3.3 Detection Algorithm
3.3.4 Belief Assignment
Múltiples variables han sido asociadas al fenómeno del abuso sexual intrafamiliar. Éstas abarcan, partiendo desde el macrosistema, al contexto sociocultural en que las familias están inmersas, incluyen aspectos del sistema familiar en sí mismo (tales como pautas interaccionales, elementos estructurales, sistemas de creencias, circuitos transgeneracionales) y concluyen en elementos ligados a los sistemas individuales que componen a la familia, particularmente, al abusador y a su historia de vida.
La especial articulación que se genera entre estos diversos niveles de variables sistémicas daría cuenta de cada historia incestuosa, tanto en sus aspectos idiosincráticos, como en lo que comparte con otros grupos familiares que presen- tan esta condición.
Respecto de las variables del macrosistema sociocultural que juegan un rol facilitador del comportamiento sexualmente abusivo, autores como Barudy (1998) y Durrant y White (1990) coinciden en señalar la relevancia de la cultura patriar- cal y falocrática, que marca un desequilibrio de poder y responsabilidad entre los sexos y que promueve un arquetipo de adhesión rígida a los papeles tradicionales que deben desempeñar hombres y mujeres. En este sentido, le asigna a los hom- bres una posición de seres fuertes y competentes, orientados a la satisfacción de necesidades de poder y dominio, y a las mujeres un imperativo de sacrificio de la propia individualidad en pos del cuidado de los demás, sin el beneficio de la reciprocidad. Este modelo patriarcal sexista facilitaría el abuso, en tanto está im- pregnado de ideologías que activan la opresión de aquellos considerados en posición de debilidad, es decir, mujeres y niños, y orienta la expresión de domi- nio por canales que implican el aprovechamiento sexual, dando cuenta de valo- res de la sociedad actual que asocian estrechamente la sexualidad y el poder masculino (Durrant y White, 1990). Las tendencias “consumistas”, fuertemente actualizadas en el mundo de hoy, y también íntimamente relacionadas con el poder, facilitarían el proceso de “cosificación” de los niños, en el sentido de con- siderarlos sujetos en desigualdad de valor dentro de las relaciones y, por ende, objetos susceptibles de utilización para beneficio propio (Barudy, 1991).
La versión patriarcal dominante sustentaría y legitimaría los sistemas de creen- cias que han sido develados por los abusadores y sus familias. Se ha observado
que éstas presentan una visión de mundo en la que la definición de realidad ha sido creada predominantemente por el abusador, llegando a convertirse en un dogma que excluye las posibilidades de reflexión (Durrant y White, 1990; Barudy, 1995). La rígida adhesión de los miembros a esta ideología familiar estaría al servicio de la mantención de la lealtad al sistema y del freno de las tendencias hacia la diferenciación, el crecimiento y la individualidad, procesos considerados amenazantes para la integridad familiar (Durrant y White, 1990).
De esta mitología totalitaria se deriva un alto riesgo de victimización, según los autores, puesto que los abusadores pueden construir argumentos justificatorios de los actos abusivos, calificándolos como comportamientos naturales e incluso positivos para los hijos, sin que éstos cuenten con una realidad alternativa de enjuiciamiento. Como lo expresan Perrone y Nannini (1998), en este tipo de fa- milias los niños deben colaborar activamente y participar en la mistificación montada por los padres o los adultos.
En concordancia con los sistemas de creencias observadas, han sido descritas las características estructurales de las familias en que se presentan actos sexualmente abusivos. Se trata de sistemas en los cuales existen trastornos en la apertura y cierre de las fronteras, así como alteraciones en la organización jerárquica fami- liar. El aislamiento, las carencias en el intercambio con el entorno y el funciona- miento rígido y cerrado son elementos que consistentemente han sido observa- dos en estas organizaciones familiares (Barudy, 1995; Durrant y White, 1990; Sanz y Molina, 1999). Tales estructuras presentan un isomorfismo con las ideolo- gías que se desarrollan al interior de ellas. Sus características poseen un alto po- tencial patógeno, puesto que está interferida la instancia correctiva y normalizadora del medio social al mantenerse cerradas sus fronteras (Cirillo y Di Blasio, 1991). Por otra parte, los límites entre los subsistemas jerárquicos han sido caracteri- zados como difusos (Barudy, 1995), débiles (Gil, 1997), susceptibles a la negación (Cirillo y Di Blasio,1991 ) o al “corrimiento” de lugares, como lo expresa Furniss (1984), cuando describe la permuta de roles que ocurre entre la madre y la hija en la situación de incesto.
Barudy (1995) define tres tipos de organizaciones familiares incestuosas, en las cuales la difusión de límites jerárquicos es puesta de manifiesto:
1. Organización enmarañada y altruista: en ella se produce una inversión del rol parental, dado que los hijos cumplen la función de satisfacer las necesidades y ca- rencias afectivas de los padres, como compensación al sacrificio que a su vez éstos debieron hacer en relación a sus propios padres. Los hijos son objetos transicionales que calman las angustias derivadas de las carencias afectivas de los padres.
2. Organización promiscua, caótica, indiferenciada y usurpadora caracterizada por las interacciones caóticas, la promiscuidad, la pobreza y la ausencia de límites generacionales; los adultos de estos sistemas han estado expuestos al abandono y
a las carencias afectivas profundas durante la niñez, y muchas veces han vivido situaciones de abuso sexual y maltrato. En estas condiciones aprendieron a so- brevivir utilizando todos los medios a su alcance para no perecer. Los hijos de estas familias son utilizados como fuente de ternura y calor humano, y al mismo tiempo, como objetos de reaseguramiento de la debilitada identidad, a través del ejercicio del poder y del dominio de alguien más débil.
3. Organización rígida, absolutista y totalitaria: en ella el padre ostenta el poder absoluto y la definición de las reglas familiares, de acuerdo a un sistema de creen- cias dogmático y conforme a sus necesidades. Tanto la madre como los hijos deben plegarse a sus definiciones e identificarse con los valores morales absolutos del abusador. Se diluyen los límites interpersonales y no se respetan los mundos emocionales de los menores. Éstos se encuentran al servicio de las proclamas paternas.
En el marco de las características estructurales antes expresadas y, en mayor o menor coincidencia con los tipos de organizaciones familiares descritos por Barudy, diversos autores han centrado su atención en las pautas relacionales observadas, tanto en el sistema global, como en los subsistemas conyugales y parentales, así como en la interacción de estos subsistemas entre sí.
Un aspecto coincidente en las descripciones de los funcionamientos familiares incestuosos es la presencia del mecanismo de negación, extendido a todo aquello que amenace con romper la unidad familiar. Así son negados los conflictos, las diferencias individuales, los hechos, las conductas particulares de algunos miem- bros y sus connotaciones dañinas para otros, del mismo modo en que es negado el conocimiento o la sospecha del acto incestuoso. Éste se desarrolla y se mantie- ne mediante el proceso de negación (Durrant y White, 1990; Perrone y Nannini, 1998; Barudy, 1998; Alvarez; 1992; y Sanz y Molina, 1999).
En relación a las pautas interaccionales que se han observado preferentemen- te en el subsistema conyugal, éstas pueden resumirse en una pobre relación de pareja, con insatisfacción crónica de sus miembros, carencias afectivas, distancia emocional y presencia de conflictos, ya sea en el manejo del poder o de la satis- facción sexual. Al respecto, Perrone y Nannini (1998) refieren que se trata de pare- jas con pobre actividad sexual o con actividad sexual extraconyugal explícita. Agre- gan que “habiéndose perdido la intimidad y los límites, el incesto se inscribe como una continuidad en esta actividad sexual conquistadora y sin objeto diferenciado” (p. 96). A su vez, la forma de enfrentamiento de estos conflictos es diversa: puede traducirse en manifestaciones abiertas, a través del maltrato físico o pueden perma- necer encubiertos, negados o desviados en el acto incestuoso.
Se han postulado énfasis distintos en la “responsabilidad” que le cabe a cada uno de los integrantes de la pareja en la trama del conflicto conyugal. En general, a las mujeres se les ha descrito como figuras, física y emocionalmente ausentes,
incapaces de satisfacer las necesidades sexuales del marido, desperfiladas, borra- das o fagocitadas en el sistema conyugal (Álvarez, 1992; Sanz y Molina, 1999; Durrant y White, 1990).
La frustración que derivaría del contacto frío y ausente con este tipo de com- pañera sería el móvil de la inversión de roles que ocurre entre la esposa y la hija en los actos incestuosos.
Interpretaciones como éstas han sido fuertemente criticadas por autores como Durrant y White (1990) y Sanz y Molina (1999), quienes alegan supuestos sexistas tras este tipo de formulaciones y ponen de relieve el rol masculino en las disfunciones conyugales. Rouyer, Drovert y Touron (1991) concuerdan en esta línea de análisis y describen al hombre abusador como un ser que en su relación de pareja busca “una compañera que corresponda a la imagen de la madre idea- lizada, acogedora y atenta, siempre por conquistar y poseer. La relación con ella es simbólicamente incestuosa y su sexualidad es más la búsqueda de un contacto de fusión que una relación genitalizada. Las debilidades de la mujer son reales e imaginarias y provocan en el padre frustración, necesidad de un objeto sustitutorio que debe ser próximo a él y formar parte de él, porque lo que le es extraño y distante le da miedo” (p. 47).
En una perspectiva que no está dirigida fundamentalmente a ponderar res- ponsabilidades, pero que centra la mirada en el juego del manejo del poder en la pareja, y en su consecuencia incestuosa, se encuentra el análisis que realiza Barudy (1991) de la triangulación de la víctima en la dinámica conyugal. De acuerdo a este análisi la “solución incestuosa” permite sobrevivir psicológicamente a la pa- reja y se presenta en tres modalidades posibles:
1. El padre abusador presenta una posición dominante, la esposa desarrolla una respuesta sumisa dependiente y dominada que le proporciona a la pareja abusadora la ilusión de poder, pero que también le refuerza los sentimientos de abandono, soledad afectiva y falta de protección que acarrea de su infancia y que intenta compensar en sus relaciones de dominación. En este contexto, el padre puede volcarse hacia una de sus hijas, en búsqueda de una relación que le dé la ilusión de sentirse importante para alguien y protegido por el amor incondicional de su hija.
2. El padre abusador se encuentra en una situación de sumisión respecto de su esposa aparentemente fuerte y dominante (como consecuencia de un proce- so de parentificación en su infancia). Ella le proporciona al varón abusador la ilusión de estar protegido, pero al mismo tiempo, un sentimiento de impotencia y de insatisfacción en lo que se refiere al ejercicio del poder y del control de la relación conyugal. En este contexto, el varón abusador seducirá a una o varias de sus hijas, para ofrecerse a sí mismo la ilusión de poder y de control en la relación.
3.- Los dos miembros de la pareja están prisioneros en una escalada simétrica por el control de la relación. En esta dinámica la hija se implica o es arrastrada a jugar el rol de “tampón” entre sus padres. Está obligada a aliarse una vez con el padre y otra vez con la madre, sirviendo como elemento regulador de la relación. Las caracterizaciones de las dinámicas parentales son concordantes con las disfunciones del sistema conyugal. “A la insatisfacción crónica de la relación de pareja le sigue la ineficacia e incapacidad para desempeñarse como padres”, afir- ma Durrant y White (1990). Sus funciones parentales son desvirtuadas y reempla- zadas por otras que los adultos consideran más vitales y urgentes, como por ejem- plo, la resolución de conflictos de poder en la pareja o la compensación de expe- riencias traumáticas o carencias vividas en el pasado (Barudy, 1995). Así, la exce- siva impregnación con el rol conyugal o con la imagen infantil de niño/a carente o maltratado/a llevará a una distorsión de las funciones parentales en la familia abusadora.
Además de los procesos de triangulación de la hija en la dinámica conyugal descrita previamente, Barudy (1998) ha formulado otras hipótesis explicativas acerca de las relaciones sexualmente abusivas que se dan entre padres e hijas.
Una de ellas apunta a alteraciones en el proceso de apego familiar que se han observado en las familias en que se produce el incesto. Según el autor, las interferencias en el apego familiar encuentran su origen tanto en interferencias relacionales precoces, motivadas por separaciones tempranas, duraderas y repetitivas entre el adulto y la niña, como en la formación de vínculos simbióticos, en los cuales la distancia relacional está abolida, así como los procesos de diferen- ciación e individuación. En ambos casos, de fusión o distanciamiento, el apego familiar se encontraría alterado, favoreciendo la emergencia del abuso sexual, puesto que la familiaridad inhibe la atracción sexual entre los integrantes del sistema.
En los casos en que el abuso sexual se presenta en una estructura de relaciones simbióticas entre el padre y la hija, se ha constatado en la historia de vida de los padres carencias en la función maternal. Los padres conciben a sus hijos como objetos de reparación y esperan que les brinden los cuidados, el amor, la aproba- ción y la disponibilidad de la que carecieron en sus infancias. En estas situaciones se altera el proceso de diferenciación y el adulto puede apropiarse del cuerpo del niño para obtener el contacto emocional y la autoafirmación que necesita, con el riesgo de erotizaciones y sexualización de la relación traducida en comporta- mientos incestuosos.
En las situaciones en que la alteración de la familiaridad se expresa a través del distanciamiento, la historia vincular ha sido interrumpida a causa de separa- ciones tempranas de los niños, ya sea por alcoholismo, toxicomanías o psicopatología de uno o ambos padres, o por condiciones de vida que implican
visitas esporádicas al hogar. Los sentimientos de familiaridad se encuentran dis- minuidos en estos casos, así como los frenos de la sexualidad (Barudy, 1998).
Otra línea de interpretación de la conducta abusiva del padre hacia las figuras que se encuentran en posición de debilidad en el ambiente familiar, está centrada en la historia de deprivación paternal que el abusador vivió durante su infancia y que repercutió en una deficiente interiorización de normas, leyes y mecanismos de control de la impulsividad. Conforme a lo observado, la ausencia o deficiencia en el desempeño del rol de autoridad en los hombres adultos que estuvieron a cargo de la infancia de los abusadores, llevaron a una internalización del modelo de autoridad alterado, en el que no se han integrado las leyes sociales que impi- den el abuso sexual de los hijos (Barudy, 1998), pero que sí ha incorporado ele- mentos de su conducta patriarcal y falocrática, así como otros comportamientos que indican procesos de identificación con el agresor (búsqueda de venganza, abuso de poder, compulsión repetitiva de actos abusivos, concepción violenta y utilitarista de las relaciones humanas (Barudy, 1998; Sanz y Molina, 1999).
En relación a los patrones conductuales observados por las madres, la mayo- ría de los autores coinciden en calificarlas como figuras ausentes, incapaces de cumplir su rol materno y borradas de la jerarquía paterna (Barudy, 1998; Alvarez, 1992; y Perrone y Nannini, 19981).
Barudy describe el rol materno en los siguientes términos: “... la esposa se abstiene de cumplir la función maternal para con sus hijas... se relaciona con ellas de manera ambigua y ambivalente, a veces las considera sus aliadas, otras sus rivales, llegando a vivirlas como verdaderas cargas, origen de sus preocupaciones y problemas” (Barudy, 1991, p. 25). Cirillo y Di Blasio (1991) por su parte, afir- man que las madres de los sistemas familiares incestuosos se caracterizan por estar ausentes, disminuir sus percepciones, escudarse en la autojustificación y darle prioridad a la cohesión familiar formal. Sanz y Molina (1999) adhieren parcialmente al tenor de las caracterizaciones precedentes y agregan distinciones en la conducta materna respecto del grado de participación consciente o incons- ciente en el acto abusivo y de la disposición temprana o tardía para intervenir en la interrupción del abuso. Según estos autores, en los casos en que la participa- ción materna es más evidente y sus tendencia a la negación de las evidencias se acentúa, existirían deficiencias cognitivas condicionadas por la repetición transgeneracional de la cadena incestuosa. Ellas mismas habrían sido abusadas, mostrando así una predisposición a buscar patrones revictimizantes, producto de la distorsión de las pautas vinculares aprendidas en la infancia.
Tal como se mencionó al inicio de esta exposición teórica, una de las variables relevantes en la comprensión del fenómeno de abuso sexual lo constituye la figu- ra del abusador. Sus características de personalidad, sus patrones de excitación sexual y su historia de vida han sido considerados elementos cruciales en la com-
prensión del fenómeno, frente a las cuales la descripción de las otras variables sistémicas relativizan su significación. Tanto Barudy, en sus últimas exposiciones del año 2000, como Sanz y Molina (1999) y Gil (1997), afirman que las alteracio- nes propias del ofensor deben constituirse en el foco de comprensión e interven- ción en esta patología. Barudy orienta esta tarea hacia las alteraciones vinculares producto de la historia de vida del sujeto, mientras Gil y Sanz y Molina enfatizan el rol de la alteración sexual en la conducta abusiva del sujeto.
Al respecto, expresan que los abusadores presentan una inmadurez afectiva y sexual que es ostensible o enmascarada por reacciones de prestancia. La excita- ción genital es excesiva y sustituye las emociones habituales de ternura y solicitud. La frustración, más que un sufrimiento moral, provoca excitación sexual. Gil (1997), agrega que a los abusadores les es siempre atribuible la denominación de sujetos pedófilos, puesto que se sienten excitados sexualmente por niños y que sus pautas de excitación desviadas son de naturaleza apremiante y se traducen en conductas compulsivas de difícil modificación. Sanz y Molina (1999) avanzan en esta línea de comprensión y explican la “desviación perversa de la sexualidad” de los ofensores como una conducta adictiva, que como tal puede ser recuperable, pero no curable y que comparte además, con otras adicciones, las características de estar vocalizada en la gratificación a corto plazo, ser repetitiva, alterar el estado de ánimo, basarse en la negación y el secreto, fundarse en distorsiones cognitivas, ser compulsiva a expensas de sus consecuencias negativas y presentar recaídas frecuentes. La con- ducta sexual adictiva se presentaría en personalidades que poseen como caracterís- ticas intrínsecas un estilo de manipulación psicopática y narcisista, una tendencia al abuso de autoridad y de poder y una concepción violenta y utilitarista de las rela- ciones humanas. Además, se trataría de sujetos que presentan con frecuencia alco- holismo, drogadicción y enfermedades mentales.
En cuanto a los trastornos en la capacidad para establecer vínculos familiares adaptativos por parte de los abusadores sexuales, la consideración de sus histo- rias de vida ha sido considerada como una tarea fundamental. A esta visión subyacen supuestos de las perspectivas transgeneracionales. Uno de sus más con- notados representantes afirma que “...la calidad de la paternidad depende siempre de la medida e integridad propias de lo que el padre mismo vivió en su experiencia como niño. La contabilización multigeneracional de responsabilidades determina el balance de la nueva relación” (Boszormenyi-Nagy, 1983, p. 111).
Autores como Barudy (1991), Gil (1997), Durrant y White (1990) y Sanz y Molina (1999), hacen eco de esta perspectiva y postulan que la experiencia clíni- ca ha permitido visualizar que las conductas abusivas y los malos tratos son casi siempre una experiencia organizadora de la dinámica familiar a través de las generaciones. Los adultos abusivos tienden a repetir los comportamientos de maltrato físico, sexual y emocional que sufrieron siendo niños con sus hijos, exis-
tiendo así una alta probabilidad de perpetuación del circuito transgeneracional del abuso y del maltrato.
Además de la observación de pautas sexualmente abusivas y maltratantes en las historias de vida de los sujetos, se han descritos infancias en las que destacan la