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Hace muchos, muchos años, cuando yo era todavía envidiablemente joven y sano y me encontraba en Marienbad sólo de paso, no había ocurrido jamás que no diese una vuelta por allí bordeando la columnata del manantial de la Cruz.

Pensaba en J. W. Goethe y trataba de atraer bajo los viejos árboles al excepcional visitante del balneario y a su amada de diecisiete años. Sólo que la elegante columnata no estaba entonces allí; había otra, la original, pero esos árboles en cuya penumbra verde nos paseamos ahora ya debían de estar allí. Sí, esos árboles acompañaron entonces con su rumor los pasos de la célebre pareja amorosa.

Un hombre sabio, interesante y, además, guapo, a cuyos pies, si sólo quisiera, se encontrarían mujeres, quizá nada inteligentes, pero sí hermosas, ¡y con aquella chica a su lado, con una muchacha carente de un atractivo especial, como lo demuestra su retrato, pero sobremanera atractiva y culta, como se refleja ella misma en sus escritos!

Mira por dónde le dio, diría nuestra madre, sin miramientos por el genio.

Menos mal que alguno de los dioses, cuando la enfermedad privó al gran anciano del don de palabra, le concedió explicarse tan bien a través de sus poesías. Y la malaventurada casa de Klebelsberg, que más tarde desencadenó la tragedia del corazón del poeta, se ha conservado esculpida en sus hermosas estrofas.

Pero todo esto es muy conocido y me extrañaría a mí mismo el estar hablando de estas cosas, si no fuera porque quiero que me sirvan de referencia, aunque antigua, para gimotear aquí mi declaración de amor y así despedirme de este precioso lugar.

Una parte de la culpa de la tristeza que Goethe tuvo que conocer al final de sus días, corresponde a los propios baños.

Cada vez que me encuentro en aquellos parajes y miro a las blancas columnas de los manantiales, lo quiera o no, tengo que pensar en algo bello. En las mujeres, en el aroma de su cabello, en el amor, en el cariño. Juzgadme como queráis. Cada vez me encuentro embelesado y subyugado por el amoroso ambiente de los hermosos baños. Esta es la palabra precisa: un ambiente amoroso tiernamente implacable y cruel, que cautiva y turba. La ternura y el amor: ésta es la atmósfera de los maravillosos baños.

Por nada en el mundo quisiera manosear la intachable memoria del abad y de los monjes que construyeron los baños y que, desde el principio, se propusieron adornarlos con un reflejo de la aureola de la Virgen María. Hoy la gente pronuncia el nombre de los baños y se le ocurren cien cosas distintas, pero nunca piensan en la Virgen María. No obstante, algo de su preciada imagen ha quedado aquí. Siempre se me ha antojado que no fueron hombres, sino, más bien, mujeres, las que estuvieron presentes mientras se construían los baños. Que fueron mujeres las que habían decidido dónde tenían que brotar los manantiales medicinales, dónde se situaría aquella casa, dónde se abriría en años venideros la espléndida y frondosa copa de este arce. Sí, justamente aquí deben estar las blancas columnas y la picea erguida, el rojo tejo y el negro pino.

En los Baños Marianos (Marienbad) predominan dos colores, el blanco y el dorado, y los dos están anegados en el verdor.

Las casas, los árboles y los senderos se distribuyen aquí en un orden tan equilibrado, con una armonía tal, como si los hubiera estado disponiendo una mano de mujer con un pañuelo de encaje entre los dedos. Todo respira aquí algo inefablemente delicioso.

Esta casa, por ejemplo. Si la viésemos en cualquier otra parte, pasaríamos a su lado sin prestarle la menor atención. Pero aquí encaja con el ambiente de todo lo demás y, ¡qué bonita es! El atractivo ubicuo de los baños nos lleva a buscar en ellos una magia que, a lo mejor, no poseen.

Quizás exagero un poco, pero no importa.

La propia naturaleza desciende, complacida, de los prados circundantes y llega hasta los baños mismos, hasta los lugares en donde prevalece sobre las tijeras y los azadones. Se abraza estrechamente a las fachadas de algunas casas y brota por detrás de los edificios, en sus patios. Las ardillas saltan de las ramas de los árboles a las cornisas. Un día compartieron conmigo las lonchas de jamón que yo había puesto al fresco de la ventana.

La ligera arquitectura de la columnata, hermosa como un sueño, que se despliega rítmicamente, similar más bien a un alto invernadero para palmeras y enhiestas orquídeas, se abre hacia las copas de los árboles y sus encajes de hierro se funden paulatinamente con el verdor. Cuando está llena de gente, zumba como una fastuosa y gigantesca caracola. Además, se oye la música. Y junto con la música, unas suaves risas en bocas de mujer que se abren como se abre un pimpollo. Siempre me he sentido feliz aquí.

de gente. Van y vienen. Beben el agua fría, se tratan las más variadas enfermedades. Las dolencias del tracto digestivo y la tristeza, las inflamaciones de la vesícula biliar, las piedras biliares, el amor desgraciado y los catarros de las vías respiratorias. La bebes una sola vez y se te antoja que ya estás mejorando. Vuelves a pasear arriba y abajo, alguien te dirige, con la mayor inocencia, una sonrisa, y tienes que regresar una vez más para contestar a la sonrisa. ¡Ayuda a curarte!

También fui a ver la casa de Goethe, detrás de la iglesia.

Está a dos pasos de la columnata. ¿Cómo podía dormir el poeta sobre un lecho tan pequeño y angosto? Había visto semejantes camas de matrimonio en la casa de Havlícek de la plaza, en Havlíckovy Brod. Por lo que parece, en aquel entonces se conformaban con menos comodidades. Desde la apacible plazoleta en cuyos rincones se oculta aún el aroma del siglo pasado, os sumergís de nuevo en la multitud de huéspedes de los baños que se pasean por la columnata. La orquesta está interpretando una vieja melodía de Marta de la Armada y el desdichado Lyonei llora su amor perdido. No, Goethe no pudo escuchar esta ópera. Faltaba mucho todavía para que fuera escrita. Durante mi infancia y mi adolescencia, en cambio, medio siglo después de su estreno, la ópera y, sobre todo, esta melodía, vivieron la plenitud de su gloria. En el Teatro Nacional y en los organillos. Ya lo veis; no ha dejado de sonar todavía, cuando los oyentes empiezan a aplaudirla con entusiasmo. Hasta ahora la vieja melodía romántica sigue llegando a sus corazones.

También yo estoy arrebatado. No tanto por la melodía como por el recuerdo. Había escuchado esta ópera siendo aún un adolescente, cuando fui por primera vez al Teatro Nacional. Entre aquella noche de gallinero y hoy, está toda mi vida. A veces me parece que se ha disipado a mis espaldas, como un espejismo. Pero soy desagradecido con mi vida. Ha habido en ella más de lo suficiente para un hombre: disparates, cobardías y decepciones, heridas y besos, desconsuelos y esperanzas y más esperanzas, cuando las primerizas se extinguían. ¡Cuántos rostros, vivos y muertos, alumbra de pronto la luz de mi memoria! Se habían asomado a mi vida, y yo a la suya. Algunos se apresuraron a proseguir su ruta, otros se quedaron. Unos pocos permanecieron allí para siempre. Me estoy consolando a mí mismo. Pero sin sinceridad. Este clavo del garrote asesino lo sienten sobre su cogote, probablemente, todos.

Pero tú sigue cantando, Lyonei, mi héroe romántico. Voy a escuchar un poco más. II. Una conversación en la terraza

Era una calurosa mañana de septiembre. En la columnata había poca gente todavía; dentro de poco llegarían los músicos. «Tengo sed, voy a tomar algo», me dije con resolución; entonces, frente a mí, escuché una exclamación de alegría:

—¡Por fin te hemos encontrado, llevamos tres días buscándote!

Pensé en Skrivánek. El día antes me habían dicho en el balneario que me estaba buscando un tal señor Skfivánek. Declaraba haber sido mi amigo del colegio y condiscípulo. Yo no le recordaba: habían transcurrido casi setenta años desde que me sentaba en los verdes pupitres de la escuela de Zizkov.

Adopté una expresión de leve asombro y, complacido, afirmé: —¡Eres Skrivánek!

En efecto, era él. Miró alborozado a su mujer.

—¿Ves? Ya te decía que me iba a reconocer en seguida. Nos sentábamos en el mismo banco. Sin embargo, a decir la verdad, ante mí empezó a dibujarse la silueta de un niño y pronto me acordé de un chiquillo menudo y diligente, sentado al otro lado del pupitre. Nos tratábamos poco. Y eso es todo. No recuerdo nada más.

Me llevaron a la terraza del hotel. Pidió un helado de vainilla para su mujer. Cuando acerqué el vaso a la boca y ella se inclinó sobre el platillo con el emblema de los baños y el del estado papal, aproveché la oportunidad para mirarla mejor. Era mucho más joven que su marido y parecía simpática, hasta bonita. Estaba claro que no compartía el entusiasmo de su marido y aquello me gustó.

Para mantener la conversación y no tener que hablar mucho, le pregunté qué había estado haciendo durante las largas décadas que no nos habíamos visto. El hombre estaba esperando la pregunta.

—Soy abogado —empezó escrutándome con la mirada—. Pero tengo que contártelo todo desde el principio.

Y me relató, sin prisas y detalladamente, cómo se trasladaron de Zizkov a Plzen y, luego, a Praga de nuevo. Después de terminar los estudios de derecho, su influyente padre le colocó en las oficinas de una gran empresa comercial. Las oficinas eran grandes, tenían varios departamentos. Así empezó su carrera.

Le estaba escuchando distraídamente y miraba, por encima de su hombro, al otro lado de la avenida principal. Junto a la casa Tepelsky entre los matorrales, se oculta un pequeño estanque con un par de cisnes y unos patos coloreados. Los patos, rápidos y hambrientos, se abalanzan sobre los regojos que les tira la gente. Los cisnes los recogen poco a poco, con una verdadera dignidad y cierta displicencia. Los trozos que caen lejos, quedan allí, porque no los advierten.

Mi compañero de estudios iba narrándome, despacio y con precisión, todas sus vicisitudes. Hablaba de sus jefes, de sus ascensos y de su trabajo. Al encontrarse en el despacho de la primera planta, que tenía una vista maravillosa, había alcanzado, por lo visto, la cumbre de su vida. Se convirtió en el jefe del departamento y un sirviente le cambiaba a diario el agua en el jarrón con flores frescas.

Desde la ventana del hotel podía ver bien los rostros de la gente. Todos tenían las cuantiosas ocupaciones propias de los baños y de por sí resulta agradable que de uno cuide mucha gente. Alguna que otra vez mi mirada rozó la cara de mi taciturna vecina. Escuchaba con indiferencia. Evidentemente, ya conocía bien la historia de su marido.

Yo seguía escuchando sin prestar mucha atención, pero me enteré de sus dificultades en la época de la ocupación alemana. Fue destituido y en su sillón se instaló una alemana gorda y con gafas. Tuvo que volver a la oscura oficina de la planta baja que daba al patio trasero. Menos mal que sabía bien el alemán. A veces los alemanes le llamaban para que les explicase algo. Pero, para su carrera, aquello no significaba casi nada.

Como soplaba el viento por encima del tejado de la casa Tepelsky a veces me llegaban fragmentos de la música desde la columnata. Era como ir dando mordiscos a un azucarillo rosa.

Después de la guerra, Skfivánek se sintió mejor. No sólo el bueno de Skfivánek, al fin y al cabo. Recuperó, desgraciadamente ya no por mucho tiempo, su sillón, volvió a mirar desde su ventana al río y el sirviente de la oficina cuidó de nuevo sus flores a diario.

Mi compañero se calló, buscó con los ojos al camarero y le pidió un café. En aquellos breves segundos rocé levemente la mano de su mujer que ella tenía sobre las rodillas. En Marienbad no se prohibe hacerlo. Al principio tuve un poco de miedo. Mi vecina se sonrojó, pero acto seguido en sus ojos y labios afloró una tenue sonrisa y me miró a los ojos con fijeza.

Ya habíamos pagado y nos habíamos levantado, cuando Skfivánek se me dirigió como de pasada:

—Y tú, ¿qué ha sido de ti, en todo este tiempo?

—Pues, a decir la verdad —le contesté—, ¡prácticamente nada! —¡Nada, lo ves!

Y me miró con una honda satisfacción. III. Los zapatos de la señorita Ulrika

Ya no puedo decir con seguridad dónde vi los zapatos de la señorita Ulrika von Lewetzow. Creo que fue en el museo de Loket. Unos zapatos ya nada viscosos, después de todo el tiempo que había pasado; los endurecidos zapatos de la joven del paseo de los Baños Marianos que son, dicen, exactamente los mismos a cuyo encuentro se precipitaba el enamorado poeta. Al menos, los que los habían guardado sostenían que era así.

Está bien, ¡dejémoslo! Después de su separación, Goethe vivió unos años más. Ulrika no volvió a casarse. Quedó sola hasta la muerte. A lo largo de toda su vida, que no fue breve, acarició, por lo que parece, sus recuerdos.

Su corto amor santificó también aquellos lugares al borde del bosque Imperial, donde desde entonces los ciervos han vuelto a tocar sus fanfarrias de amor muchas veces.

Siempre he leído La elegía de Goethe con emoción, pero sin comprenderla profundamente. Tardé largos lustros en llegar a entender su resplandor postrero. Tuvo que pasar mucho tiempo, quizás quince años, quizás más.

Este verano voy a cumplir justamente la misma edad que tenía Goethe cuando se enamoró con tanto ardor de Ulrika. Ahora sé bien que, si un hombre decide poner fin para siempre a todas las locuras, a todos los sueños y a todas las tonterías a las que estaba tan acostumbrado de joven, empieza a ser viejo. En el momento en que hace un recuento complacido de sus años y sólo consulta a su razón, todo se termina en este valle de lágrimas. Aquel hermoso amor ya no me hace sonreír para mis adentros. Ya no me extraña el atrevimiento de aquel anciano. Soy más inteligente y comprendo sus versos. No es tan fácil ir ahuyentando siempre de sí el desaliento de la vejez, pero es la única manera de escapar a la desesperación. También sé ahora que no es nada ingenioso mezclar el café azucarado con las lágrimas de uno.

Todavía estoy aquí y me alegro de ello. Me siento en un banco frente a la columnata y mis ojos se precipitan detrás de unos pasos elásticos que a los pocos instantes se pierden en la lejanía junto con una falda cortita. Creo que, desde hace tiempo, la moda no era tan lujosamente seductora como lo es en estos últimos años. Es más arrebatadora que los escotes del siglo pasado.

—¿Mirando a las chicas? —me saluda un médico conocido.

—Así es, doctor. ¡Estoy escogiendo zapatos de mujer para echarme a correr a su encuentro!

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