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cerca lo íntimo (vol. I; mientras que el vol. II lo trata a contrario)? ¿O no lo sería entre todas las novelas del mundo, aunque no pudiera afirmarse sin arriesgar demasiado? (También es tiempo de que me explique a mí mismo por qué conservé sobre mi mesa la mayor parte del tiempo Lucien Leuwen y las Confesiones de Rousseau durante los años de mi exilio hongkonés.) “Nancy” o el acceso a lo íntimo. Como Fabricio, de alguna manera, Lucien había conocido primero lo íntimo sin saberlo en el salón parisino de su madre, paraíso de una infancia resguardada, sustraído de todo esnobismo parisino y donde todavía se sabe ser sincero. Pero cuando terminó expulsado de la Escuela

exilio. Pues allí no hay adónde ir por la noche, después del servicio. Sigue pesando la coerción, bajo el régimen tan puntilloso de la monarquía de Julio, de permanecer en guardia enfrente del prójimo, por miedo a comprometerse; en cuanto a la gente honesta, sermonean y son aburridos.

Lucien Leuwen es la novela de la búsqueda de un adentro compartido. Porque cuando Lucien llega a ser admitido e incluso celebrado en la buena sociedad del lugar, y las barreras sociales se levantan, finalmente hay un adentro que se abre, franquea un umbral, pero que sólo es social. De modo que ese adentro pronto ha de convertirse de nuevo en afuera; otra vez conviene controlar todo lo que se hace o se dice entre esos nobles de provincia para no chocar con sus prejuicios de otro siglo. Un nuevo régimen de sospecha que condena el compartir: es preciso fingir, de otro modo se corre el riesgo de ser expulsado. Pero Lucien no posee a su vez otro mérito que su gusto por las matemáticas y ser hijo de un gran banquero. No tiene la gracia aristocrática de un Del Dongo con el lago italiano de fondo; tampoco posee la fuerza plebeya, casi

sobrehumana, de un Sorel, capaz de querer desmesuradamente para ascender.

Es entonces cuando la novela se urde por una precipitación en lo íntimo: dentro de sí se descubre un acceso a algo más interior que “uno mismo” porque se abre al Otro en un adentro compartido. Ese momento en que se anula la frontera, cuando el afuera se vuelve adentro, cuando el otro ha penetrado el espacio interior y termina por invadirlo totalmente, Stendhal no puede dudarlo, es el más intenso - ¿el único “interesante”? – que sea dado vivir, el único que hace existir; aquel donde lo humano súbitamente se sacude, agita lo que encerraba en su silencio, lo hundía en su soledad, lo condenaba a la chatura, y reacciona a flor de piel. Podría creerse que bastó con una excitación súbita para que dicho umbral sea franqueado, arrastrado como se puede serlo entonces por la alegría inesperada de una noche de baile y después de haber bebido un poco – pero, ¿acaso es suficiente? ¿Es suficiente con penetrar lo que pasa y lo que se entreabre? Sin pensar en “lo que ella se atrevía a decir”, resulta que Madame de Chasteller rompe de golpe la palabra, a la vez de charloteo y de buena educación, con la cual usualmente se paga su cuota a la sociedad y se arriesga.

De hecho, como en toda historia, detrás de la “pequeña” historia está la grande, vigilando; la cualidad – capacidad – más interna de dos seres, por tanto tiempo

contenida, se abre una brecha entre ellos y finalmente se libera. ¿Imaginaban tan sólo que fuera posible? ¿O más bien habían soñado con imaginárselo? Lo inaudito – inaudito en sentido propio – los fascina como a menudo los insectos son fascinados por la luz de

la lámpara que se prende. Hay entonces un acontecimiento que ocurre, no en sí (¿de dónde vendría?), sino entre sí, por el único recurso del “entre”. La frase que le dice entonces Lucien es pronunciada con un “tono tan verdadero”, “una intimidad tan tierna” que Bathilde (¡qué nombre para la íntima!) al mismo tiempo es capturada y encantada por ella; encantada por lo que ella no sabía que esperaba. Aun cuando todavía (siempre) tengan que resolver cosas juntos, ya están embarcados en un diálogo aparte que se bambolea y donde se olvida todo lo demás, del que ya no querrán volver más. El tercero (el intruso), por más ingenio que sea, esta vez no se engaña. En referencia a De Blancet: “estaba celoso hasta la locura por esa atmósfera de intimidad…”.

Y una vez que se ha abordado el puerto de lo íntimo, llevado por ese instante de audacia, cuando se alcanzó ese recurso, aunque sin medir bien todavía sus

consecuencias, es preciso poder arrojar el ancla; después de los primeros transportes de una “felicidad joven y sin sospechas”, llega el tiempo más precisamente stendhaliano de la inmersión en ese bolsón de felicidad con el que de pronto se acaba de chocar sin estar preparado, pero que ya no se puede soportar que algún día pueda volver a cerrarse. El Café-hauss del Cazador verde, en las inmediaciones de Nancy, es su marco modesto pero privilegiado (ya evocado más prosaicamente en Rosa y verde, donde hay como un resto de sentimentalismo alemán a lo Werther); con sus grandes bosques atravesados por el sol poniente, las sendas en las cuales se internan del brazo, cornos de Bohemia como fondo, tocando a Mozart o a Rossini, y la familia de Serpierre en torno a ellos, como niños buenos y que a la vez sirven de compañía y de entretenimiento – hay

efectivamente figurantes benévolos alrededor para evitar la inmovilización en un

enfrentamiento para el que no están listos. Notación simple (frase simple) o “detalle” de lo íntimo: “Su felicidad de hallarse juntos era íntima y profunda. Lucien casi tenía lágrimas en los ojos. Varias veces, con el correr del paseo, Madame de Chasteller había evitado darle el brazo, aunque sin afectación ante la vista de los Serpierre ni dureza para con él”. A decir verdad, Stendhal no abusa en esas páginas del término “íntimo”, aunque hubiese podido ponerlo en cada línea. Una expansión tanto más impactante en la medida en que se sabe que Stendhal es usualmente irónico respecto de sus personajes, y hace todo su esfuerzo, según él mismo dice, para ser “seco” (y lo seco es lo contrario de lo íntimo), porque siempre teme haber “escrito un suspiro” en lugar de una verdad y desconfía de los sentimientos. Pero también es cierto que lo íntimo es lo inverso de la hinchazón.

4. Si recordamos que Stendhal situaba La princesa de Clèves “por encima de