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BASIC PRINCIPLES OF THE OPERATION OF THE CAVALLERI DIFFUSION EXPERIMENT

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CHAPTER 4 BASIC PRINCIPLES OF THE OPERATION OF THE CAVALLERI DIFFUSION EXPERIMENT

Le dimos una bienvenida cordial; porque había tanto de di- vertido como de despreciable en el hombre, y no lo habíamos visto por muchos años. Habíamos estado sentados en la oscuri- dad, y ahora Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara, pero se sentó otra vez, sin hacerlo, cuando G. dijo que había venido para consultarnos, o mejor para pedir la opinión de mi amigo, sobre un asunto oficial que había ocasionado una gran cantidad de problemas.

—Si es cualquier caso que requiera reflexión —observó Dupin, cuando se abstuvo de encender la mecha—, lo exami- naremos mejor en la oscuridad.

—Ésa es otra de sus nociones singulares —dijo el prefecto, quien tenía el estilo de llamar “singular” a todo aquello que estuviera más allá de su comprensión, y de este modo vivía en medio de una legión absoluta de singularidades.

—Muy cierto —dijo Dupin, mientras le ofrecía una pipa al visitante y hacía rodar hacia él una silla confortable.

—¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté—. Espero que nada más acerca de asesinatos.

—Oh, no. Nada de esa naturaleza. El hecho, el asunto es verdaderamente muy simple, y no tengo dudas de que pode- mos manejarlo nosotros mismos suficientemente bien; pero pensé que a Dupin le gustaría escuchar los detalles, porque es excesivamente singular.

—Simple y singular —dijo Dupin.

—Sí; y tampoco exactamente así. El hecho es que hemos estado bastante enredados porque el asunto es tan simple, y aun así nos desconcierta totalmente.

—Quizás es la gran simplicidad de la cosa lo que los deja perplejos —dijo mi amigo.

—¿Qué insensatez dice? —replicó el prefecto, riéndose cordialmente.

—Quizás el misterio es un poco demasiado simple —dijo Dupin.

—¡Oh, santo cielo! ¿Quién ha escuchado jamás una idea como ésa?

—Un poco demasiado evidente.

—¡Ja, ja, ja! —rugió nuestro visitante, profundamente diver- tido—. ¡Oh, Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa!

—Y, después de todo, ¿cuál es el asunto presente? —pregunté. —Sí, se los diré —replicó el prefecto, mientras daba una boca- nada larga, formal y contemplativa y se instalaba en una silla—. Se los diré en pocas palabras; pero, antes de que comience, permí- tanme prevenirlos acerca de que éste es un asunto que requiere la mayor discreción, y que muy probablemente perdería la posición que ahora tengo, si se sabe que lo confié a alguien.

—Prosiga —dije. —O no —dijo Dupin.

—Entonces, bien; he recibido información personal, por al- guien que ocupa un altísimo puesto, sobre que cierto docu- mento de extrema importancia ha sido robado de las habitaciones reales. Se sabe quién lo robó; esto más allá de toda duda; él fue visto tomándolo. Se sabe, también, que todavía lo retiene en su posesión.

—¿Cómo se sabe? —preguntó Dupin.

—Se infiere claramente —replicó el prefecto— de la natu- raleza del documento, y de la no aparición de ciertos resulta- dos que enseguida hubieran surgido de su tránsito fuera de la

posesión del ladrón; es decir, de su empleo con el fin que él debe calcular.

—Sea un poco más explícito —dije.

—Bueno, puedo arriesgarme diciendo tanto como que el papel da a su poseedor un cierto poder en cierta región donde tal poder es inmensamente valorado.

El prefecto era aficionado a la jerga de la diplomacia. —Todavía no comprendo completamente —dijo Dupin. —¿No? Bien; la revelación del documento a una tercera per- sona, que estará innominada, pondría en cuestión el honor de un personaje del rango más excelso; y este hecho da al posee- dor del documento un influjo sobre el personaje ilustre cuyo honor y paz están tan expuestos.

—Pero este influjo —intervine— dependerá de que el la- drón supiera que dicho personaje lo conoce como tal ¿ Y quién se atrevería...?

—El ladrón —dijo G.— es el ministro D., quien se atreve a todas las cosas, aquellas indignas como dignas de un hombre. El método del robo fue tan ingenioso como osado. El documento en cuestión –una carta, para ser francos– había sido recibido por la persona robada mientras estaba sola en el boudoir3 real. Durante

su lectura ella fue súbitamente interrumpida por la entrada de otro personaje excelso de quien especialmente era su deseo ocultarla. Después de un esfuerzo vano y presuroso de meterla en un cajón, se vio forzada a colocarla, abierta como estaba sobre una mesa. Sin embargo, el domicilio estaba hacia arriba y de este modo, ocultos los contenidos, la carta no fue advertida. En este momento entra el ministro D. Su ojo de lince inmediatamente percibe el papel, reconoce la caligrafía del domicilio, observa la confusión del personaje a quien se dirigía, y desentraña su secreto. Después de tratar algunos asuntos, presuroso según sus modales habituales, él exhibe una carta de algún modo similar a la que estaba en cuestión, la abre, simula leerla, y luego la coloca íntima- mente yuxtapuesta a la otra. Otra vez conversa, por unos quince minutos, sobre los asuntos públicos. Finalmente, al irse, también toma de la mesa la carta sobre la cual no tenía derecho. Su pro- 3.Boudoir: ‘tocador' .

pietario correcto lo vio, pero, por supuesto, no se atrevió a llamar la atención sobre este acto, en presencia del tercer personaje que estaba parado muy cerca. El ministro huyó; dejando su propia carta –una sin importancia– sobre la mesa.

—Aquí, entonces —me dijo Dupin a mí— ahí tienes lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.

—Sí —replicó el prefecto— y el poder así obtenido, ha sido manejado, durante unos meses, para propósitos políticos, hasta un límite muy peligroso. El personaje robado está cada día más cabalmente convencido de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, por supuesto, no puede ser hecho abiertamente. En resumen, conducido a la desesperación, él me ha encomendado el asunto. —Supongo —dijo Dupin, entre un remolino perfecto de humo— que no podría desearse, o imaginarse incluso, un agen- te más sagaz.

—Me adula usted —replicó el prefecto— pero es posible que algo de tal opinión pueda haber sido tomado en cuenta.

—Está claro —dije— como observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, desde que esta posesión y el no empleo de la carta es lo que le confiere poder. Con su em- pleo el poder desaparece.

—Es verdad —dijo G.— y procedí sobre esta convicción. Mi primera precaución fue hacer una búsqueda completa en el hotel del ministro; y aquí mi perturbación principal consistió en la necesidad de buscar sin su conocimiento. Más allá de todas las cosas, yo estaba prevenido del peligro que ocasionaría darle razón para que sospechase nuestro plan.

—Pero —dije— usted está completamente au fait4 de estas

investigaciones. La policía parisina a menudo ha hecho estas cosas antes.

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