Future Research
50 behavior and well-being For example, experimental
El reconocimiento del propio pecado señala el comienzo de la conversión interior. La interioridad, lugar decisivo para el ser humano en el camino hacia la verdad, es la capacidad de volver a entrar en uno mismo, de comprender el sentido de las acciones realizadas y que siguen realizándose, porque solo en lo más íntimo pueden evaluarse y juzgarse.
Y la experiencia confirma que existe un nexo indisoluble entre la conversión del corazón y la relación social y política. No puede darse una verdadera, duradera y estable reconciliación social y política entre los seres humanos, los pueblos y las naciones, sin conversión del corazón; al igual que tampoco se da una conversión del corazón que no tenga una irradiación, una resonancia, en la reconciliación social y política.
El tema es particularmente importante, y para comprenderlo es muy útil reflexionar sobre el Salmo 50 (o 51, según la numeración de la Biblia hebrea), que se inicia con la invocación «Miserere», ten piedad. El salmo es de una riqueza inagotable y atraviesa toda la historia de la Iglesia y de la espiritualidad: constituye el esquema interior de las
Confesiones de Agustín; fue querido, meditado y contemplado por Gregorio Magno; se
convirtió en señal de la vehemente defensa de la imagen de Dios en las célebres y enardecidas predicaciones de Savonarola, y en divisa de esperanza para los soldados de Juana de Arco; Martín Lutero lo estudió intensamente, dedicándole páginas inolvidables; es el espejo de la conciencia secreta de los personajes de Dostoievski y una clave de lectura de sus novelas.
El Miserere es el salmo de los grandes hombres de Dios. Le han puesto música
compositores como Bach, Mozart, Donizetti y otros más cercanos a nuestro tiempo, y lo han descrito con maravillosas pinceladas importantes pintores.
Se trata, sobre todo, del salmo que ha acompañado a las lágrimas y los sufrimientos de muchos hombres y mujeres que han encontrado consuelo y claridad en los momentos oscuros y duros de su vida; y pertenece a la historia de la humanidad, no solo a la historia del Oriente hebreo y judío y de la cultura occidental cristiana. Al meditarlo entramos en el centro del ser humano y en el centro de la historia de la humanidad.
«Piedad de mí, oh Dios, en tu amor, según tu misericordia
borra mi culpa.
Lava del todo mi delito y limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa
Contra ti solo pequé,
cometí lo que está mal a tus ojos. Así eres justo en tu sentencia, eres recto en tu juicio.
Mira, culpable nací,
pecador me concibió mi madre. Tú quieres la sinceridad interior, y en lo íntimo me inculcas sabiduría. Límpiame con hisopo del pecado,
lávame hasta quedar más blanco que la nieve. Anúnciame gozo y alegría,
que se regocijen los huesos triturados. Tápate el rostro ante mi pecado y borra toda mi culpa.
Crea en mí, Dios, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro
ni me quites tu santo espíritu; devuélveme el gozo de la salvación, afiánzame con un espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, y los pecadores volverán a ti.
De homicidio líbrame, oh Dios y Salvador mío, y mi lengua aclamará tu justicia.
Señor mío, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Un sacrificio no te satisface;
si te ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Para Dios, sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y triturado
tú, Dios, no lo desprecias. Dígnate favorecer a Sion
y reconstruye la muralla de Jerusalén; entonces aceptarás sacrificios legítimos, ofrendas y holocaustos,
La primera parte del salmo es el reconocimiento de una situación. Todos los
verbos están en indicativo y exponen y subrayan unos hechos: reconozco mi culpa, contra ti pequé, sé justo cuando hables, en lo íntimo me inculcas sabiduría.
La segunda parte («Límpiame con hisopo...») expresa la súplica. El texto cambia
de tono, y casi todos los verbos están en imperativo: límpiame, lávame, anúnciame gozo y alegría, tápate el rostro, borra, crea en mí, no me arrojes, devuélveme el gozo, afiánzame.
La tercera parte («Enseñaré a los malvados...») es el proyecto para el porvenir
y los verbos están en futuro: enseñaré, mi lengua aclamará, aceptarás.
El punto de partida
Los primeros versículos nos introducen con estas palabras: «Piedad de mí, oh Dios, en tu amor, / según tu misericordia / borra mi culpa. / Lava del todo mi delito / y limpia mi pecado».
El punto de partida del camino de conversión del corazón es, por consiguiente, la iniciativa divina de misericordia: Dios es siempre el primero en dar la mano; el platillo de la balanza está siempre inclinado del lado de su bondad.
Los términos que emplea la traducción propuesta para expresar lo que ha hecho el ser humano –culpa, pecado– no vierten adecuadamente el sentido original. En el texto hebreo, de hecho, encontramos tres palabras diversas que dirían así: «... borra mi
rebelión, lávame de toda discordancia mía, purifícame, sácame de todo extravío
mío».
Palabras, todas ellas, ya empleadas para explicar en qué consistían los errores referidos en el libro del Génesis. El pecado es un error fundamental del ser humano, una distorsión, una discordancia, una rebelión, una voluntad de proyecto alternativo en contraposición con el proyecto de Dios.
A los términos que expresan la desviación humana corresponden tres apelativos divinos: «Piedad... amor... misericordia». Nos encontramos con el pecado humano – aunque expresado en términos diversos– y con tres atributos de Dios, lo cual pone de relieve que la insistencia no recae en el pecador, en la pobreza de lo que somos todos, sino en la inmensidad de Dios.
«Piedad de mí, oh Dios», traducimos; pero el texto hebreo dice sencillamente: «Gracia, hazme gracia, oh Dios». Se pide a Dios que sea gracia para nosotros, que se
interese por quien está mal, por quien se encuentra en dificultad. Es la experiencia de María de Nazaret, que canta: «Señor, has mirado la pobreza de tu sierva y me has llenado de tu gracia» (cf. Lc 1,48).
Dios es la esencia de la gratuidad, y cuando decimos que a él no le interesa pensar en nosotros, ocuparse de nosotros, estamos expresando una idea falsa. Dios goza dando algo a quien necesita ser sostenido, a quien se siente un don nadie, a quien se siente humillado; quiere derramar su valor en nosotros y no juzga el nuestro.
«Según tu misericordia». Es interesante notar que se dice precisamente según tu
misericordia, no «en tu misericordia» o «porque eres misericordioso». El salmista indica la desproporción infinita de la misericordia divina, que el ser humano intuye sin
comprenderla. En hebreo se usa el término ḥesed, que posee una larga historia rica en
significado: es la actitud típica de Dios hacia su pueblo, que implica lealtad, afabilidad, fidelidad, bondad, ternura, constancia en la atención y en el amor. Podría traducirse por «amabilidad», en el sentido de ternura que no se retracta, que no se desvanece nunca. Lo traducimos por misericordia porque la amabilidad de Dios se enternece más cuando
somos débiles, frágiles, pecadores, inconstantes, y quizá pensamos que tiene razón para no acordarse de nosotros.
«En tu amor». En hebreo se dice raḥammim, es decir, «el corazón, las entrañas».
Es un vocablo profundamente materno que designa la capacidad de llevar a alguien dentro, de identificarse con una situación hasta el punto de vivirla en la propia carne, de sufrirla o de gozarla como algo propio. Este atributo de Dios puede entenderlo de algún modo quien ha amado a otro con un amor total, visceral, radicalmente comprometido, apasionado. Podríamos casi traducirlo del siguiente modo: «según tu gran pasión por el ser humano, ten misericordia, oh Dios».
Los tres atributos de Dios nos dan el tono del Salmo 50, que es un himno al encuentro con Dios tal y como es; nos invita, ante todo, a tener una idea justa del rostro de Dios.
El reconocimiento de una situación
«Pues yo reconozco mi culpa / y tengo siempre presente mi pecado. / Contra ti solo pequé, / cometí lo que está mal a tus ojos. /... Mira, culpable nací, / pecador me concibió mi madre. / Tú quieres la sinceridad interior / y en lo íntimo me inculcas sabiduría».
Tras haber considerado los tres atributos de Dios, nos detenemos en los tres sujetos
que se presentan en acción.
El sujeto que aparece más frecuentemente es la persona misma: yo. Yo reconozco
mi culpa, yo pequé contra ti, yo cometí la maldad que repruebas.
Otro sujeto, en tercera persona, es el pecado. El pecado y la realidad del pecado,
El tercer sujeto de la acción, que es el determinante, la clave para entender todo el significado del pasaje, es el tú.
Así pues, nos encontramos con un yo que reconoce, con una determinación general de la situación de culpa y con el tú, que constituye el centro: tú quieres la sinceridad interior; tú en lo íntimo me inculcas sabiduría.
La expresión «Tú quieres la sinceridad interior» resulta más difícil de entender en el texto hebreo: «Tú amas la verdad en lo oscuro», es decir, tú amas la verdad, que es la luz, incluso allí donde el ser humano está perdido en los meandros de su conciencia.
«En lo íntimo me inculcas sabiduría». La sabiduría es una de las realidades más elevadas y profundas del Antiguo Testamento: significa orden, proporción, luminosidad, entusiasmo creativo, plan divino de salvación.
Tal es la clave de la primera parte del salmo, a saber, que Dios, en su iniciativa de amor y de misericordia, proyecta en la oscuridad de mi psique, en lo profundo de la conciencia, la luz de su plan. Actuando así me lleva a descubrir la verdad de mí mismo, me da aliento, me ayuda a entender lo que estoy llamado a ser, lo que habría debido ser, lo que puedo ser con su gracia.
La verdad y la sabiduría de Dios son luz auténtica, benéfica, afable, que, entrando en los pliegues del alma, donde ni siquiera yo me doy cuenta de lo que sucede, me instruye y me incita a la sinceridad y a la autenticidad de lo que soy realmente.
Si hemos entendido, al menos someramente, la fuerza de estas palabras, podremos entender mejor las que aparecen un poco antes: «Contra ti solo pequé». He hecho lo que no se debe ante ti.
A primera vista, nos resulta extraña esta expresión, sobre todo si la referimos a aquel que, históricamente, ha sido considerado el personaje de la vivencia contada en el salmo, es decir, a David y su pecado. ¿Sólo pecó contra Dios? David pecó contra un hermano, contra un amigo; le hizo morir deslealmente y le arrebató a la mujer, siendo, por consiguiente, un homicida y un traidor.
Pero, aun así, se insiste en la relación con Dios que se ha establecido mediante esas acciones. Y quizá aquí intenta expresarse algo que emerge de la historia de David. En realidad, nadie conocía el pecado de David, pues había tejido perfectamente su trama, y es solo el profeta Natán quien se lo echa en cara.
Sin embargo, cuando se le anuncian abiertamente sus intrigas, David se ve frente a la terrible verdad de su conciencia.
Al pecar contra el amigo con la traición, con la infidelidad y con el adulterio, David se ha colocado contra Dios y contra todos aquellos a quienes defiende como algo suyo.
Recordemos que el rey David era un hombre profundamente bueno, incapaz de
querer mal a los enemigos, y profundamente leal; es más, su integridad y su lealtad
quedaron proverbialmente inscritas en la historia de Israel. Cuando conoce a Betsabé, la mujer de Urías, era un hombre maduro, no carente de experiencias afectivas, y en este
momento de su vida había tenido ya lo que quería, conocía sus límites, la debilidad humana. No obstante, a través de una serie de pequeñas circunstancias insignificantes, el héroe David se convierte en una persona desleal, infiel y traidora. En el Segundo
Libro de Samuel, al final del capítulo 11, una de las obras de arte de la literatura, leemos la siguiente afirmación: «Pero la acción que David había cometido desagradó al Señor» (v. 27). Entonces Dios encarga al profeta Natán que visite a David y le cuente la historia de dos hombres, uno rico y otro pobre. Esta parábola reconstruye poco a poco la verdad en David, que termina confesando: «He pecado contra el Señor».
«Contra ti solo pequé». La expresión es muy semejante a la palabra central de la parábola evangélica del hijo pródigo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Todo cuanto el hijo ha hecho concierne a muchas otras cosas: su vida disoluta, su despilfarro, todos los errores, todos los abusos cometidos, los actos ilícitos realizados. Pero todo ello se resume en su relación con el padre, en su relación con Dios (cf. Lc 15,11-32).
El ser humano, instruido por Dios, entra en lo profundo de su verdad, reconoce dialogando que su error, en sí mismo y en su entorno, no importa si es pequeño o grande: ha dañado la imagen de Dios, ha dañado su relación con Dios.
Esta referencia es importante para nosotros, que estamos habituados, acertadamente, a subrayar los aspectos sociales del pecado; en efecto, el pecado no solo es contra Dios, sino que afecta a la Iglesia, disgrega a la sociedad y hiere a la comunidad. Aquí se nos recuerda que Dios está detrás de todo ser humano, de toda persona a la que tratamos mal, a la que engañamos o despreciamos. Nos situamos en contra de Dios cada vez que rechazamos al hermano o la hermana que están a nuestro lado y que esperan de nosotros un gesto de caridad o de justicia. Todos los problemas de la historia –el problema ético, el problema de la justicia, el de la paz, el de las relaciones familiares, personales y sociales justas...– son el problema del ser humano en su diálogo con aquel que le ama, le conoce y le ayuda a conocerse en su verdad.
De hecho, no se dice: «he pecado, he errado», sino «Contra ti solo pequé». La personalización de la culpa es un acto de verdad profunda y, al mismo tiempo, un acto de claridad extrema, porque este reconocimiento de la persona que habla así, que está formada para hablar así, no tiene nada que ver con el sentimiento de culpa, que es deprimente y degradante.
Todos estamos sujetos a vivir momentos de tristeza irremediable, de ira, de indignación y de venganza contra nosotros mismos: sufrimientos inútiles generados por el
sentimiento de culpa que no se vive en un diálogo con Dios; sufrimientos que no pueden hacernos mejores.
Las palabras del salmo nos revelan la diferencia entre el examen de conciencia hecho en diálogo con Dios y todo el análisis de la culpa, de las debilidades, de las bajezas que cada uno reconoce en sí mismo y que llegan a deprimir profundamente al espíritu, cansándole aún más y haciéndole incapaz de luchar.
En este salmo, escrito hace más de dos mil años, vemos a la persona que ha encontrado la vía justa para el arrepentimiento, la vía del reconocimiento de culpas gravísimas, pero expresado ante aquel que cambia el corazón. Notemos también el carácter personal, afectivo, de las palabras «cometí lo que está mal a tus ojos». A tus ojos, a tu amor que me creó, me hizo, me amó y me ideó.
¡Qué diferente es esta realidad de la de los llamados «arrepentidos» judiciales! El arrepentimiento judicial puede, ciertamente, producir mejoras humanas por la colaboración a que conduce, pero no tiene la fuerza de purificar la conciencia de la sangre derramada. El «arrepentido» tendrá que decir aún: «tengo siempre presente mi pecado». A menos que entre en ese proceso misterioso de transformación del corazón que cambia totalmente al ser humano: «¡Crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo!», el proceso de transformación que depende de la fuerza de Dios y que permite una existencia nueva.
El dolor por los pecados
El dolor por los pecados se expresa en el v. 6b: «Eres justo en tu sentencia, / eres recto en tu juicio».
La palabra «dolor» puede evocar en nosotros una sensación de molestia o de descontento.
Y, sin embargo, en el terreno de las experiencias corpóreas el dolor es la más inevitable, la más evidente, la menos artificial de las sensaciones: siento un dolor en el cuerpo, a pesar de que no lo quiera.
Los mismos dolores morales son algo muy real dentro de nosotros: a veces nos oprimen hasta quitarnos el sueño.
Así pues, ¿qué es el dolor por los pecados, que parece tener tan poco en común con la sensación, tan viva y presente, del dolor físico o moral?
Parto de unas reflexiones generales:
Hay actos, más o menos graves que no quisiéramos haber cometido. Hay
querríamos ser: formas de hacer, de pensar, de responder, de actuar.
A veces nos damos cuenta de que no dependen ni siquiera de nosotros, sino que son, más bien, el resultado de hábitos anteriores, de algo inesperado o inadvertido. Sin embargo, poseen algo de lo que interiormente sentimos que no podemos presumir.
Esta capacidad de juicio sobre uno mismo no es todavía el dolor por los pecados: es su premisa. En efecto, no puedo arrepentirme sino de algo que al mismo
tiempo es mío y no está bien, lo he hecho y no lo apruebo.
El camino de la purificación cristiana presupone la capacidad de juicio sobre uno mismo, implica una disociación de algún aspecto de nosotros que no aprobamos.
Saber hacer esto es un signo de libertad en acción, es un signo de maduración humana y moral. Hay que dudar de la persona que acusa siempre a los demás y está satisfecha de todo cuanto ella hace. Si nos dedicamos a acusar a los demás y excusarnos a nosotros, ponemos de manifiesto que ni siquiera hemos dado el primer paso hacia el arrepentimiento cristiano.
Y, por otra parte, es verdad que a veces nuestro arrepentimiento se ve bloqueado porque no estamos plenamente persuadidos de tener que imputarnos algo que no funciona bien en nosotros. Nos cuesta admitir de veras que la culpa es nuestra.
Con más frecuencia, el arrepentimiento se ve obstaculizado porque no estamos en absoluto convencidos de que lo que hemos hecho tiene importancia: tal vez la tradición y la doctrina dicen que es erróneo, pero interiormente sentimos que no es verdad. En este caso, el dolor, el arrepentimiento, se convierte en algo difícil, superficial, artificial.
¿Qué debemos hacer si nos damos cuenta de que nuestro arrepentimiento no se desentumece, que está paralizado por estos motivos que conciernen al juicio
preliminar sobre nosotros mismos?
Está claro que el camino que hay que recorrer consiste en pasar de una evaluación apresurada de nosotros a otra más realista y ponderada, mediante la reflexión y la oración.
Volvamos al versículo 6b del salmo: «Eres justo en tu sentencia, / eres recto en tu juicio».
Nosotros lo interpretamos espontáneamente poniendo a Dios en el lugar de un juez; imaginamos a dos partes en un juicio, y a Dios en medio.