2.2 Institutional Background
2.3.1 Basic Regression Analysis
30 de septiembre
Esta carta es confidencial.
Julia Marcia envía su consideración a Clodia Pulquer, hija y nieta de sus muy queridos amigos.
Espero estar presente en vuestra comida mañana a la noche, y encontrar allí por vez primera a tu hermano, renovar una antigua amistad con Marco Tulio Cicerón y veros.
Volví a la ciudad hace tres días para asistir a la reunión de directoras de una festividad religiosa venerada por su antigüedad y tenida en grata reverencia por sus consagradas. En esa reunión me fueron presentadas ocho peticiones de que se te excluyera del festival de este año.
Leí las tales peticiones con disgusto y hasta con gran pena, pero no encuentro las acusaciones suficientemente graves o definitivas para justificar la medida que requieren. El que estas peticiones existan es, sin embargo, un asunto que ni yo ni las otras mujeres responsables de la devoción y armonía de los ritos podemos dejar de tomar en cuenta.
El procedimiento que voy a proponer es una especie de componenda. Estoy segura de poder conseguir que lo acepten, siempre que no lleguen a nuestras manos otras peticiones que contengan prueba incontrovertible de que tu exclusión sea aconsejable. Al proponer este arreglo, no quiero que se entienda que tomo a la ligera las muchas protestas que con razón o sin ella ha despertado tu conducta. Mi motivo es evitar un escándalo injustificable en una institución tan grandemente amada por aquellas que te amaron tanto.
Te informo muy confidencialmente que Cleopatra, reina de Egipto, llegará a Roma dentro de poco y que ha presentado una petición para ser admitida a las ceremonias de que estamos hablando. Esta petición, acompañada por muchos argumentos, precedentes y analogías, se ha sometido a las directoras y al supremo pontífice. Se decidirá probablemente que la reina tenga licencia para asistir a los ritos antes de medianoche, cuando es costumbre que las Vírgenes Vestales, las solteras y las mujeres embarazadas, así como [sigue aquí un termino técnico que significa «las que no pertenecen a las tribus en que estaban divididos los ciudadanos de Roma»] se retiren. Voy a proponer que se te nombre instructora de la reina de Egipto, y que, por consiguiente, te veas obligada a acompañarla a su palacio a medianoche. Tus enemigos quedarán satisfechos, estoy segura, sabiendo que no volverás a los ritos después de haberte retirado de ellos con tu huéspeda.
Pensarás en mi proposición, Clodia, y espero que mañana por la noche encontrarás ocasión de asegurarme de tu asentimiento. La única alternativa sería que refutases las acusaciones que se te hacen y afrontases a tus acusadores en una sesión plenaria de nuestro comité. Si tratásemos de asuntos seculares, seguramente te aconsejaría que así lo hicieses; estas acusaciones y su defensa son, sin embargo, asuntos de decoro, dignidad y reputación. Discutirías abiertamente es admitir que tales atributos están en tela de juicio.
El supremo pontífice no sabe nada de estas discusiones y apenas necesito decir que haré todo lo posible para evitar que atraigan su atención, excepto en la disposición final que te he propuesto para que decidas.
XLIV-A. DIARIO-CARTA DE CÉSAR A LUCIO MAMILIO TURRINO, EN LA ISLA DE CAPRI.
Hacia el 8 de octubre
1002. Acerca de Clodia y una pantomima de Pactino.
Con frecuencia me rinden las cosas pequeñas más que las grandes. Me he visto obligado a prohibir la representación de una obra. Incluyo copia de la obra en cuestión, una pantomima de Pactino llamada El premio a la virtud. Probablemente sabes, aunque haya olvidado decírtelo, que instituí la práctica de dar veinte premios de varias cantidades de dinero a muchachas de la clase trabajadora que tengan reputación más alta, entre sus vecinos, de buenos modales, atención fiel a sus padres y maestros, etc. Creo que esto es de buen efecto. Incidentalmente, ha provocado una plaga de chistes y sátiras como toda acción en la que estoy envuelto. Ha contribuido enormemente al regocijo de Roma; cada barrendero se descubre que es un ingenio, y puedes figurarte que no se pone guantes para ejercitarlo a mi costa.
Un resultado ha sido el éxito aplastante de la farsa en cuestión. Observarás que el cuarto episodio trata de Clodia y de su hermano. El público no fue tardo en darse cuenta de la alusión. Me informaron de que al final del cuadro, en todas las representaciones, la gente se ponía en pie aplaudiendo tumultuosamente entre burlas y salvaje alegría. Gentes que no se conocían se abrazaban, chillando; daban saltos y, en dos ocasiones, rompieron los pasamanos de las naves.
Después de ocho representaciones, ordené que la obra se retirase. Después de la segunda, Clodio Pulquer apareció en mi despacho para protestar. Le mandé a decir que estaba ocupado en asuntos de África y que no podía recibirle. Quise que la pareja famosa bebiese durante algún tiempo el brebaje que ellos mismos habían compuesto. Por fin, reapareció suplicando con bastante humildad, y accedí a su requerimiento.
Me molestó cerrar el teatro. La obra no tiene mucho mérito literario, pero hasta ahora nunca he coartado la libertad de expresión de los ciudadanos ni castigado ninguna opinión, por agresiva que haya sido. Además, me irrita pensar que muchos supondrán que he suprimido la obra porque muchos de sus dardos iban dirigidos contra mi.
El público de un teatro es la más moral de las congregaciones. El hecho de que todos esos romanos estén sentados hombro con hombro parece infundir en ellos una elevación de juicio que no se les ve ejercitar en ninguna otra parte. No vacilan en decidir si el comportamiento de los personajes de una obra dramática es bueno o es malo y les exigen una norma ética que están muy lejos de exigirse a sí mismos. Pandaro, en un público, tiembla de virtuosa indignación ante el alcahuete que está en escena. Doce prostitutas, sentadas en la misma fila en un teatro, son más mojigatas que una Virgen Vestal. He notado a menudo que las actitudes morales y éticas del público de un teatro llevan treinta años de retraso; en masa, los hombres reflejan los puntos de vista que de niños recibieran de sus padres y preceptores. Y así en esa farsa, el público espumarajeaba en éxtasis de acusación plural contra nuestra Clodia. Cada espectador o espectadora se sentía irreprochablemente virtuoso.
Esa elevada emoción bien puede haber durado una hora. ¡Oh, si entre nosotros hubiera un Aristófanes! Podría poner en la picota a Clodia y a César, y luego hacer reír al público de su propia risa. ¡Oh, Aristófanes!
XLIV-B. DE EL PREMIO A LA VIRTUD, PANTOMIMA DE PACTINO.
Uno de los jueces del concurso, claramente parodia de César, está sentado en su despacho interrogando a los concursantes. Se le representa como un viejo astuto y libidinoso. Le ayuda un pasante.
La obra está en verso. Es el cuarto episodio.
PASANTE. Una hermosa niña espera que tu honor se digne recibirla. [En latín, «puleher» -pronúnciese «pu Iquer»- quiere decir hermosa.
JUEZ. Qué, ¿y no hay ningún muchacho hermoso? [Ésta es una de las innumerables imputaciones de pederastia que se hacían a César, en las cuales abunda la literatura.
PASANTE. Ésta es hermana de uno, señor.
JUEZ. Está bien. Adelante con ella. Sabes que no particularizo. PASANTE. Señor, está llorando.
JUEZ. Claro que estará llorando. Para eso es virtuosa, estúpido. Las mujeres virtuosas pasan llorando la primera mitad de la vida, y las mujeres sin virtud se pasan llorando la segunda. Con eso, el Tíber no se seca nunca.
Que entre.
[Entra una JOVEN, vestida de andrajos.
JUEZ. Acércate, niña. Ya no voy viendo claro nada..., excepto las villas en el Tívoli. [Donde César había confiscado las residencias de dos nobles del partido de Pompeyo que habían sido favoritos muy particulares del populacho romano.] ¿De modo que quieres un premio a la virtud..., queridita?
JOVEN. Sí, honorable señor. No encontrarás chica más virtuosa en toda la ciudad. JUEZ. (Acariciándola.) ¿Estás segura de no haberte equivocado de despacho, pichoncita mía? Hem. . ., vamos a ver, vamos a ver. Esta juventud tuya no es tu primera juventud, ¿verdad?
JOVEN. ¡Ay, no, señor! La primera juventud fue durante el
consulado de Cornelio y Mummio. [Es decir, 146 años antes de Cristo.] JUEZ. Te creo, te creo. Dime, rosita, ¿vive tu padre?
JOVEN. (Llorando.) ¡Ay, señor juez, no está bien aprovecharse de eso en contra mía!
JUEZ. En ese caso, ¿puedes decirme si vive tu marido?
JOVEN. ¡Señor juez, no he venido aquí a que me insulten acusándome de esto y de aquello!
JUEZ. Calma, calma. Es que me pareció que veía un copo de nieve en tu mano. [Era creencia popular que los asesinos padecían de una placa escrofulosa en la piel de la palma de la mano.] Dime, querida, ¿siempre atendiste con el más tierno cuidado a tu padre y a tu madre?
JOVEN. ¡Sí, señor, si! Les ayudé hasta el último suspiro. JUEZ. Hija afectuosa. ¿Y has sido buena con tus hermanitos? JOVEN. Si, señor. No les he negado nada.
JUEZ. Espero que no habrás traspasado los límites de la modestia. [La Modestia era una aldea con un templo en los alrededores de Roma.]
JOVEN. ¡Ay, no, señor! ¡Nunca más allá de las puertas de la ciudad! Todo lo hacemos en casa.
JUEZ. ¡Un modelo! ¡Un modelo de virtud! Ahora dime, dulzurita, ¿por qué vas vestida con esos andrajos?
JOVEN. Bien puedes preguntarlo, buen caballero. En Roma no circula moneda. Creo que Mammurra se la ha llevado toda a la Galia inferior. [En uno de los cuadros anteriores, Mammurra, vestido de mujer prudente, recibía un premio a la virtud por tener limpia su casa «barriendo para adentro».]Mi hermanito mayor no trae dinero a casa, desde luego, porque es pensionista del Narizotas. [Es decir, César. La frugalidad de la vida doméstica de César había dado origen a la acusación de que era tacaño.] Mi segundo hermanito no trae dinero, porque todas sus posesiones se las ha echado al Tíber «el escarabajo». [Hacía poco tiempo que César había rectificado el curso del Tíber arrancando pedazos de sus orillas bajo las colinas Vaticana y Janicula. Al populacho romano le había fascinado la operación, porque se había empleado en ella una nueva máquina excavadora. Esta máquina, inventada por César durante una de sus campañas militares, recibió el apodo de «el escarabajo». En la región sacrzficada, estaban instalados los centros de diversión de más baja índole de la ciudad.]
JUEZ. ¿Y tú, mariposita? ¿No he oído decir que ganas mucha moneda menudita? Etcétera, etcétera.