Uno de los núcleos teóricos de esta investigación es el Cuerpo, para lo cual expondremos las principales miradas que surgen en torno a este concepto.
En primer lugar es importante mencionar que a lo largo de la historia, la noción de cuerpo ha sufrido cambios y se ha encontrado en constante discusión. Las variadas posiciones con respecto a éste han ocasionado que hoy en día coexistan perspectivas dicotómicas.
a. La importancia del estudio del Cuerpo:
Durante los últimos años el cuerpo ha adquirido importancia como tema en la teoría social, pues en las sociedades modernas el cuerpo ha aumentado su visibilidad ahora siendo posible catalogarlo como un concepto relevante a abordar. (Velasco H. 2007)
Ahora bien, para la disciplina de la Terapia Ocupacional, habitualmente el cuerpo es un campo de intervención que históricamente ha sido valorado en términos físicos, biológicos y mecánicos. El origen de esta valoración del cuerpo se sitúa históricamente posterior a la Primera y Segunda Guerra Mundial, ya que éstas traen consigo un gran número de heridos de guerra en términos físicos donde los principales diagnósticos eran amputaciones, cegueras,
lesiones craneanas y neurológicas, osteomielitis y tuberculosis, por lo que consecuentemente surge la necesidad de un profesional que se encargara de la rehabilitación de estos, con el objeto de ―promover el contento y una atmósfera hospitalaria más placentera durante el tiempo de convalecencia ocupando las manos y los cuerpos de los pacientes en objetivos provechosos‖ (hospital designado para la recuperación, 1918, citado por Hopskins H., Smith H., 2001, p 31). Es por esto que los terapeutas ocupacionales amplían su campo de intervención, que anteriormente se avocaba únicamente al ámbito de salud mental, pero además esto produjo que la disciplina se colocara bajo la autoridad de la medicina, y por ende desde sus inicios valora al cuerpo de una mirada biomédica, naturalista (Hopskins H., Smith H., 2001). Consecuentemente en este mismo período histórico nace el paradigma mecanicista, el cual divide a la persona según sistemas corporales. Como dijimos anteriormente, se centra en que la habilidad de la persona para desempeñarse depende del sistema nervioso, músculo esquelético e intrapsíquico, y el daño en cualquiera de estos sistemas puede provocar incapacidad, centrando la intervención en dichos procesos y teniendo una visión reduccionista del sujeto que desplaza la ocupación como eje principal disciplinar. (Kielhofner G., 2006)
Además el cuerpo conceptualmente se incorpora en los fundamentos de nuestra disciplina, predominando la visión reduccionista que emerge desde el
paradigma mecanicista y que nos valida como ciencia en el mundo biomédico. Sin embargo, no se ha problematizado en torno a este concepto a medida que las ciencias han ido evolucionando, careciendo de elementos teóricos- conceptuales que emerjan desde la Terapia Ocupacional en relación al cuerpo. Por esto adquiere relevancia nuestro estudio, para establecer una reflexión que surja desde la propia disciplina en torno a este concepto, aportando a la construcción de conocimientos propios de la Terapia Ocupacional y a su vez estableciendo diálogos con otras disciplinas humanistas y sociales que han abordado esta temática anteriormente.
b. Miradas y momentos históricos en relación al cuerpo:
Las posiciones que existen en relación al cuerpo, se vinculan con determinados momentos históricos y socioculturales que finalmente han influido en el discurso que se construye en relación a éste. Es así como, por ejemplo, la palabra cuerpo puede existir en muchas sociedades africanas pero su sentido difiere de un lugar a otro. En esta cultura, la posición esencial está en la estructura holística en que el hombre no es un individuo (indivisible y distinto), sino un nudo de relaciones. El hombre africano tradicional está sumergido en el cosmos, en la comunidad, participa del linaje de sus antepasados. En relación a estos aspectos sociohistóricos y culturales que más llamó nuestra atención son los estudios existentes sobre la sociedad canaca, donde no se concibe al
cuerpo como una forma y una materia aislada del mundo, sino que el cuerpo participa por completo de una naturaleza que, al mismo tiempo, lo asimila y lo cubre. De esta forma la división de cuerpo y naturaleza es sólo realizable por medio de nuestros conceptos occidentales (Le Bretón, D., 1990).
Si avanzamos hacia otro momento histórico, en la civilización medieval e inclusive durante el renacimiento, se concibe al hombre como algo que participa dentro de una trama comunitaria y cósmica, en la que comparte con sus semejantes.
Justamente debido a estas características sobre las nociones de cuerpo en los momentos históricos presentados, fue imposible dejar de cuestionarnos o preguntamos sobre ¿cuándo nació esta escisión entre mente y cuerpo? O ¿cuándo el ser humano dejó de considerarse parte de la propia naturaleza que lo forma y de la que es parte? Es curioso pensar que gran parte de nuestras preguntas se responden si nuevamente nos dirigimos y observamos un momento histórico determinado. Tras indagar sobre esta temática encontramos que esta división existente entre el ser humano y el cuerpo, se desarrolla de la mano con el individualismo. Este proceso no es entorno a lo religioso sino más bien en un plano profano, donde el ser humano comienza a vincularse con los aspectos económicos y materiales como el comercio y los bancos (factores plenamente identificables en la actualidad) que otorgan las bases para el origen
del hombre moderno, el cual se caracteriza por ser dueño de sus propias elecciones y valores. (Le Bretón, D., 1990).
Ya en la época del renacimiento esta división se comienza a acentuar, debido al surgimiento del ―hombre artista‖, quien a partir de sus creaciones empieza a destacar su singularidad dentro del colectivo. Un ejemplo se traduce en la importancia de los retratos (rostros), que son el reflejo mismo de la individuación al ser estos la parte más singular del cuerpo. Según Le Bretón, D., bajo este contexto ―el individuo deja de ser miembro inseparable de la comunidad, del gran cuerpo social, y se vuelve un cuerpo para él solo‖ (Le Breton, D., 1990, pp. 43). Con este nuevo sentimiento de individualidad en la sociedad, el cuerpo se convierte en un límite que marca la diferencia entre un ser humano y otro, relegando el sentimiento de pertenencia a la comunidad. De la mano con el surgimiento de la investigación anatómica del cuerpo este momento de individualidad se enaltece a través de las prácticas de disección. A partir de Vesalio, nace el cuerpo moderno como el punto de ruptura entre el hombre y el cosmos, origen del dualismo contemporáneo que comprende de manera implícita al cuerpo aisladamente. Este cuerpo adquiere peso, disociado del hombre, convirtiéndose en un objeto de estudio como realidad autónoma. (Le Bretón, D., 1990).
La práctica de los anatomistas es proveedora de un saber especializado que desprecia los saberes populares y realza el saber biomédico incipiente. Este saber significa referirse a los conocimientos anatomo-fisiológicos, fundamentos de la medicina moderna, y que en cierta medida es la representación oficial del cuerpo humano se enseña en las universidades, que se utiliza en los laboratorios modernos de investigación. Está basado en un estudio riguroso del cuerpo, pero de un cuerpo separado del hombre, valorizado y percibido como un receptáculo de enfermedades, es decir, se valora al cuerpo como un objeto a intervenir, apartándose de aspectos de carácter sujetivo que valoricen al cuerpo como un sujeto en sí mismo. Es más, este saber metodológico instaurado por Vesalio aún está presente en las prácticas médicas actuales donde se consagra la autonomía del cuerpo y la indiferencia hacia el sujeto al que encarna. (Le Breton D, 1990). Sin ir más lejos, nuestra propia disciplina, la Terapia Ocupacional, tiene grandes cimientos anatomo-fisiológicos durante la formación universitaria y la práctica. Si bien en un principio predomina esta enseñanza en términos anatomo-fisiológicos, donde estudiamos y aprendemos al cuerpo y sus partes, posteriormente aprehendemos esta nueva forma de ―mirar‖ que existe en la Postmodernidad.
Ahora bien, la perspectiva biomédica tiene parte de sus fundamentos en la filosofía mecanicista, cuyo principal exponente es Descartes, quien considera que el cuerpo era otra forma de la mecánica. Para éste, el individuo se
encuentra ontológicamente dividido en dos partes heterogéneas: el cuerpo y el alma; el alma permanece bajo la tutela de Dios y el cuerpo es considerado como una máquina que no es suficientemente confiable y rigurosa en la percepción de los datos del entorno. Como no es un instrumento de la razón, el cuerpo, diferenciado de la presencia humana, está consagrado a la insignificancia. (Le Bretón, D., 1990).
Para comprender mejor este planteamiento, podemos mencionar cómo Descartes (1641) explica esta escisión mente y cuerpo. Él hace referencia a dos elementos que denomina res cogitans y res extensa, la primera de ella alude a la ―cosa pensante‖, es decir, la mente; y la segunda hace alusión a la ―cosa extendida‖, es decir, el cuerpo como una extensión de la mente, del alma, y que es lo que lo une con el mundo exterior. ―A la hora de señalar las diferencias esenciales entre la res cogitans y la res extensa, además de considerar que la res cogitans no necesitaba de un cuerpo para existir y que era independiente de él, Descartes consideró que otra diferencia especialmente importante era que mientras la res cogitans gozaba de libertad, la res extensa estaba sometida a un determinismo mecanicista absoluto‖ (García N., Antonio. 2008). En este planteamiento se aprecia claramente como Descartes concibe a la mente como una realidad independiente del cuerpo. La res cogitans o mente, alude al sujeto y la res extensa o el cuerpo, es el objeto, es decir, lo concibe como parte de la naturaleza, como una realidad independiente del sujeto. Refiere ―(…) concluyo
rectamente que mi esencia consiste sólo en ser una cosa que piensa, o una substancia cuya esencia o naturaleza toda consiste sólo en pensar. Y aunque acaso (o mejor, con toda seguridad, como diré en seguida) tengo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, con todo, puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa —y no extensa—, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa —y no pensante—, es cierto entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él‖ (Descartes, 1641, pp. 45).
A raíz de la cultura occidental en la que nos hemos formado, tendemos a ver el cuerpo como una frontera en relación con el entorno. De este modo, no vemos al cuerpo como algo vinculado a la naturaleza, sino como algo separado de la realidad subjetiva, vemos al cuerpo como prolongación de una naturaleza física, química, biológica. Es decir, el cuerpo es percibido como un atributo del ser humano y no como algo constitutivo, como hecho social.
Posteriormente, a nuestro parecer, esta escisión entre hombre/naturaleza y cuerpo/mente se empieza a cuestionar y por lo tanto a replantear el camino que ha recorrido. Es por esto que en la Postmodernidad el cuerpo no es considerado solamente desde el punto de vista orgánico, natural, material,
anatomo-fisiológico, reduccionista; sino que éste se construye por aquellos registros imaginarios y simbólicos, influenciados por la cultura y el lenguaje, es decir, de alguna u otra forma la cultura produce el cuerpo.
Dentro del actual período histórico las medicinas ―paralelas‖ y ―alternativas‖ han vuelto a ser demandadas y valoradas por los sujetos. El retorno de estas medicinas, que anteriormente se incluía dentro de los llamados ―saberes populares‖, da cuenta de los valores actuales que se presentan en la vida social. Existe un retorno del individuo, preocupación por lo natural, por el cuerpo, la forma, el derecho a la salud y el culto a la juventud (en términos de vitalidad). Pero si miramos más allá, este auge se debe a una respuesta sobre lo que sucede con las instituciones médicas, donde se observa un distanciamiento entre la práctica médica y los valores presentes en la vida social y que conlleva a los usuarios a dirigirse a prácticas de otro orden (Le Bretón D., 2000) que consideren al ser humano en su totalidad, donde sea protagonista su vivencia, más que un signo o síntoma que es detectado e intervenido. Es por esto que durante el devenir de esta historia, la propia institución médica, desde hace unos diez años aproximadamente, refiere que se encuentra en un período crisis, que a su vez ejemplifica al momento histórico de la postmodernidad que vivimos, período de cambio donde se cuestionan conceptos fundamentales creados en la modernidad.
Ahora bien, tenemos mayor claridad de cuál es la diferencia en cuanto a nociones de cuerpo presentes en diferentes momentos históricos. Anteriormente mencionamos que en la Postmodernidad emerge la idea de que el cuerpo es una construcción cultural y social. En relación a este último punto, en la literatura relacionada con la temática del cuerpo, se pueden identificar dos posiciones: la primera, refiere que ―el cuerpo físico está cubierto por significados culturales‖ (Picard, D.: 1893, Douglas citado por Entwistle: 2002, Le Breton, D.: 1990, 1998, 2002, Dorfles, G.: 2002, Vidal, H.: 2000, citados por Escobar M.: 2006), y la segunda posición propone que ―el cuerpo es construido por la cultura‖ (Gauss citado por Entwistle.: 2002, Butler, J.: 2001, 2002, Preciado, B.: 2002, König, R.: 2002; citados por Escobar, M.: 2002). Teniendo en cuenta ambas posiciones, creemos que en relación a la primera idea se sigue considerando al cuerpo y cultura como dos elementos separados el uno del otro, siendo el cuerpo físico planteado desde un punto de vista natural y depositario de cultura. La segunda propuesta nos hace mayor sentido en términos de nuestra investigación, puesto que según lo señalado anteriormente, los seres humanos se encuentran inmersos en un campo intersubjetivo de interacción y relaciones.
De acuerdo a esta idea, Bourdieu (1991), sociólogo francés, plantea que el ―mundo estructurado inculca en hombres y mujeres un conjunto de disposiciones duraderas que generan predisposiciones particulares
denominadas habitus… como hay determinadas experiencias en determinadas condiciones sociales, se ―imprime‖ corporalmente en los sujetos un conjunto de disposiciones que representan la interiorización de las necesidades de su entorno social. Estas disposiciones producen las prácticas, improvisaciones, actitudes y movimientos corporales de los sujetos, proporcionándoles una sensibilidad hacia el sentido práctico, y posibilitándoles desarrollar un número infinito de estrategias para afrontar situaciones también infinitas y cambiantes‖ (citado por Sandoval, J., 2004, pp. 146). Además, Bourdieu (1998) refiere que el habitus es influenciado por las trayectorias sociales -esta idea apoya el supuesto de que el cuerpo es una construcción social e histórica-, que dependerán del carácter que ellas tengan, ya sea de forma ascendente o descendente, entendiendo por ascendente como todas aquellas situaciones de vida que influyen de manera positiva en la misma, y por el contrario lo descendente se entiende como todas aquellas situaciones de vida que interfieren de forma negativa en la historia de vida (citado por Ferrante C., Ferreira M., 2007).
A su vez, las trayectorias sociales tienen lugar en lo que Bourdieu denomina campo, comprendido como la naturaleza de las relaciones, que cobran sentido en la medida que se articulan dentro de un sistema de relaciones circunscritas. Así mismo, ―al interior de todo campo existe una distribución de diversas formas de capital que determinan la posición del agente dentro del campo, los cuales
pueden ser: económicos comprendiendo propiedad de bienes, sueldos y todas las otras formas de ingresos; capital social, como redes de contactos estables, donde los miembros se reconocen mutuamente; capital cultural, el cual puede actuar en estado incorporado (hábitos, aptitudes, actitudes y otras disposiciones durables del organismo), objetivado (en bienes culturales) o institucionalizado (en títulos y reconocimientos simbólicos) cuya visibilización más explícita es a través de las clases sociales; y el capital simbólico comúnmente llamado prestigio‖ (Bourdieu P., 1984; citado por Parraguez, C., 2008).
De esta forma si relacionamos estos planteamientos con la construcción de experiencia de cuerpo, están en continua interrelación, por ejemplo, si un cuerpo definido como no legítimo (es decir, que no cumple con las normas establecidas socialmente de acuerdo a lo considerado normal y estético) en la sociedad actual, eventualmente esta posesión de un cuerpo no legítimo pudiese significar una desposesión en términos de los diversos capitales, lo cual podemos vincular a la experiencia de discapacidad, tema que ahondaremos mayormente más adelante.
Así mismo Butler (1999) también se refiere al término de habitus, definiéndolo como ―rituales corporeizados de cotidianidad por los que una cultura dada produce y sostiene la creencia en su propia obviedad‖ (citado por Sandoval, J., 2004, pp. 146). En definitiva podemos concluir que esta segunda
postura planteada entorno al cuerpo, se sitúa históricamente en la época contemporánea, lo que da pie para planteamientos innovadores y que profundicen en temas no abordados, es decir, en temáticas prohibidas socialmente o temas tabús. En relación a esto último, en cuanto la teoría de la construcción social en el campo de la sexualidad marca un giro epistemológico, la teoría queer analiza la identidad sexual conectada a la identidad cultural y social –apoyando la idea de que el cuerpo es producido culturalmente-,es decir, a través de la ―rareza‖ se busca perturbar la tranquila ―normalidad‖. Al hacernos pensar ―raro‖ ella nos obliga a pensar lo impensable, lo que está prohibido pensar, en lugar de simplemente considerar lo pensable, lo que está permitido pensar (Álvarez, R., 2005, pp. 1).
Homologando esta idea al concepto de cuerpo, podríamos decir que tradicionalmente se ha abordado al cuerpo en términos naturales, posición que ha cambiado en la postmodernidad valorando al cuerpo en términos anteriormente impensables, es decir, como un cuerpo social, histórico, habitado, construido en el campo intersubjetivo y de relaciones.
Una de las exponentes de este giro epistemológico en relación al cuerpo es Judith Butler. Ella plantea que el cuerpo mismo es una construcción histórica que se modifica en relación a la práctica, y a su vez, si la práctica es modificada, la construcción de cuerpo también lo es, incluso pudiendo llegar a
modificarse en términos materiales, lo que ella denomina como materialización, que se señala con mayor profundidad a continuación: ―Lo que constituye el carácter fijo del cuerpo, sus contornos, sus movimientos, será plenamente material, pero la materialidad deberá reconcebirse como el efecto del poder, como el efecto más productivo del poder. Y no habrá modo de interpretar el ―género‖ como una construcción cultural que se impone sobre la superficie de la materia, entendida o bien como el ―cuerpo‖ o bien como su sexo dado. Antes bien, una vez que se entiende el ―sexo‖ mismo en su normatividad, la materia del cuerpo ya no puede concebirse independientemente de la materialidad de esa norma reguladora. El ―sexo‖ no es pues sencillamente algo que uno tiene o una descripción estática de lo que uno es: será una de las normas mediante las cuales ese ―uno‖ puede llegar a ser viable, esa norma que califica un cuerpo para toda su vida en la esfera de la inteligibilidad cultural‖ (Butler, J.:2002, pp. 18-19)
De este modo Butler J. plantea que los discursos y las prácticas instaladas en el campo social, repetidos reiteradamente, tienen el efecto de que lo nombrado se materializa, se hace efectivo. La autora refiere que ―la performatividad debe entenderse, no como un ―acto‖ singular y deliberado, sino, antes bien, como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra (…) las normas reguladoras del ―sexo‖ obran de una manera performativa para constituir la materialidad de los cuerpos.‖
(Butler, J.:2002, pp. 18). El cuerpo es un cuerpo histórico, no sólo producido por