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El 8 de febrero de 1517 el gobernador Diego Velázquez dio licencia al capitán Francisco Fernández de Córdoba para que viajara en busca de esclavos a las Lucayas (Bahamas). En lugar de eso, un error de orientación provocó que las naves contactaran con la península del Yucatán.
Los expedicionarios creyeron que habían topado con una isla. Tras desembarcar en sus costas fueron recibidos por la hostilidad de algunas tribus que parecían más evolucionadas y agresivas que las caribeñas, por lo que después de ver diezmado su contingente, el jefe español optó por regresar a Cuba dispuesto a dar cuenta del intrigante hallazgo a Diego Velázquez, quien, emocionado por el relato de su capitán, dispuso el envío de una nueva flotilla en el transcurso del siguiente año.
informe la existencia de ciudades bien urbanizadas, con unos habitantes de cultura bastante superior a lo conocido en otras tribus; ponía en aviso de que se trataba de gentes arrogantes y belicosas y que la empresa de conquista no sería fácil. Mas las advertencias no disuadieron al ambicioso gobernador y, el 1 de mayo de 1518, zarpó una flota bajo el mando de Juan de Grijalva, quien costeó varias millas explorando el litoral mexicano.
En Yucatán —cuna de los mayas entonces dominados por los aztecas— la llegada de los navíos fue motivo de alarma y algunos emisarios se encaminaron raudos hacia la capital Tenochtitlán, ciudad situada a unos ciento ochenta kilómetros de los puntos visitados por las naves españolas. En ella gobernaba Moctezuma II —jefe del imperio azteca—, quien recibió con temor los dibujos efectuados por sus espías sobre la nunca vista imagen de los españoles y sus armas.
fueron descritos de esta manera:
En medio del agua vimos una casa por la que aparecieron hombres blancos, sus caras blancas, y sus manos lo mismo. Tienen largas y espesas barbas y sus trajes de todos los colores: blanco, amarillo, rojo, verde, azul y púrpura. Llevan sobre sus cabezas cubiertas redondas. Ponen una canoa bastante grande sobre el agua, algunos saltan a ella y pescan durante todo el día cerca de las rocas. Al anochecer vuelven a la casa en la cual todos se reúnen. Esto es todo lo que podemos deciros acerca de lo que deseabais saber.
Grijalva había fondeado en Tabasco, lugar en el que no había encontrado tanta resistencia por parte india; lo que ignoraba por el momento es que su expedición abriría el camino definitivo para la conquista de un imperio y que las circunstancias y las profecías acudirían en beneficio de los españoles para dicho empeño.
Entre los aztecas existían numerosas tradiciones ancestrales que les ponían en aviso sobre su futuro. La más arraigada de sus leyendas hablaba de Quetzalcóatl, deidad representada por una serpiente emplumada, alegoría de sabiduría suprema. Esta divinidad había visitado en tiempos pretéritos a los aztecas y entre ellos predicó una religión bondadosa que incitaba al ser humano a poner en práctica sus mejores virtudes. Según la leyenda, Quetzalcóatl era blanco, barbado y de gesto grave, y su origen se situaba en Oriente, más allá de las aguas oceánicas. Asumió el trono azteca pero pronto comprobó con tristeza que sus súbditos no obedecían sus postulados. La desidia y la desconfianza azteca empujaron al dios emplumado a un forzoso abandono de aquel territorio. Antes de partir por donde había venido pronunció ante los aztecas una última profecía: cuando llegara el año Ce Acatl, él regresaría para recuperar su trono. Curiosamente, el año anunciado coincidía con 1519, o, lo que es lo mismo, la presencia de Grijalva unos meses antes
fue interpretada como embajadora de la llegada del mismísimo Quetzalcóatl. Los rostros blancos, las barbas crecidas, las armas de cuyas bocas manaba fuego, todo encajaba en las creencias aztecas. En efecto, no existía ninguna duda, el también conocido como «Dios del aire» regresaba para recuperar su poder.
Moctezuma, temeroso ante la reacción de su pueblo, quiso contactar con los españoles para cubrirlos de presentes, a la espera de un pacto que le permitiera seguir gobernando hasta el fin de sus días, sólo entonces Quetzalcóatl podría recuperar el poder. Sin embargo esta oferta no fue bien comprendida por los expedicionarios, quienes, invadidos por la fiebre del oro y porque desconocían las lenguas maya y náhuatl, no atendieron las peticiones aztecas y regresaron a Cuba con un excelente botín. Este magnífico resultado alentó aún más las intenciones de Diego Velázquez, quien, en alianza con Hernán Cortés, preparaba una espléndida flota de once navíos a los que estaban abasteciendo con toda la
diligencia posible. Pero, en esos frenéticos meses, el recelo entre los otrora amigos había crecido y algunas desavenencias personales les enfrentaron a tal punto que el extremeño dio con sus huesos en la cárcel. No obstante, la fortuna de Cortés era necesaria para pertrechar la flota expedicionaria con garantías y Velázquez calmó su ira momentáneamente a la espera de una mejor oportunidad que le quitara de en medio a su molesto oponente.
El matrimonio en aquellos meses de Cortés con Catalina Juárez, hermana de la prometida de Velázquez, calmó momentáneamente las aguas. Sin embargo, una vez liberado de prisión el extremeño siguió fomentando su popularidad entre los colonos, convenciéndolos de que él era el auténtico protagonista de aquella empresa que estaba dispuesta a emprenderse. Velázquez ya no pudo más y desautorizó a Cortés cuantos preparativos estuviese realizando. Pero la orden llegó demasiado tarde, pues el futuro conquistador, ante el enfado del gobernador,
mandó ultimar detalles y con todo dispuesto se lanzó por su cuenta a la aventura.
El 18 de febrero de 1519 zarpaba la flota rebelde integrada por once naves con unos quinientos cincuenta hombres, dieciséis caballos y algunas piezas artilleras. A los pocos días los navíos recalaban en la isla de Cozumel, frente a las costas de Yucatán, donde recibieron la inesperada visita de Jerónimo de Aguílar, superviviente de un naufragio acontecido ocho años antes.
La alegría del encuentro se incrementó cuando el náufrago contó su fascinante historia, en la que relataba su aprendizaje del idioma maya mientras servía como esclavo de un cacique local; su conocimiento de la lengua autóctona resultaría fundamental para la futura gesta.
Tras abastecerse de agua y víveres los buques españoles zarparon rumbo al continente, el destino era Tabasco, lugar descubierto anteriormente por Grijalva y donde se presumía una presencia nativa amistosa. Sin embargo,
sucedió todo lo contrario: una vez desembarcados los españoles comprobaron cómo doce mil indios tabasqueños se posicionaban ante ellos en formación de batalla. Cortés, sin arredrarse, ordenó atacar al contingente indígena. Así describió el choque el cronista Bernal Díaz del Castillo:
Recuerdo que cuando disparamos, los indios dieron grandes gritos y silbidos y lanzaron barro y polvo al aire, de forma que no viésemos el daño que les hicimos, y sonaron sus trompetas y tambores y silbaron... En ese momento vimos a nuestros hombres de a caballo y como la gran muchedumbre de indios nos atacaba furiosamente, ella no se dio cuenta inmediatamente de que aquellos se les venían encima por la espalda...Tan pronto como vimos los jinetes, caímos sobre los indios con tal energía que, atacando nosotros por un lado y los de a caballo por otro, pronto aquéllos dieron la espalda. Los indios
creyeron que el caballo y el jinete eran un solo animal, porque nunca habían visto caballos hasta tal momento.
La eficacia demostrada por los hombres de Hernán Cortés ocasionó más de ochocientos muertos y la sumisión de los caciques mayas, quienes aceptaron sin condiciones la autoridad del emperador español y de la Virgen María. Además ofrecieron abundantes regalos de oro, plata y piedras preciosas, así como sabrosa comida y veinte mujeres, entre las que se encontraba Malinalli Tenépal, que en idioma náhuatl significaba «abanico de plumas blancas», una hermosa princesa azteca de diecisiete años que por diferentes circunstancias se había convertido en esclava de los mayas.
Malinalli —nombre que los españoles castellanizaron como Malinche— fue bautizada en compañía de otras jóvenes para que pudieran yacer con los soldados españoles; el nombre que le tocó en suerte fue Marina, en recuerdo de la
mártir gallega. En principio el seductor Cortés no se fijó en la muchacha, sino que se la entregó a Alonso Hernández Portocarrero, uno de sus capitanes, que sin remilgos la aceptó.
Más adelante se comprobó que Marina, dada su procedencia, hablaba perfectamente el náhuatl, lengua de los aztecas. Como el clérigo Jerónimo de Aguilar hacía lo propio con el maya, casi, sin querer, Hernán Cortés, se vio arropado por un magnífico equipo de traductores que, a la postre, serían esenciales en la conquista de Nueva España.
Tras vencer a los tabasqueños, el pequeño contingente español reembarcó para costear hasta la isla de San Juan de Ulúa, donde contactaron con los enviados de Moctezuma II. Una vez más el destino se puso del lado español pues Moctezuma no dudo un solo instante sobre la procedencia divina de aquellos desconocidos; para mayor confirmación, su llegada coincidía con las fechas establecidas por Quetzalcóatl en su profecía. Los mensajeros aztecas colmaron de
regalos a los españoles, confiando en el efecto disuasorio que el oro y los finos presentes provocarían entre los blancos. Empero, lejos de aceptar el soborno real, Cortés animó a los suyos diciéndoles que eso no era nada más que una pequeña parte del inmenso tesoro que esperaba a todos aquellos que le siguieran en la aventura. El extremeño, convertido por azar en dios viviente, arengó a su entusiasmada tropa para que iniciara el avance conquistador de Nueva España. La suerte estaba echada para los méxicas.
Así describió Hernán Cortés, en carta dirigida a Carlos I, la emoción de aquel momento único:
Yo quería seguir adelante y encontrarme con él donde quiera que estuviese para lograr atraerle a un reconocimiento del emperador y sumarle a sus señoríos, como antiguamente lo fueron los reyes de taifas moros.
aztecas, Hernán Cortés tuvo claro que la oportunidad de algo grande se presentaba ante él. La conquista de México daba sus primeros pasos, pero existían algunos problemas en las filas españolas, y es que Cortés no ignoraba que su acción podía ser considerada rebelde a la corona. A esto se añadía un fuerte recelo hacia la actuación que pudieran tener algunos personajes integrantes de la aventura a los que se les suponía cierta fidelidad a Velázquez, lo que constituiría un serio obstáculo en la buena marcha de la misión, dado que en aquellos momentos confusos nada se podía descartar, ni siquiera una deserción masiva de la irregular hueste. Por tanto, se debían tomar las decisiones más oportunas con el propósito de evitar malentendidos y, al respecto, vinieron muy bien los conocimientos legislativos adquiridos por el extremeño en su etapa salmantina.
A fin de evitar futuros litigios con el airado gobernador cubano por el control de aquella gesta, Cortés fundó la ciudad de Villa Rica de la
Veracruz, en la cual, siguiendo las normas establecidas, se creó un cabildo con sus justos representantes. Éstos tuvieron que elegir un capitán de armas y el mejor candidato no era otro sino Hernán Cortés. De esta manera, el inteligente aventurero obtenía un nombramiento oficial que le permitiría asumir la campaña en representación del rey de España Carlos I, al que con presteza envió noticias de todo lo acontecido en la primera de sus cartas de relación.
Hernán Cortés, astuto como nadie, tuvo informado constantemente al monarca español sobre todos sus avances y éxitos. Esta hábil maniobra le equipara a Julio César, quien hiciera lo mismo en su campaña de las Galias. Los minuciosos detalles ofrecidos en sus amplías epístolas —se conservan cinco cartas de relación — abrieron el Nuevo Mundo a la percepción de los europeos cultos, que, ávidos de noticias sobre lo que estaba ocurriendo, tradujeron los escritos de Cortés en poco tiempo a varios idiomas, motivo por el cual esas narraciones
cortesianas se convirtieron en un auténtico best- seller de la época, popularizando, aún más si cabe, la figura del extremeño.
Antes de dichos eventos literarios, sucedieron diferentes episodios que engrosaron la leyenda del bravo conquistador. Los informes antes mencionados fueron despachados en un buque que zarpó rumbo a la península Ibérica, mientras que los diez navíos restantes fueron hundidos después de trasladar a tierra todos los elementos útiles. Con esta orden, en apariencia incomprensible, Cortés disipó cualquier intención escapatoria de los leales a Velázquez, asegurando, de ese modo, que nadie se volvería atrás en la epopeya mexicana. Erróneamente se ha dicho que estas naves fueron incendiadas, pero no fue así, tan sólo se inutilizaron por las causas ya referidas.
En agosto de 1519 los recién establecidos españoles comenzaron a diseñar el definitivo asalto sobre Tenochtitlán, capital de la confederación azteca.