendido dentro de la causa eficiente, entendida como aquello que hace ser al texto y que permite pensar de una manera distinta la relación entre el autor humano y el autor divino en la inspiración de los textos sagrados.
Hasta el siglo XII la preponderancia de la exégesis alegórica impedía reconocer la autoría de los escritores que habían intervenido en el establecimiento de los libros de la Biblia, Dios era la fuente de inspiración de los autores humanos. La relación entre autor y causa eficiente, dio lugar a una transformación en el siglo XIII, posibilitándose el establecimiento de diferencias entre tipos de autoría, la causa formal, el estilo y la estructura de los textos. Sin dejar de atribuirle a Dios la autoría de los escritos de la Biblia, se le dio reconocimiento as cada uno de los escritores que intervinieron en ellos.
Este hecho marcó el inicio de una larga trayectoria que tal y como lo señala Steven Bernas, recorrería lentamente desde el siglo XII hasta el XVI para que al concepto de autor le fuera plenamente reconocida su condición humana16.
En el comienzo de este desarrollo existió una doble autoría en el texto bíblico, correspondiente con dos causas eficientes; por una parte el Espíritu santo como motor y por otra el profeta que sin dejar de ser ministro de Dios adquirió autoridad propia. También se pensó que Dios era la fuente original y el autor humano el movimiento, en ambos casos le fue concedido el reconocimiento de su contribución en dar forma a la palabra divina.
Fue en la medida en que el trabajo del ser humano adquiría importancia sobre la autoría del texto que se iba perdiendo el peso que hasta entonces se le otorgaba a la interpretación alegórica. En este sentido, en la línea abierta por san Agustín, santo Tomás y san Buenaventura, se pensaba que un pasaje oscuro de la Biblia debía ser interpretado con otro pasaje, a las cosas se les podía dar significación recurriendo a las palabras, el sentido espiritual podía ser esclarecido remitiéndolo al sentido literal.
En cuanto a la cuestión de la autoría, los textos profanos por lo común eran anónimos ya que sólo los textos de saber requerían el nombre de su autor. En la edad media la figura del autor con frecuencia se encontraba ausente del texto, su nombre no era algo común, podía o no estar, porque no remitía a ninguna figura histórica conocida, por lo mismo era difícil distinguirlo del recitador y del copista. No
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obstante, a pesar de esta dificultad en la relación autor - escritura, el texto llevaba las marcas de la enunciación. Todo texto poético o de ficción de los siglos IX y X hasta el XIV había transitado por la voz, ya que antes de autor el que presentaba un texto era actor, porque lo hacía en voz alta con entonación transmitiendo no solo las ideas sino también las emociones que contenía17.
Era común la escritura colectiva, en muchas ocasiones las historias que se leían eran casi idénticas, los plagios fueron frecuentes pero con la salvedad de que no consistían en poner el nombre a la obra literaria realizada por otro sino en atribuir la propia obra a otro que gozaba de prestigio, pudiéndose encontrar tratados atribuidos a autores míticos, fuentes inexistentes, pseudo agustinianos, etc.18 Se utilizaban no sólo las mismas historias sino que los recursos literarios no variaban, se usaban las mismas citas, a todas luces había una gran falta de originalidad, por lo que se impuso el adagio “No de lo nuevo sino de nuevo19”. Con el paso de los años, progresivamente el actor se fue borrando y al quedar únicamente el texto fue apareciendo la figura del autor.
Durante este periodo fue importante el papel que desempeño y la influencia que tuvo la iglesia católica en el campo de la escritura. La idea de autor dependió en su totalidad de la tradición cristiana y sus técnicas de exégesis, de atribución y autentificación de los textos. En este periodo de la historia se puede apreciar la gran influencia que tuvieron san Agustín y san Jerónimo, ya que el nombre de un autor no era suficiente para atribuirle una obra, por lo que este ultimo estableció cuatro
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Cfr. Brunn, Alain comp. L’auteur. Textes choisis et présentés par Alain Brunn. GF Corpus. Paris 2001. pp. 17- 18
18Hicks, Eric. De l’individuel et du collectif dans les manuscrits. En La naissance du texte, ensemble réuni par
criterios internos para la atribución de los textos: 1) Un nivel constante en el valor de la obra. De esta manera se exigía el nivel más alto alcanzado por un autor en el conjunto de su obra, descartándose cualquiera de ellas que quedara por debajo de éste 2) Coherencia conceptual, lo que implicaba que se excluyeran aquellas obras que contradecían lo que representaba el pensamiento fundamental de un autor, 3) Unidad estilística, era necesario suprimir de las obras las palabras y los rodeos innecesarios, 4) Momento histórico definido, se retiraban aquellos elementos de la obra que ocurrieran después de la muerte del autor. Estos cuatro criterios se reunían en uno, lo que propició que antes de definir a un autor como individuo se le consideraba como “principio de una cierta unidad de escritura”.