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EL SÍNDROME DE LA COCA-COLA

Cuando en una cultura un libro determinado se considera como la escritura sagrada, uno no se puede extrañar que se tome en serio. Cuando, por ejemplo, en un ámbito cultural la Biblia se considera como escritura sagrada y los salmos se utilizan como libro de oraciones, nada tiene de extraño que también se tomen en serio los versos: Quiero perseguir a mis enemigos y apresarlos / y no retornaré hasta que los haya matado.

Quiero aniquilarles hasta convertirles en polvo al viento / los arrojo de mí como basura a la calle.

¡Loado sea el Señor! ¡Alabada sea mi roca! Loado sea el dios de mi salvación, el dios que me procura venganza / y que somete a mí los pueblos1.

Allí donde la Biblia sea oficialmente una escritura sagrada debemos contar con que la gente tratará de cumplir al pie de la letra esa escritura. No hay argumentos contra semejante consecuencia en el pensar y el actuar, ningún ilustrado puede refutar nada aquí.

Es necesario actuar de forma indirecta y cauta si se quiere conseguir algo en contra de las ideologías. Es necesario poner de manifiesto ante la opinión pública de forma detallada y clara el contenido de la ideología para que perciba su peligrosidad mientras todavía hay tiempo. Ese es todo el secreto de la subversividad de la razón: se basa sencillamente en exponer la doctrina a socavar para que esta se destruya a sí misma. La subversividad de la razón se basa en que se toma en serio al adversario, extremadamente en serio, más en serio que la masa de sus simpatizantes y partidarios de buena fe. Tomar en serio al adversario quiere decir ante todo tomar en serio sus lemas y programas más intolerantes, malvados y extremistas y no decir nunca: «las cosas nunca llegarán a ponerse así de mal». El hecho de que en su época no se leyera con la debida atención el Mein Kampf de Hitler se tomó cumplida venganza.

Aquí se nos objetará que el ilustrado tiende a ver fantasmas y a considerar gente decente e inofensiva como demonios en potencia. En lo tocante a las sagradas escrituras, se nos dirá, todo depende de la interpretación adecuada. Es preciso leer estos escritos con el espíritu adecuado, gracias a lo cual demostrarán ser los escritos más cabalmente defensores de la tolerancia y de la paz. Pero ya hemos visto cuán poco concluyente es la controversia interna, inmanente a los textos, que se ocupa de un texto sagrado. Aquí se interpreta pacífica y allí sanguinariamente, según las necesidades.

Además de los trucos de la interpretación textual hay otra circunstancia que en ocasiones hace que los esfuerzos del ilustrado parezcan un combate contra molinos de viento. Cuando una ideología que en sus orígenes era radical y revolucionaria llega con el tiempo a un entendimiento con el mundo que la rodea, el observador muchas veces constata una peculiar combinación de radicalismo verbal con una praxis «pragmática», pacífica. La ideología parece ahora curiosamente difusa, con lo que el crítico ya no sabe muy bien contra qué dirigir su crítica.

Designaremos una situación de este tipo como síndrome de la Coca-Cola, que explicaremos a continuación. En 1886, un anuncio de un refresco todavía poco conocido afirmaba lo siguiente:

COCA-COLA: Delicious. Refreshing. Exhilarating. Invigorating. The new and popular soda fountain drink, containing the properties of the wonderful Coca plant and the famous Cola nuts2.

La publicidad decía la verdad: en aquella época, el refresco contenía de hecho extractos de la planta de coca. Posteriormente, estos extractos, con sus maravillosas propiedades, fueron considerados drogas y el refresco en cuestión hace tiempo que no contiene ningún extracto de coca; pero el nombre permanece. El vaciamiento secreto de la dogmática es una característica de las religiones e ideologías que han podido establecerse durante mucho tiempo en el mundo. De determinados dogmas se prefiere no hablar nada en absoluto; en cualquier caso, son reinterpretados alegóricamente, se les hace inofensivos, se difuminan. Este fenómeno también pudo observarse en el marxismo. Durante decenios, la socialdemocracia europea ofrecía una extraña imagen; en la ideología oficial se defendía el marxismo ortodoxo con su doctrina de la transformación violenta de la situación mediante una revolución mundial con la subsiguiente dictadura del proletariado. Al mismo tiempo, se esforzaba por obtener votos de forma no revolucionaria, democrática, y se atenía a las reglas de juego del parlamentarismo. Quien fuera a los marxistas con su teoría de la revolución mundial podría ser ridiculizado como anacrónico, como alguien que había leído erróneamente («adialécticamente») los escritos y atribuía a los marxistas una violencia que, evidentemente, no les era propia. En otras palabras: el crítico parecía ridículo, paranoico, malicioso. Y sin embargo, en las sagradas escrituras de Marx y Engels estaba escrito...

El hecho de que una cosmovisión exhiba en sus banderas una guerra santa cualquiera contra el resto de la humanidad, aunque en realidad coexista pacíficamente con el resto del mundo, no es ni mucho menos una rareza. Esa circunstancia no permite de ninguna manera concluir con seguridad que esa cosmovisión se haya hecho inofen- siva y haya dejado de ser un peligro. El fenómeno del fundamentalismo nos enseña algo distinto.

Si bien uno puede darse plenamente por satisfecho con el hecho de que un refresco (sea cual sea el nombre que tenga) ya no contiene drogas, en el ámbito ideológico-religioso las cosas no son tan inofensivas. Sin duda, una iglesia que se presenta como «moderna», es decir, inofensiva, es menos desagradable que una que practique la Inquisición; pero cuando la dogmática con la que se justificaba la Inquisición no se ha transformado radicalmente, es necesario no bajar la guardia. De momento, el refresco se fabrica según una fórmula más moderna, pero la antigua todavía está en el recetario. El ilustrado puede y debe volver a abrir ese libro y leerlo en voz alta.

Aunque el resorte que mueve al ilustrado sea de índole moral, este debería guardarse de prédicas morales (si no es un maestro consumado en la materia) y concentrarse en una exposición capaz de impactar. En lo que sigue, trataremos de mostrar a qué podría dirigir el ilustrado las miradas del público, aun cuando, y precisamente cuando, una institución ideológica de momento se presente como pacífica e inofensiva.

EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS

Fuera de la iglesia no hay salvación, reza un antiguo principio de la iglesia católica3, que en una interpretación modificada también lo es de las reformadas. Significa que quien no pertenece a la iglesia (en el sentido original: a la iglesia católica) no se contará entre los bienaventurados, sino que será condenado.

En el concilio florentino de 1441 el papa Eugenio IV emitió el decreto: «La santísima Iglesia romana cree firmemente, proclama y predica que nadie que no sea miembro de la Iglesia católica podrá tomar parte de la vida eterna»4.

Se le puede dar las vueltas que se quiera; es un principio de intolerancia. Y no puede ser de otro modo, pues

Si la Iglesia es la única fundada por dios, portadora y mediadora infalible de la gracia, va de suyo el rechazo absoluto del indiferentismo religioso o de la denominada tolerancia religiosa [...] la intolerancia dogmática está inseparablemente unida a la convicción [...] de estar en posesión plena de la verdad 5.

Entretanto, en la iglesia ya se sabe muy bien que formulaciones excesivamente radicales producen mala impresión de puertas afuera. Por tanto, se ha hecho habitual añadir explicaciones atenuantes, conciliatorias, especialmente cuando se trata de la salvación o la condena de los poderosos. Así, por ejemplo, podía leerse en un diccionario teológico de la época:

Es un disparate que en los discursos confesionales se afirme que, según la doctrina católica, el emperador alemán y su familia, en tanto que protestantes, «irían al infierno». El catolicismo no se arroga una determinación individual de este tipo. Existe, indudablemente, la posibilidad de la bienaventuranza para los no católicos 6.

La pretensión de haber tomado en arriendo la gracia se compadece mal con la vida práctica. Por ese motivo, ya había escrito Voltaire con suficiencia:

En Europa viven 40 millones de personas que no pertenecen a la iglesia romana. A todas deberíamos decirles lo mismo: «señor mío, como está usted irremisiblemente condenado, no quiero ni comer, ni beber, ni tener tratos con usted, ni hablarle».

¿Con quién podría uno comerciar, qué deber de la vida pública podría cumplirse, si uno estuviera perpetuamente atormentado por la idea de haber tenido tratos con un réprobo, con un condenado?7

Sería más sencillo renunciar a la fórmula extra ecclesiam nulla salus; pero de ese modo, toda iglesia renunciaría a sí misma. De modo que se empieza a distinguir entre teoría y praxis. Consecuentemente, una obra teológica estándar afirma lo siguiente:

La tolerancia teórico-dogmática equivale a renunciar a la justificación exclusiva de la propia convicción religiosa y al [...] indiferentismo en cuestiones religiosas. Por tanto, la intolerancia teórica es característica de toda religión dogmática...8

Pero uno no puede ir «teóricamente» al infierno: uno se asa o es bienaventurado. Aquí se origina una mezcla de radicalismo verbal dogmático y comentario paliativo... En la práctica esto significa que los dogmáticos rigurosos afilan el cuchillo, mientras que el clero se presenta como pacífico, conciliador, tolerante y comprensivo, en todo caso allí donde las relaciones de poder no permiten mucho más. Los documentos doctrinarios oficiales se dirigen entonces contra las interpretaciones «rigoristas» (es decir, histórica y sistemáticamente correctas) del principio extra ecclesiam nulla salus, pero al mismo tiempo subrayan la necesidad de la iglesia para la salvación, sin la cual carecería de sentido toda la actividad misional9. Esa «inconsecuencia consecuente» no es fácil de comprender teóricamente. Si se piensa de forma totalmente consecuente, se entiende la opinión de Rousseau:

Los que distinguen la intolerancia civil de la teológica se equivocan, a mi juicio. Estas dos intolerancias son inseparables. Es imposible vivir en paz con personas a quienes se cree condenadas; amarlas sería odiar a dios que las

castiga; es de absoluta necesidad convertirlas o darles tormento. [...] Quien se atreve a decir: «Fuera de la Iglesia no hay salvación», debe ser expulsado del Estado10. No cabe duda de que una praxis conciliadora es más grata para la humanidad que una «rigorista», pero no es ninguna base segura de futuro en tanto que persista en segundo plano la dogmática intolerante. El ilustrado siempre debe remitir a esta, debe siempre mostrarla ante el público asombrado, de forma tan drástica como sea posible. Pues la iglesia, toda iglesia, al fin y al cabo educa a sus miembros para admitir, aceptar, tomar en serio su dogmática. Y en toda generación habrá creyentes que estén dispuestos a hacerlo.

Cuando que humeen o no las hogueras depende más de la sensatez de la jerarquía bien establecida que de la doctrina como tal, el ilustrado no debería bajar la guardia. Si se modifican las relaciones de poder las hogueras podrían volverse a prender rápidamente sin que fuera necesario cambiar nada en la doctrina. El arsenal teórico de la intolerancia está tan dispuesto como lo estuvo siempre.

Por eso, el ilustrado tiene que atacar, desenmascarar, socavar la ignorancia mientras aún quede tiempo. El método es sencillo: tomar completamente en serio la doctrina en cuestión y no dejarse irritar por pragmáticas diluciones del refresco. Sería erróneo considerar hipócritas y falsarios a la totalidad de los partidarios de una doctrina intolerante en la teoría, pero muy tratable en la práctica. Su carácter pacífico se basa, sin embargo, en que no se dan cuenta de que les están aguando el refresco. Por el contrario, el crítico debe estudiar más atentamente la etiqueta de la botella dogmática. Al hacerlo parecerá a veces un Quijote, pero nadie puede saber cuándo va a venir el próximo fundamentalismo. Y cuando se presenta, es demasiado tarde para argumentaciones de cualquier tipo.

INFIERNO Y CONDENACIÓN

La cuestión de la condenación eterna de los no cristianos o no católicos se relaciona de forma directa con lo que acabamos de tratar. Hoy, la pregunta de qué pasa con las almas de los no creyentes, de los que no alcanzan la bienaventuranza (es decir, la mayoría de las almas) pone en una situación embarazosa a cualquier teólogo. Si sólo hay un camino hacia la bienaventuranza eterna, a saber, el de la única iglesia verdadera, los paganos, musulmanes o ateos no la pueden alcanzar. ¿Qué pasa entonces con ellos? Hoy, los teólogos evitan esta pregunta como el diablo el agua bendita. Antes no había tantas contemplaciones.

Voltaire pregunta a un teólogo:

¿Crees que las almas de Pitágoras, Confucio, Sócrates, Cicerón, Epicteto o Marco Aurelio están ensartadas para que los diablos las asen durante toda la eternidad? De forma histórica y dogmáticamente acertada, Voltaire hace responder al teólogo:

Serán asadas por toda la eternidad... No hay nada que esté tan claro ni que sea tan justo11.

Está claro que esto no conmueve lo más mínimo a la persona auténticamente piadosa. Pero muchos de los que no están tan seguros de su religión sí que se sentirían extremadamente incómodos si se les presentan estos hechos sin adornos. Todavía un teólogo estrella del siglo XX habla lleno de admiración del valor de teólogos anteriores para mandar al infierno a todos los no ortodoxos:

Todavía un Francisco Javier dijo a los japoneses a los que quería convertir que, evidentemente, todos sus antepasados estaban condenados al infierno. Y también un Agustín hubiera tenido que responder lo mismo según su teología, y esa postura forma parte, casi hasta nuestros días, del pathos fundamental del trabajo misionero cristiano entre los paganos 12.

Se escucha claramente cómo se lamenta de que hoy ya no sea posible ese valor, esa honrada consecuencia. El teólogo actual tiene reparos en mandar al diablo sin más a sus conciudadanos; ¿pero tenían o no razón los teólogos del pasado con su pathos fundamental?

FUNDAMENTALISMO

La palabra «fundamentalismo», que en estos momentos desgraciadamente es necesario utilizar con tanta frecuencia, es un término muy adecuado. El fundamentalismo no puede rechazarse como una perversión o falsificación de una ideología o religión en sí misma mansa, absolutamente bondadosa. El fundamentalista simplemente es más consecuente que otros partidarios de la misma doctrina que han obtenido cargos y sinecuras. Se vuelve a los fundamentos de la ideología, a los textos sagrados originales. El fundamentalismo no es otra cosa que volver a tomar en serio el radicalismo verbal de la dogmática. Las botellas vuelven a llenarse con veneno; y, en cierto sentido, esto es hasta más honrado; el contenido de las botellas vuelve a ser el que indica la etiqueta (la coherencia fundamentalista siempre es, en realidad, muy parcial, pero eso no nos interesa aquí).

Realmente, de toda dogmática intolerante debería derivarse continuamente discordia, agresión y guerra... y la dogmática es necesariamente intolerante. No puede confiarse en ninguna ideología, sea cristiana, judía, islámica, marxista, atea, racista, nacionalista o del tipo que sea, por pacíficamente que se comporte de momento, mientras consienta elementos intolerantes o inhumanos, siquiera sea en su rincón teórico más oculto. Es preciso contar siempre con la irrupción de un fundamentalismo. El fundamentalismo es la mala conciencia de la ortodoxia atemperada por el pragmatismo. Una ideología intolerante puede ser más soportable por su aplicación laxa e inconsecuente en la praxis, pero llegado el momento de la verdad, no puede oponer nada a sus fundamentalistas. ¿No está escrito en los libros sagrados qué...?

DIBUJAR EL IDEAL

Cuando una ideología se ha hecho (otra vez) fundamentalista, radical, fanática y además ha logrado hacerse con el poder en el estado, incluso los más ingenuos verán claramente dónde se han metido. El ilustrado no tendría entonces dificultad alguna para demostrar a sus congéneres las desventajas y horrores de la ideología en cuestión... sólo que ya no tiene oportunidad de alzar su voz. Es necesario adelantarse al fundamentalismo. A pesar de que en último término esto sólo es posible si se socava la doctrina entera sin dejarse impresionar por su efecto Coca-Cola, el paso más urgente siempre es anticiparse en la imaginación a todos los posibles espantos, al posible terror, es decir, al fundamentalismo, sin ocuparse por el momento de la ideología en su conjunto. En cualquier caso, tampoco hay que excluir esto por completo. Hay que descartar el temor de que, al actuar de este modo, uno invente terroríficos fantasmas imaginarios: la maldad y la ruindad humanas han superado ya todo lo imaginable.

El principio metodológico del ilustrado es el que se refleja en esta formulación de Nietzsche: Cuando más rigurosamente se critica a un hombre o a u n libro es cuando se dibuja su ideal 13.

Dibujar el ideal quiere decir tomar literalmente una doctrina, adoptar como caballo de batalla todas y cada una de sus palabras, proposiciones y dogmas, sacar a la luz implacable los absurdos y brutalidades de sus dogmas y mostrar despiadadamente sus consecuencias últimas. Se obliga a los ideólogos principales, pero sobre todo a sus inocentes partidarios, a adoptar de una vez por todas una postura clara frente a los elementos de su dogmática, que de otro modo suelen ocultar a su espalda de forma vergonzante. Los adversarios del marxismo tenían razón cuando insistían una y otra vez en la cuestión de la revolución mundial y la dictadura del proletariado. Naturalmente, sabían perfectamente que los responsables de la política real del bloque del este hacía mucho que se habían aburguesado. Pero sus adversarios no se dejaban confundir: ¿quién podía estar seguro de que un día no llegara al poder un marxismo fundamentalista?

A veces basta con leer en voz alta y clara lo que está escrito en los textos sagrados de una religión o de una ideología pero que se prefiere pasar por alto. Consideremos, por ejemplo, el siguiente mandamiento de la Sagrada Escritura:

Quien levanta su mano contra su padre debe morir. Quien maldiga a su padre o a su madre, será condenado a muerte 14.

¿Quién se toma esto en serio? ¿Cómo se compadece eso con una educación más moderna y comprensiva, menos «represiva»? ¿Qué niño no ha maldecido alguna vez a sus padres? ¿Cuántos niños habría que matar para cumplir el mandamiento bíblico? Naturalmente, el creyente en la Biblia se atrincherará detrás de las respuestas habituales: el mandamiento citado se ha sacado de contexto y se ha deformado su sentido, está sólo en el Antiguo Testamento, no en el Nuevo, no puede leerse literal-jurídicamente en el sentido del código penal, en realidad no se ha matado ni a un solo niño por las razones mencionadas. En general, el ilustrado busca con ánimo hostil los pocos pasajes, quizá oscuros, pero que en todo caso pueden aclararse históricamente, y los saca de su contexto; sin embargo, ignora maliciosamente el mensaje de amor. Sencillamente, no quiere escuchar.

Sin embargo, el ilustrado pregunta sin inmutarse a los piadosos: ¿de verdad queréis que los mandamientos de vuestra Sagrada Escritura se lleven a la práctica? Se

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