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Fue en el contexto del descubrimiento de América que los eu- ropeos trajeron la viruela al Perú, la cual, al ser una enferme- dad frente a la que los nativos americanos no tenían inmuni-

La viruela y la vacuna antivariólica

dad, ocasionó millones de muertes. Las epidemias de viruela fueron recurrentes entre los siglos xvi y xviii en el Perú, y tu- vieron su origen en uno de los acontecimientos de más impac- to desde lo cultural, lo biológico, lo económico y lo político en la historia global: el encuentro entre europeos y americanos. En este evento, se produjo lo que Alfred Crosby (2003) popula- rizó como el «intercambio colombino»: mientras los europeos trajeron vacas, caballos, vid, aceitunas, cebollas, trigo y males como la viruela, el sarampión, el tifus, la peste bubónica y la influenza; desde América se exportó, al resto del planeta, ca- cao, maní, tabaco y papa, entre otros4. Las estimaciones de los

historiadores varían, pero uno de los principales estudiosos del tema, David Noble Cook (1999), señala que, de los aproxi- madamente seis millones de personas que habitaban en el in- canato, un 80% falleció en los primeros cincuenta años tras la conquista, incluyendo al inca Huayna Cápac en Quito, cuya muerte tuvo una tremenda resonancia política, como era pre- visible. Se considera que las frecuentes epidemias de viruela acaecidas en el siglo xvi causaron la defunción del 30-50% de la población andina. Hubo casos de epidemias particularmen- te impactantes, como la que devastó la provincia de Jaén en 1590, que redujo la población nativa de 30 000 a 1000 personas. Cook nos da cuenta también de una propagación temprana y rápida de la viruela: en 1524 ya habríamos experimentado epi- demias en los Andes, esto es, el virus viajó más rápido que los conquistadores.

Desde el desembarco de Cristóbal Colón, en 1492, hasta me- diados del siglo xx, se sucedieron de forma recurrente epide- 4 Aunque ha habido más debate con el caso de la sífilis, la cronología apoya la

idea de que fue una enfermedad que pasó de América a Europa, vía soldados que participaron de la conquista.

mias de sarampión, viruela y tifus, las cuales mataban a miles de personas en cada brote. Es decir, fue un factor de despobla- ción constante en los Andes coloniales. El impacto demográ- fico tuvo efectos en la economía, la política y la cultura, como con la derrota de los incas. Claro está, la viruela no fue el único factor que produjo este suceso, hubo otros como la falta de co- hesión interna en el incanato y la supuesta superioridad tec- nológica militar europea, pero sí fue trascendental. Hay que recordar que la economía inca no era monetizada, el poder de sus autoridades se basaba en el acceso a mano de obra, la cual quedó devastada.

Además, tanto entre los amerindios como entre los euro- peos del siglo xvi, había explicaciones sobrenaturales y divi- nas para las epidemias. El hecho de que esta enfermedad traí- da por los españoles causara tal cantidad de muertes entre la población andina, incluyendo supuestamente la del inca Huayna Cápac, fue usado por los conquistadores como prue- ba de la mayor fuerza del Dios católico. Ahora sabemos que el contacto por siglos con la enfermedad había dado a los euro- peos una cierta inmunidad, pero eso no se conocía en aquella época. Inmunidad en medicina hace referencia a la capacidad del cuerpo humano de detectar y eliminar agentes patóge- nos antes que se desarrolle la enfermedad. En este punto, es necesario reiterar que las explicaciones sobrenaturales a las epidemias eran comunes en ambos lados del Atlántico. Las epidemias eran vistas como «castigos divinos» y, por ende, par- te de las respuestas se orientaban a los cultos religiosos o la organización de procesiones. La idea de la enfermedad como consecuencia de un mal comportamiento moral o el olvido de prácticas religiosas no ha sido abandonada del todo, a pesar de la expansión de la medicina científica. Hasta hoy muchas

La viruela y la vacuna antivariólica

personas combinan explicaciones científicas y religiosas ante el surgimiento de una crisis sanitaria de este tipo.

Las respuestas científicas para controlar la enfermedad en el siglo xvi y xvii resultaban, de igual modo, poco útiles. Se aplicaban sangrías y purgas, tratamientos que se basaban en las tesis hipocráticas. Debemos recordar que la escuela médica hipocrática, que tuvo una influencia durante siglos, postulaba que las enfermedades eran consecuencia del desequilibrio de los humores que componían el cuerpo humano. Había cuatro humores o líquidos en el cuerpo: bilis negra, bilis amarilla, fle- ma y sangre. La salud dependía del equilibrio de estos, el cual se podía romper por el exceso de bebida y comida o cambios de clima. A la par, especialmente en China, India y Turquía, va- liéndose de saberes populares adquiridos sobre el contagio, se inoculaba a los niños una versión atenuada de la enfermedad para que desarrollaran inmunidad. La expectativa era que su- frieran de malestar y fiebres por unos días, luego de los cua- les quedarían inmunes. En India, por su lado, se exponía a los niños a la ropa o frazadas de los contagiados para alcanzar el mismo fin.

En los Andes, en los siglos xvii y xviii, se usaron los polvos de las costras de los enfermos para buscar esta inmunidad. Una característica de la viruela, a diferencia de otras enfer- medades, es que el cuerpo humano genera inmunidad una vez que la ha superado. A comienzos del xviii, lady Mary Monta- gue, esposa del embajador británico en Constantinopla, actual Turquía, entonces Imperio Otomano, quien había sufrido de viruela y había quedado con las marcas de la enfermedad, hizo suya la lucha por extender la práctica de la inoculación en In- glaterra. Tuvo que vencer la desconfianza de varios médicos y de amplios sectores de la población, que consideraban pe-

ligroso este método, pero finalmente logró que se hiciera una práctica popular, primero entre las familias de la nobleza in- glesa y luego más allá de estas. No obstante, muchas veces este tratamiento fallaba: niños sanos adquirían la enfermedad, la propagaban y desataban brotes epidémicos. La viruela siguió circulando de forma epidémica en Europa en el transcurso del siglo xviii. En el Perú, fueron los médicos Cosme Bueno y Félix Devotti, a mediados de esa centuria, los que promovieron la práctica de la inoculación. Un método más seguro y eficiente se logró con la vacuna jenneriana.