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Éxodo 7.1—8.32

7

Por eso, el Señor le dijo a Moisés: «Mira, cuando te presentes ante el faraón será como si yo

mismo estuviera allí, y tu hermano Aarón será como tu profeta, el que habla en lugar tuyo.

2Dile a Aarón todo lo que yo te diga, para que él se lo repita al faraón. Así que será Aarón el

que le pedirá al faraón que deje salir de Egipto a mi pueblo Israel. 3Pero yo haré que el faraón

se niegue a hacerlo. Yo entonces multiplicaré mis milagros en la tierra de Egipto. 4Aun así el

faraón no los oirá; por lo que traeré sobre Egipto un desastre final de grandes proporciones, y luego sacaré a mi pueblo de esta tierra. 5Cuando les muestre mi poder y los obligue a dejar

salir a mi pueblo, los egipcios comprenderán que yo soy el Señor».

La vara de Moisés

6Moisés y Aarón hicieron lo que el Señor les había ordenado. 7Cuando se presentaron ante

el faraón, Moisés tenía ochenta años y Aarón, ochenta y tres.

8El Señor les dijo a Moisés y a Aarón: 9«El faraón les exigirá un milagro que demuestre

que yo los he enviado. Cuando lo haga, Aarón arrojará al suelo la vara, y ésta se convertirá en serpiente».

10Entonces Moisés y Aarón fueron a ver al faraón, y realizaron el milagro de la manera que

el Señor les había dicho: Aarón arrojó al suelo la vara ante el faraón, y ésta se convirtió en

serpiente. 11Pero el faraón llamó a sus encantadores, los magos de Egipto, y ellos hicieron lo

mismo mediante sus artes mágicas. 12Pero la serpiente de Aarón se tragó a todas las serpientes

de ellos. 13El corazón del faraón permaneció duro y obstinado y no quiso oír, tal como el Señor

lo había advertido. La plaga de sangre

14El Señor le dijo a Moisés que el faraón era terco y se empeñaría en no dejar salir de Egip-

to al pueblo de Israel. 15Pero que, a pesar de eso, debería regresar por la mañana, cuando el

faraón salía a bañarse, y esperarlo a las orillas del Nilo. Y le recordó que debía llevar la vara que se había convertido en serpiente. 16Además, le dijo que cuando estuviera frente al faraón,

le dijera: «El Señor, el Dios de los hebreos, me ha dicho que vuelva a pedirte que dejes que mi

pueblo salga a adorarlo en el desierto. Como no quisiste oír antes, 17ahora el Señor te dice lo

del Nilo con su vara, y el río se transformará en sangre. 18Morirán los peces, y el río apestará,

de tal modo que los egipcios no querrán beber su agua”».

19El Señor ordenó a Moisés: «Dile a Aarón que dirija su vara hacia las aguas de Egipto, para

que todos sus ríos, arroyos, estanques y los depósitos de agua, y aun el agua de las casas, se les convierta en sangre».

20Mientras el faraón y todos sus funcionarios miraban, Aarón tocó con su vara la superficie

del Nilo, y el agua se convirtió en sangre. 21Los peces murieron, y el agua se contaminó, de tal

modo que los egipcios tuvieron asco de beberla, y hubo sangre en todo Egipto.

22Pero los magos usaron sus artes secretas y también pudieron convertir el agua en sangre.

Por lo tanto, el faraón persistió en su terquedad y no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, tal como el Señor lo había advertido. 23El faraón regresó a su palacio, como si nada importante

hubiera acontecido. 24Entonces los egipcios cavaron pozos a lo largo del río para conseguir

agua, porque no podían beber el agua del río. La plaga de ranas

25Después de que el Señor golpeó las aguas del Nilo, pasaron siete días.

8

El Señor le dijo a Moisés: «Preséntate nuevamente ante el faraón y dile que yo, el Señor,

le ordeno que deje que mi pueblo vaya y me adore. 2Que si se niega, enviaré una plaga de

ranas a toda la tierra, de un rincón a otro del país. 3,4El río Nilo se llenará de ranas que entra-

rán aun a sus cuartos y estarán sobre sus camas. Cada casa de Egipto se llenará de ranas, de modo que hasta se meterán en los hornos y en donde amasan la harina para el pan. ¡Tantas serán las ranas que hasta se treparán sobre sus hombros, y sobre sus funcionarios y sobre toda la gente!»

5El Señor le dijo a Moisés: «Dile a Aarón que dirija la vara hacia los ríos, arroyos y fuentes

de Egipto, para que haya ranas por todas partes».

6Aarón lo hizo, y las ranas cubrieron la nación. 7Pero los magos, usando sus artes secretas,

también hicieron salir ranas por todo Egipto. 8El faraón llamó a Moisés y a Aarón y les dijo:

—Rueguen al Señor que quite las ranas, y yo dejaré que su pueblo salga a ofrecerle

sacrificio.

9—Muy bien —le dijo Moisés—. Solamente dime cuándo quieres que ore al Señor por ti,

por tus funcionarios y por todo el pueblo. Al hacerlo, las ranas se irán de sus casas, y sólo estarán en el río.

10—Mañana mismo —respondió el faraón.

—De acuerdo —dijo Moisés—. Será como has dicho. Así sabrás que no hay nadie como el Señor nuestro Dios. 11Te aseguro que las ranas ya no serán una molestia, pues saldrán de tu

casa, de las casas de tus oficiales y de las de todo el pueblo, y sólo quedarán las que están en el río.

12Moisés y Aarón salieron de la presencia del faraón, y Moisés rogó al Señor que quitara las

ranas que había enviado. 13Y el Señor hizo lo que Moisés le pidió. Entonces murieron todas las

ranas que estaban en las casas, en las granjas y en el campo. 14La gente recogía todas las ranas

muertas y las amontonaba. ¡En todo el país se sentía la peste de las ranas muertas! 15Pero cuan-

do el faraón vio que se habían acabado las ranas, endureció su corazón y, tal como el Señor lo

había advertido, no hizo caso a la petición que le habían hecho Moisés y Aarón. La plaga de mosquitos

16El Señor le dijo a Moisés: «Dile a Aarón que golpee el polvo con su vara, para que todo

el país se llene de mosquitos». 17Moisés y Aarón hicieron lo que Dios les mandó. Tan pronto

Aarón tocó el suelo con su vara, los mosquitos salieron de la tierra y picaban a hombres y animales. ¡Todo el polvo que había en Egipto se convirtió en mosquitos!

18Los magos trataron de hacer lo mismo con sus artes secretas, pero esta vez fracasaron.

Los mosquitos seguían picando a hombres y animales. 19«¡No hay la menor duda de que esto

es obra de Dios!», exclamaron ante el faraón. Pero el faraón persistió en su terquedad, y no quiso oírlos, tal como el Señor lo había advertido.

La plaga de tábanos

20Luego el Señor le dijo a Moisés: «Levántate temprano, y sal al encuentro del faraón, cuan-

do vaya a bañarse al río, y dile que yo, el Señor, le ordeno que deje que mi pueblo vaya y me

casas se llenarán de ellos. ¡Hasta el piso se cubrirá de tábanos! 22Pero que en la tierra de

Gosén, donde viven los israelitas, no habrá tábanos. Que de este modo sabrá que yo soy el Señor, Dios de toda la tierra. 23Que haré distinción entre mi pueblo y su pueblo. Dile que todo

esto ocurrirá mañana».

24Y el Señor hizo lo que había dicho, de modo que hubo una terrible plaga de tábanos en

el palacio del faraón y en la casa de cada egipcio. 25El faraón inmediatamente llamó a Moisés

y a Aarón y les dijo:

—Está bien, vayan y ofrézcanle sacrificios a su Dios, pero háganlo aquí en Egipto. No vayan al desierto.

26Pero Moisés replicó:

—¡Imposible! Los sacrificios al Señor nuestro Dios no son aprobados por los egipcios, y

si lo hacemos aquí, delante de sus ojos, nos apedrearán. 27Tenemos que ir al desierto, a tres

días de camino, a ofrecer allí nuestros sacrificios al Señor nuestro Dios, tal como él nos lo ha

ordenado.

28—Está bien, vayan —respondió el faraón—, pero no se vayan demasiado lejos. Ahora,

dense prisa y oren por mí.

29—Sí —dijo Moisés—, le pediré al Señor que haga desaparecer los tábanos, pero te advier-

to que no debes engañarnos más prometiendo que el pueblo saldrá y cambiando luego de parecer.

30Moisés salió de la presencia del faraón y le pidió a Dios que librara al país de los tábanos. 31,32El Señor hizo lo que Moisés le pidió, de modo que los tábanos desaparecieron por completo

de la casa del faraón, y de las casas de sus funcionarios y del pueblo en general. Pero el faraón endureció su corazón nuevamente y no permitió que el pueblo fuera a adorar al Señor.

Salmo 17.1–5

Oración de David.

17

Oh, Señor oye mi ruego para que se haga justicia; escucha mi clamor para obtener

ayuda; presta oído a mi oración porque sale de un corazón sincero. ¡Presta oído a mi angustioso clamor! 2Declara mi inocencia, Señor, pues tú conoces a los justos. 3Has probado

mis pensamientos; aun de noche has examinado mi corazón. Has buscado dentro de mí sin hallar nada incorrecto y sabes que he dicho la verdad. 4He cumplido tus mandatos y no he

imitado a los hombres crueles y perversos. 5Mis pasos no se han desviado de tus sendas; no

he dudado en seguirte.

Proverbios 5.15–20

15Disfruta del amor, pero sólo con tu esposa. 16Tu amor y fidelidad le corresponden sólo a

ella; ¡jamás se los entregues a otra! 17Recuerda que el goce del matrimonio solo le pertenece a

los dos, y nadie debe inmiscuirse en él. 18¡Bendita sea tu esposa, la mujer de tu juventud! 19Ella

es una gacela amorosa y agradable. ¡Que sus pechos te dejen siempre satisfecho! ¡Que su amor siempre te cautive! 20Hijo mío, ¡no te enredes con la mujer infiel! ¡Aléjate de sus caricias!

Mateo 19.1–30

El divorcio

19

Tras pronunciar estas palabras, salió Jesús de Galilea y llegó a la región de Judea que está al este del Jordán. 2Multitudes lo seguían, y Jesús sanaba a los enfermos.

3Varios fariseos, en una entrevista, trataron de hacerlo caer en la trampa de decir algo que

luego ellos pudieran utilizar contra él. —¿Apruebas el divorcio? —le preguntaron.

4—Y ustedes, ¿no leen las Escrituras? —les respondió—. En ellas está escrito que al princi-

pio Dios creó al hombre y a la mujer, 5y que el hombre debe abandonar al padre y a la madre

para unirse a su esposa. 6Los dos serán uno, no dos. Y ningún hombre debe separar lo que

Dios juntó.

7—Entonces, ¿por qué dice Moisés que uno puede romper los lazos matrimoniales con su

esposa siempre y cuando le dé una carta de divorcio? —le preguntaron.

8Y él les replicó: —Moisés se vio obligado a reglamentar el divorcio por la dureza y la per-

se divorcia de su esposa, a no ser en los casos en que ésta le haya sido infiel, comete adulterio si se casa con otra. Y el que se casa con la divorciada, también comete adulterio.

10Entonces los discípulos le dijeron:

—Si eso es así, ¡mejor sería no casarse!

11Jesús les respondió: —Esto sólo lo pueden entender aquellos a quienes Dios ha ayudado a

entenderlo. 12Hay personas que no se casan porque nacieron incapacitados para el matrimo-

nio; otros no lo hacen porque los hombres los incapacitaron; y aun otros, porque no desean hacerlo por amor al reino de los cielos. El que pueda aceptar esto último, que lo acepte.

Jesús y los niños

13Le llevaron entonces varios niños para que les pusiera las manos encima y orara por ellos.

Pero los discípulos reprendieron a los que los traían. —No molesten al Maestro —les dijeron.

14—No, no —intervino Jesús—. No impidan que los niños vengan a mí, porque de ellos es

el reino de los cielos.

15Entonces les puso las manos encima a los niños y los bendijo. Luego se fue de allí.

El joven rico

16Cierto día, alguien le preguntó:

—Buen Maestro, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna?

17—¿Por qué me llamas bueno? —le contestó Jesús—. El único bueno es Dios. Pero déjame

contestarte: Si quieres obtener la vida, guarda los mandamientos.

18—¿Cuáles?

Jesús le dijo:

—«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no mentirás; 19honra a tu padre y a tu

madre, y ama a tu prójimo con la misma sinceridad con que te amas a ti mismo».

20—Yo siempre he obedecido esos mandamientos —respondió el joven—. ¿Qué más tengo

que hacer?

21—Si quieres ser perfecto —le dijo Jesús—, ve, vende todo lo que tienes y dales el dine-

ro a los pobres. De esta manera tendrás tesoros en el cielo. Y cuando lo hayas hecho, ven y sígueme.

22Cuando el joven oyó esto, se fue muy triste porque era extremadamente rico.

23—A un rico le es muy difícil entrar al reino de los cielos —comentó luego Jesús con sus

discípulos—. 24Le es más fácil a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar

al reino de Dios.

25—¿Y entonces, quién puede salvarse? —preguntaron los discípulos algo turbados. 26Jesús los miró fijamente y les dijo:

—Humanamente hablando, nadie. Pero para Dios no hay imposibles.

27—Nosotros lo abandonamos todo por seguirte —dijo Pedro—. ¿Qué obtendremos en

cambio?

28Y Jesús le respondió:

—Cuando yo, el Hijo del hombre, me siente en mi trono de gloria, ustedes, mis discípulos, se sentarán en doce tronos a juzgar a las doce tribus de Israel. 29Y cualquiera que haya dejado

hogar, hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos, tierras, por seguirme, recibirá cien veces lo que haya dejado, aparte de recibir la vida eterna. 30Pero muchos de los que ahora se

creen importantes no lo serán entonces. Y muchos de los que ahora se consideran poco impor- tantes serán los importantes entonces.

Oro así porque sé que me responderás, oh Dios. ¡Sí!,